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Un lunes perpetuo

omar canoomar cano Pedro Abad s.XII
editado febrero 2010 en Narrativa
Un lunes perpetuo
-¡Hoy también es lunes!

Dijo doña chachita al ver, con sus enormes lentes de mirar lejos, el calendario que pendía de una de las paredes amarillentas de la casa de mil recuerdos, de esos recuerdos surgidos antes de que se descompusiera el tiempo.
Desilusionada emprendió la travesía de regreso a su silla de estar, en donde su existencia se había reducido a ser un mueble, o peor aun, a una reliquia de esas que estorban en todas partes y no se pueden tirar porque tuvieron algún valor.

Un tiempo estuvo en la cocina.

-No Juana, así no se hace el arroz.

Pero su cuerpo de elefanta vieja no le respondía para quitarla y volver a tomar las riendas de toda la casa.
Después la movieron a la sala.

-Mira pancho, no se de que hablas pero en mis tiempos…

Era interrumpida con algo que no alcanzaba a entender y callaba.
El olor a viejo que dejaba en el aire era insoportable al igual que la tristeza y la muerte que impregnaba en el corazón, que las amistades empezaron a ausentarse. Así que la travesía que emprendía después de lamentarse del lunes perpetuo, era a su cuarto a un lado de la cama donde hace algún tiempo y después de un censo familiar, donde a ella no le preguntaron, habían colocado su mundo.
Termino reducida al pasado, olvidando el presente y sin esperar más del futuro que el descanso.

-hay Florencio que bueno que te moriste joven.

Le decía a su esposo que se fue a los cincuenta años

-mira que después de ahí los años pesan.

Le platicaba al esposo mientras movía cada pie de regreso al confortable sillón.
Andaba como un niño aprendiendo a caminar, pero no era así, era una vieja olvidando a caminar olvidando como vivir. En ocasiones ella se sentía como una reliquia, no muerta, solo inanimada, tristemente inexistente.

-Las reliquias tienen mucho valor.

Se le oyó decir muchas veces, lo mas fuerte que su garganta se lo permitía, mientras dormitaba en su sillón que acabo pareciendo parte de su cuerpo.

-Pero las reliquias tienen valor cuando recuerdan momentos gloriosos, y si no es así, son solo basura.

Suspiraba profundo y decía muy despacio para escucharse solo ella.

Recordaba cosas alegres de su infancia se acordaba de las muñecas de olote vestidas de trapas viejos que tenían pintada la carita con carbón. Recordaba los trompos y lo buena que era para bailarlos.

-lo buena que era, hasta chillaban.

Decía en voz alta interrumpiendo alguna plática de sus hijas, que la volteaban a ver con el corazón de pasa.

Recordaba a chepe uno de sus hijos muertos, que jugaba al balero con ella ambos de la misma edad que podría ser entre los ocho y los once años.

En sus momentos mas lucidos sorprendía a una de sus hijas con alguna indiscreción. Como el día en que escucho a Juana platicando con Inés de la cruz.

-Inés ayer Salí con Pedro, si, el tendero

-Juana, ese no es tu marido

El silencio se hizo en el cuarto y fue el quien le contesto a la elefanta madre, que conocía el significado de cada palabra que no salía de las bocas de sus hijas.

-No me equivoque, ¡verdad!

Otro silencio más intenso, que produjo que la anciana se soltara en unos rezos de burdel que ni ella recordaba que podía decir.

-Hay, amá usted esta loca.

Dijo Juana para espantar la verdad de cada palabra que salía de los sinceros labios de su madre.
Desde ese día fueron más discretas en los secretos y ella un poquito más perspicaz, porque tuvo que aprender el significado de cada risa y el destinatario de tal.

-Hey, no, no te risa de tu pobre hermano Inés de la cruz.

La volteaban a ver con ojos avergonzados y ella desde sus tinieblas se anotaba una victoria más sobre sus hijas.

