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Naturaleza Cíclica - Nuevo Comienzo (cap. 2)

GuardareGuardare Pedro Abad s.XII
editado abril 2012 en Fantástica
Buenas tardes, aquí les dejo el segundo capítulo. Todavía hacen falta algunas correcciones: ampliar un poco ciertas partes, acortar otras, en fin; es una obra en proceso jejeje.

agradecería sus comentarios, gracias.

Capítulo 2
Amigo o Enemigo


Mientras en la cima del cañón la conversación llegaba a su fin, los preparativos para la puesta en marcha terminaban, y el cansado trote de los seis sobrevivientes continuó.

—Yo se que esta pregunta la tuve que haber hecho mucho tiempo atrás, y de todas formas dudo que alguien tenga la respuesta, pero, ¿sabe alguno de ustedes, donde estamos? —decía Sinden mostrando desinterés por la posible contestación.
—Tenías que arruinar mi buen humor como siempre fanfarrón.
—Abuela, no te enfades, pero se me hacia justo preguntar, ¿no crees?
—Vamos amigo, déjala tranquila, sabes bien que no tenemos ni idea de eso —pidió Misma.
—Viejo, siempre metiéndote donde no te llaman. —mostrando algo de cinismo en su voz.
—Silencio —Segra hablaba muy bajo—, algo se mueve por halla —apuntaba directamente hacia un conjunto de arbustos considerablemente grandes. Todos permanecieron callados, expectantes de un nuevo movimiento.
—No veo nada —decía Licon agudizando la vista.
—Tal vez sea la cena que nos espera, el jabalí casi se termina —a Sinden se le hacía agua la boca solo de pensarlo.
Fue Misma quien por ser uno de los cazadores expertos, tomó su cuchillo de madera y avanzó rumbo a la enramada. No faltando más que un par de metros, cuando una gigantesca masa saltó por encima de él, haciéndolo caer entre gritos sobre las rocas. El animal fue a caer veinte metros adelante, lugar donde se encontraba la carreta. Nadie sabía que hacer, solo miraban al enorme lobo negro que mostraba los dientes y garras, afiladas y largas, en señal de amenaza. Unos ojos azules profundos pero perturbadores. El pelo que se mecía al ritmo del viento brillaba entre el bamboleo. Su posición demostraba que a cualquier insinuación de movimiento atacaría. Entonces levantando la cabeza olfateó la carreta, que se dibujaba diminuta ante el monstruoso animal, tomó una canasta con el hocico, para después alejarse rápidamente, ocultándose tras unas rocas.

El asombro y miedo impedían a los asustados hombres ni siquiera moverse, fue entonces cuando el grito de Segra los regresó a la realidad.
—¡Niel! Se ha llevado a Niel —gritaba.
Cruzando miradas, los tres hombres emprendieron la carrera tras la bestia, que para su suerte o infortunio, se encontraba detrás de las mismas rocas donde la vieron desaparecer. Y como si un fuerza magnética impidiera el avance, los seudo guerreros se detuvieron de súbito al instante en que delante de ellos apareció la imagen tenebrosa del animal. Estaba ahí, encorvado, sentado como si nada pasara. Entre sus patas delanteras se encontraba la canasta media abierta donde el pequeño niño intentaba alcanzar las garras de la bestia, sonriente, manoteando y balbuceando.
—¡Vete! —Sinden gritaba acompañado de sus compañeros que vociferaban palabras sin significado alguno.
El lobo no se movió, solo se agazapó sobre el niño sin quitar la mirada de sus adversarios, mostrándoles sus grandes fauces. Lamió al pequeño y de un solo movimiento se dio la vuelta y comenzó a correr, lentamente perdiéndose entre las piedras.

Los asustados hombres ni remotamente fabricaban un idea de lo sucedido segundos antes. Pasmados de ver a la gran bestia comportándose se la manera en que lo hizo, no atinaban si comentar palabra alguna, o solo guardar silencio, esperando que alguien más se atreviera a decir algo. Levantaron al Niel y regresaron. Las dos mujeres acurrucadas a la orilla de la carreta, temblaban y lloraban sin control. Cuando ellas miraron a lo lejos los tres hombres acercarse con el niño en brazos, recobraron el aliento, y caminaron hasta ellos.

