Estuve haciendo un velatorio como peculiar fúnebre para BUENO-FIN, la empresa de Cris Méndez. Mi trabajo consiste en acudir bien vestido, poner semblante compungido, no emborracharme y hablar si me hablan. Estuve pero no recuerdo quién era el fallecido, ni en qué momento me agobié por estar rodeado de más gente de la que esperaba y decidí escapar al bar, a tranquilizarme con un vodka.
Fue entonces cuando, al pasar por una de las salas, la número 6, descubrí a una mujer sentada en una de las sillas de plástico blanco, sola, con ese aspecto de desorientación que me lleva a imaginarme que pudiera ser alguien de los míos, y me mueve a tratar de orientarla de alguna manera. Por eso me acerqué y le dije que tal vez se había confundido, y que el velatorio al que ella venía pudiera ser el de la número 2. Pero me miró con fijeza unos segundos y contestó que no, que no se había equivocado, y que aquella era su sala, la número 6. Allí estaba la persona a la que ella había venido a velar.
-Es mi hijo.
Tenía un acento del norte, restallante, perfilado, explosivo en unas facciones resueltas aunque erosionadas por los contratiempos, los desvelos y las madrugadas en otras salas de espera, comisarías o urgencias.
Le pregunté si no le importaba que me sentara con ella un rato. Me invitó con un gesto amable. Rebasaría en pocos años los sesenta y llevaba unos zapatos bajos con suelas de goma, una falda de pana, un chaquetón de paño gastado en las mangas, y un pañuelo negro alrededor del cuello. Cruzaba las manos en el regazo y mantenía las rodillas juntas con la espalda recta, en esa postura de las personas modestas que se sienten incómodas.
-Tenía sólo veintiséis años –me dijo.
Murió por una sobredosis. Lo incineraban al día siguiente. Había tenido que venir de tan lejos para hacerse cargo de un cuerpo cuyo traslado no podía costear, de manera que le dieron la opción de incinerarlo y llevarse las cenizas.
Veintiséis años. Sobredosis. Lo identificaron por la tarjeta sanitaria que usaba para que le dispensaran la metadona. Llevaba veintiocho meses sin saber nada de él. La última vez que la llamó desde una cabina, le dijo, “pronto iré a darte un beso, mita”. Pero nunca fue.
Hablaba con el tono bajo de la resignación y la parsimonia monocorde de quien claudicó hace mucho, agotando las lágrimas que le quedaban.
-Ninguna noche se dormía sin que me sentara a su lado y le dejara la luz encendida al marcharme.
Se lo encontraron muerto debajo de cualquier puente, o en algún chutadero de Las Tres Mil, o puede que bajo los cartones de un soportal, en uno de estos heladores amaneceres de diciembre.
Con las manos en el regazo y las rodillas juntas, se mantenía en la firmeza tensa de quien espera, tal vez, que alguna figura de bata blanca salga por una puerta imaginaria para decirle que ha sido un error, que su chico está bien y que en pocos minutos lo subirán a planta para que pueda darle ese beso prometido.
Afuera la noche se cerraba y el reverbero de las luces transmitía la imagen de una ciudad agitada por la fiesta, una ciudad que ríe, bebe, come y compra, dándole la espalda a los difuntos.
Tan cerca de esta madre con un hijo muerto, sentía en mi costado el dolor saltando de su pecho como una fiera encerrada en una jaula. El dolor es un silencio plagado de recuerdos, y la muerte un silencio que no va a acabarse nunca.
-Y me dijo que volvería para darme ese beso que me prometió –repetía como si se tratara del final de una oración fúnebre.
Nunca vino, nunca fue. En la sala número 6 nos envolvía una luz de fluorescentes, fría y hostil, creada para acoger a los ausentes y a los abandonados en un tiempo que se ha detenido.
Le pregunté y pregunté que dónde pasaría el resto de la noche, si había cerrado el billete de vuelta o si necesitaba ponerse en contacto con alguien, si le quedaba algún trámite por cumplimentar o si podía ayudarla en algo. A todo me dijo que no necesitaba nada, que ya había hecho bastante acompañándola ese rato.
Antes de irme, me acerqué al bar y le compré un café con leche caliente, una botella de agua mineral y unos dónuts. Me lo agradeció con los ojos limpios de quien lo ha perdido todo y no espera nada, aunque continúa apreciando un detalle afectuoso.
Sin girarme para no verla sola, sentada en aquella hosca sala, salí del tanatorio y conduje mi coche de vuelta a casa. El frío anestesiaba cualquier asomo de remordimiento mientras por las calles familias enteras iban o regresaban, un bullicio de colores y bufandas, de luces y globos, madres empujando coches con capota y padres que guiaban de la mano a niños abrigados con chaquetones y gorros de lana.
