“EL LABERINTO DE LA ATLANTIDA”, de Álvaro Bermejo
Hace veinticinco siglos el griego Platón contó la historia de la Atlántida en dos de sus diálogos –Critias y Timeo-. En ellos habla de una isla “más grande que África y Asia juntas”, cuna de una civilización muy avanzada e inmensamente poderosa. Su flota dominaba todos los mares, sus ciudades se iluminaban en la noche por medio de “soles artificiales y, según parece, poseían un arma de destrucción masiva, el “Rayo de Poseidón”, que convirtió a sus reyes en algo parecido a los amos del universo. Sin embargo, cuando se encontraban en la cúspide de su gloria, un terremoto y un diluvio hicieron desaparecer la isla continente “en un día y una noche”. El relato de Platón ocupa menos de diez páginas pero ha dado lugar a miles de libros. De generación en generación, la leyenda de esta geografía mítica sigue provocando olas de interés que sobreviven a todas las críticas. Su mera mención genera un efecto casi hipnótico, tanto en aquellos que creen en la existencia de la isla, sino incluso entre aquellos que la consideran una utopía o de una falsedad. ¿Existió realmente la Atlántida o se trata de una mera fabulación ideada por el filósofo, una lección moral acerca del destino que les aguarda a todas las civilizaciones que sucumben al vértigo de un poder imperial y una tecnología hiperdesarrollada, las que acaban desafiando a los dioses y divinizando al hombre mismo?
La ciencia se muestra absolutamente escéptica y, en ocasiones, su incredulidad se manifiesta con cierta sonrisa de suficiencia, como si se tratara de un cuento. No obstante, la falta de pruebas concretas no anula la posibilidad de su existencia. Durante mil años se creyó que Pompeya y Herculano, las ciudades sepultadas bajo la lava del Vesubio, pertenecían a la leyenda… hasta que se descubrieron. Sucedió lo mismo con Troya. Se consideraba una licencia poética de Homero… Hasta que un heterodoxo como Heinrich Schlieman comenzó a excavar y encontró, no una, sino hasta siete Troyas superpuestas. Otro desafío a la historia oficial tuvo como escenario la isla de Creta. Nadie daba por cierta a la civilización minoica, hasta que Arthur Evans sacó a la luz los fabulosos palacios de Cnossos y Faistos. Sucedió lo mismo con Tartessos, otra civilización presuntamente legendaria, ésta ubicada en el sur de España, que dejó de pertenecer a la leyenda cuando Schulten sacó a la luz sus primeros vestigios.
Tanto Creta como Tartessos están conectadas con la leyenda de la Atlántida. Hay quien sostiene que se trataba de dos de sus Puertas Mayores. Nuestra civilización también lo está, pero por otro camino. La Atlántida constituye el paradigma perfecto de nuestro estado de conciencia: también nosotros hemos desafiado a los dioses y divinizado al hombre, nuestra tecnología nos ha deparado un nivel de bienestar sin precedentes, pero está llevando al planeta al borde del colapso. Desde la amenaza atómica a la urgencia ecológica, no cesan de repetirse las voces que anuncian un Fin de los Tiempos y el temor a un holocausto, climático o atómico, de magnitudes planetarias.
Este es el telón de fondo sobre el que se escenifica la última obra de Álvaro Bermejo –“El Laberinto de la Atlántida”, editorial Algaida-. Una novela inteligente, apasionada y seductora como pocas, que se mueve en dos tiempos y entre dos mitos. Por una parte, la Creta ocupada por el III Reich y la de los años ’70. Por otra, el mito de la Atlántida frente al del Laberinto del Minotauro. El protagonista es un espía de origen español, Víctor Barrantes, que intenta desbaratar los planes de los nazis en la isla. Así descubre que lo que les ha llevado hasta allá no es sólo la estricta ocupación del territorio. Guiados por los visionarios de la organización “Ahnnerbe” los nazis buscan una “cabeza de poder” donde se guardarían las claves del “Rayo de Poseidón”, un catalizador de energía de magnitudes devastadoras que pudo ser la causa de la destrucción de Atlantis, en el 1.500 antes de nuestra era, pero también la baza decisiva para imponer la bandera de la svástica en la Europa de 1943.