—¿Qué ha pasado? ¿están bien? —Preguntaba Cysa mientras les arrebataba el bebé bruscamente, dejando relucir su instinto maternal.
—¿Y el lobo, se ha ido? —Segra se aferraba a los brazos de Licon todavía temblando de miedo.
—Por el momento si —contestó él.
—Así que eso es, son lobos. Toda el tiempo he tenido miedo de lobos. He vivido acobardado, sumiso a las ordenes de los ancianos, todo por una manada de lobos —Sinden lo decía en forma rabiosa, como si se sintiera humillado y hubiera desperdiciado todo su vida cuidándose de algo que no era tan malvado como lo pensaba.
—Tranquilo amigo —Misma intentaba poner un alto a la locura que dominaba a Sinden, ya que en su enojo, pateaba piedras y tiraba puñetazos al carretón—, lo viste, no es un lobo normal —continuó—, es enorme, ni siquiera pudimos defendernos.

El ardido hombre, fue relajándose hasta quedar sentado sobre una piedra pensando en las palabras del viejo, aceptando de un forma u otra, lo que decía. Pues aunque fueran lobos, no eran tan enclenques como los que solía ver fuera de la cueva. Estos, pareciesen tener cien años, sin miedo y capaces de descuartizar a un humano tan sencillamente, como fácil sería romper una ramita con las manos.

Por otra parte Licon no dejaba de pensar en todas las muertes que había presenciado. Recordaba las caras de sus compañeros que murieron en lo alto del cañón; los llantos de niños, madres, esposas y amigos en las cuevas cuando sus seres queridos no volvían después de haber partido para conseguir alimento. Recordaba tantos años de sufrimiento y desesperanza entre su pueblo. Pensaba en como muchos tiempo atrás pasaba los días en la entrada de la caverna, esperando el regreso de su padre. Las lagrimas brotaron de su ojos, cayendo sobre la cara Segra que aún descansaba en su pecho. Ella al sentir la humedad, levanto la vista un poco y lo miró. No dijo nada, solo se aferró con firmeza a el quebrantado joven...

El ambiente se sentía pesado. Ya habían pasado un par de horas desde el encuentro con el gran lobo, pero la conmoción seguía rondando los corazones de cada uno de ellos. Era una sensación extraña la que todos estaban viviendo; una rara mezcla entre desilusión, miedo y rabia. Y no era para menos, tal como Sinden dijo, las historias de una bestia devoradora de hombres que desde tiempos antiguos se contaba, desapareció al ver aquel enorme lobo. Una cultura basada en mentiras, una sociedad dominada por un miedo inexistente. Una vida de sufrimiento completamente en vano.

—Debemos estar preparados —se oía decir a Licon—, no sabemos si está cerca, pero al menos conocemos a nuestro enemigo. Es nuestro deber cuidarnos el uno al otro. La venganza tiene que ser nuestro bandera. Haremos pagar a esos miserables animales, las cientos de muertes que han causado. —todos escuchaban a su líder, que sereno pero enojado se alistaba para lo peor.

A pesar de la determinación que albergaban en sus corazones, el miedo transgeneracional era un factor que no se podía dejar de lado, aunado a la incertidumbre de saber si era tan solo una bestia; ya que la historia les decía que nunca estaban solos, atacaban en grupo, o esto era lo que se contaba, tal vez para aminorar la “vergüenza” (a falta de término más apropiado), pues a pesar de todo, seguían siendo los animales más orgullosos del planeta, no podían sentir miedo de un solo atacante, debían ser un par de cientos por lo menos, aumentando así el impacto.

Muchos fueron los que años atrás, cansados de la seudo esclavitud que vivían, habían salido a enfrentar sus demonios. Pero ninguno volvió para ser glorificado. Fue cuando las leyendas nacieron: decenas de bestias que emboscaban a los guerreros, desgarrándolos en un santiamén. Por supuesto, ahora todo eso estaba en el pasado. Los inmortales demonios, se habían convertido en lobos gigantes; los señores de la noche, ahora preferían el día.

Los preparativos comenzaron. Se veía el ir y venir de Misma consiguiendo gruesas ramas que servirían como lanzas largas. Licon bajaba del Uspac los arcos que él mismo había fabricado para las tareas de caza. Sinden, visiblemente enfocado en sus deberes, temblaba cuando con sumo cuidado apilaba pesadas piedras levantando así una delicada trinchera. La atractiva joven junto a la experimentada abuela confeccionaban las flechas con el máximo de detalle posible: escogían sólo las varas más firmes y derechas, tomaban sus finos cuchillos y cortaban ágilmente los excesos, verificando que tuvieran la medica correcta, afilaban las puntas proporcionalmente y colocaban las plumas en el otro extremo, todo con tal esmero que cuando el producto ya terminado volara por los aires, la precisión recayera sobre el arquero, pues la flecha no tenía defecto alguno.

