La sala olía a formol y antiséptico a partes iguales. Todo el instrumental quirúrgico preciso para las tareas que allí se llevaban a cabo estaba perfectamente ordenado y colocado en bandejas; parecía recién esmaltado. El suelo blanco y las baldosas verdes de las paredes conferían al espacio, gracias también a la intermitencia de dos viejos fluorescentes, un aspecto algo vintage, sea como fuere, la cuestión es que tampoco estábamos ahí para seguir un curso de diseño de interiores. Los muertos, en sus neveras, a excepción de uno, que reposaba en una camilla en medio de la sala, tapado con una sábana blanca. El Doctor dejó su maletín en el suelo junto a la camilla donde reposaba el cadáver, se giró hacia nosotros, y, con semblante adusto a la par que fatigado, nos dijo:
- Las reglas son muy sencillas. A saber: Una, no hablar con el muerto. Dos, no tocarlo. Tres, no mirarlo a los ojos. ¿Queda claro? - dijo requiriéndonos respuesta inmediata. Ambos asentimos con la cabeza.
Cuando retiró la sábana hacia atrás dejó al descubierto el cuerpo de un hombre de edad avanzada. La piel, ajada, era pálida como un sudario, casi transparente; su lividez dejaba entrever todo un entramado de venas y arterias y su extrema delgadez le confería el aspecto de alguien desnutrido, expuesto a condiciones inhumanas. Su osamenta se remarcaba nítidamente aquí y allí bajo el papel de fumar que la ocultaba; parecía hueco. Su rostro era un intento fallido por humanizar el espanto absoluto. Su cara parecía una máscara de látex moldeada a conciencia para exagerar los rasgos hasta la caricatura más terrorífica. No he visto horror semejante nunca. Su frente era alargada como una pista de aterrizaje sin fín. Su nariz, alargada en exceso y achatada en la base, terminaba en dos amplios túneles nasales. Su boca era una gran línea dibujada con pulso firme de mejilla a mejilla. Sonreía. Y su ceño, prominente en exceso, hacía de tejado de dos rubís carmesís que miraban al techo. Dos pupilas rojas sobre dos velos, abiertas de par en par. Regla tercera incumplida. Aparté la mirada al momento, instintivamente, pero mi cerebro no fue lo suficientemente ágil y reaccioné demasiado tarde. Una voz cacofónica, sobresaturada de volumen, resonó en la estancia:
- Stan, no dejes que lo haga. Es un mierda. Su voluptuosa y apetecible hembra le engaña con tu amigo. Follan sin parar. Sí, con ese alfeñique que tienes al lado. Él lo sabe desde hace tiempo, además, pero es incapaz de asumir la situación, tan ocupado como está con sus estudios científicos. Es un inútil.
Mi amigo miró al Doctor. Este miró a mi amigo. Ambos miraron al cadáver. Este último seguía mirando al techo.
- No es cierto, Doctor Helsink, se lo prometo, yo...
- Nadie ha pedido tu parecer, Bates. Y no es momento, ni para hablar de ello, ni para echarnos atrás en el asunto que nos ha traido hasta aquí - le contestó afanándose por encontrar algo en el maletín.
- No dejes que lo haga, Stan - insistió la voz del cadáver. Sabía que ahora me miraba pues percibía la fuente de sus palabras mucho más cercana. No debía responder.
Mi amigo, con la frente perlada en sudor, se abalanzó hacia el cadáver con una mano por delante para hacerle callar. Fue una reacción completamente inesperada que nos cogió por sorpresa, tanto a mí como al Doctor, pero este, en última instancia, logró pararlo en seco frenándolo desde el suelo con una mano. En ese momento el cadáver emitió un sonido similar a una risotada. Tras su inmovilidad parecía regocijarse de todo cuanto sucedía. Cuando el Doctor retiró su mano del estómago de mi amigo un caudal de sangre impactó contra el suelo salpicándolo todo de un rojo vivo y llamativo. No comprendí nada hasta que vi a mi amigo llevarse las manos a su barriga. Un fino bisturí relucía en las manos del Doctor. Bates se giró hacia mí suplicándome auxilio y al retirar sus manos de la herida, sus intestinos se desplomaron en el suelo; aún y todo, consiguió arrastrarse unos pocos pasos antes de desfallecer y caer inerte. Un pequeño mar de sangre avanzaba por la sala en un intento por llegar hasta todos sus rincones. Todo estaba salpicado, impregnado, retocado en rojo. Una nota de color. El Doctor, de arriba a abajo, el cual, de espaldas al cadáver, y ante mi incredulidad, se limitaba a limpiar su utensilio con una tranquilidad pasmosa. Mi cara, pálida y desconcertada, puntilleada como si tuviera el sarampión. Toda mi ropa. Los armarios, las paredes, las neveras, la camilla, el cadáver... Oh, santo...., el cadáver!!!! la sangre!!!
- Oh, Stanley... ¿acaso no te avisé de sus intenciones? - inquirió el demonio. Ahora estaba sentado en la camilla, con sus flácidas y esqueléticas piernas colgando, desnudo, y alzaba al Doctor por el cuello con una sola mano un palmo largo por encima del nivel del mar rojo. Sus pies se retorcían como pececitos fuera de su hábitat. Su mano dejó ir el bisturí y este puso las notas minimalistas a la escena con su tintineo sobre las remojadas baldosas del suelo.
- Hijo de puta, suéltalo, has sido tú, tú le has obligado a.... - le dije mirándolo fijamente. La ferocidad dibujaba cada uno de sus gestos, de sus palabras. Volvió a reir, esta vez de un modo travieso. Me heló la poca sangre que a duras penas aún me circulaba. La sensación de desamparo y ahogo que sentía, que me oprimía el pecho, reclamaba una solución rápida y expeditiva.
- Pobre imbécil... No seas iluso, yo no obligué a nadie. ¿Verdad, Doctorcito?.
Dicho esto abrió una descomunal boca plagada de afilados y largos dientes, mal dispuestos unos sobre otros, sin orden alguno, y le arreó una certera dentellada en un hombro al Doctor. Le arrancó el brazo de cuajo. Sus ojos centelleaban.
- Y ahora..., si no quieres unirte al festín, te recomiendo que te olvides de mí y te marches. Y no olvides dar tus condolencias a la mujer del Doctor, que ya sabes bien cómo agradece tus visitas, Stan... ¿Lo sabes, eh?. Buen chico. Bien que haces. Quizá le haga alguna visita yo también algún día de estos - volvió a reir y acto seguido se afanó en el tremendo desgarro para seguir alimentándose.
Miré al doctor y aún encontré un pequeño atisbo de sorpresa entre tanto horror. Acto seguido me giré, resbalé en el charco que se arremolinaba a mis pies, me recompuse, y eché a correr.
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