Revolución celestial
El viajante encamina hacia el Monte Olimpo por la noche.
Aquí me hallo solo,
quemándome en el paraíso,
mientras empuño las riendas
de dos briosos corceles.
Intentando iluminar como Apolo
los laureles de los campos parisinos,
y elevarme hacia el Mundo de las Ideas
para combatir contra todos sus reyes.
La espalda virulenta y brillante,
como la personificación de la literatura,
reposa en mi dorso de forma talante;
y el escudo cubre toda su hermosura.
Ambos se agitan fervientemente por el camino,
cimbrean como la llama interior de un poeta,
un poeta herido de sentimientos impíos
que, enajenado, ahorca los versos de sus poemas
hasta hacerlos sangrar como un campo de rosas.
¡Oh, dejarlas en libertad;
pero asesinadas, claro está,
sin que se desplomen en el Mundo de las Cosas!
Mis dos caballos, tanto blanco como negro,
gozan de espléndidas alas que han nacido
a partir del odio, la injusticia y el esperpento.
¿Es posible que nazcan a partir del privilegio?
El viajante observa a la luna.
Y ahí está ella,
la diosa virgen de la caza
y protectora de la naturaleza
que nunca protegió mi abrumada alma.
¡Oh, excelsa Diana de días menguantes,
caíste en el perjurio cuando me prometiste
por siempre aquel desayuno con diamantes.
¡Ah!, no pienses que por ello estoy triste.
A pesar de las horas que compartimos
al lado de las retozadas estrellas.
A pesar de las confesiones que lloramos
al lado de las mustias tabernas.
¿Para qué si me mentiste?
¿Para qué si te burlaste?
¿Para qué si te reíste?
¿Para qué si me abandonaste?
¡Ay, amada mía! Ahora que lo pienso.
Me arrepiento muchísimo por haberte amado,
porque ahora formarás parte de mi entristecimiento.
Eres mi debilidad: mis sentimientos has robado.
Llega al templo Olimpo.
Ahora me hallo solo,
quemándome en el paraíso,
de un modo silencioso,
con los ojos escondidos
tras la lumbre del Olimpo.
Este hombre solitario y maniático
ha ido más allá del limbo
gracias a tu amor no dialéctico.
Aparco los caballos frente al Palacio.
Me apeo de manera cavilosa,
y camino hacia donde están los obstinados sabios,
con la intención de ejecutar una revolucionaria diáspora,
entre las mansiones de cristal
de un color añil diáfano
como burbujas resplandecientes de mar
o siluetas diminutas de Urano.
¡Ay, empero, pesa mi armadura,
sufren mis sandalias de hendiduras,
mientras mi mente y mi corazón
pesan y sufren a oscuras!
Comentarios
Definitivamente me gusto mucho. Tienes un estilo diferente, muy interesante.
Felicitaciones