Justo cuando finalizaban los pormenores de la defensa, el sol menguaba, y la excitación iba en aumento. Ya al fin de tan encarrerada planeación la fortificación no podía ser más segura. Habían elegido la pared más empinada del cañón para ser su retaguardia, de manera que si alguien intentara atacar por el cielo, no podría hacerlo directamente, pues la trinchera estaba cubierta a la vista desde lo alto del muro. Y si atacaba por tierra, primero debería pasar una decena de trampas estratégicamente colocadas por Misma y Licon en el suelo: un montón de pequeños agujeros tapados con hojas que en su interior contenían estacas afiladas y fuertemente fijadas al piso, un par de lanzas en forma de gancho ocultas entre arbustos dispuestas a saltar en cuanto algo pisara la raíz que las sostenía. Y ya en el muro de rocas, docenas de lanzas distribuidas a lo largo de él

continúa abajo...

Comentarios

  • GuardareGuardare Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    —Has hecho un buen trabajo con las rocas, amigo —decía el sombrerudo señor cuando miraba desde afuera la pila de piedras que se levantaba casi cubriendo una persona de pie.
    —Viejo, antes de que esa bestia entre, tendríamos que ser aplastados por una de esas —contestó él, señalando y haciendo alusión a lo firme de su obra maestra.
    —Eso espero, fanfarrón. No quiero morir aplastada.
    —Anciana, no lo permitiría —Sinden se inclinaba haciendo una reverencia burlona en dirección a la mujer.
    —¡Cysa, Segra! —gritaba su líder, invitándolas a acercarse—. Tomen sus posiciones por favor, se termina la luz y no quiero que nos caiga por sorpresa —las mujeres no entendieron claramente lo que el joven dijo. No sabían si se refería a la caída de la noche en si, o a la llegada del lobo negro. De cualquier modo hicieron lo que se les ordenó y entraron a la fortaleza, la cual solo tenía una pequeña grieta en su lado izquierdo por donde se podía difícilmente acceder.

    Las mujeres siempre habían jugado un papel importante en la tribu de donde procedían, pero jamás se les reconocía como buenas guerreras, más dadas las circunstancias no quedaba otra opción, ellas tenían que participar en la defensa. Sus cargos eran, por supuesto, hacerse cargo del pequeño Niel y manejar los arcos, una vigilando la izquierda y otra la derecha del pequeño castillo.

    El sol se perdió por completo en el horizonte, el nerviosismo comenzó a ganar terreno entre los expectantes justo después de que todos habían entrado a la fortificación. Era una escena poco maravillosa, pues aunque no estaban apretujados en el interior, el meter tan solo una flecha más, haría que las piedras terminaran por vencerse, dejando desprotegidos a todos los inquilinos.

    —Oye, ¿y que tal si no aparece? —preguntaba Sinden mirando directamente a su líder.
    —Claro que vendrá —el contestó.
    —¿Que te hace estar tan seguro de eso? ¿Acaso lees la mente? —remilgó el terco compañero.
    —Debe venir, no dejará pasar esta oportunidad de matarnos.
    —Bueno, creo que, su oportunidad ya la tuvo, y no pasó nada. El pequeño le arrancó unos cuantos pelos y míralo —volteando a ver la cuna donde el niño plácidamente dormía—, vivito y coleando. Creo que tiene miedo —concluyó.
    —A ti, supongo —la anciana río.
    —Cysa —alargaba las palabras en tono cantado,— mejor sera, que te concentres, anciana. Pon atención al frente y mantén ese arco firme —la mujer hizo una mueca y obedeció.
    —Guarden silencio todos —Licon decía un poco inquieto y cansado de esperar—, esa cosa es ágil y fuerte. Cualquier distracción puede significar la muerte —él miraba de lado a lado tratando de percibir algún movimiento extraño.

    Las horas pasaban y nada ocurría. Los vigilantes, cansados de esperar, con los pies adormilados de tanto estar de pie, sus ojos pesados del esfuerzo por intentar mirar entre tanta oscuridad. Ya que, como si el tiempo estuviera en su contra, esa noche había aparecido completamente revestida de negro: unas nubes grandes cubrían los cielos, la luna no reflejaba luz alguna y las estrellas escondidas, en conjunto presagiando tormenta.

