Ah, no les dije: Me llamo Ramiro y antes de contarles mi historia, me gustaría aclararles que a pesar de mis ocho años, tengo un vocabulario muy amplio, que quizás pueda llegar a sorprenderlos; pero es que en mi poco tiempo libre, leo mucho, y no es que en casa tengamos libros; lo que pasa es que me las rebusco para pedir algunos que sean viejos, en la calle, tocando timbre; y aunque no lo crean hay mucha gente que me da. En casa, tengo que esconderlos para que no los encuentren, sino puedo tener muchos problemas. No soy muy feliz, saben. Yo quiero mucho a mi papá y a mi mamá, pero a veces me hacen sentir muy mal. Y no es que por ser pobre uno tenga que estar siempre triste, ya durante el poco tiempo que fui a la escuela(y no por que no me guste, sino porque mi papá no dejó que fuera; ya que si estudiaba, no podía salir todo el tiempo a la calle a pedir limosna), unos chicos me decían que ellos eran muy felices. Contaban lo orgullosos que se sentían sus papás cuando sacaban una buena nota, o las veces que iban el domingo al parque y jugaban a la pelota con el papá, mientras la mamá reía viéndolos correr. No culpo a mis papis. Estoy seguro que no tuvieron una buena infancia, y deben haber sufrido tanto o más que yo. A veces, me dan algo de cariño, pero la mayoría de ellas, papá viene borracho y me pega por cualquier cosa. Mamá lo defiende, ¿saben? Creo que es más por miedo que por otra cosa. Me duele mucho cuando él hace eso. Y tengo dos clases de dolores: El de los golpes, porque me pega muy fuerte (Incluso, alguna vez, hasta llegó a quebrarme algún hueso, lo que justificaba diciendo que me había caído o que me lo había hecho jugando) Y el otro, creo que el más fuerte de los dos: el del alma. Yo no sé bien que es el alma, pero siempre escucho sobre eso y creo que esa sensación en mi pecho, que hace que me falte el aire, y no pueda respirar. Lloro; lloro mucho para que se me pase, pero siempre a escondidas. Tengo miedo de hacerlo delante de ellos; miedo a que se enojen y me peguen todavía más.
Muchas veces no me importa el frío que entra por las chapas de mi casa, ni el calor del verano en ellas. No me importa, incluso no tener que comer, a veces, ni divertirme como cualquier chico de mi edad; pero no soporto ver sufrir a alguno de mis hermanos, que al igual que yo, tienen que aguantar los arrebatos de papá (Es por eso que siempre trato de interponerme, y siempre recibo el castigo; lo que últimamente se transformó en costumbre)
Somos muchos hermanos, y los más grandes casi nunca están en casa. No sé si cuando eran chicos, sufrieron lo mismo que nosotros; pero ahora, cuando vienen, papá no los toca. Ellos son demasiado grandes y fuertes para eso, y ya pueden defenderse solos.
Hace muy poco tiempo pasó algo que lo cambió todo, y quisiera contarles:
Como siempre estaba parado en una esquina, esperando que cambie el semáforo para poder acercarme a los autos y pedir unas monedas, pero ese día no fue muy bueno. Es verdad que sólo algunos nos dan. No se le puede dar a todos, y debe haber miles como yo. Y aunque los comprendo, igualmente me pongo mal cuando no junto lo suficiente, porque sé lo que me espera. Ese día, repito, no habíamos juntado mucho, pero como ya se estaba haciendo tarde, mi mamá, que me estaba esperando sentada a un costado de la calle, me dijo que nos fuéramos a casa, porque a papá no le gustaba que no estuviéramos cuando él llegara. Con unas pocas monedas que mi mamá llevaba en una especie de bolsito de tela, nos sentamos a esperarlo. Lo cierto es que ese día llegó como la mayoría de las veces. Tenía un cartón de vino en una mano, y venía riendo con un amigo. No entendí bien lo que decían, pero reían a carcajadas. Se paró delante de a mamá, y estiró su mano, con la palma hacia arriba para que le diera lo juntado ese día. Mamá, con mucho temor en sus ojos, le dio todas las monedas. Papá sacudió lo poco que habíamos reunido, y nos miró con furia.
—¡¿Esto es todo?! —le preguntó
—El día no estuvo muy bueno —respondió mamá con temor
—¿¡Dónde está lo demás?! —Su irritación iba en aumento
—No hay más, cariño.
—¡¿Cómo que no hay más¡? —gritó, pegándole una cachetada.
—¡Por favor, Roberto! Es todo lo que conseguimos
—¡Basura! ¡Basura es lo que consiguieron¡ ¡Esto no alcanza ni para un mísero cartón de vino!
