Carpe Diem.
Lorena estaba intranquila. Le dio las medicinas a su marido y éste se durmió porque los efectos secundarios actuaban como somnífero.
Gracias a esta circunstancia, que se venía arrastrando seis meses a la fecha, Lorena tenía siete horas diarias de libre disposición para hacer lo que estimara conveniente.
Por lo general, dejaba este tiempo para hacer los menesteres de casa mientras veía una teleserie. A veces, escuchaba música, leía o fabricaba alguna prenda en sus máquinas de coser sin temor a perturbar el reposo de su marido porque éste perdía toda noción al ingerir las drogas.
Lorena, imbuida en la lectura de la novela “La zurzulita” había apagado la luz muy tarde esa noche. Avanzó hasta la mitad, prometió terminarla durante el descanso médico de su marido.
Sin embargo, apenas Darío se durmió, Lorena intentó leer sin concentrarse. Dejó el libro sobre el velador y se recostó encima de la cama entrelazando los brazos por detrás de la nuca.
No podía sacarse de la cabeza lo que había sucedido en el lavadero. El nuevo arrendatario de una de las habitaciones de la casona, se acercó a ella por detrás cuando estaba lavando la losa y; sin mediar provocación, la tomó de la cintura presionando su cuerpo contra sus nalgas. Sintió, por encima de la ropa, la vigorosa masculinidad entre las piernas. Todo fue tan inesperado y rápido que no pudo reaccionar; de tal manera, que éste, al creer que ella cedía a favor de sus intenciones, presionó aún más, preguntándole, a boca de jarro, si deseaba ser poseída ahí mismo. Mas, ella, indignada y sacudiendo las manos con lavaza, se retiró del lavadero.
Al retirarse, el vecino vio cómo sus nalgas succionaban el delantal entre las piernas. Ella altivamente levantó la cabeza haciéndose inalcanzable a los deseos de un simple vecino.
Lorena entró a la habitación recostándose junto al marido. Darío dejó el libro que estaba leyendo sobre la cubierta del velador y preguntó:
-¿Pasa algo malo, mi amor?
- No, nada, estoy cansada - mintió para no preocuparlo.
“¿Hice mal en no contarle?” se cuestionaba. La verdad ¿podía contarle que había sentido algo muy poderoso y.....?
El corazón acelerado, el cuerpo trémulo y la respiración jadeante le hacían crecer los pechos como si quisieran soltar los botones del delantal.
Cerró los ojos con la esperanza de relajarse. En vez de distenderse se le venía la imagen de esas manos sujetándola por la cintura. Sentía la dureza varonil de aquel que la quería violar. Sentía su propio mareo al escapar de esas manos, sentía su andar en desaceleración camino a su pieza.
Media hora más tarde recuperó la calma, le dio un beso a su marido en la frente y le secó algunas gotitas de transpiración apozadas en torno a las cejas.
Tenía que hacer algo para bajarle el perfil a ese acontecimiento. Mas, mientras más empeño ponía por olvidar ese atrevimiento, más turbada se mostraba.
Leer le era imposible, además, echaría a perder su comprensión. Iba a preparar la comida pero recordó que la losa estaba en el lavadero. Como aún no se había hecho de aplomo para ir a buscarla, revisó la ropa sin planchar.
Estaba instalando la tabla del planchado cuando se sentó a la orilla de la cama, abstraída, miraba el piso de la habitación cómo queriendo encontrar una respuesta entre sus tablas. En vano trataba de olvidar el incidente; tenía en la epidermis lo sucedido en el lavadero y, cada vez que lo recordaba, un escalofrío le recorría de pies a cabeza. Esa ambigüedad entre la indignación y....¡No! no podía ser....
Por más que hacía por desconocerlo, sabía que había sentido algo inédito en ella. Cuando el desconocido posó las manos en su cintura, tuvo el impulso de abrir las piernas e incluso cerró los ojos por una fracción de segundos a modo de entrega. Una fuerza inevitable la invitaba a caer en el vacío. Pero pudo más el pundonor de señora.
¿Y si.....? ¡No, por Dios Santo....! ¡No!...
¿No sería que estaba difareando?
Era posible, tanto tiempo desvelándose por su marido la tenía estresada.
A pesar de haberse calmado, volvió a caer en la confusión, sintiendo que un temblorcillo recorría su cuerpo.
¡No pienses tonterías, Lorena! Le decía la conciencia.
De pronto se entregó a la inacción de pensamiento y cuerpo. No pensaba en nada, pero, de pronto, la conciencia se recuperaba con la imagen del lavadero. Entonces, se sorprendió pensando en la posibilidad de tener un affair para neutralizar lo que sentía.
Era que lo natural era dejarse llevar por lo que sentía y la torturaba su postura legalista. Aquello, siendo bueno, carnalmente era un pecado espiritual.