    Un estruendo en lo alto de dejó oír, alumbrando a instantes el interminable cañón. Los relámpagos comenzaron a partir el aire, haciendo eco en las paredes de la enorme garganta. La naturaleza ahora había agregado un toque de suspenso a la ya terrorífica noche.

    —Lo que faltaba —Sinden miraba a lo alto, agitándose cuando un trueno se escuchaba en el cielo.
    —Vamos grandullón, no me digas que te asustan unos cuantos crujidos.
    —No es eso jovenzuela, más lo que pueda salir entre ellos —sin terminar la oración el hombretón escondió el cuello cual tortuga, al ser interrumpido por un fuerte bramido en lo alto de la grieta—. Que me cayera una de esas, también me da miedo —miró a Segra que veía bajo la luz de los relámpagos como un montón de piedras caía lentamente desde lo alto para paras a unos docientos metros de donde ellos se encontraban...

    La claridad llegó sin novedad alguna. Pero la lluvia comenzó a caer justo despuntando el alba. Fue una suerte que la diminuta fortaleza se encontrara de tal manera posicionada que las gotas no caían directamente sobre ellos. Así que solo hicieron los preparativos típicos de la ocasión: colocar las bandejas donde acumulaban el agua, cubrir la carreta para evitar que utensilios y pieles se humedecieran, y mover todo a las superficies más altas.

    —Bueno Licon, al parecer he ganado la apuesta —decía Sinden mientras ayudaba con las tareas antes mencionadas.
    —No recuerdo haber apostado algo, y de todos modos no se a que te refieres —contestaba al momento que colocaba unas vasijas para acumular agua.
    —El maldito lobo no apareció, es a lo que me refiero —respondía un tanto molesto—, todo lo que hicimos ha sido innecesario.
    —Nada fue inútil amigo, cada cosa cumplió su propósito. Y...
    —¡Cuidado! —gritó Misma mientras sujetaba a Licon del brazo.
    —¿Qué pasa? —preguntó dando la vuelta para tener una vista directa del viejo.
    —Mira —indicaba con su dedo al suelo—, es una de las trampas que pusimos ayer. Estuviste a punto de caer en ella.
    —Ya va siendo hora de que quites esa basura viejo, puede que mates a alguien, y no sea precisamente animal—vociferaba mientras arrastraba la carreta con dirección al muro.
    —¡Cysa! —se oía la voz de la joven pelirroja desde detrás de la pila de piedras, exigiendo atención.
    —¿Qué pasa niña? —la mujer preguntaba mientras atravesaba la pequeña entrada.
    —Es Niel, no para de llorar.
    —¿A comido ya? —dijo la anciana escuchando el gemido de la dulce criatura.
    —Si, le he dado las ultimas frutas que encontramos —haciendo referencia a unos cuantos higos y una naranja.
    —Deberías arroparlo un poco más Segra, puede ser que la humedad lo inquiete —no se le ocurrió otra cosa que decir, sabía bien que unas cuantas frutas no eran comida para un bebe y las condiciones deplorables del viaje aumentaban las desgracias posibles a ocurrir en una persona tal delicada, como lo era un niño.

    La tormenta no cesaba, corrientes de agua comenzaron a formarse a lo largo del cañón arrastrando pequeñas piedras y ramas caídas. Solo podían esperar acurrucados dentro del cumulo de piedras, hasta que la lluvia pasara. La vigilia no terminaba aún, el día anterior el animal se había atrevido a dar la cara en plena tarde, y por tal motivo, debían seguir siendo cautelosos. De cuando en cuando dejaban la calidez de las pieles par echar un vistazo a los alrededores. todos desaprobaban la idea, pero no estaba de más mantenerse alarmados.

    El mediodía dejó sentir su llegada, cuando el hambre comenzó a calar en los estómagos de los cansados viajeros; pero era fácil evadirla cuando para saciarla debían salir de entre las pieles e ir hasta el Uspac por las provisiones. Estaban abatidos, la agotadora noche en conjunto con el amargo día que habían tenido, los mantenía decaídos y débiles.

    —Vamos Segra, se una buena niña y ve por algo de comida.
    —¿Por qué no vas tu? —Cysa reclamaba.
    —Anciana, a los dos nos conviene, así que guarda silencio. —respondió él acurrucándose entre las pieles.
    —Tranquila, de todos modos el hambre me esta matando —la delgada joven terminaba de decir cuando ya en la entrada de la fortaleza se encontraba.

