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Relato: El descenso

MisignioMisignio Anónimo s.XI
editado enero 2012 en Terror
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EL DESCENSO


Nunca en sus treinta años de vida hubiese pensado terminar así. Había escuchado que el corte no tenía que ser horizontal, sino vertical para que la sangre salga más rápido junto con su miserable vida. La habitación estaba oscura, solo una luz amarilla y débil la iluminaba. Sobre su mesa de luz había un balde con agua fría en el que hundiría el brazo, dio su último respiro hondo y lo metió, el hielo que flotaba le dio un ligero escalofrío. Por un momento, quiso reconsiderarlo pero en seguida, apartó todos esos pensamientos, el llamado de la vida era insistente y molesto, eso creía él; pero pese a que esa voz que desde un oscuro rincón de su alma le decía que no lo haga, el hombre nunca estuvo tan decidido a suicidarse. Colocó el otro brazo y tuvo otro temblor. En la mano derecha, tenía sostenido un cuchillo mantequillero, aquel que todas las mañanas usaba para desayunar, “éste es el último uso que le daré”, pensó.
No ocurrió ningún momento más, porque sabía que si esperaba otro segundo, la duda, el miedo y todos aquellos pensamientos que giraban y se revoloteaban sin salida en su cabeza, le impedirían hacerlo. Entonces, lo hizo. Cortó su vena izquierda de forma vertical, siguiendo la línea verdusca de su brazo, luego, lo hizo con la derecha. El agua cristalina se tiño de rojo y sus brazos desaparecieron de su vista, de la misma forma que la vida desaparecía de su cuerpo. Después, retiró los brazos y se acostó boca arriba en la cama.
_ No tardará mucho. –Dijo mirando las fotos de su niñez colgada en la pared-
Las sábanas blancas como la nieve se fueron tiñendo lentamente de rojo, una rosa líquida derramada sobre la nieve; pero a él no le importaba, sólo esperaba la muerte mientras miraba aquellas fotografías, aquél niño que hacía años se había ido.
_ Si sólo te hubieses quedado así, querido amigo. –Se dijo- No estarías en este momento por pasar hacia el otro lado.
Sintió por tercera vez el temblor, pero éste fue distinto, recorrió todo su cuerpo y le dejó un chucho de frío que lo heló al segundo, su piel se sentía más dura y seca, como la corteza de un árbol muerto.
En eso, tuvo la sensación de que su cama se hundía, como si las maderas que sostenían su patético cuerpo se estuviesen derritiendo y doblándose hacia el piso o quizás más abajo. Sus labios estaban secos y su lengua no respondía, pudo ver que todo se iba para arriba o quizás él se estaba yendo para abajo, no lo entendía pero tampoco le importaba. “¿A caso así se siente la muerte?”, dijo en sus pensamientos.
Y después, la fúnebre caída y el vértigo.
Toda su habitación había quedado negra y él tenía la sensación de estar cayendo. No tenía la seguridad de todavía estar en la cama, no percibía la textura dura de las sábanas.
El chucho había desaparecido y en su lugar, se había instalado el calor, pero no uno común. Era un calor abrazador e infernal, como si la muerte lo hubiese puesto en un horno, o como si su forma de suicidio hubiese sido la hoguera.
Lo molestaba un aturdidor zumbido en sus oídos, no sabía qué lo había provocado, pero ¿a quién le importaba? Estaba muriendo o quizás ya estaba muerto, podría pensar la cosa más irracional y a nadie le importaría. “Son abejas. Las abejas me quieren contar sus secretos.”, pensó considerando que antes de morir, estaba enloqueciendo.
Abrió nuevamente los ojos, la sensación de vértigo aún no se iba. Vio varios chispazos, como fuegos artificiales desprolijos y provocadores. ¿Qué eran? Se preguntaba.
El calor fue aumentando y de lejos podía escuchar ciertas cosas. Al principio parecían murmullos, pero luego se fue dando cuenta que eran gritos. Exactamente, gritos de dolor. ¿Qué eran todas aquellas cosas? Se supone que no debía escuchar ni ver ni sentir nada, era ésa la razón por la que había decidido terminar con su vida, pero parecía que la tortura continuaba y eso lo fastidiaba demasiado. “La gente está errada… dicen que el suicidio es la forma más cobarde de escapar, estoy comenzando a pensar que ni siquiera es un escape.” Decía su mente muda, asustada y ansiosa.
Lo peor de todo, era que no podía hacer nada, ni siquiera matarse. ¿Era eso lo que atravesaban todas las personas antes de dejar de sentir algo? No lo sabía. Los gritos se hicieron más fuertes, parecía un estadio, pero ellos no festejaban, al contrario lamentaban y maldecían el momento que habían tomado la egoísta decisión. Nunca había creído en nada, pero en ese instante, tal vez estaba entrando en el arrepentimiento que ocasionaba su miedo.
Sentía palabras, insultos, blasfemias, cada vez más fuertes y obscenas, también frases en otros dialectos: “Pape, pape satán aleppe… Pape, pape satán aleppe…” escuchaba.
Y luego, el viaje terminó. Su espalda se estrelló en un pedregullo caliente como la lava de un volcán y le hizo emitir un grito monstruoso que se escuchó en todo el desierto. Había algunas montañas rocosas y puntiagudas, árboles secos y un viento que hervía, pero en lo que se fijaba el hombre, era en las otras personas a su alrededor, un individuo con el cuello morado y la lengua saltada hacia afuera; otra mujer con la sien agujereada; un adolescente con un tajo en su cuello, y otra jovencita que escupía continuamente pastillas de su boca, todos quemándose sobre aquel suelo caliente y bajo aquel cielo rojo, llameante y vivo. Los enormes perros se acercaban, estaban hambrientos, todos ellos decían “Pape, pape satán aleppe” y de sus bocas chorreaba saliva color negro. Era momento de alimentarse…

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