Sentada en la escalera que da directamente de la calle al segundo piso de lo que parece ser una bodega, reconozco que estoy desorientada.Desde aquí me es imposible volver al difuso punto de partida.Entibio mis manos entre las rodillas, miro al cielo nublado y sombrío, la luna apenas se asoma dejando en evidencia la monotonía de este lugar.
Toco con el índice la punta de mi nariz helada, entorno los ojos, jugueteo distraídamente con mi cabello y apoyo los codos en mis rodillas y cuando el abatimiento comienza a pesarme me paro decidida a encontrar la salida.
Perdida en la angosta y mojada callejuela de adoquines. Altas casas de ladrillos a ambos costados y una soledad persistente hasta donde mi mirada me devela.
Avanzo un trecho que me parece interminable siempre rodeada de una sombra densa y de un halito de humedad inveterada.
Desde una ventana abierta en el piso inferior de una taberna se escuchan grandes risotadas y una lánguida melodía ejecutada en un guitarrón. Siluetas danzando bajo la incipiente luz de unas lamparas de kerosene y un jolgorio general. Un hombre se acerca a la ventana y me ve. Sin dudarlo me retiro cuando se dirige a mí con un balbuceo alcohólico y emprendo una huida a largos trancos dejando atrás los ruidos festivos que antes había agradecido.
Tras una larguísima caminata finalmente me vuelve a absorver este silencio sólo interrumpido por el eco de mis pasos. Un retumbar que me acompaña aunque me delata, imposible de disipar y que intento olvidar atendiendo a las pequeñas lagunillas de lluvia que se forman entre los adoquines y que la luna viene de vez en cuando a iluminar.
En la esquina choco inesperadamente con una dama que no demuestra inquietud con mi presencia y que se ve impasible a esta hora de la noche. Mientras investigo con la mirada aguzada a mi alrededor, ella extiende hacia mí su mano enfundada en fino guante de cabritilla manteniendola de ese modo hasta que la tomo.Cogida de mi brazo gira con lentitud en sentido contrario a mi destino y tira suavemente de mí, llevada así me vuelvo a hundir en la sinuosa y larguísima calle en una caminata solemne y silenciosa.
Una mantilla le cubre la cabeza aunque un rizo se escapa sobre su hombro.Varias capas de ropa se mueven al compás de sus pasos y el charol de sus borceguíes brillan de vez en cuando bajo el borde de sus largos faldones.
Es de mi altura, delgada y elegante. Sumida en sus meditaciones deja escapar murmullos que se pierden sin que me atreva a interrumpirla.De reojo la miro y cuando presiento que nuestras miradas se cruzan un sentimiento inexplicable de apego y respeto me embarga y me lleva incluso a tocar tímidamente su brazo pero un instantáneo respingo repone las distancias.
Me agrada el perfume de lavanda que ella exhala, la tenaz tensión y el ronroneo de su invisible boca.Su caminar se hace más lento hasta detenerse frente a una impresionante construcción.
Avanza para asir la aldaba de bronce de la inmensa puerta de madera y el sonido profundo resuena largo rato. Luego, se despide con una casi imperceptible inclinación y desaparece.
Nuevamente al arbitrio de esta otoñal soledad nocturna.Estoy a escasos metros de la escalera, reanudo mi caminata anhelando otras calles con transeúntes, faroles y quizás el sincopado tranco de un carruaje.