Son expresiones de uso muy recurrente en estos foros: 'Quiero presentar..., hablar de..., promocionar..., proximamente en la librerías... 'mi' libro'. ¡Como si ese compendio de páginas -vividas, sentidas, sufridas...- fuera la única obra escrita en el mundo! Con todo el respeto que merecen quienes así se expresan a la primera oportunidad, cabría considerar que quizá deberían seguir escribiendo 'su' libro, de la misma manera que una madre -antes de parir-, debe seguir gestando a su hijo. Cuando nace -o se publica- la criatura, esta ya no pertenece a nadie. El recién nacido -niño o libro- deja de ser una proyección personal -de la madre o del autor-, en tanto que adquiere entidad propia, desde que sale de la editorial o del paritorio. Desde que asoma, como criatura única, puede convertirse en un desconcido más o en un regalo para quien se adentre en los sentimientos, humor, vivencias... que de él emanan. Se ha dicho infinidad de veces que la 'creación' literaria solo culmina al cabo de la lectura, que el relato se recrea en la fantasía imaginativa de cada lector. Nadie cuestiona el sano orgullo que produce en el escritor la obra acabada y, en mayor medida, la obra publicada; nadie emite juicios de valor sobre la mujer que se mira en su hijo y se empeña en mostrarlo a la vecindad, como la criatura más bella y más inteligente que haya parido madre. Sin embargo -sucumbiendo a la obviedad- el mundo está lleno de madres, de hijos, de escritores y de libros. Un prestigioso autor -por no hablar de 'creador'-, cuando ha de referirse a sí mismo, en ocasiones utiliza el término 'escribidor', con esa rara modestia que solo caracteriza a los grandes. Quizá utiliza tal expresión porque experimenta cierto pudor al utilizar el término 'escritor', calificativo que se desvirtua cuando con él se adornan sin reparo, tantas personas que escriben, a poco que consiguen publicar un microrelato o un poema. En sentido estricto, no todo el que escribe es escritor, del mismo que no siempre el que pinta la mona es pintor, ni el que cocina es cocinero. En la actitud de algunas personas que se refieren a sí mismas como 'escritores', quizá se podría apreciar cierto anhelo de notoriedad, de celebridad..., de 'ser alguien' en la escasa consideración que merecen en su mundo cercano. ¿Es ecaso ese ansia lo único que mueve en ese 'escritor' el tortuoso afán de escribir? ¿Alimentará mientras escribe, la íntima esperanza de vivir del dinerillo que le podría reportar la posible venta de su libro? De tan vanas expectativas no puede nacer una obra literaria cuanto menos aceptable. Una buena novela solo alimenta el espíritu de quien la lee; una novela insustancial no alimenta a nadie. Ante tal planteamiento se pobría objetar que quien tiene algo que contar debe escribir, y si escribe debe -o al menos puede- aspirar a publicar su obra. Y si ha conseguido publicar unas páginas, debería darlas a conocer sin escatimar medios: presentaciones, firmas de ejemplares, foros, campañas publicitarias... Aun entendiendo lo legítimo en todo caso de tales aspiraciones, a menudo se observa cierto 'sin vivir', acompañado de cierta tendencia a inflar el ego. Tal actitud parece, cuanto menos, un error de planteamiento o una estrategia cuestionable. En tal caso el desacierto casi siempre se traduce en autocomplacencia y vacuidad en las formas. Algunos 'creadores' a menudo sufren espejismos y, a poco que rozan una nube, creen que ya han tocado la Gloria. Tal falsa percepción se manifiesta con tintes de 'vanagloria'. Del mismo modo que un recién nacido, el libro reciente debe alzarse con tiento y las cautelas de quien aún no sabe andar. Debe gatear y dar los primeros pasos de la mano de sus progenitores, allegados e interesados: el autor, el editor, el concejal de cultura, el librero de la esquina... De este modo avanzará y hasta tropezará con obstáculos que pondrán a prueba su valía en el vasto mundo literario. Si en virtud de esa valía -también por fortuna o por artes de mercadotecnia-, el libro supera todos los obstaculos, a menudo ocurre que al autor solo se le puede rendir homenaje in memoriam, con unas flores en el cementerio. Si contados son los escritores desconocidos que logran asomarse a la curiosidad del lector, menos son los que lo consiguen yendo de aquí para allá con 'su' libro bajo el brazo y con la boca llena de palabras vanas. Pocos son los libros de autores desconocidos -resulta penoso reconocerlo- que no acaban entogados en la soledad de un almacén u olvidados en el estante polvoriento de la librería del barrio. La actitud humilde y paciente del autor, debería animarle a seguir escribiendo, con la esperanza de zafarse de esa realidad, que acaso podría no afectar a su obra. De otro modo podría sucumbir al ansia del 'escritor sin nombre'. Quizá esta se cuece en el fuego de motivaciones ajenas al placer de escribir, a la luz de una profunda inseguridad, bajo el hielo de unas expectativas nada favorables. Sin embargo, el ansia de reconocimiento, ese deshacerse en panegíricos y en la inútil busqueda de glosas vanas, manidas..., podrían precipitar la caída de 'su' libro, cuando este aún no se alzado en pie. ¿Y qué actitud debería tomar el autor novel en relación con su obra recién editada? Quizá habría que insistir en hacer acopio de paciencia, de la misma discreta y tenaz paciencia que necesitó para escribir y para ver publicada su obra. Cuando el libro ha sido publicado, entonces ya no 'pertenece' a nadie. Serán los familiares, concidos y amigos quienes primero se han de asomar a sus páginas. Unos lo hojearán con más novelería que interés, otros leerán un capítulo, algunos sólo se complacerán en ver su nombre manuscrito en la repetida dedicatora. Sin embargo, si el libro en sí -al margén de la paternidad del autor- despierta interés en un lector, entonces se habrá abierto ante él una pequeña senda, una vereda muy estrecha aún, pero un camino al fin y al cabo. Aquellos a quienes la lectura les ha producido placer o agrado lo recomendarán a otros posibles lectores de gustos afines, estos a su vez a unos terceros... Llegado a este punto el autor siente una íntima satisfacción: su fantasía, sus vivencias recreadas, sus 'mentiras', su tiempo, su vida..., se han proyectado y fundido con otras fantasías, otros tiempos, otras vidas. El libro adquiere su razón de ser cuando germina en la mente inquieta de -al menos- un lector; es entonces cuando el escritor siente que cobra sentido su obra. Ya la criatura no le pertenece porque no la siente y apenas recuerda la gestación 'placentera': placer de escribir, placer de placenta... Sólo queda en él un vago recuerdo de aquel sufrimiento, aquella idea de un embarazo a perpetuidad, cuando ni un hospital -una editorial- le acogía para alumbrar el parto. Pero al fin la criatura está ahí. Vive su vida con mayor o menor fortuna y sólo se pertenece a sí misma, a sus páginas plenas de reminiscencias, emociones, sensaciones... que una vez fueron suyas. Quizá al cabo de unos meses, unos años, unos siglos..., ese libro sin dueño ocupará en el mundo literario el lugar que le corresponde. :rolleyes: