En la privada, todos tenían en la alacena un frasco repleto de monedas de diez centavos por si alguna vez, a las doce del día, ella tocaba a la puerta.
Aquella noche Toña quedó recargada en la puerta observando cómo Elías y Josué, sus hijos, se alejaban. Esperaba que alguno de ellos mirara a su madre, pero no, se subieron al auto y escaparon de ella. Toña no lo quería aceptar, pero el remordimiento, desde ese día, vivía en ella como un espino que no dejaba de desgarrar su interior.
Mi abuela me platicó esta historia. Me contó que Toña fue con el padre Bernardo, párroco de la colonia, para confesar sus faltas. Todos en la privada conocían esos pecados. Doña Toña a pesar del dinero que tenía era tacaña con sus dos hijos y además les pegaba mucho, una vez a mi abuela le tocó ver cómo los golpeó, con un fuete.
Eran tantas las faltas de Toña, que duró hablando con el sacerdote muchas horas, decían que después de la confesión, el padre Bernardo parecía más viejo. Las bancas y las paredes de la parroquia quedaron obscuras, como si un humo gris las hubiera manchado.
La penitencia que le ordenó el padre fue pedir limosna durante dos meses, a las doce del día, cuando el sol era tan intenso, que como un mar amarillento derretía el asfalto. Solamente podía pedir monedas de diez centavos, si le daban más de esa cantidad o menos, debía regresar la moneda.
La mujer tenía la esperanza de que si realizaba este sacrificio sus hijos la perdonarían, pero ellos no regresaron jamás. Así duró algunas semanas, la pobre de Toña, con un vaso de peltre, pidiendo sólo monedas de diez centavos, pero su salud ya no estaba para esos esfuerzos. Un día mientras recorría la avenida esquivando a los autos, cayó atrapada en un infarto. Llegó una ambulancia de la cruz roja, pero nadie de los vecinos supo qué sucedió con el cuerpo.
Después de algunos meses de la muerte. En la casa de Doña Toña, de vez en cuando, se prendía en su recámara una luz lagañosa.
Lo de las visitas a las casas fue después. Una tarde tocaron en la puerta de doña Carmen, la vecina de mi abuelita. La señora abrió la puerta y vio a una mujer que le pedía un diez, Carmen se acercó para verla bien, era Toña, las arrugas formaban una máscara de amargura y sus ojos eran dos carbones encendidos. Para la mala suerte de doña Carmen no pudo encontrar una sola moneda de diez centavos en su monedero. La mujer se puso furiosa gritando palabras incomprensibles. Después de aquella visita, Carmen duro días llorando y aterrada sin saber por qué, hasta que un día no se escuchó un solo latido en su pecho. Dicen que se contagió de la amargura, de Toña la del diez.
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