EL ÚLTIMO DÍA DE ALMA
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Los nietos partían aquella mañana. Ninguno había faltado. Las señoras de edad mediana permanecieron allí, durante horas.
La casa comenzó a vaciarse por última vez. Cada uno descendía las escaleras llevándose un objeto de ella. Eran pedazos de la anciana abuela que entre todos se repartían. Muchos los herederos. Hubo quien salió llevando en su mano el extremo de un mantel añoso, cortado en fragmentos.
Cada uno interrogó al siguiente con la mirada ¿Por qué estuvieron allí?... rondando, durante los últimos días. Contaron las esquinas de la alfombra y no alcanzaba para dividirse entre esa multitud de manos. Estaban ya todos de pie junto a la puerta. Una energía se diluía lentamente sin partir de sus miembros. Aquél que contenía una savia de mayor brillantez, o que conservaba aún donaire altivo, se alejó primero.
El invierno finalizó por despejar también la arcada de salida. Alma, la joven huésped de la abuela, se detuvo en el marco de la puerta. Su presencia allí ya era innecesaria, pues la anciana dama había partido sin retorno y ella no era heredera dentro de esa casa.
Unas cuadras más allá, los obreros demoledores avanzaban con sus picos. La ciudad iba creciendo en alto, con habitaciones nuevas.
Ella cruzó la vereda para contemplar, reteniendo en el recuerdo aquella antigua morada. Los años cubriéronla de grietas, pero aún lucía con belleza sus líneas edilicias. Alma y la anciana habían compartido sus habitaciones en soledad, esos últimos años y sin recibir visitas. Pero ahora numerosos herederos, buscaban los objetos de la dama faltante. Su juventud, pensó la niña, había pasado por esa casa como un ave migratoria.
Alma experimentó la nostalgia. Dejaba allí, en esa vieja casa, algunas horas de su vida, semanas, meses, un par de vueltas del sol en su elipse. Una estela de claridad que perdíase en el firmamento. El universo estaba poblado. Los hombres enviaban sus satélites. Los manuscritos antiguos habíanlos anunciado.
La hija mayor de esa vieja dama, recorría la casa recogiendo los objetos que aún quedaban dentro de ella. Las habitaciones de embaldosado florido dejaban asomar en su superficie, vetas blanquecinas del salitre. Luego, esa última ocupante salió también al exterior, poniendo llave a la puerta y arrojándola a un baldío próximo, como un objeto ya en desuso.
Una ventana del extremo izquierdo continuaba abierta. La antigua mansión estaba ajada y ahora deshabitada. Pero una figura que Alma reconoció al instante asomóse por ella, sus manos se apoyaron sobre el borde enrejado y desde allí le sonreía. Era un señor elegante, el cual arrojó de pronto un bastón labrado que llevaba en la otra mano y que fue a estrellarse contra el pavimento de la calle. Convertido en pequeños trozos de cristal multicolor, llamaron la atención de los niños callejeros, quienes alzaron sus pedazos llevándoselos consigo como amuletos de antaño.
El hombre llevó su mano hasta el sombrero descubriéndose, para saludarla en señal de mensaje. Su rostro era el mismo del retrato oval, que siempre presidía la sala de esa anciana. Luego la vieja dama acercóse a su vez al borde de la ventana, saludando también a Alma... Y ambos desaparecieron de la vista de la joven, ocultándose en el interior vacío de esa casa.
Abajo, de pie, ella se apartaba con lentitud de la vereda. Las demoliciones cubrían la ciudad. Alma interrogó a unos hombres pertenecientes a la cuadrilla de trabajadores, con piquetes en mano :
–—¿Cuándo llegarán allá?
–—Es la casa del final de la calle–— le contestaron los obreros –—Ya llegaremos.
Un grupo de estudiantes rodeóla a mitad de la cuadra, mostrándole numerosas imágenes que llevaban en sus manos. Alma eligió una, la colocó en su frente y siguió caminando junto a ellos.
–—“Sigue... Sigue... Alma... no te detengas ni mires atrás tuyo... pues estamos contigo”-— susurrábanle al oído los ancianos habitantes de la casa vacía que sería pronto demolida
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Alejandra Correas Vázquez
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Comentarios
felicidades
Mi familia vivió en el Aaiún, colonia española sahariana en tiempos pasados. Hace dos años volví en un viaje nostálgico a las calles de mi infancia, a mi casa.
En tu frase de suelo floreado de golpe me acordé del color de las baldosas. Magdalena proustiana. Eso tienen interactivar pensamientos
No entiendo algo que dices ¿Qué son líneas edilicias?
Vivimos situaciones semejantes por ello podemos describirlas
gracias Alejandra
linda experiencia la tuya, los retornos nostálgicos siempre son cautivantes
las baldosas floreadas tienen un no sé qué de acogedor clima familiar
Líneas edilicias, por decir calles rectas sin curvas
gracias Suina - Alejandra
Creo advertir, en los rasgos de esta historia, ese impulso misterioso que inclina a ciertas personas a penetrar terrenos casi inaccesibles; aunque tú Alejandra, en este extraordinario relato, has podido regresar, convertir los pormenores en palabras y conservar, en el estilo, la magia de esa experiencia.
Hasta pronto.
creo que sí, tal como dices, es un relato susurrado al lector
saludos Alejandra
Tiene ese algo de realismo mágico que recuerda a las historias de Isabel Allende.
hermosa comparación me haces
saludos Alejandra