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El árbol y la luna

pablo2487pablo2487 Pedro Abad s.XII
editado noviembre 2011 en Narrativa
Era un país maravilloso. Un lugar lejano y desconocido para aquellos que dudaban de su existencia. Pero no para él, que hacia tiempo ya, ochenta largos años, se había embarcado en la búsqueda, y que llegaba, aventado por los vientos y las aguas, con su pequeña canoa de bambú a las costas de aquellas estancias. La diminuta embarcación encalló sobre la blanca arena. Descendió lentamente y algunos segundos después escrutó, estupefacto, la infinita anchura de la isla y admiró, pasmado, la inconmensurable flora que se prolongaba de lado a lado. La brisa, tenue y tibia, acariciaba su rostro y traía consigo el aleteo de las gaviotas, el onírico cantar de los ruiseñores y el perfume, el dulce y embriagante perfume de las flores, de las mil y una flores.
Divisó un sendero. Se hallaba, apenas visible, entre los altos y magníficos árboles. Camino con lentitud. Forzando un poco el alcance de su vista, intentó determinar por cuantos metros se prolongaba el camino que se hallaba ante si. No pudo hacerlo, más luego de varios minutos de caminata se afirmó en su interior la idea de que no se trataba de metros, sino de kilómetros. Largos y tediosos kilómetros. Largos por que aun su visión no podía apreciar un horizonte preciso. Tediosos porque no había nada a su alrededor por lo cual maravillarse. Solo maleza, árboles y silencio. Ya no se oía el cantar de los ruiseñores, ni el aleteo de las gaviotas. Atrás, muy atrás, había quedado el rugir de las olas en el mar.
Llevaba horas caminando, y se sorprendió al darse cuenta de que su cuerpo no daba muestra alguna de cansancio. El aire, limpio y puro, se esparcía en sus pulmones. Le sobraba a pesar de que su caminar era sin pausas.
Miró hacia delante. En su andar se interpuso una corriente de agua. Todo a lo ancho del bosque serpeaba un arroyo. Caminó por un puente tallado en madera, y llegó al otro lado. Transitó entonces por un sendero de tierra, liso, y pasó por debajo de una bellísima glorieta hecha de hojas y flores. Cuando sus ojos al fin vieron lo que había al final del trayecto, contuvo unos instantes la respiración, en una mezcla de emoción y escepticismo. Sus piernas flaquearon. Su entera humanidad se abstrajo absolutamente de todo lo que había visto y sentido anteriormente, pero no de lo que ahora había ante si misma.
“Era maravilloso…”.
El sitio era inmenso. Había plantas de todo tipo, flores, árboles, lagunas, arroyos, cascadas. Había personas caminando por todas partes. Algunas saboreando los variados frutos que podían encontrarse. Otras disfrutando de las frescas aguas en los arroyos. Y otras tantas simplemente transitando debajo de las arboledas, disfrutando de la brisa fresca y charlando entre sí.
Salió a recibirlo un hombre. Era alto, delgado, y su barba y sus cabellos eran blancos. Lo miro fijamente. Sus ojos eran de un color negro azabache.
- Has llegado –le dijo.
- ¿Disculpe?
- Estaba esperándote.
- No entiendo de que me habla.
- Pronto entenderás. Debes seguirme. Yo te guiare a donde debes llegar.
- ¿Qué es este lugar?
- Sígueme.
Comenzaron a caminar por un sendero. Todo alrededor, el pasto estaba cubierto de flores amarillas. Tuvieron que cruzar una laguna. Sobre la misma se alzaban algunos encorvados sauces, cuyas ramas se doblaban hacia abajo y besaban suavemente la corriente cristalina, que meciéndose entre las piedras devolvía el beso entonando una canción. Cuando llegaron al otro lado, de inmediato vieron a dos personas que corrían. Una hacia la otra. Al encontrarse se abrazaban con emoción. Y una de ellas, una mujer, rompía en llanto. Y las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y al tocar el suelo una pequeña flor amarilla brotaba de la tierra. El hombre de los cabellos blancos habló:
- El llegó hace muy poco. Ella lo esperaba hace ya mucho tiempo. De seguro necesitaba derramar esas lágrimas.
Silencio.
- Yo…
- Si, lo sé, usted no comprende. Pero le prometo que pronto entenderá. ¡Sigamos!
Mientras caminaban, el pasado, que hasta ese momento caminaba detrás de él, se interpuso, de súbito, en su camino. A su alrededor todas las personas reían, gozaban, y parecían rebosantes de alegría. Pero él, sin embargo, se encontraba con una rara sensación de desazón contenida. No podía ver aún lo que había por delante, y por lo tanto se lamentaba por lo que había dejado atrás. Su mujer, sus amigos, su hogar…su vida.
De pronto, una imagen resplandeció en su mente. Fue un brillo pálido y apagado. Lejano. Tan real como melancólico. Era de noche, y el cielo lloraba a las estrellas. La Luna dormía en su lecho de nubes negras, y apenas iluminaba el mundo. Aun así, en medio de tinieblas, pudo verla. Sus dos pequeños ojos brillando como luciérnagas. Su silueta, envuelta en un precioso vestido la hacia ver como esas bailarinas en miniatura. Como esas bailarinas de cristal, que danzan de forma magnífica entre copos de nieve. Así se veía allí parada. Espléndida. Radiante. Con los dorados cabellos cayendo, como lluvia de oro, hasta debajo de sus hombros. Y su voz… era como agua acariciando las rocas. Y el sabor de su boca… como el dulce sabor de la miel. Allí la vio por primera vez, y allí también…
La visión desapareció. Y rápidamente comprendió que aún seguían caminando.
Había comenzado a anochecer.
En su mente surgió la idea de que en aquel lugar no existía el tiempo. Como si todo lo que podía verse allí estuviera varado en algún abismo en donde ni el futuro ni el pasado coexistieran con el presente. Nadie se encontraba preocupado. Nadie era presa de la incertidumbre, de no saber que traería consigo el mañana. Nadie, en realidad, parecía dudar de que hubiera un mañana. Por su manera de actuar daban la impresión de que no tenían dudas de que el Sol saldría nuevamente, y de que iluminaría los verdes prados, salpicados aquí y allá de florcitas amarillas. Más él, en cambio, era sometido al recuerdo. Y lo único que añoraba, con un agudo sentimiento de extrañeza por que no podía hacerlo, era llorar.
Finalmente, llegaron. Era un lugar a campo abierto, con un río que cruzaba de lado a lado y con un árbol junto a la orilla. El viejo dio media vuelta y habló:
- Sabía muy bien, desde antes que vinieras, lo que pensarías cuando estuvieras aquí. Por eso preparé este lugar para ti. Para que la espera no te sea dolorosa.
- ¿Por qué habría de ayudarme este lugar?
- Acércate un poco más y podrás sentirlo.
Así lo hizo, y como poseído por un sortilegio sintió un sueño repentino. Flexionó sus rodillas, se sentó y apoyó su espalda contra la lisa corteza del árbol. A sus oídos llegaba el sonido del río acariciando las piedras, mezclado con un débil pero constante zumbido, como de laboriosas abejas en un panal. En ese instante lleno toda su boca el dulce sabor de la miel. Las hojas del árbol se volvieron doradas. Desde un cielo sin estrellas la nieve caía ligeramente dibujando círculos. Y al mirar mas allá, la luna de esbelta figura, se vestía de cristal.

