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El Camino Del Preso - Parte I -

yacaréyacaré Pedro Abad s.XII
editado septiembre 2010 en Narrativa
El vehículo dejó la suave y extensa cinta asfaltada, bajó a la huella de tierra consolidada y siguió marchando al costado de la antigua carretera empedrada por los reclusos de la pequeña cárcel de “Sierra oscura”, trabajo que iniciado al final de la década del 20’ , prolongado por casi cuarenta años más, aún se puede admirar en toda su robustez y lozanía.

La extensión de esta carretera no es mucha, no más de unos doce kilómetros, lo suficiente para rodear gran parte del perímetro del pueblo y la zona de chacras. La imponente solidez con que se manifiesta, la tersura y el brillo de las piedras rectangulares cortadas a martillo y cincel de las rocas madres provenientes de una cantera cercana, la hacen inigualable.

Se alarga por la zona rural, retoma el costado oriental urbano, vuelve a serpentear a través de viñedos, perales y manzanos, atraviesa en forma de puentes un par de anchos canales de riego, para terminar engullida abrupta y enigmáticamente por el río Azul, tal como una enorme anaconda entrando a las aguas, buscando el lecho profundo para entregar al reposo final su oscuro cuerpo de basalto.
Esta singular carretera no es adecuada para movilizarse con cierta rapidez ya que no resulta muy cómodo circular por el escarolado de su base, perfecto en su ensamblaje pero irregular por la propia esencia del material utilizado; el “camino del preso”, tal como lo conocen los lugareños, prácticamente no es usado por los habitantes de la comarca, y a raíz de ello se mantiene impecable, casi sin desgaste, se diría que preservada para el recuerdo de la cárcel que ya no existe, pero el recuerdo vuelve de tanto en tanto en forma de viejos fantasmas que ocupan los cuerpos de los antiguos lugareños, ancianos que en noches de mateadas, cuentan como aquellos presos también fueron gente como uno, cada cual con su silencio, cada cual con su motivo, hombres que al mismo tiempo de purgar entre rejas la carga que la ley les había echado sobre sus espaldas, también debieron pagar con un trabajo, que paradójicamente los inmortalizó en forma de bellas piedras encastradas.
El vehículo subió al empedrado.
El traquetear, el rebote sobre el desnivel, se trasladó al conductor y especialmente a los pasajeros de atrás, los esposos Francisco Olalla y Carolina Subirrieta de Olalla.
Fue entonces que la mujer ,con tono de disgusto, prácticamente le gritó al chofer porqué los llevaba por esa carretera tan despareja. El silencio fue toda la respuesta. Y la mujer de nuevo con el sermoneo, esta vez con doble dirección; al chofer y a su esposo. El ya casi anciano Olalla, armado de una paciencia digna de un monje, le preguntó, primero a su mujer, “como se encontraba”, luego habló de manera muy suave al conductor señalándole que el adoquinado por el cual transitaban ahora, además del traquetear agobiante, no parecía el camino indicado para llegar a destino del viaje que estaban realizando.
Puesto que el conductor no consentía en responder pregunta alguna relacionada con esta desobediencia en seguir las directivas de sus pasajeros, el señor Olalla decidió esperar y ver como se desarrollaban los hechos a partir del tan extraño cariz que el asunto estaba tomando. Por lo bajo, obviamente, trató de convencer a su mujer que eso era lo mejor, que posiblemente el conductor estuviese sufriendo algún tipo de amnesia, o quizás hubiese bebido más de la cuenta, por lo que recriminarle tal vez no era lo mejor y que además otra cosa no se podía hacer en el estado que ellos se encontraban.
Carolina Olalla, por el contrario lejos de aplacarse y seguir los consejos de su marido, comenzó a gritar desaforadamente e increpando de mala manera al chofer para que detenga el vehículo y abra las cerraduras del habitáculo de atrás donde ellos viajaban, y todo era un verdadero jaleo, el que curiosamente se circunscribía a ella misma, ya que su cónyuge en una postura muy cercana al estoicismo, tan solo se limitaba a oír los temibles chillidos de su mujer.
El conductor apacible y ajeno al hacha de guerra que la enfurecida mujer hubiera querido partir en su cráneo, seguía su marcha tranquila y mantenía imperturbable su trayecto rodando por el viejo “ camino del preso” ,a cuyo uno y otro lado estallaban multicolores las níveas flores de los perales, el carmesí de los guindos y los rosáceos penachos que colgaban de los durazneros brotados violentamente apenas la primavera pregonaba su arribo de septiembre.
El auto aminoró la marcha casi al paso de hombre. En ese momento pasaba frente a una pulcra construcción destinada a bodega, y el que conducía sonrió con un rictus de amargura, leve, casi imperceptible. Transcurrieron varios minutos más hasta que el chofer rompió su irreductible silencio y detuvo el vehículo. Se dio vuelta mirando hacia donde estaban sus pasajeros y ajeno a los reclamos, improperios y gritos lanzados por la mujer de Francisco Olalla, mirando fijamente pero como si a nadie contemplara, con el rostro transformado en pétrea esfinge, comenzó este soliloquio con toda serenidad:

Comentarios

  • razatrustarazatrusta Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    ole, tienes un estilo muy bien pulido. huyes muy muy biende la pomposidad de la inmensa mayoria, ridicula por cierto y te centras en comunicar comunicar comunicar,,,no se, hay una gran diferencia en contar algo como haces tu e ir pegando todo tipo de palabros y expresiones que por lo que sea "parecen" muy profesionales o lo que sea...

    nada, que de todo, la historia esta empezando ya la ire siguiendo, me quedo con el COMO. Me da igual el tema, escrito con esta humildad lo leeria igualmente.

    saludos!

    Por cierto da la impresion de que esta trabajado, como cuando alguien habla de algo que domina
  • yacaréyacaré Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    Muchas gracias chamigo Razatrusta: Este que he puesto a consideración, es uno de mi casi medio centenar de relatos que he escrito. He querido con dicho cuento rendir un pequeño homenaje ( fúnebre por cierto) a aquellos inmigrantes españoles que un día dejaron su patria y vinieron a la mía en busca de un mejor porvenir. Estas historias son bastantes comunes en la región donde vivo, donde el progreso avanzó de manos de españoles, italianos, polacos, rusos, judíos del Este de Europa y algo menos (bastante) de franceses e ingleses. Me alegra que te "vaya gustando", pero si no lees la segunda parte, vas a quedar sin el final, el que QUE IMPORTA REALMENTE.
    Gracias por haberme leído.
    Yacaré.
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