Cautivadas porque la orillas a las recurrentes olas,
las esperan inmóviles y eternamente con abrazos,
me hablaban del espectacular vaivén y que la aurora
las tiñe de luz rosa, las pasajeras nubes de paso.
Y entonces con el viento emigré siguiendo aves
hacia la inmensidad de los caminos, y solté tu mano.
Me siguió tu eco hasta alcanzarme:
“Si lloviznas demasiado desperdicias tu tempestad en vano”.
Pero aún así deseaba sobrevolar los vastos océanos,
lloviendo sin cautela, hasta hundirme en lo profundo de los mares.
Las apasionadas corrientes me alejaban de un cielo pampeano
y también, cada vez más, del horizonte de tus planes.
Ahora siendo gota de rocío he colmado ya tu vaso.
Y lloro casi imperceptible mientras caen silenciosas las horas
en las que voy rozando, cual espectro invisible, sigilosamente el suelo del ocaso.
Me preferías nube, pero sé sin embargo, que eres el orgulloso padre de la humedad en la flora.