Capitulo 2
El mundo, no sospechan cómo resulta hasta que lo recorres. Es extremadamente grande y demasiado pequeño. Más sorprendente la cantidad de personas que viven en todos lados; familias sentadas en su comedor y con sus alimentos de cada día, parejas que disfrutan de una romántica velada en un pretencioso restaurante o en una sala de cine, jóvenes preparándose para sus pruebas finales de ingeniería, otros cientos de miles con sueños de un futuro que muy pocos lograrán alcanzar; otros más en el camino por el mundo a la expectativa de que suceda algo interesante en la vida. Yo soy uno de ellos al final.
Comenzaré por un principio desalentador, en mi infancia, cuando tenía a papá y a mamá, también tenía muchos amigos, luego pasaron algunos años más y conocí a las mujeres en la cama. Papá y mamá se fueron –llámenle un lugar denominado cielo- y me quedé con mis amigos, quienes poco a poco también fueron alejándose por no ser cómo ellos querían que fuese. Finalmente me quedé con las mujeres, quienes seguidamente se aburrieron de mí y me quedé con una sola mujer.
¿Quién es esa mujer?
Hace tres años mí única amiga y amante era una dulce mujer llamada Renata que tenía un complejo de provenir de la alta sociedad francesa, por eso mismo se hacía llamar Renée.
Renée es el tipo de mujer que cualquier hombre desearía. Tenía unas largas y torneadas piernas como las de una modelo rusa de 22 años con los deseos fervientes de escapar de su país, con unos muslos que daban camino a unas nalgas carnosas y redondeadas, acompañada de una cintura estrecha. Ofrecía unos generosos pechos llenos de pecas que me volvían loco, los cuales siempre lucía con sus exuberantes escotes presumidos por la calle y en cualquier restaurante al que íbamos a cenar; para muchos era una fantasía más en aquellas noches solitarias. Su linda cara de niña angelical era un arma letal contra cualquier joven que mantiene su libido en los más altos índices, bastaba verla chupar una paleta de caramelo para imaginar las situaciones más perversas en la cama; su piel blanca y suave como la trillada seda me hacía saborear cada centímetro de su cuerpo. Pese a lo anterior ella era una diosa para mi gusto, cualquier chica para los demás, una frustración para unos cuantos y una envidia para las mujeres.
Provenía de una familia adinerada y me dijo que a sus recién dieciocho años cumplidos decidió irse de casa para afrontar la vida por su propia cuenta. Ya saben, el viejo sueño hippie con el cuál todas esas chicas esnobistas y adineradas de su edad piensan que pasarla así por la vida es cool. Buscar algún intelectual que les hable de arte y literatura, que guste de la fotografía y pasarse las tardes enteras bebiendo vino o fumando marihuana.
La conocí en mis tiempos en que aún me atrevía a hablarles a personas desconocidas. Tendrá más de un lustro que ya no lo hago. Fue en una de mis caminatas solitarias por el Zócalo de la ciudad, en una exposición de pintores mexicanos, cuando la vi a lo lejos con paso ligero sobre las calles frías. Decidí acercarme a entablar una conversación para conocerla mejor. Estaba ella entretenida con cámara en mano sobre un cuadro de una pintora llamada Frida Kahlo y yo veía una pintura de Diego Rivera. En lo personal me pareció un momento penoso justo cuando rompí el hielo preguntándole si le gustaban esas pinturas. Renée me miró y se limitó a sonreír. Yo insistí y volví a preguntar para ser correspondido. Sin decir nada más supimos que el destino era estar juntos, a ser uno mismo en la cama y a disfrutar de nuestra mutua compañía. Pero el único inconveniente es que ella tiene un novio pseudo-periodista llamado Claudio desde hace años y no piensa dejarlo por mí; solo me convertí en lo que todo hombre desea tener fuera de casa: un amante.
En otras palabras Claudio, además de pasársela en las calles en busca de la primicia, derrochaba una fortuna en Renée para llevarla a comer exquisitos sándwiches, salir a recorrer el parque con ella, comprarle linda y excitante lencería, yo sería el afortunado ganador que gozaría de lo mejor en una mujer: el sexo. Sexo casual, sexo sucio, sexo erótico, sexo descabellado, sexo planeado, sexo protegido...
Entenderán que mujeres de este estilo solo se presentan una vez en la vida, a menos que tuviesen un auto lujoso, un apartamento cerca del centro o una billetera forrada de dinero; es un hecho, las mujeres son una bola de interesadas, pero Renée no era así. Ella siempre mostraba interés por la vida misma y por conocer el mundo, pero dejaré estas falsas realidades y seré honesto para continuar.
