¿Quién de ustedes, por medio de inquietarse,
puede añadir un codo a la duración de su vida?
Mateo 6:27
(Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras)
Charlaron largo rato, pero no quiso hacer caso de las palabras del fantasma, y por lo tanto lo siguió. Persiguió su sombra durante todo el día, sin comer, sin beber, sin descansar siquiera. La noche llego de repente. El frío azotaba los huesos. La luna apenas prevalecía sobre la oscuridad nocturna. De súbito el espectro se perdió en los abismos de una fábrica abandonada. Sin dudarlo siguió su rastro, y entro a través de una abertura sin puerta. Sus ojos nada veían, mas a sus oídos llegaban como traídos por un violento torbellino, los gemidos y los lamentos de un alma agonizante. Provenían de allí adelante: de las tinieblas y del silencio. Caminando fue en busca de ellos, y por ellos dejaba guiar sus pasos. De vez en cuando emergían de las tinieblas horrendos alaridos. A veces traían consigo el dolor; a veces el terror mas exacerbado. Recorrían su cuerpo profusos escalofríos. Su semblante encontrabase duro como piedra y sus sentidos dominados por la pavorosa quietud del lugar. De un momento a otro deseo fervorosamente dejar de caminar, dar media vuelta e irse. Pero no podía hacerlo. Una fuerza que provenía desde lo mas profundo de su ser, y ajena de hecho a tal comprensible deseo, reducía su existencia al simple proceder que en ese instante llevaba a cabo. Y cada paso lo acercaba más. Y cada lamento aceleraba su ritmo. Y cada alarido erizaba su piel.
Transitaba ahora por un pasillo angosto, y allí adelante, no muy lejos de donde estaba, pudo admirar un tenue haz de luz blanca que descendía desde el techo. Dos figuras se destacaban bajo el débil resplandor. Una de ellas erguida y amenazante. La otra arrodillada y con la vista fija en el suelo. Rápidamente aminoro la marcha e intento que sus pasos no provocaran ruido alguno. Agacho su cabeza y observo atentamente en donde apoyaba sus pies. Alzo nuevamente su rostro y al hacerlo la desesperada prisa regreso a sus miembros. La silueta de pie llevaba un arma y sabia muy bien lo que esta se proponía hacer con ella. Era consiente de que nada podía realizar para evitar lo que allí sucedería, no obstante algo le decía que debía hacerlo, que debía intentarlo. Corrió raudamente con la vana pretensión de detener el tiempo. El ruido ensordecedor del disparo atravesó sus oídos y se apago en sus tímpanos. El olor a pólvora y a muerte lleno sus pulmones. Perplejo y con la conmoción aferrada a su ser, vio como la persona allí de pie alzaba nuevamente el arma y apuntaba contra su pecho. Se desplomo sobre el suelo casi sin vida. La sangre humedecía sus prendas y se secaba sobre su fría carne. El criminal esbozo una mueca de satisfacción, dio media vuelta y se perdió en la insondable oscuridad. Las fuerzas lo abandonaban presurosamente, mas pese a esto logro incorporarse sobre su hombro y admirar con asombro el cadáver allí tirado. Nada extraño encontró en sus vestiduras ni tampoco en su normal contextura física. Pero al fijar la vista en su rostro no pudo evitar sorprenderse. Pues el semblante que sus pupilas observaban pertenecía a aquel que había estado persiguiendo. Aquel cuyo andar errante lo había conducido a tal amargo destino. Y al verse allí, recostado sobre el suelo con una herida mortal a la altura de su estomago y la vida escapándosele en cada suspiro recordó las palabras del fantasma: “no te afanes en intentar cambiar aquello que tu mano no puede, solo inténtalo con aquellas cosas que a tu alcance están”, y se entregó a su final.
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