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El humo de cigarrillos flotaba pesado en el aire, mezclado con el aroma penetrante de whisky barato y café rancio. El “Blue Lantern” no era solo un bar; era una reliquia de tiempos mejores, un lugar que había resistido el paso del tiempo mientras la ciudad a su alrededor se desmoronaba. Las luces de neón parpadeantes en la ventana no hacían justicia a su nombre: la linterna azul que colgaba sobre la puerta estaba apagada desde hacía años. Aquel tugurio tenía una manera particular de tragarse los años, como si el tiempo fuera otro parroquiano más, vencido y borracho, refugiado en un rincón.
Dentro, las paredes amarillentas por la nicotina estaban cubiertas de placas conmemorativas, viejas fotos de policías con sonrisas forzadas, y recortes de prensa de tiempos en los que la justicia parecía algo más que un mal chiste. Las sillas crujían bajo el peso de aquellos que se sentaban a desahogar sus demonios después de cada turno, y el sonido de los vasos golpeando contra la madera gastada de la barra era casi tan constante como los murmullos cansados que llenaban aquel ambiente neblinoso. La madera del suelo guardaba secretos de anteriores generaciones de policías que ya no estaban. Allí no había héroes. Solo hombres y mujeres qué sabían que su lucha con la ciudad nunca terminaría.
Detroit, afuera, era un cadáver de lo que alguna vez fue. Las viejas fábricas y los almacenes de ladrillo carcomido bordeaban las calles como monumentos de una gloria oxidada. La imagen de los impolutos y gigantescos rascacielos del centro, tan altos como el ego de los que gobernaban, contrastaba con la de los edificios abandonados y las luces parpadeantes de los barrios menos favorecidos. Si la ciudad alguna vez tuvo un alma, hacía tiempo que la había vendido. Lo único que quedaba era la lucha por sobrevivir entre las sombras, donde humanos y Antrópidos coexistían, a menudo en una paz tan tensa como un resorte a punto de saltar.
En la esquina del bar, lejos de las conversaciones rotas por la risa cansada de los oficiales, estaba Thorne. El vaso de whisky en su mano se reflejaba en sus ojos oscuros y serenos. Con cada trago, el licor bajaba por su garganta con la misma calma con la que lidiaba con la discriminación diaria, terminando de la misma forma, con un suspiro de aire exasperado y caliente. Thorne no hablaba con nadie. No necesitaba hacerlo. Allí todos sabían quién era. El detective-antrópido. El bisonte con placa.
Aquella bestia medio humana medio bisonte, alto y macizo, no pasaba desapercibido, pero en el "Blue Lantern" había logrado un incómodo anonimato. Los otros policías lo respetaban lo justo, porque Thorne había demostrado que su pelaje grueso y su mirada intimidante no solo servían para cumplir con una cuota de inclusión. Era buen detective, y en esa ciudad podrida, un buen detective era un bien escaso: lo que tampoco terminaba de gustar a algunos compañeros. Algunos incluso lo odiaban, simplemente porque aún no habían digerido que alguien como él resolviera casos mejor que ellos.
Para él, la caída de BioNexis no fue una explosión repentina, sino una sombra larga que cubría todo desde antes de su nacimiento. Fue su madre quien vivió el derrumbe, su padre quien cargó con el estigma. Él, en cambio, creció entre las ruinas de lo que esa corporación dejó atrás: una sociedad que nunca supo qué hacer con los Antrópidos una vez que dejaron de ser propiedad. No cargaba con la caída de la empresa, sino con sus consecuencias: el odio, el prejuicio, la sospecha. Había crecido bajo el peso de una sociedad que seguía negándole el derecho a existir, y de hacerlo libre.
Él aún era cadete cuando vio por primera vez un cadáver antrópido tirado en un callejón. Era una especie de roedor menudo, probablemente una cobaya. Tenía los brazos rotos en ángulos imposibles y el rostro desfigurado por una violencia innecesaria. Lo habían molido a patadas a plena luz del día. Los superiores lo llamaron “ajuste de cuentas”. Nadie investigó mucho. No era un humano, decían. No valía la pena.