La vida era fantástica y monótona con Renée, no pedía nada más y ella tampoco se interesaba en algo más que en lo propio suyo. Pero todo cambió cuando uno noche antes de su encuentro soñé con mi pronta muerte. No puedo olvidar esa noche. Me desperté con sudor en toda la frente y el rechinar de los dientes me mantuvo inquieto, sentado sobre mi cama con el miedo sobre mis hombros. La emoción vendría después. El miedo era porque si mi sueño se hacía realidad entonces hasta ahí era el fin de mi historia. La emoción era porque quería que pasara, quería morir y borrarme de este mundo. Que jodidez de sueño tuve.
(continua...)
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Y mientras caminaba hacía otro día de tediosa labor en la oficina, tenía en mente lo que me esperaba en la tarde. Siendo jueves significaba una visita y una aventura más en casa de Renée. Así funcionaba desde hacía varios meses y nadie se había quejado de ello. Aquel día que me levanté asustado y emocionado por mi sueño me preparé para ir una vez más con Ros a pasar una tarde agradable. Siempre era lo mismo durante la ausencia de Claudio: unas cervezas frías para hacer menos aburrida la seducción y después el sexo; sexo tan placentero como sólo ella sabía hacerlo. Pero ese día en particular no quería saber nada de nadie, quería irme, esconderme y desaparecer hasta que el sol se ocultara y los demonios abandonaran sus hogares. Tenía demasiados pensamientos en mi cabeza y eso impedía concentrarme en los juegos eróticos de Renée. ¿Pero saben algo? Una cogida es una cogida y una sesión de buen sexo es exactamente eso y nada más, una sesión de buen sexo.
— ¿Cuánto llevamos de conocernos Toust? — habló Renée.
— No lo se ¿Tendrá casi seis meses?
— Exacto. Y en seis meses casi no he sabido nada de ti. Quiero que me cuentes algo sobre tu pasado — dijo Renée de una manera pendeja.
— Recuerdo que acordamos jamás preguntar ese tipo de cosas.
— Lo se Toust. Pero tanto misterio en ti me acongoja. Dime algo ¿alguna vez alguien te ha despedazado el corazón? Mataría por saberlo.
Honestamente en ese momento no estaba de humor para hablar ese tipo de temas con Renée, solo quería cogerla e irme a casa a descansar. Le di un sorbo a mi cerveza y luego vi sus tetas, la muy perra tenía excitados sus pezones y parecía que iba a romper esa blusa negra que la hacía lucir muy bien. Decidí acceder a responder sus tontas preguntas para terminar todo este asunto y luego tirarme directamente a sus pechos para chuparlos y succionarlos como un bebé hambriento que debe disfrutar mamar los pechos de su madre.
— No, jamás me he enamorado. Pero puedo decirte que yo si he despedazado el corazón de una chica — sonreí.
— Entonces antes de que comiences a besarme y meterme mano en todos los rincones de mi cuerpo quiero que me cuentes cómo es que fuiste capaz de romperle el corazón a una chica inocente.
— No soy bueno en eso de las historias. Quizá en otra ocasión— contesté a la vez que contenía en mi interior toda esa lujuria acumulada a lo largo de la semana.
Renée se molestó y el movimiento repetitivo de su pie derecho hacia arriba y abajo fue en automático, siempre lo hace cuando se exaspera. La primera vez que noté esa irritación de su parte, fue en la ocasión que follamos en su departamento y quería que me fuera lo antes posible. Le pregunté la razón y respondió que su novio estaba por llegar. Aquel estúpido que le regala cosas y la lleva a lugares exóticos pero no se la coge. La segunda vez que advertí su ansiedad fue en aquel momento en que me citó en un café en el centro de la ciudad y me dijo que tenía atrasado su periodo. Debieron verla, la cabrona estaba echa un manojo de nervios y yo imaginaba cuanto costaría un aborto; un par de días después y una prueba de embarazo llegaron a la conclusión de que todo había sido una falsa alarma. Obviamente festejamos su periodo con una buena cogida en un baño público de una librería.
— Eres muy aburrido ¿sabes?
— Lo se. Me cuesta trabajo expresarme y además no le veo gran emoción estar sentados en el sofá de tu casa, con unas cervezas para chupar y pidiéndome que cuente una historia.
Renée pareció ponerse más furiosa o eso aparentó; yo evitaba mirarla a los ojos y seguía dando sorbos a mi cerveza. Pasaron unos minutos en un silencio engorroso y entonces pensé que podría darle gusto. Después de todo ella tuvo la amabilidad de invitarme a su casa, en lugar de pasármela en la mía solo viendo series de televisión tan falsas como la mayoría de la gente lo es. Quizá estar en Internet viendo pornografía pudo haber sido una opción, pero eso ya jamás lo sabré.
— Bien. Será solo esta vez — dije.
Ella mostró su linda sonrisa que siempre me ha cautivado y se acomodó en el sofá sin soltar su cerveza. Me quedé callado con ideas vagas en mi mente y sin saber lo que iba a decir. Renée me miró extrañada. Desde un principio supe que mi historia iba a resultar diferente, muy probablemente una tontería.