Fue una noticia inesperada, pero no por ello cargada de entusiasmo y alegría; fuiste un regalito de Dios que llegó a nuestra vida sin llamar a la puerta, acurrucada entre sueños de ilusión. La primera reacción que traspasó mi corazón, fue él de llenarte con besitos de algodón la tripita de mama, mientras tú los convertías en pataditas inquietas desde su interior. Seguidamente, mis manos se convirtieron también en caricias temblorosas al recorrer con delicadeza y ternura el caparazón de terciopelo que te cubría, convirtiendo esa presencia extraña en pataditas nerviosas por la sensación. A partir de aquel momento mientras dormías el sueño sincero de la inocencia, deje volar la imaginación...

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