Capítulo sobre capítulo, esta intriga se va entrelazando con otra no menos inquietante: los habitantes de Creta, sin ser conscientes de ello, reviven en su propia piel los viejos mitos de la civilización minoica, y el propio Barrantes sucumbe a su seducción. Una mujer, Sirah Dracodiadis, le revela la existencia de un laberinto subterráneo. Ella no sabe que es la encarnación de Ariadna, pero allá, tras la última puerta del laberinto, les aguarda el último heredero del linaje del Minotauro, un monstruo triste, de cuerpo humano y cabeza de toro. O como diríamos ahora, un cruce genético perpetuado a través de los siglos, que demuestra, finalmente, la realidad de la leyenda. Creta se revela como un territorio superviviente del gran cataclismo que acabó con la Atlántida, y en la cabeza del Minotauro sepultado en su laberinto están cifradas las claves de ese “Rayo de Poseidón”, que tanto codiciaban los nazis.
Barrantes entonces se convierte en un nuevo Teseo, decidido a acabar con esa manifestación demoniaca del monstruo que encarnan los nazis, y su Ariadna será aquella mujer misteriosa que acabará erigiéndose, como en los tiempos del rey Minos y el enigmático Príncipe de los Lirios, en la gran sacerdotisa del Laberinto.
Sobre el papel parece una trama imposible. Además del dominio de los territorios del mito y de la historia, es preciso acreditar una gran sabiduría narrativa para llevar este relato a buen puerto. Bermejo se revela como un narrador poco común. Nos sólo nos sumerge en su relato desde la primera página, cautivándonos con sus conocimientos. A medida que vamos adentrándonos en el misterio, gracias a la fuerza de una historia muy bien contada, consigue que nos convirtamos en cómplices de sus personajes y vivamos sus pasiones casi en carne propia. Ciertamente esta novela lo tiene todo: pasión, aventura, romance, magia, misterio y, sobre todo, la voz de un gran seductor que nos cuenta una historia maravillosa en primera persona. Así como entrelaza los dos mitos y los dos tiempos, la Atlántida y el Laberinto, la II Guerra Mundial se configura como un modelo a escala de nuestra propia guerra personal, donde todos batallamos contra Minotauros más o menos visibles, donde todos soñamos con poseer un “Rayo de Poseidón” que nos convierta en “andros-theoi”, en “hombres dioses”.
Escribo este comentario todavía atrapado por la fascinación de esta novela insólita entre las insólitas -“EL LABERINTO DE LA ATLÁNTIDA”-, que no puedo dejar de recomendar. Henry James clasificaba las novelas en dos géneros: “las que tienen vida y las que no”. Esta rebosa vida y espíritu, trasciende el despliegue de sabiduría que la adorna y nos ofrece algo que rara vez podemos obtener incluso de la vida misma: una experiencia emocional con significado. Por eso se trata de una obra simultáneamente prodigiosa y peligrosa: si no conoces el mito de la Atlántida, te empujará a conocerlo, querrás saber más, querrás saberlo todo. Si ya lo conoces, es posible que comiences a pensar que la Atlántida sigue viva, presente y operante, en alguna dimensión de nuestro propio mundo. Lo que sabemos no es más que la punta de un iceberg cuyas nueve décimas partes permanecen sumergidas bajo las aguas.
Un célebre visionario norteamericano, Edgar Cayce, vaticinó que la vieja Atlantis emergería precisamente en este tiempo, y que su emersión marcaría el fin de nuestra civilización. En el territorio de lo imaginario -¿o en el de lo real?-, los protagonistas de la novela de Bermejo consiguieron desactivar esa amenaza. Posiblemente hoy también está en nuestras manos que aquello que sucedió ayer no vuelva a suceder mañana. “EL LABERINTO DE LA ATLANTIDA” supone toda una iniciación en el enigma. Imprescindible para todos aquellos que sigan pensando que la literatura es algo más que un divertimento. Hay otros mundos, ero están en éste. Hay otros libros que hablan de la Atlántida, pero me atrevo a afirmar que este es uno de los mejores.
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Sergio Palomares