Cruje el piso, Tiemblan los espejos. Se agitan tablas de madera. El chivo espectral vive aùn entre nosotros. Corro de caída a salto, entre mi distancia y la tuya, hacia la entrada, la entra de mi salida. En el umbral de mis intenciones han de formarse nubes enardecidas, caprichosas y expectantes, otra vez.
Vuelvo a estar en mi habitación y decido si huir o grita, quizás arrojarme al suelo a descansar, miro hacia el techo y observo una gota gigante violeta, que está por caer. La habitación Tiembla, los libros se mueven, la luz se va y regresa, y tu no estás. Cuerpos desnudos aparecen en un cuadro, y tú no estás ahí, relámpagos luminosos y cortantes fulminan la nuez del campo, y tú no estás ahí.
Ahora estoy debajo de mi escritorio y solo veo tierra, musgos y soledad, lo que me acompaña es la ausencia, no la tuya si no la anuencia del poder de acción. La espera es mi pago por mis fechorías, y también es la faena encarnada en las oportunidades, la habitación continúa moviéndose, y tú sigues fuera.
Otro texto en honor a la melancolia y a los recuerdos, inocente pero forjado desde la desesperaciòn.