Llegamos gardeleando a lo del pochoclero, aún éramos ágiles y fanfarroneábamos juventismo. Mi compinche le decía cocacolero porque alguna vez nos enteramos, no me acuerdo cómo, que le molestaba sobremanera.
El toldo nos sombreaba las frentes y le compramos unas bebidas tibias que no estaban enfriadas y que aprovechamos para no pagar.
—¡Cocacolero!—Apuró mi compinche alzando la lata y enrostrándole la empuñadura del treinta y ocho que cintureaba sobre la camisa a rayas—¡A ver si la próxima me la enhielás que está caliente!
Esquineamos por la vereda y seguimos viaje. El sol nos fuegueba los hombros y todavía nos quedaban cordonear una decena de calles. Compartimos la gaseosa y mi compinche se entretenía malabareando con la lata que no abrimos, se le notaba que ya le había entrado el violentismo; hacía calor. Íbamos a lo del trabajero, a cobrar, sino qué íbamos a andar soleándonos a las dos de la tarde. Si no era por plata, no cortábamos la dormida y, mucho menos mi compinche que era dormidor por naturaleza.
Llegamos sin poder esquivar el sol en toda la andada. En la puerta estaba Raquel, que el trabajero la tenía ahí para que le campaneara, lo sabíamos.
—No hay nadie—Canturreó Raquel más para el adentro que para nosotros.
Mi compinche, insistidor insoportable y amenazero fácil, le lanzó una promesa mortal y la vieja, que ya lo conocía, prefirió mandarse mudar—¡Trabajero!—Gritó mi compinche y me hizo un gesto para que yo me encañonara también. Puerteamos y anoticiados que el trabajero era traicionador y duro para pagar los asuntos, entramos a las patadas con la intención de cobrarnos de alguna u otra manera. El primer disparo me rosó el tobillo y no sé de dónde vino. Creíamos conocer el lugar, pero cada dos pasos había una nueva puerta y algún achurador medio bruto, que después tampoco cobraría sus asuntos, nos disparaba como si lo hubiéramos embroncado, muy poco serio; es difícil encontrar en nuestro rubro, un matador con la profesionalidad nuestra.
¡Nos entardamos en avivar, ese lugar era un verdadero ocultadero! Con mi compinche nos conocíamos de memoria y esperamos que disminuyera la baleada para salir, porque no era cosa de andar balaseando porque sí nomas, ¡con lo que cuestan las balas y lo difícil que es conseguir buenos pagantes!
Salimos laberinteando y cuando dejamos la tiroteada atrás, estaba en la puerta la muy turra de Raquel, que se ve que le había ido a campanear a uno que parece que tenía ennoviado hacía rato y que justo era el pochoclero.
—¿A ver qué tenes para decir?—Escupió la vieja y el pochoclero alcanzó a darle dos tiros certeros y nada pudo decir. Yo punterié, rápido de reflejos pero no tanto, y los bajé a los dos con las últimas balas que tenía. No me abataté y los rematé con la nueve del ennoviado. Los tres olían a pochoclos, y fue ahí que me di cuenta que él y la vieja se habían venido bicicleteando desde la estación. Manoteé una coca fría y rajé veredeando para que nadie sospechara, no había que delatarse en la fugitividad, eso uno lo aprende con los años, a fuerza de carcelación tras carcelación.
Cuando crucé las vías y llegué a la pieza, me envalijé unas camisas y me fui a lo de mi escondedora, Isabel, que además de callada no me viene con la sentimentalería de dejar el negocio. ¡Ay Isabel, si fueras más pidiente!
Comentarios