Prologo.
Judas 6
Y a los ángeles que no mantuvieron su posición de autoridad,
Sino que abandonaron su propia morada,
Los tiene perpetuamente encarcelados en oscuridad
Para el juicio del gran Día.
- Esto es un error querido hermano - una voz de terciopelo desnudo hablo para advertir. Con un desliz de sus suaves manos rosó el hombro del ángel de cabellos rubios y ojos de dulces azulejos.
- Peter de Andes, se que te preocupa mi decisión, pero ya he tomado un camino - respondió el ángel de cabello dorado. El ángel Peter, ángel hermoso de piel morena y inmensidades de pelo castaño, con hipnotizantes ojos púrpuras suspiro en cansancio por su hermano de raza.
- Pudiste haber suplicado su clemencia y misericordia a nuestro Señor - dijo el ángel Peter.
- Si nuestro Señor no me quiso dar el perdón de los pecados, no tengo por qué haber pedido su piedad. No pienso avergonzar una vez más a su gratitud.
- Hermano...
- Detén el gusto por llamarme hermano, ángel Peter - interrumpió el rubio con calmante voz y pacifica paciencia. El ángel Peter, lanzando de nuevo un soplido de aire gastado, negó con la cabeza lentamente, cansado de reprimir su total negación al comportamiento de su antes hermano. A partir del amanecer sería un desterrado. Un repudiado del reino de los cielos. Su único pecado no pasó desapercibido de su Señor y lo han condenado.
- Te llamare hermano hasta que despidas alas, aún eres un ángel...
- No soy digno de llamarme hermano ni llamarme ángel.
A lo lejos, en el infinito horizonte, los clarines del juicio sonaron en ancestral coro, anunciando que el amanecer llegaba. Empezaron las oleadas de viento con irresistible aroma a paraíso y con desdeñes de amargo dolor, el ángel Peter desplego sus alas de color plata y le dijo a su hermano, con indiscreta tristeza:
- Tened suerte en vuestro camino a la tierra de los mortales, cruzad el sendero del bien.
El ángel de cabello rubio, con un gesto de reverencia, le devolvió una media sonrisa, una sonrisa que podría hacer que el mundo se detuviese y que las mismas aguas dieran su pureza por tenerla.
- El camino del bien me llevó esto - le respondió en faz de cretina ironía. Peter de Andes emprendió vuelo y dejó caer una pluma de sus brillantes alas. El ángel de cabellos dorados la vio caer frente a sus pies, brillaba como la luna en la oscura noche, tan perfecta y hermosa. Hizo ceder sus piernas para alcanzarla en el aire, ponerla contra el pecho y pedir en nombre del Señor que cuidase de su amigo.
De nuevo los clarines resonaron en el infinito como golpes de punzantes agujas en el corazón. Miro hacia arriba cuando sus delicados oídos alcanzaron a escuchar las oraciones de sus antes hermanos, se plasmaban en el cielo como pétalos de rosas, suaves, delicados y eternamente bellos. Era la hora de la eucaristía angelical. No quería poner pies en el sagrado trono, no con su pericia para negar que sus actos habían sido un pecado, hubiera deseado ser lanzado de una vez al vacío. Y como bien habia dicho Peter de Andes, pedir perdón, no le era creíble, estaría mintiéndole al que todo lo sabe y engañándose así mismo.
Esperó que los rezos y plegarias de los ángeles cedieran y entonces la consagración empezaría.
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