19 de Julio 2010
Se dice que un diario suele ser útil para reflexionar sobre uno mismo, además de que, al leerlo, recuerdas lo que has hecho anteriormente. Lo vuelves a vivir. Supongo que también es una forma de conocerse mejor a uno mismo.
Con mis amigos, los cuales puedo contar con los dedos de una mano, puedo hablar de los problemas más superficiales, pero en cuanto al interior se refiere, soy mucho más selecta. No puedo confiar en alguien que sé que tiene boca y voz para que, en cualquier caso, desvele alguna de mis intimidades. No sólo es eso, además me ahorro las charlas con intención de rozar mi conciencia. Agradezco no tener apenas. Clara se acerca a mi oído y me susurra “No escucharás nada nuevo, y siempre acabas haciendo lo que te da la gana.”- Ese comentario tenía cierta malicia, pero me hizo sonreír. Sí, tenía razón. Me aconsejen o no, hago siempre lo que quiero, arriesgándome a las adversidades que puedan ser consecuencia de mis actos. Pero qué poco me importa.
Hace tiempo que dejé atrás el “qué dirán”, del mismo modo que soy inconsciente a la hora de pensar cómo puede caerle mi brusca sinceridad a cualquier persona. Odio los rodeos. Supongo que por eso puedo llegar a ser tan cortante o, visto de otra forma, ausente de empatía.
Clara me mira mal, casi con desprecio, por lo que estallo en carcajadas. “Lo haces mal.”- Me recrimina ella. Sí, y no sabes cuánto me gusta.