He vuelto a escribir el relato, desarrollando más la historia. (Me pedía más, y no podía dejarlo como lo terminé) Los nuevo personajes, son el ex-policía Henry Cooper y el policía Hank Murdok. Os cuelgo el tercer capítulo, que es el previo a la aparición de estos nuevos personajes.
TERCER CAPÍTULO: Richi
Tenía que conseguir esa prueba. Me quedé pensando, en la conversación que había mantenido con Joe. “El cementerio de Evert Moore”, quizás no sea una mala idea. Me fui a mi habitación, en la que había pegado un póster de Jessica Alba. Me gustaba, me había imaginado con ella infinidad de veces en una playa desértica. Por supuesto, ella no llevaba ninguna prenda de ropa. Abrí el armario y saqué unos vaqueros desgastados, una camisa negra y un pasamontañas. Quise ser lo más precavido posible. Pensaba, en alguna otra cosa que me hiciese falta. Quizás una linterna, aunque descarté la opción. Era mejor la oscuridad, o en tal caso una luz tenue. Pero no una linterna. Me puse la ropa y salí del apartamento. Me dirigí al garaje y arranqué la moto. En el cementerio, seguramente hubiese una pequeña sala dónde preparasen a los muertos antes del entierro. Cuando llegué al parking exterior, no había ni un solo vehículo. Miré mi reloj de pulsera, y vi que marcaba las tres y media de la madrugada. Apagué el motor y eché un vistazo rápido a mi alrededor. Había una verja metálica y unas puertas de cristal. Suponía, que debían ser la principales pues no se veía ninguna otra entrada. Me dirigí a las puertas, para ver si podía ver algo del interior. Pero estaba todo a oscuras. Me alejé y miré la verja. No era muy alta, y la podía saltar sin problemas. Di unos pasos hacia atrás, y empecé a correr. Salté, caí sobre la hierba y me levanté. Tenía que esperarme durante unos minutos, hasta que mis ojos se acostumbrasen a la escasa luz que había. La luz, venía de una farola que estaba un poco alejada. Saqué de mi bolsillo derecho el pasamontañas, y me lo puse. Me dirigí a la entrada principal, pues estaba justo a mi derecha. Cuando llegué, no podía ver nada. Pues estaba todo a oscuras. Busqué en mis bolsillos un mechero. ¡Sabía que esto no podía fallar! me dije. Respiré aliviado y lo encendí. En el vestíbulo principal, había un mostrador para recibir visitas. Justo a la derecha, había unas escaleras. Mientras bajaba, prestaba atención a cualquier sonido que pudiese producirse. Concretamente, esperaba escuchar las pisadas de un vigilante. Pero de momento, bajaba en el más absoluto silencio. Llegué a una pequeña sala, abrí las puertas y accedí al lugar dónde se suponía que preparaban a los muertos. Había dos camillas metálicas. Parecidas, a las que llevaban los celadores de cualquier hospital. Sobre ellas, dos cuerpos. Me acerqué un poco más, y vi el rostro de un hombre y el de una mujer. El del hombre, tenía unos labios gruesos, el pelo negro y unas manos también gruesas. Una tela verde, tapaba las partes más íntimas. Tenía un nudo en el estómago, aunque estuviese muerto, no me apetecía en absoluto cortarle una parte de su cuerpo. Reuní las fuerzas necesarias y le corté el dedo índice. Lo envolví en un trapo sucio. Salí de la sala, y comencé lentamente a subir las escaleras. Me paré, antes de llegar al vestíbulo principal. Escuché unas pisadas y la voz nerviosa de un vigilante de seguridad...
-¡¿Quién anda ahí? -gritaba.
Estaba un poco nervioso, pues se le podía ocurrir la idea de bajar las escaleras. Pero no fue así. Desistió y salió al exterior. Ahora tenía que extremar más la precauciones, me dije. Antes de salir al exterior, apagué el mechero y caminaba vigilando mi alrededor. Cuando llegué a la hierba, vi el reflejo de la linterna en los cristales de las puertas. Esperaba, mientras el corazón me latía a toda prisa. Afortunadamente, se alejó de la zona dónde yo estaba. Retrocedí unos metros hacía atrás, tomé carrerilla y salté. Caí en el duro asfalto del parking. Me levanté y me quité el pasamontañas. Fui a la moto. Mientras conducía, empezaron a caer unas pequeñas gotas de agua. El color anaranjado de las nubes, la lluvia, todo ello me relajaba. Necesitaba estarlo. Estaba cerca del restaurante, pues ya podía ver las luces. Esperé a que el semáforo cambiase a verde, y bajé por la rampa hasta el garaje. Aparqué la moto, subí las escaleras, cerré la puerta de mi apartamento y llamé a Joe. Esperé un tono, dos tonos...
-¡Richi! -exclamó.
-Ya tengo lo que necesitas Joe -respondí
-Eso da la mismo ahora, creo que Doug sospecha algo. Es solo una intuición, pero yo no voy a ir a que me vuelen la cabeza.
-¿Y para eso me haces ir al cementerio?
-Los planes cambian Richi, así que haz las maletas. Nos vamos a Nueva York.
-¿Nueva York?
-Sí, al menos durante unas semanas. Hasta que se calmen las cosas.
-Esta bien, esta bien.
-Nos vemos en el aeropuerto en una hora.
Colgué el teléfono y empecé a recoger las cuatro cosas que consideraba imprescindibles.
Comentarios
Estaba retirado del cuerpo policial de Nueva York, pero de vez en cuando mi colega Hank Murdok me pedía ayuda. Estaban siguiendo la pista de un traficante de Miami, y casi siempre tenía una coartada. Pero esta vez, las cosas habían cambiado ligeramente. Al menos eso me explicó Hank, la última vez que nos vimos. Tenía que reunirme con él, en una cafetería próxima al Times Square.
Vivía en un apartamento de Manhattan. Únicamente, tenía la compañía de mi “hasky” . Le había puesto el nombre de “Blue”, por sus ojos azules. Estaba sentado en un sofá un poco mullido, dejé de acariciar a Blue, y fui a mi habitación a cambiarme. No tenía muchas ganas de ir, pero al menos podía hacer algo útil y cambiar la rutina. Abrí el armario y escogí unos pantalones negros y un jersey marrón. Odiaba el invierno es esta ciudad, sobre todo cuando nevaba copiosamente. Cogí el anorak y lo dejé apoyado sobre el sofá. Fui al baño y me lave la cara. Quizás me viniese bien afeitarme, al final desistí. Fui a la sala de estar, cogí el anorak y bajé por el ascensor hasta que llegué a la entrada principal. Salí a la calle y miré el cielo. Tal vez puede que llueva. Me dirigí al metro, mirando a la gente con la que me cruzaba. Siempre estaba atento, nunca sabías cuando algún listo intentaba robarte la cartera. Bajé las escaleras, y esperé unos minutos en la estación. Cuando salí del metro, me dirigí a una cafetería. La cafetería se llamaba: “Start Up Cofee”. Hank ya estaba sentado. Me vio y me saludó. Me quité el anorak y lo apoyé en el respaldo de la silla. Hank tenía el pelo oscuro, vestía con un jersey negro y unos vaqueros azules. Nos dimos la mano, y me miró con un semblante serio...
¡Saludos!