Se puso de pie, quiso evitar el espejo, mas, en segunda instancia, vio su imagen como si fuera un reto a los hombres. Lucía atractiva con ese delantal apegado y corto, dejando ver sus largas y bien torneadas piernas hasta el comienzo de las nalgas. El escote desabotonado dejaba a la vista gran parte de los pechos, cuyos pezones, turgentes, luchaban por romper la tela humedecida por la transpiración. El cuerpo brilloso y resbaladizo chorreaba voluptuosidad y lujuria.
Inocente a los estragos que generaban en los hombres, sus curvas invitaban al atrevimiento. Y aquella desnudez del triangulo venusiano que apenas se veía entre los botones del delantal clamaban lo suyo...
Esquivaba su mirada, porque de hacerlo, desnudaría los deseos ante quien no guardaba secretos porque todo lo sabe y conoce respecto de ella. ¡No, Dios mío...!- dijo, tocándose las mejillas.
Cuando logró mantener la vista fija ante su imagen, los confusos pensamientos tornárondose racionales y lógicos: todo lo sucedido era producto de ...; y, no se atrevía a reconocerlo, sin embargo, sabía sin decírselo, que tenía mucha culpa en lo que estaba sintiendo en ese momento, independiente de lo que había sucedido en el lavadero. “La verdad, era que llevaba mucho tiempo sin tener sexo” se justificó frente a los ojos que la escrutaban despiadadamente. Sí, sentía que el cuerpo le exigía algo más que abrazar con amor al esposo enfermo y por eso, las fuerzas atávicas de su cuerpo, inconscientemente traducían con coquetería lo que su razón no quería reconocer. Y los hombres sabían leer el idioma de las formas y movimientos femeninos. Los hombres eran maestros para traducir la turbación de las mujeres y eso parece que leía en ella el vecino. Amaba a Darío, y no era culpa de ella sentir ganas al contacto de él, que, producto de la enfermedad sufría impotencia temporal.
Y ahí quedaba esa presión interna que no podía concluir lo que sus intentos buscaban. Terminaba afiebrada, mal genio y todo se le tornaba hostil.
Recordó que llevaba más de siete meses en ese estado. ¡La tierra en barbecho se expresaba con sus malezas, que coquetas, se apoderan del sol!
La mirada del espejo la sorprendió diciéndole que no había nada de malo en sentir deseos; aquello no implicaba pecado alguno, porque, al fin y al cabo, ella era una mujer de carne y huesos.
Al asimilar ese pensamiento fue presa de un vértigo tan incisivo que hubo de sentarse nuevamente en la orilla de la cama.
“Dame fuerzas, mi amor” le decía al marido tomándole la mano, a sabiendas que no podía escucharla.
Su cuerpo se enfriaba comenzando a temblar por una razón muy distinta. Era el miedo al pecado, el miedo a la infidelidad. Abrió el cajón del escritorio, leyó un pasaje bíblico y rezó tres veces el Ave María, porque entendía, que si pensaba tanto en ello era... ¡No, Dios mío!
Cuando volvió a mirarse estaba más nítida y calmada, en cierto modo, veía a la Lorena de siempre. Aquella mujer sexuada solo para el marido. En la cocina tomó un vaso de agua, arregló el delantal y al disponerse a ir al lavadero se animó: “No te preocupes, Lorena, si te vuelve a molestar, dile con buenas palabras, que ella no es una cualquiera, que lo perdonaba y...que aquí no ha pasado nada y que fueran buenos vecinos”
Ese discurso la templó y le dio fuerzas para salir tal como estaba y continuar con el lavado de la losa.
Apenas comenzaron los sonidos de platos, sintió pasos acercándose por el pasillo. El corazón comenzó a acelerarse, la sangre le pintó las mejillas y la respiración se le entrecortaba. Lo sintió venir y entrar a la habitación del lavado. Escuchó, después que la hubo observado varios minutos, que le pedía disculpas, que la culpa de todo la tenía Dios por darle tanta belleza, coquetería y seducción. Ella rió y giró la cabeza para verlo. En esa sonrisa incluía las disculpas y aquí no ha pasado nada. Haciendo negativas con la cabeza volvió al lavado.
“¡Oh, Dios mío, señora, no puedo retener mis impulsos ante un cuerpo tan perfecto!” “Recién le pedí disculpas y me arrepiento porque no tengo un gen que me proteja de la belleza de una mujer tan voluptuosa” Al escuchar el quiebre de caballerosidad, sintió que de nuevo se colocaba detrás de ella, a un metro de distancia; aquella cercanía le agarrotaba las manos, y, a partir de ese momento, tomaba los platos con inseguridad. Las mejillas estaban encendidas cuando él la ciñó de la cintura. Explorando las respuestas, la apretó contra sí. Fugazmente, un mareo la dejaba con la mente en blanco. Cuando volvieron las capacidades racionales, recordó el discurso que había preparado. Iba a pronunciar la primera palabra, cuando él se adelanta y le dice murmurándole al oído a lo profesor Kitting: “Carpe Diem, no diga nada, señora, y déjese hacer, que el lenguaje de su cuerpo parece hablar el mismo idioma que el mío; me está llamando a que la posea, si o si”
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