Thorne no olvidó ese cuerpo. No por la brutalidad —a esas alturas, la ciudad ya le había mostrado escenas peores—, sino por lo que representaba: el lugar que le había sido asignado incluso antes de portar una placa. Aquel antrópido muerto era un reflejo de lo que el sistema pensaba que eran ellos: desechables.
El fin de BioNexis había ocurrido años antes, pero las secuelas seguían abiertas años después. Lo que realmente desató la desbandada de inversores fue el escándalo biológico: el descubrimiento de que algunas variantes antrópidas podían reproducirse entre sí. Nadie lo dijo abiertamente, pero el miedo a una especie con herencia propia —fuera de control, fuera de propiedad— fue suficiente para espantar a los accionistas y qué la bolsa se desplomara. A partir de ahí, BioNexis fue un castillo de naipes en una tormenta de intereses.
Durante años intentó comportarse como si su sitio en la comisaría fuera legítimo, ganado por méritos. Y lo era. Había resuelto más casos que la mitad de sus compañeros. Pero eso no cambiaba cómo lo miraban.
Algunos decían que Thorne tenía el olfato de un sabueso y la paciencia de un juez, pero los que lo conocían de verdad sabían que no era ni lo uno ni lo otro. Thorne solo tenía su memoria y un instinto agudo. Y la memoria, en una ciudad como Detroit, era más una carga qué una bendición.
El murmullo del bar seguía, como un mantra de resignación, entre tragos, cafés fríos y cigarrillos encendidos uno tras otro. Desde su rincón, Thorne podía verlos a todos: los veteranos que no se habían retirado porque sabían que en casa los esperaba el silencio, los jóvenes con mirada hueca que aún pensaban que podían marcar la diferencia, y los que simplemente habían aprendido a mantenerse vivos sin hacer demasiadas preguntas.
Nadie hablaba de los Antrópidos, pero todos pensaban en ellos. Se notaba en la forma en que a veces las conversaciones bajaban el volumen cuando él pasaba cerca. En cómo el humor del cuartel pasaba de ácido a incómodo con su sola presencia.
Uno de los tenientes, Kowalsky, se acercó a la barra para pedir. Alto, delgado, con la camisa arrugada y el cuello húmedo de sudor, caminaba con ese aire de quien cree tener siempre algo interesante que decir, aunque casi nunca sea el caso.
—Thorne —saludó con un cabeceo ladeado, más mueca que cortesía—. Hoy tuve que reducir a un antricaballo en la zona portuaria. Imagina eso... casi dos metros de músculo y ni una pizca de seso. El muy imbécil pensó que podía escapar corriendo y esconder esa masa de carne por cuerpo.
Hizo una pausa breve, esperando una reacción. Thorne no se la dio.
—Se metió en una ferretería, te lo juro —continuó, sonriendo como si recordara una anécdota graciosa—. Lo encontré temblando detrás de un montón de palés. Le bastó verme para mearse encima. Patético.
Thorne bebió otro trago, sin cambiar el gesto, sin mirar al teniente.
—Siempre pensé que esos caballos serían más útiles en las carreras que en los almacenes —añadió Kowalsky, como quien lanza un anzuelo—. Pero bueno, uno menos causando problemas. ¿No crees?
Silencio. Solo el roce del vaso contra la barra.
Kowalsky esperó unos segundos más, luego se encogió de hombros, pidió un café y se fue con su grupo. No buscaba conversación. Solo validación. O quizás incomodar. O tal vez recordar a Thorne —y a los demás— que algunos aún sabían “cuál era su lugar”.
Thorne volvió a su copa. Afuera, alguien gritó. Un coche pasó demasiado rápido por la calle encharcada. La ciudad seguía viva, a pesar de sí misma.
Comentarios
Los artesanos cuidan sus herramientas, así que cuida el lenguaje, la gramática, la expresión... De todas formas, no he encontrado grandes problemas así a primera vista. Quizá algunas repeticiones que afean un poco la lectura.
De imaginación sí parece que vas bien servido.