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HORMIGAS ROJAS. Parte 2. Por EL MURCIÉLAGO ROJO.

AMBADARLAAMBADARLA Pedro Abad s.XII
editado enero 2011 en Narrativa
HORMIGAS ROJAS. Parte 2.


El bicho sigue inmóvil dentro del bote, parece de juguete. La mosca, en cambio zumba en busca de una salida chocando contra el cristal. Cuando se cansa, se adhiere a las paredes del bote y comienza a dar vueltas en círculo. Santiago le hace un gesto para que guarde silencio. Paciencia, le ha dicho antes de comenzar con el experimento, en la cocina. Se trata de esperar. Ricardito sabe lo que es eso. Esa misma mañana, después de desayunar, ha ayudado a su madre a hacer las camas.
— ¿Cuándo viene papá?— ha preguntado, intentando que parezca una pregunta inocente. Y como su madre ha seguido alisando las colchas sin decirle nada, él ha tenido que insistir.
¿Cuándo viene papá?
Aún le queda, ha respondido ella, evitando su mirada. Aun le queda. Paciencia.
Paciencia.
Todos se la piden, como si fuera algo que él escondiera en el bolsillo del pantalón. No, Ricardito no tiene paciencia, pero el monstruo del bote sí.
Ricardito ve la cara de su primo deformada y expectante a través de las paredes del bote.
Al fin, la mosca se posa sobre el lomo del alienígena del espacio exterior y da unos pasitos cortos, como tanteando el terreno, o intuyendo un peligro invisible. La mantis aguarda, sin movimiento aparente. Parece una rama seca.
Pero no lo es.
Cuando la mosca pisa un punto concreto de su lomo, las enormes pinzas se disparan, tan rápidas que desaparecen durante un instante. Y cuando vuelven al mundo real, la mosca se debate entre ellas, atrapada. Después el monstruo proyecta las pinzas hacia delante y lentamente, muy lentamente, se acerca la mosca a la boca y comienza a devorarla. Por la cabeza, como predijo Santiago.

Por la tarde bajan Fernando y Aitor, los primos de Bilbao, con un par de carabinas de perdigones. Los de Bilbao no son primos de verdad, no como Santiago, sino primos segundos. Ricardito no ha entendido nunca eso de los primos segundos y terceros. Al parecer, todos los habitantes del pueblo son primos, de un rango u otro, de alguien de su familia, por lo que, cuando Ricardito sube al pueblo, anda siempre preguntándose si tal o cual niño o niña será pariente o no. Y es que todos los demás parecen saberlo menos él.
Fernando y Aitor bajan a menudo a por Santiago para ir a pescar o torturar animales. Una vez, por ejemplo, cazaron un murciélago. Fernando, el mayor, decía que a los murciélagos les gusta fumar, y como ninguno de nosotros le creía, sacó un paquete de Ducados que había robado a su padre, y le encasquetó uno en la boca al bicho. Después repartió uno a cada uno y les prendió lumbre. Y allí estaban los cinco: cuatro niños y un murciélago, fumando tabaco negro en mitad del campo. Ricardito, que nunca había probado el tabaco, tosió hasta echar la papilla y los otros rieron con ganas. No le importó porque se dio cuenta de una cosa. El murciélago chupaba del cigarrillo, sí, pero tampoco parecía gustarle. La diferencia entre ellos dos era que el pobre animal no podía escupirlo porque le habían desencajado las mandíbulas.
Disparan a las latas y hacen que varias botellas estallen en pedazos. Se jalean entre ellos. De vez en cuando le dejan tirar. Ricardito sabe que su padre tiene una de esas carabinas y que la usaba para matar pajarillos, pero nunca se la ha enseñado. De todas formas su padre no está allí ahora. Así que se conforma con las migajas que le ofrecen los primos de Bilbao. No les cae bien, está seguro, pero como está con Santiago le aceptan y eso ya le está bien.
Cuando se cansan deciden volver a casa de Santiago para merendar, pero antes de llegar se tropiezan con un gigantesco cráter, medio oculto por los pilones de piedra maciza que delimitan la era.
— ¡Jo, que pedazo de hormiguero!— exclama Aitor.
Santiago se acerca y da un par de pisotones alrededor, y unos segundos más tarde, un millar de hormigas abandonan la boca del cráter, furisosas y dispuestas a defender su territorio.
— ¡Son rojas! ¡Esas pican de la ostia!— dice Fernando.
Solo son hormigas, replica Santiago. Ricardo y yo hemos cazado una mantis, y eso sí que mola. Santiago le guiña un ojo, y Ricardito sonríe, agradecido de que no haya explicado cómo la han cazado.
— Pues fijo que éstas de aquí pueden con la mantis esa— dice Fernando, encendiéndose un cigarrillo.
Santiago se burla:
— ¡Pero que dices! ¿No sabes que las mantis comen hormigas? ¡No digas chorradas!
— ¡Te digo que se la cargan!— insiste el de Bilbao.
Y durante unos minutos estalla una acalorada discusión sobre quién tiene más mala leche; la mantis o las hormigas rojas. Los de Bilbao dicen que las hormigas. Ricardito apoya a su primo. Sin duda la mantis se pondría las botas.
Y como no podía ser de otra forma, deciden comprobarlo con ese apasionado espíritu empírico que tienen los niños. Así que vuelven a casa de Santiago, olvidada ya la merienda.
La madre de Ricardito está con su tía, en el comedor, cuando ellos irrumpen. Estaban hablando en voz baja cuando han entrado en la casa, pero al verles se interrumpen y quedan en silencio. Mientras sus primos van a por el bote de cristal, Ricardito se queda en el salón, con las dos mujeres, paralizado mientras ellas le estudian de una forma extraña. Nota algo en el aire, una calidad espesa, enrarecida, que le pone la piel de gallina por un instante. Después, avergonzado sin saber muy bien por qué, deja el salón y corre tras sus compinches, que ya se han hecho con la mantis.