    La lluvia seguía cayendo con fuerza, tuvo que evadir varias charcos de agua antes de llegar a la pequeña carreta. A pesar de los intentos por no dejar la pared de la pendiente, que servía como protección al incesante aguacero, y que el Uspac no se encontraba mas que a unos quince metros de la fortificación, se encontraba empapada. Tomó el saco de las provisiones, también confeccionada de piel animal y una bolsa llena agua tan rápido como pudo, y se dispuso a regresar.


    Un grito enérgico alarmó a todos, que desconcertados se quitaban las pieles de encima e intentaban ponerse en pie tan deprisa como podían. Un poco más lejos, en la intemperie, Segra dejaba caer los bultos de comida y agua que sostenía, el miedo se apoderó de ella, un escalofrío recorría todo su cuerpo y sus extremidades no respondían. El enorme lobo negro la había sorprendido por completo, sigilosamente se acercó mientras ella descuidadamente enfocaba toda su atención buscando en la carreta. Ahí estaba, sólo a unos pasos delante de la temblorosa pelirroja, indiferente de la lluvia, avanzando lentamente. Gruñendo cada vez más fuerte sin quitar la mirada de su presa, que no producía palabra o sonido alguno. Las patas del lobo quedaban marcados en la tierra húmeda, hundiéndose varios centímetros. Las rocas crujían cuando las garras de la enorme bestia se deslizaban sobre ellas. No faltaban ni tres metros para llegar a su destino, y ella no hacía más que recargarse en el Uspac como si intentara enterrarlo en la pared. Segra sentía el calor que del lobo emanaba, volteaba la cara para no verlo a los ojos, cuando rostro del animal se arrugaba al abría el hocico enseñando sus afilados dientes.

    Los segundos se convirtieron en una eternidad para la joven, sentía como su final se acercaba a cada paso del lobo, y no podía hacer nada para detenerlo. De pronto, una lanza fue a dar al cuello del animal revotando cual si estuviera hecha de algodón. Dándose la media vuelta brincó sobre su atacante derribándolo al instante. La enorme pata cubría el pecho del pobre Sinden que entre patadas y gritos intentaba zafarse. Una lluvia de piedras y flechas comenzó a aterrizar en el cuerpo de la feroz criatura, pero lo único que conseguían era enfurecerla, pues a cada golpe recibido más se hundían sus garras en el cuerpo del que ahora no parecía un hombre tan grande.


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  • GuardareGuardare Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    —¡Alto! —Se oyó la potente voz de Licon que gritaba a todo pulmón. Al instante todos dejaron de atacar a la bestia que seguía apretujando al ya casi desmayado hombre.
    —¡Suéltalo maldito! —gritó Segra que por fin había recuperado el aliento.
    El lobo tornó su cara entre gruñidos, para poder ver de frente a la joven que yacía en el suelo llorando—. Suéltalo, por favor —repitió ella, sin mirarlo directamente.
    —¿Se han tranquilizado ya? —una voz agrietada y ronca se dejo oír, tan potente que lastimaba los oídos.

    El miedo se transformó en asombro, algo no estaba del todo bien. Las miradas empezaron a intercambiarse al instante, interrogándose los unos a los otros sin cruzar palabra.

    —He dicho, ¿Se han tranquilizado ya? —Volvió a escucharse la voz aún más potente.
    Sinden había quedado libre de las garras del lobo, que tosía dándose vueltas de un lado a otro quejándose de dolor.
    —Esta hablando —Cysa aterrorizada comentaba, sin poder decir si era por miedo, o por el hecho de escuchar a un animal hablar.
    —Claro que lo hago mujer, no estas escuchando —aún cuando las palabras eran claras, el terror que infundía el lobo, no disminuía ni un poco, pero tal vez si lo hacía ver todavía más aterrador.
    —Pero ¿Cómo puede ser posible? —Misma intervino en la conversación.
    —No pensaran que son lo única especie capás de hablar, habemos muchas mas con esa habilidad —la impresión se volvía mayor a cada palabra que de su hocico salía.
    —¡Maldito Animal! —Siden habiéndose recuperado, saltó encima del lobo con cuchillo en mano, pero solo hizo falta un patada para dejar al enojado hombre inconsciente y a una distancia considerable.
    —¡Tranquilos! —Licon dijo justo cuando los demás se preparaban para comenzar nuevamente la lluvia de flechas y lanzas—. ¿Qué es lo que quieres de nosotros? —incómodamente preguntaba pues su instinto le decía que debía atacar, más la razón hablaba un lenguaje totalmente diferente.
    —Yo, querer algo de ustedes criaturas insignificantes y débiles. —había comenzado a moverse de un lugar a otro, atento a todos los pequeños hombres que esperaban un descuido para abalanzarse sobre él—. ¿Qué podría requerir de su raza? —comenzaba acercarse a la pila de piedras.
    —Entonces, ¿por qué nos atacas? —Licon con la guardia alta rogaba por que no llegara hasta la entrada de la fortificación.
    —¡Atacarlos! —gruñó con tanta fuerza que todos saltaron hacia atrás—, ustedes me atacaron a mi, deberían estar agradecidos de seguir con vida. —en el mismo instante en que terminaba de hablar salto sobre las piedras y tomó la canasta donde el pequeño Niel descansaba. Para salir de otro salto destruyendo la gran fortaleza en el acto.