Pensé en qué sería de ellos una vez que fueran mayores, en los que verían morir a sus padres de viejos y los que se quedarían en la mitad del camino, destrozados en alguna cuneta, arrumbados en cualquier chutadero de droga, o congelados bajo un puente con un brik de vino barato en la mano.
Es tan terrible la vida cuando se piensa.
Los hombres. Emprendemos mil viajes, ingeniamos mil sueños y nos involucramos en mil batallas antes de gozar mil amores y hundirnos en mil derrotas. Mil vicisitudes para morir siendo de nuevo unos críos desvalidos, asustados, que llaman a su madre cuando ya la noche se ha cerrado y el sabor a sangre nos llega a la boca.
Una vez en casa, ni siquiera me quité el abrigo. Llené un vaso de whisky y me quedé de pie frente a la ventana. Trataba de escuchar el silencio que me hablaba de la mujer del tanatorio y de su hijo muerto, esa madre de la que no llegué a saber el nombre, ni de dónde era ni a dónde volvería.
Con los ojos turbios, sobrevolé los tejados que reflejaban el destello de una noche navideña en un torbellino de recuerdos. Y tuve ganas de llorar como cuando era un niño de tres años que buscaba los brazos de mi madre. Sin embargo, no lloré.
Y tuve la intención de descolgar el teléfono para marcar el número que, tras tantos años, es sólo un gesto mecánico de mi dedo. Sin embargo, no llamé.
Somos lo que no hicimos, somos un espejismo de noche de invierno, una estrella fugaz en cielo nublado, rastro de niebla en un cristal sucio. Somos el eco que se apaga en el fondo de un vaso de alcohol.
Con el vaso en la mano, apuré el whisky amargo y me dejé llevar por la noche de luces frías, ilusiones muertas y soledad, mucha soledad.
http://janter-novelistafracasado.blogspot.com.es/
Comentarios
No sé de que país eres pero un "peculiar funebre" yo no sé lo que es y me imagino que el 95% de los que leen tampoco. Todo lo demás sobra puesto que hemos empezando no entiendo.
Por una parte, creo que das por supuesta información de la que el lector no dispone. Es como si siguieras tu guión interior pero no te pusieras en la piel del lector. Por ejemplo, la madre tiene acento del norte, ¿del norte de dónde?. No acabo de entender bien cuál es el trabajo del narrador, la situación física, los cambios de escenario, quién habla. En ocasiones el narrador testigo se te pasa a narrador omnisciente. Tampoco acabo de ver claro el uso de la voz directa que podría intercambiarse con la voz del narrador. En general, hay un poco de caos.
Pero luego hay observaciones que me encantan como: "en esa postura de las personas modestas que se sienten incómodas", o "parsimonia monocorde de quien claudicó hace mucho", o "El frío anestesiaba cualquier asomo de remordimiento". Lo que pasa es que estas perlas podrían limpiarse un poco más y relucir mejor si quitaras elementos redundantes de la misma frase y en el mismo párrafo.
En definitiva. Creo que hay conexión con lo que se cuenta y lo que se cuenta es difícil. Me lo creo. Creo que lo has observado de verdad. El tono, por tanto, me convence. Pero la estructura falla. No puedo leer con fluidez por el desorden y hay cosas que limpiar, que dejar en su esencia.
Te repites en ocasiones, y en un cuento tan largo no puedes darnos una sobredosis de información en algo y quedarte corto en quizás algo más importante.
Por lo que en general creo que tienes ocasiones en las que la narración la conduces por buen camino y en ocasiones te pierdes a ti mismo en la redacción.
Destacar que has intentado crear una exageración con el ambiente, algo realmente dificil. Y que me ha sabido a poco. O desde mi punto de vista ha salido del revés.
Es muy buena idea que para realzar la tristeza de aquella mujer hables de la alegría y los colores de la ciudad. Para mi ha sido lo mejor del cuento. Pero quizás lo he visto fuera de lugar.
Si el cuento empezase con esas descripciones positivas, con un vocabulario positivo y colorido del ambiente. Al llegar a esa silla blanca, con esa pose modesta, y utilizando palabras de carácter negativo (que induzcan al lector en una atmósfera de malos sentimientos) posiblemente el contraste entre las dos situaciones me hubiese hecho sentir con más intensidad los sentimientos de una madre.
Esto que te acabo de decir no es nada fácil de hacer, pero ya has empezado a hacerlo, simplemente lo he sentido desordenado.
Cuando vi lo largo que era el cuento pensé en hacer como Leona, leer la primera frase y marcharme. Sin embargo lo he acabado. Y puede que quiera leer un poco más.
Estaré encantado de leer tu próximo cuento