Solía hablar consigo mismo durante los eclipses, porque en esos momentos donde ni astro ni satélite se decidían a aparecer, algo confluía en su metamorfosis, lo hacía dócil y fogoso a la vez, le hacía en sí mismo el eclipse del firmamento. En esos momentos, podía hablarse. Y se contestaba. Apenas, pero era capaz de realizarlo: una pregunta, una respuesta simple, una mano-garra sobre un papel, un psycógrafo, palabras sueltas, pero eran algo, un lenguaje, una unión que sólo ocurría en esos períodos casi considerados divinos.
Intentaba documentar estos momentos esparcidos en su historia. Eclipse. Noche de eclipse, día eclipsado, metamorfosis incompleta e incompatible con la totalidad de la transformación en sí. Si terminaba aullando, era para responderse. Lo sentía, se gimió una vez, lo sentía mucho, pero no por él, sino por los que oían las repercusiones detrás del claustro que había construido para mantenerse fuera de lo que se convertiría en el Rágnarok de la civilización. Poder. Aullido. El eclipse podía no ocultar nada, sólo demorar lo inevitable. Pero nunca ocurría esto con frecuencia, no.
Otra noche no hubo ningún fenómeno del cielo que lo destruyera. “Vendrá”, predijo el oráculo, la entidad poseída sobre un cuerpo virgen al fondo del campo. “Vendrá y ustedes no podrán hacer nada para detenerlo. Vendrá a matar, pero también a llorar”. Y ante la declaración, los campesinos se armaban de metalurgia de plata, cruces y la diversidad de los objetos religiosos de una religión que los había abandonado hacía años.
La convulsión no era el mayor inconveniente del proceso, sino verse en su misma consciencia apartado de su cuerpo, o sea, consciencia en un cuerpo que ya no caía bajo la voluntad de ella. Cuerpo ávido, animalmente seductor del curioso que se aparta de la seguridad del gendarme humano para explorar los claros del bosque más cercano. Canciones élficas, apagadas. Hoy no quedaba nada. El fimbulvetr era su profecía, le perteneció siempre. Las estologías lo habían visto avecinarse, y por esos todos los dioses habían huido de sus creyentes. El álfar caído.
No pudo razonar con su cuerpo-lobo cuando más tuvo la voluntad de hacerlo. De nuevo: la voluntad no era compatible con el nuevo portador. Pensamiento y corporeidad se separaban a la hora de la alquimia total y desconectaba cualquier relación entre ambos. Alquimia. Totalidad. Desconexión. El pensamiento gemía a la hora de visualizarse el hocico desgarrando la extremidad ajena. La desnudez. El calor. Agazapado en su claustro, el claustro que al mes de reconstrucción volvía a quedar desgarrado, volvía a recibir la frivolidad de los ojos del universo sobre su condena.
Lo miraban, y lloraba de a poco, para que no lo escucharan. “Vendrá, y llorará, imposible, pero matará”. Sólo podía esperar a otro eclipse para llegar a un acuerdo, para negociar con los cuatro demonios que entonces no tenían donde reposarse. Pensamiento. Apoyaba una mano desgarrada en por sus propios huesos sobresalientes y recibía el mensaje en el papel. Animalia. La naturaleza del cazador lo hacía volverse contra el único ser carnal claustrofóbico. Pasión, el pneuma. Él quería, no quería, podía y no podía. Poder: la estrella más cercana al Cielo era su orbe antes de aniquilar al que había olfateado.
http://marulombardo.wordpress.com/2012/06/29/eclipse-de-fenrir/
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Saludos ! y gracias por leer