    El movimiento fue tan rápido que nadie reaccionó, solo alcanzaron a ver que al siguiente instante ya se encontraba justo en el medio de todos que asustados apuntaban a la bestia con lo que podían.
    —¡Tiren sus armas! —ordenó colocando sus garras encima de la canasta —. O los mataré a todos empezando con este niño —acercó su hocico a la cara del niño que había despertado en el momento del salto.
    —Háganlo —el joven no terminaba de hablar cuando todos tiraban los arcos y lanzas que sujetaban.
    —No lo lastimes —Segra tiernamente le suplicaba.

    Tomando la canasta entre sus dientes, avanzó despacio hasta donde la joven se encontraba, depositándola entre sus manos. Ella no reaccionó, solo lo miraba alejarse lentamente, dejando a relucir la poca intención que tenía de dañar. Ya estando lo bastante lejos como para representar peligro, el animal se sentó en sus patas traseras observando a los pasmados humanos, que continuaban escaneando a su mortal enemigo.

    La lluvia estaba cediendo y concurrencia se había formado entorno a Sinden que aunque ya estaba despierto, los estragos del puñetazo no dejaban de doler.
    —¿Qué? ¿Dónde está? —preguntaba en tanto hacía el intento por sentarse.
    —Calmate amigo, todo va bien —susurró Misma.
    —Viejo, ¿Qué? ¿Que me pasó? —El aturdido hombre no ordenaba adecuadamente las palabras al hablar.
    —No te esfuerces grandullón, quedate recostado —Segra delicadamente le decía.
    —Mejor será que te levantes humano, ¿o seras tan débil para solo con un golpe morir? —todos los presentes voltearon rápidamente al oír la voz. El lobo estaba justo detrás de ellos, mirando desde lo alto a las cinco frágiles criaturas, moviéndose cual si fueran gusanos.

    Seguía siendo sorprendente admirar a tan imponente animal. Estando ellos sentados debían levantar la cara para poder mirarlo, cosa que no les resultaba nada sencilla.

    —Esa bestia esta hablando —repuso Sinden ya recuperado por completo.
    —Las noticias viajan lento en tu cabeza humano —se le oyó decir al lobo acompañado de un tono de risa un tanto retorcida.
    —¡Maldito asesino!
    —Al parecer no entiendes la situación, humano. No vine aquí para ser juzgado por mis actos. Además, son muy insignificantes como para siquiera pensar en acusarme, su opinión para mi, no tiene valor.
    —Como te atreves a hablar de esa forma, muchos de los nuestros han perecido bajo las garras de animales como tu —Licon lo decía con lágrimas en los ojos, recordando la trágica muerte de su madre.
    —¡Animal! —respondió con un gruñido mostrando sus fauces—, ustedes humanos son animales, mi especie esta muy por encima de la suya. Nunca más se atrevan a compararme con lo que ustedes llaman animales.
    —Por que no te largas o nos matas de una buena vez. Me estoy cansando de esto.
    —Al parecer no soy el único aquí con garras, la delicada niña tiene las suyas.
    Segra se arrepintió de haber hablado justo antes de terminar, pero lo había hecho y como consecuencia, el animal se acerco lo más que pudo a ella y la olfateó. Ella se retorcía tratando de evitar el roce del lobo, pero no lo consiguió.
    —Tal vez lo haga.
    —Hacer, ¿Qué?
    —¡Matarlos! —la voz del depredador sonó fuerte y clara, despertando el llanto de Niel quien reposaba en los brazos de su niñera.
    —No lo harás. —ella respondió.
    —¿No? ¿Qué te hace estar tan segura?
    —Si nos quisieras muertos, ya lo estaríamos, ¿verdad? —las palabras salían quebradas de la boca de la hermosa niña.