Empujó a mamá, que cayó al suelo, y se dirigió a mí—. Y vos ¡¿Qué carajo hiciste?! —me dijo. Me pegó. Me pegó mucho, y me insultó mucho. Yo no quería llorar, pero no pude aguantarme. Al ver la fuerza de sus golpes, mamá lo agarró de un brazo, pero papá se deshizo de ella, empujándola hacia un costado, y siguió golpeándome. Me pareció ver al hombre que había venido con papá, sonreír. Yo sangraba. La verdad es que no podía darme cuenta de lo que estaba pasando, Creo que salí corriendo de casa y caminé sin saber a donde ir. Había empezado a llover mucho pero no me importaba Me dolía mi cuerpo y mi alma. Salí de la villa, y comencé a caminar por las calles. Sentí frío, pero era mejor eso a los golpes de papá.
Miré hacia delante, y a pesar de mirar sin ver, me pareció que había un juguete en el suelo, y me agaché a agarrarlo. Era un conejito verde de peluche. Lo apreté contra mi pecho, como si fuera el regalo más importante de mi vida. Nunca había tenido un peluche. (Salvo alguna pelota que me compraron alguna vez, la mayoría de los juguetes me los inventaba yo. Robots hechos con alambres. Pistas en la tierra, con alguna madera que usaba de autito. O algún juguete roto que encontraba en alguna de esas cajas de metal grandes que a veces hay en las calles, o tirado en la basura). Me asusté al pensar que podía haberlo manchado con sangre, así que lo miré, a pesar de la poca luz que había en la calle. Por suerte, estaba mojado por la lluvia, pero limpio.
Creí que era una ilusión mía cuando lo sentí moverse; después me habló, ¡el conejito me habló! No me asusté. ¿De qué podía asustarme?
—Hola Ramiro, ¿cómo estás? —me dijo
—No estoy muy bien —le contesté.
—Es cierto. Estás muy lastimado —afirmó—. Sé que estás afectado física y emocionalmente— y me explicó lo que quería decir esa palabra. Entendí que era algo parecido a lo del alma—, por eso me gustaría mostrarte un lugar donde vas a estar mucho mejor. Es muy importante que lo conozcas.
—Me gustaría mucho —dije—. Hoy no creo que quiera volver a casa.
—Si lo deseas con mucha fuerza, sólo necesitar tirar —y aclaró:—, pero no muy fuerte, de mis orejas.
Sonreí. Creo que fue la primera sonrisa del día. Me causó mucha gracia las palabras del conejo. Le hice caso. Tire despacito, y cerré los ojos. Era como si me hubiera despertado en un lugar diferente. No veía casas, tampoco autos, ni ninguna otra máquina a motor ( Sólo lo relacionado con la naturaleza, y aún mucho mas bella que la que conocía hasta el momento). Personas grandes, niños, mucho verde y flores de todos los colores, que se mezclaban con un inmenso arco iris que atravesaba un cielo muy celeste. Me asombré cuando observé que en ese lugar, todos: chicos y grandes, sonreían. No había tristeza en ninguno de ellos; ni siquiera noté a un solo perro con la cola entre las patas; todas estaban hacia arriba y moviéndose de un lado a otro. Lo que sentí de inmediato, no lo puedo contar. Fue algo muy lindo adentro mío. Todo lo contrario a mi falta de aire. Alguna vez me pareció escuchar que le decían paz interior. Si hasta me pareció que podía volar, que fue la sensación más hermosa que tuve, y eso fue sólo en sueños.
—¿Y qué te parece?
Ante todo ese panorama, me había olvidado del conejo, que aún tenía entre mis manos. Claro, seguía siendo verde, pero era como si ahora tuviera una vida diferente. Parecía mucho más real que el juguete de antes.
—No sé que decir —respondí.
—¡Qué!...¿ No te gusta? —preguntó algo decepcionado.
—No, al contrario —le respondí—, me encanta. Es lo más hermoso que vi en mi vida. Pero... — me entristecí de golpe.
—Pero... ¿Qué? Ramiro.
—Voy a tener el mismo problema de antes ¿Cómo voy a hacer para vivir?
—Primero vas a tener que conocer el lugar, y después decidir si querés vivir aquí.
—No entiendo —dije— ¿Cómo voy a hacer para poder comer, y en que casa voy a vivir?
—Te voy a explicar algo para que vayas entendiendo —me dijo el conejo, moviendo sus dos largar orejas—. En este lugar no vas a necesitar comer; o sea no vas a tener hambre. Además —continuó—, lo único que se pretende, es que tengas muchas ganas de jugar y divertirte. Tampoco —agregó— vas a tener ninguna otra necesidad; ni siquiera la de dormir.
—O sea —dije yo— lo único que puedo hacer es jugar.
—Siempre y cuando no te aburras de hacerlo, por que de ser así, podes sentarte a contemplar el paisaje que te venga a la mente, y descansar de jugar. Lo único que se requiere en este lugar es la obligación de sentirse feliz —me indicó—. Y tampoco es una obligación —aclaró—. Si algún día querés sentirte triste, también lo podés hacer; además es necesario para poder disfrutar con mayor fuerza los momentos de felicidad.
—¿Y cuanto tiempo va a durar todo esto?
—Eso depende de vos, y ya lo vas a ver. Bueno —dijo, de repente, cambiando su tono—. Yo tengo que seguir haciendo cosas, así que te dejo para que te diviertas.
Sigue en Evasón II