Entre sus dedos un cigarro; colgó la mirada a la fiesta que tenía en frente. Alcanzó a ver, apenas por encima de una ventana, a toda la gente. Los trajes, los vestidos, los peinados de las damas. Al fondo una banda tocando y un pianista inspirado. Cabezas aisladas, como si fueran peces, yendo y viniendo al ritmo de una oscura circunstancia. Cómo odiaba esas fiestas y su algarabía. Los cócteles, los meseros de aquí para allá, el frac incomodándote. Sólo había una razón para que él estuviera allí fumando a las faldas de la infamia; era ella. Estaba ahí, perdida entre la gente, bailando o quizá fumando, o con una copa de champaña burbujeante entre los dedos. No sabía a qué podría enfrentarse. Dio una chupada más al cigarro y pisó la colilla.
Al entrar un mesero lo recibió con una sonrisa de cartón.
— Por aquí caballero. —le dijo extendiéndole la mano en ademán de sumisión.
Él entró con paso firme, sacando el pecho, queriendo atraer la atención de alguna, o de varias. Al darse cuenta de que la gente, y en especial las damas, estaban tan entradas en su disfrute, volvió a esconder las costillas dentro del pudor. Caminó entonces al baño. Y con las manos temblorosas, sostuvo la cajetilla de cigarros e intentó sacar un encendedor de la bolsilla de pecho donde usualmente se guarda un pañuelo. El intendente, que estaba casi escondido detrás de una pequeña puerta, sacó la cara y con gran mimo le advirtió que en el baño no se podía fumar.
— Ni siquiera para cagar. —remató.
Con la decepción en el corazón, guardó la cajetilla y se dispuso entonces, y sin rodeos, a encontrarla. Salió del baño de nuevo con gran donaire, atisbando a cada hembra en el horizonte, escudriñando cada cuerpo, aunque bien sabía que la que quería encontrar era sólo una.
Llegó a la barra de bufete. Y con plato en mano se dispuso a atacar las canastillas. No había nada que realmente le interesara, sólo tomó la cucharilla y sirvió a su plato lo que primero se le cruzó. Una guarnición con crema de cebollas y cilantro, un pollo asado a la parrilla y una ensalada de uvas dulces; tres pedazos de pan y una copa de champaña. Mientras buscaba lugar libre para disfrutar su cena, se encontró con ella. Se vieron un instante, ella sonrió e intentó esconderse tras la ligera penumbra, él, que no se sintió mas estúpido en su vida, hizo a un lado la cena, para extenderle una mano temblorosa y fría de sudor. Ella lo tomó con fuerza y le extendió largo su cuello ofreciendo la mejilla, torció la boca roja para un lado y esperó. Él la besó y se dejaron una pequeña caricia. Volvieron a mirarse y hallaron que sus ojos jugaban, bailaban dentro de los párpados, trémulas dos perlas, errantes luceros. Él sintió un frío correr por su espalda, soltó una sonrisa de vergüenza y le hizo saber que se disponía a cenar. Ella con gran indulgencia lo tomó del brazo y carcajeó con él.
— Ven, yo también venía por algo de cenar. ¿Qué me recomiendas?
Él, apenas asimilando la respuesta, apuntó hacia la guarnición y hacia las uvas.
— ¡Justo era eso lo que estaba pensando yo!
Sonrieron de nuevo, ella entrecerró sus ojos coqueteándole...
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