    El negro cuadrúpedo no contestó la pregunta, y antes de que dieran cuenta de ello, lo habían perdido de vista tras las rocas y arbustos. Por unos momentos no hubo conversación, todos miraban en dirección al lugar donde el lobo se había escurrido, esperando verle volver de un instante a otro, pero nada ocurrió. Al transcurrir los minutos la conmoción diezmó, comenzando así el intercambio de opiniones: unos conjeturaban que el lobo regresaría tarde o temprano a matarlos, otros opinaron que preocuparse estaba de más, pues sus armas no le causaban el menor daño, y atormentase con la simple idea de su retorno, no sería sino una preocupación en vano.

    Por fin, luego de una encarnizada conversación, no hubo respuestas concluyentes a la actual situación. Optando por dejar el tema en paz por el momento y continuar con su día normalmente. El simple sonido de la frase sonaba un poco extraño, pues continuar ¿con que exactamente?, no es que tuvieran un horario preestablecido para sus actividades, y día normal ¿Cuando habían tenido uno en sus vidas? Mucho menos en los últimos meses. De cualquier forma así lo decidieron.

    Habían sido demasiadas emociones para tan corto tiempo, además el hambre y sueño continuaban siendo su prioridad. Posteriormente de haber saciado su apetito, definieron las guardias para poder dormir un poco o tal vez el resto del día con su noche incluida. La primera en guardia fue Segra, quien aún debía darle de comer al pequeño Niel. En seguida tocaría el turno a Misma, seguido por Cysa, la cual se encargaría de preparar la cena. Dejando para Licon y Sinden la noche completa dividida en partes iguales.

    —Veo que has hecho nuevos amigos —dijo el ave.
    —Nuevos, tal vez. Amigos de ninguna manera —contestó el lobo.
    El singular dueto se encontraba, como en repetidas ocasiones observando desde la cima a los humanos.
    —Sabes que los están siguiendo ¿verdad?
    —Si —se limitó a responder.
    —¿Y que harás? —preguntaba el ave curiosa.
    —Nada —susurró cortante el lobo.
    —¡Nada! Eso será digno de admirar —terminaba para enseguida emprender el vuelo.

    Cayó la noche sin significantes novedades, y de la misma forma terminó. Ya por la mañana, con fuerzas renovadas y estomago lleno retomaron la marcha.

    No hay para que hacer mención de lo inquietos que se sentían, era obvio y resaltaba a simple vista, que su entereza se encontraba en el límite. Las sucesos no se acercaban ni poco, a lo que imaginaban cuando con el grupo de los veinte partieron, y con el paso de los días, más arrepentidos estaban de haber dejado el tan anhelado hogar. Pero no había vuelta atrás, y eso lo comprendieron al momento de por primera vez, pisar dentro del cañón.

    Los días terminaban rápidamente, y con ellos la angustiosa desesperación también llegaba a su fin. La tranquilidad brindada últimamente, reforzaba el aplomo abrumado tras las últimas semanas. La incesante búsqueda de tierras benevolentes no suponía ya la principal preocupación. Más bien la intranquilidad de sentirse abandonados, indefensos en un mundo gigantesco, siempre forzados a doblar las manos cuando intentaban sobresalir.

    La mañana se presentaba majestuosa aquel día, los preparativos del desayuno habían comenzado al tiempo de los primeros rayos de sol. La brisa matinal transportaba aromas cálidos y relajantes, haciendo de las labores un recreo apasionante. Las copas de los arbustos brillantemente sudorientas, daban el toque mágico para comenzar animado cualquier nueva enmienda.

