La vimos sonriente y altanera, marcando sus pasos con el balanceo de su carpeta y moviendo su coleta sin parar. Aquel día Sara desapareció después de la clase de inglés. A los dos días la Guardia Civil la despertó en una playa de Almería. Estaba sola, fea y asustada.
Esperó sin éxito el abrazo de su madre al llegar a casa, no hubo gritos, ni reproches sólo silencio después de cerrarse la puerta. Dentro de su cuarto volvía a tener quince años y abrazaba con ternura infantil sus peluches, después de unas horas volvía a la rutina de sus minifaldas, sus enormes pendientes y sus ojos escondidos tras la máscara de maquillaje.
Manu la esperaba tras contestar algunas preguntas, había salido airoso una vez más de esta escapada, esta vez se llamaba Sara, no era la más guapa, pero sus padres estaban divorciados y alejados de la responsabilidad de tener una hija. La vio a lo lejos, sacó su cartera del bolsillo para comprobar el dinero del que disponía, se tapó los ojos con la gorra y la recibió con un beso. Manu no recordaba si alguna vez había sido niño, con dieciocho años no había sentido el vértigo de pensar en el futuro y se sentía lejos de la gente, lejos de todo lo que le rodeaba. Había conseguido ignorar las palabras de su padre. “Estás perdiendo el tiempo”. Tatuó en su brazo una frase “No hay recuerdo que el tiempo no borre ni pena que la muerte no acabe.” Aquella noche en Almería la tenue luz sólo le dejaba leer la palabra pena, Sara recorrió cada una de las letras con su dedo índice varias veces, después se quedo dormida.
Cambió de Instituto al terminar aquel curso. Dicen que su madre se había vuelto a casar. Cajas, maletas y ni una sola lágrima. Un pequeño pueblo del interior descubrió su caminar altanero y el frío viento seco aprendió rápido a sacudir su coleta. Con dieciocho años tomó una decisión por segunda vez en su vida, su nota de selectividad le daba la opción de escapar a tres ciudades. Volvió a Almería, volvió al mar.
Manu decidió seguir perdiendo el tiempo viajando en un pesquero, nuevos tatuajes y nuevas soledades. A veces pensaba en Sara y en aquel susurro: llévame a ver el mar…
Comentarios
El lector se encuentra directamente proyectado en la situación con ese "la vimos", que incluye a los otros narradores/testigos y que no vuelve a aparecer en el relato.
Siempre precioso el verso cervantino...