En la era todo está listo. Santiago tienen el bote, y los cuatro críos están excitados por la proximidad del combate.
— Ésta— dice Santiago, con morbosa fascinación— se come a sus machos después que la montan. Los agarra del cuello, y ellos se dejan, y se comen la cabeza, igual que con las moscas.
¿Cómo lo sabes?, pregunta uno de los de Bilbao.
— Porque me lo ha dicho mi padre— responde Santiago—. Y además, el macho, mientras se lo están comiendo, se la sigue follando.
Risas y burlas. ¡Venga ya! ¡Te lo estás inventando!
— ¡Que no! ¡que es así! ¿Acaso no sabes que si le cortas el cuello a un pollo, el cuerpo sale corriendo sin cabeza?
— Eso es verdad, que el tío Félix lo hizo un día en el corral— admite Aitor.
— ¡Pues eso!
Ricardito escucha la conversación, pero no interviene. Es un niño de ciudad, como le suelen recordar sus abuelos. No ha visto jamás un pollo decapitado correteando, ni a una mantis comiéndose a su macho mientras follan. Pero es capaz de imaginarse esos horrores con todo lujo de detalles. Intuye, con certeza infantil, que algo que suena tan increíble tiene que ser, indefectiblemente cierto.
Santiago asiente, como si le estuviera leyendo el pensamiento, y entonces vuelve a pisotear las paredes del hormiguero hasta que un manto de hormigas, ciegas de rabia, cubre la zona. Después abre el bote y deja caer a la mantis al suelo.
Las primeras hormigas se lanzan sobre el enemigo con rapidez. Suben sobre la mantis e intentan cortarla con sus afiladas mandíbulas. Son valientes y disciplinadas, pero caen rápidamente. Las pinzas de la mantis las despedazan con eficiencia, y son devoradas. Se saca una del lomo, luego otra, y otra.
Pero, aunque se mueve veloz, con unos reflejos impresionantes, pronto se ve desbordada. Una veintena de hormigas rojas están ya sobre ella, acosándola sin piedad. Una docena más ataca cada una de sus patas, allí donde las articulaciones hacen más débil su coraza. El instinto asesino de la mantis es temible, sin duda, pero la fuerza combinada de las hormigas las convierte en un enemigo formidable al que nunca antes se ha enfrentado.
El alienígena, al verse superado en número, emprende sabiamente la retirada. Pero ya es tarde. Las hormigas la inmovilizan.
Y finalmente una de sus patas es amputada, y el monstruo cae.
Y eso es el fin. Porque inmediatamente se ve cubierta por un centenar de hormigas que proceden a desguazar su cuerpo con salvaje eficiencia.
Y la arrastran. La van arrastrando hacia la boca del hormiguero.
Cuando desaparece, la mantis aún se mueve, pero ya sin furia, abandonándose a lo inevitable.
Ricardito y sus primos observan el espectáculo con horror y fascinación. Y cuando termina, tienen la sensación de haber sido testigos del ocaso de un dios. La caída de un titán.
Las hormigas se repliegan, llevándose a heridos y muertos con fines, ellos saben, nada altruistas, y Santiago se encoge de hombros, decepcionado.
— Te lo dije— le pincha Fernando—. Nadie puede con las hormigas rojas.



Sergio Álvarez Calzada©2010.
[email protected]
www.elmurcielagorojo.blogspot.com

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Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado enero 2011
    no sabía lo de las hormigas ni que el pollo siguiera vivo, luego de cortarle la cabeza, vamos aprendiendo más cositas.
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