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  • GuardareGuardare Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    —Han amanecido de muy buen humor —acertaba al decir.
    Segra ocupada en sus deberes, no se percató de la presencia del intruso, pero en el instante que escucho la aguardentosa voz, no cupo la menor dura de quien se trataba.
    —¿Qué quieres bestia? —firmemente contestó dejando labores, alejándose del visitante.
    —Mi nombre es Redelti, mujer, no Bestia —el lobo se acoplaba al caminar de la joven.
    En el instante mismo de su aparición, todos alertados por los gruñidos feroces, echaron mano a lanzas, esperando cualquier síntoma de agresión para atacar sin cavilación. Afortunadamente el animal no demostraba síntomas de agresividad.
    —Redelti, ¿he? —¿desde cuando las bestias tienen nombre? Bestia —Sinden dejaba al descubierto la poca simpatía que le profesada.
    El lobo negro le mostró los dientes amenazándolo, sin dejar de acosar a Segra que continuaba avanzando lentamente hacia atrás.
    —¿Dónde ésta? —cuestionó, en un tono mucho menos amigable que cuando llegó.
    —¿Quién? —preguntaba Licon.
    —Su líder ¿Dónde ésta? —transmitiendo desesperación en sus palabras.
    —Con él hablas —el joven hacía esfuerzos extraordinarios por mantener una postura digna de tan inmerecido honor.
    —Ya veo —dijo, esbozando algo parecido a una sonrisa.
    —En nuestro último encuentro, no respondiste a mi pregunta, ¿Qué quieres de nosotros? —anunció el joven tartamudeando al hablar.
    —Recuerdo perfectamente haberla contestado.
    Efectivamente, lo había hecho, pero tal vez el nerviosismo causara en Licon una momentánea laguna mental.
    —Quise decir, que no la contestaste adecuadamente —el joven líder se enredaba entre sus propias frases.
    Las cinco personas se repagaban al muro, mientras Redelti sonriente los acorralaba.
    —¿Es así como te gusta hacerlo? —decía Cysa comenzando a llorar—. Jugar con tu presa antes de matarla, ¿por qué no terminas de una vez? Y nos ahorras la angustia de la espera.
    El lobo retrocedió sediento terreno a los asfixiados humanos.
    —No estoy aquí para matarlos, sino para advertirles —contaba él, mientras les daba la espalda alejándose cada vez más—. Arriba en la superficie se encuentra su verdadero enemigo. Estoy seguro que lo recuerdan.
    Intercambiando miradas se preguntaban de que estaba hablando. En alguna parte de la discusión se habían perdido.
    —¿De qué hablas? Tu eres nuestro enemigo —Misma se atrevió a hablar.
    —Ya les he dicho que son tan poca cosa, que no podría considerarlos mis enemigos —las fauces del animal se veían claramente mientras hablaba—. Deberán tomar una decisión —prosiguió—, salir de este cañón o continuar su camino por él. En cualquier caso no les espera nada bueno.
    La confusión seguía aumentando a cada palabra, situación que molestaba desmedidamente a todos en el grupo.
    —Déjame ver si he entendido Bestia, nos estas diciendo que podemos continuar libremente nuestro andar por este lugar, sin preocuparnos de ti o tus garras; pero al mismo tiempo nos amenazas, con que nos espera un final nada agradable —decía Sinden—. No veo la dificultad en esa elección, si dices que nuestro enemigo esta aya arriba, las opciones se reducen a ¡cero!.
    El hombretón llevaba el cinismo a su máximo esplendor, cada vez que hablaba. Pero una cosa era hacerlo con compañeros y amigos, y otra muy diferente utilizarlo frente a un animal que podría cortarte a la mitad, si eso le complaciera.

    Redelti enfureció instantáneamente, convirtiendo la conversación en una sinfonía de rugidos y gritos. Y cual si la ofensa fuese imperdonable, el lobo se abalanzó contra su ofensor levantando sus patas delanteras, quedando así cara a cara

    —No juegues conmigo, humano —hablándole con desdén.
    Sinden poco podía respirar. Nuevamente se debatía entre piedra y garras, lo cual era un recuerdo no tan memorable.
    —Estoy a punto de ceder ante los instintos de este cuerpo, y arrancarte tu vacía cabeza.
    El miedo ya no era un distintivo de aquel hombre, pero en ese preciso momento se apoderó de él tan fuertemente, que podría haber terminado llorando, dejando un charco de agua bajo sus piernas.
    —¡Detente! —comandó Licon, ya habiendo recuperado su entereza—, no deseamos ser tus enemigos. Te pido perdón por lo anterior y doy las gracias por tu consejo. Pero como podrás observar nuestras referencias justifican la desconfianza. A excepción de nuestro antiguo pueblo, no podríamos confiar en nadie más. Lo digo esperando sirva de alguna forma como disculpa y excusa.

    Redelti no pudo más que reconocerlo. El supuesto líder tenía razón. No existía medio alguno en que aceptaran su advertencia.

    —Gracias —agradeció Sinden ya libre de la prisión, inhalando tanto aire como sus pulmones resistían.
    —He dicho que es su elección, sean cautelosos al tomarla —aconsejó el lobo alejándose lentamente, para desaparecer poco después.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado abril 2012
    Ahí te sigo.......espero que tu sigas también:):p
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