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado noviembre 2011
    Que bonito y fantástico cuento;) muy bien narrado:p:)
  • pablo2487pablo2487 Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2011
    amparo bonilla escribió : »
    Que bonito y fantástico cuento;) muy bien narrado:p:)

    Gracias Amparo por tu comentario.
  • claudineclaudine Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado noviembre 2011
    Un intrigante cuento de bellas descripciones.
    Es tierno.
    Parece una metáfora: Él es un árbol y ella la luna. Se me antoja que dibujas un Paraíso, él llega antes y no estará pleno hasta que su mujer venga a reunirse con él. Mientras tanto le han otorgado un bello lugar donde esperar tranquilo...
    No lo sé, no te rías...,me ha encantado.

    Un cordial saludo de bienvenida.
  • pablo2487pablo2487 Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2011
    claudine escribió : »
    Un intrigante cuento de bellas descripciones.
    Es tierno.
    Parece una metáfora: Él es un árbol y ella la luna. Se me antoja que dibujas un Paraíso, él llega antes y no estará pleno hasta que su mujer venga a reunirse con él. Mientras tanto le han otorgado un bello lugar donde esperar tranquilo...
    No lo sé, no te rías...,me ha encantado.

    Un cordial saludo de bienvenida.

    Muchas gracias Claudine por tu comentario. Me alegra que te haya gustado la narración. Y si, buscaba una descripción paradisíaca. Tambien me intereso enfocar el tema de la muerte del lado del que muere y no del que queda con vida. O quizá el que queda con vida tambien muere de alguna forma... Bueno, eso será para otra historia.
    Un abrazo.
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