Comentarios

  • omar canoomar cano Pedro Abad s.XII
    editado febrero 2010
    Nunca se supo desde cuando hablaba sola, tampoco desde cuando hablaba con la muerte, lo único que pudieron diferenciar fue que en la primera etapa de la vejez odiaba a la muerte por haberle quitado a su esposo, a chepe su hijo y a julio su hijo menor que murió muy joven en una pelea de borrachera en la cantina del yes. Después termino rogándole que se la llevara, mas después termino siendo como una amiga que la visitaba frecuentemente en su casa y mucho después termino teniéndole tanta lastima a la pobre muerte que muchas veces se le oyó rezando por ella.

    Se sentó lentamente en su sillón de descanso. Pancho la observaba desde una esquina de la cama donde se encontraba sentado, no le tendió la mano cuando vio los grandes esfuerzos que hacia para poder sentarse.

    -pancho, eres tu, ¿verdad?

    El aire no trajo respuesta, solo ese silencio dentro de ese cuarto de silencios que solo se interrumpía por su propia tos, esa misma, caliente y seca tos, que se alojo en su garganta hace un tiempo para no irse.

    -francisco, mi panchito, eres tu ¿verdad?

    -vine para estar solo…

    Sonrió un poquito para terminar la frase

    -A este cuarto nadie entra.

    -Hay, mi panchito, tu vida tanto que se resiste a caminar por las espinas y tu nada mas por ahí la acarreas.

    Siguió hablando al aire.

    -Ya perdiste a tu mujer, perdiste a tus hijos y al trabajo. ¿Sigues buscando un empleo a tu medida?

    -Vieja, usted esta loca.

    Dijo el hijo con ganas de cortar la conversación.

    -Vieja si y mucho, pero loca no. No les creas a los matasanos todo lo que dicen si por ellos fuera yo ya estuviera vestida de huesos.

    Volteo la espalda para poder estar solo un rato sin poner más atención a las palabras sinceras de su madre que por sinceras eran dolientes.

    -Mira hijo ahí viene.

    No la escuchó porque no quiso escucharla, mientras la madre se despedía con una mirada feliz de niña anciana.

    -Mira hijo que quiero me despidas de tus hermanas y que te consigas un trabajo y una buena mujer, pero primero el trabajo.

    Seguía hablando la madre elefanta del secreto del arroz, del mole…

    -Mira que el pastel de manzana…

    Mientras la muerte entraba por la puerta que siempre estaba abierta para ella, que siempre la esperaba sin esperanza ni desesperanza. Pero hoy era diferente ahora si dejaba ese inconfundible olor a muerte que sintió cuando su esposo y sus dos hijos.
    El ruido de los huesos cuando pegaban en el piso era sinceramente insoportable, pero ella toleraría cualquier cosa por ser liberada de su excesiva vida.
    La muerte triste, no tuvo valor para ver a la anciana madre y camino hacia pancho con la cabeza agachada. Que aun buscaba una solución fácil para su vida sin saber que lo aguardaba la muerte.
    Lo toco del hombro. Y francisco inmediatamente se llevo la mano al corazón tratando de caminar hacia la madre que miraba poco pero entendía todo, que de haber tenido lágrimas en sus ojos de llorar mucho, ahí se las hubiera acabado.
    Pancho manoteaba en la soledad del silencio entre los olores a viejo de su madre y a muerte de su muerte.
    Se desplomo a los pies celulíticos de la madre que lloraba sin lágrimas una muerte más, que no era la suya.

    -Que lastima me das, amiga mía, no te tengo rencor por lo que me has hecho.

    Le dijo a la muerte que escuchaba desde una niebla más densa que el olvido.

    -Es verdad que mi hijo yace a mis pies, pero tu nunca vas a sentir lo que es rosar con tus manos el rostro de un hijo, ni dormirlo en tus brazos, ni acariciarle los sueños.

    La muerte hubiera llorado al ver su vientre de pasa donde nada puede nacer, recordando las palabras de su dueño

    -No te puedo dar un vientre por que si eres madre no podrás traerme hijos.

    De verdad hubiera llorado pero tampoco le dio ese don.

    -¡Hoy también es lunes!

    Dijo doña chachita al ver, con sus enormes lentes de mirar lejos, el calendario que pendía de una de las paredes amarillentas de la casa de mil recuerdos, de esos recuerdos surgidos antes de que se descompusiera el tiempo.

    Porque siguieron lloviendo días iguales por su ventana.
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