Bastante inconforme, tomé la pluma y comencé a escribir sobre el papel.
Los años transcurrieron en una sola hoja, mil recuerdos se adherían a ella, y yo quería palparlos de nuevo con mis propios ojos.
Al fin y al cabo, era un poema en el que yo había plasmado mi propia memoria. Y mientras reía, volteé mi mirada al frente pudiendo percibir en el gran espejo de ébano, mi macabra sonrisa. Al verme, todo fue parecido a un sueño, el corazón me latía desconzoladamente. El chorro de mis lágrimas resbalaba copiosamente como el de una cascada.
Aquel reflejo, la manera en que mis ojos se posaban en él, la mueca que prodigaba esas sonrisas tan enigmáticas... Era yo quien ahora padecía el recuerdo de aquel joven caballero.
Me di cuenta de que su esencia yacía posada en mi piel, y eso hizo que recordara la vez en que ambos caminamos de la mano por el bosque, pues también unos pájaros se posaron en mí. Pero qué... ¡qué imagen más extraña y pintorezca habitaba en mi mente!
Sí, desde ese suceso hacían ya dos meses, ahora no he vuelto a verle; me da miedo ¿Pero cómo es que después de todo aún lo sigo amando?
Aún puedo acariciarlo, y también aún vive en mí aquel hermoso lugar en donde me había llevado antes; era un lugar dotado de azules diversos; del más oscuro al más claro. Pero su horizonte era el único con matices distintos, y por eso supongo que él dejó reposar allí su mirada perdida.
Yo vi la tragedia de su rostro, y al voltear hacia donde él veía, pude comprender, que la vaguedad de su alma no estaba sola. Allá, a lo lejos, el cielo y el mar se unían, formando algo parecido a un monstruo.
Parecía que las nubes nos acechaban con odio y fervor, por eso había de esperarse su intenso rojo bermejo; sus chapas hinchadas en sangre.
Ahora comprendía la melancolía de su corazón, supe que él le debía algo importante al mundo; quizá un secreto, algo que sus labios estaban a punto de revelarme. Y se volvió a mí enseguida. Yo me puse colorada, ¿a caso había leído mis pensamientos?
La noche estaba por precipitarse, el monstruo estaría negro y oscuro, tal vez lleno de estrellas y de una luna totalmente blanca; de esa manera nos devoraba, se apoderaba del pánico de la humanidad,
se burlaba de lo que no podíamos ver ante su lóbrega presencia.
Y él, ahora con su rostro sereno, iba a contarme su secreto. En ese entonces, estaba segura de que era aquel monstruo, pero personificado. Pero me equivoqué, o quizá no del todo. Sus labios murmuraron una canción de cuna entre dientes (muy antigüa, por cierto). Y yo le pregunté "¿Qué es lo que recuerdas?" Pero no me contestó.
Me tomó de la mano y me hizo cantar con él. Por extrañas razones esa canción me era muy conocida; nuestras voces formaban un coro que despertaba en mí la impaciencia; el deseo de zafarme de él.
Y esa canción decía:
"Oh, princesa, no vayas lejos,
que el clavel marchito
te usurpará los sueños".
Y ahora, después de eso... lo comprendo todo, y sé también, por qué le amo:
Él me hizo ver al mar de esa forma tan bestial e impulsiva. Ahora comprendo, que desde que vi a través de sus ojos me he vuelto adicta a ese mundo. Todo lo que veo me es de alguna forma grotesco, y lo que nunca esperé de una joven como yo, es que aquello me resulta hermoso y encantador. Pero por otra parte, me ha borrado los sueños, y ha marchitado la inocencia que habitaba en mi imaginación; eso me entristece y me hace llorar ¡Por eso soy así ahora!
Ahora entiendo todo lo que ese monstruo ha tratado de decirme.
En este momento, mis manos ya no pueden detenerse, escribir se ha vuelto un terrible vicio. Pero... hay un cuchillo encerrado en el cajón de mi escritorio, en donde guardo todas las plumas y la tinta, tal vez hará que todos mis sueños plasmados en poesía se vuelvan realidad.
Comentarios
Aunque tengas el clavel marchito, si le echamos agüita de pronto revive;)