Mi amigo @Raul_dela_Cruz, la editorial tiene 64 años de haber sido fundada, por lo que el edificio tiene un tanto igual, ya que lo estrenaron cuando nació la empresa. Si las cosas son como tu padre lo comenta, entonces es la misma. Cuando yo llegué a trabajar a la empresa, allá por 1987, siendo yo un jovencito, lo primero que hicieron fue platicarme del fantasma de la niña del estacionamiento. Pero lo curioso es que nunca la vi. En estos días les hablaré de otros dos, los cuales sí tuve la oportunidad de presenciar: La sombra en las escaleras y el quejido.
el nunca me dijo el nombre de la eiditorial o sí lo hizo se me olvidó, pero sí me refirió que estaba en el (para ese entonces) DF y lo que experimentó en ese momento cuando la vio.
Algo había cambiado en los ojos del conde; ahora no sólo escudriñaban con ira los míos, sino que estaban más altivos, que parecían salirse de sus órbitas, como si intentasen hipnotizarme.
Desechaba todas las ideas supersticiosas de mi mente y salía al pasillo, el cual no se veía más reconfortante. A pesar de eso, empezaba a caminar a pasos rápidos. El resto de los invitados estaba en la cocina. Me iba hacia el suntuoso salón de la mansión, pero aún me sentía nervioso por el escalofriante momento del hurto.
Al abrirse ante mí la puerta del espacioso salón, una fuerte sensación de vértigo se abría paso a través de mi subconsciente. Me apoyaba en la puerta. Tenía que serenarme. Todo había terminado. El conde estaba muerto, y yo podría regresar a mi casa de Sevilla con la costosa joya. Con este pensamiento revoloteando en mi interior me sentaba en un lujoso sillón, justo al lado de una no menos lujosa chimenea, construida con materiales indeterminados.
Del techo pendía una enorme araña de bronce, en la que, al final de cada una de sus patas, crepitaba la llama de la chimenea alocadamente.
Debí quedarme traspuesto, quizá por mi corazón, pues tanto los familiares como los invitados se habían marchado ya. Un repulsivo silencio se cerraba sobre mí.
Pero, de pronto, el sepulcral silencio era roto por algo deslizante que provenía del pasillo. Mi espalda se pegaba al sillón, cuando oía acercarse un sonido. En esa mansión todo parecía siniestro. Y vivo. Todos los ruidos se asemejaban a un algo agonizante. Entero y tranquilo tenía que mantenerme.
“Lo más sensato es irme ahora mismo de esta embrujada mansión”, pensaba.
Pero el ruido seco se convertía en terror cuando unos largos dedos se aferraban al marco de la puerta. Una fina hendidura decía que con anterioridad ese dedo había llevado un anillo. Angustiado, deducía que era la mano del conde.
Me erguía ante tan horrenda escena. El aristócrata arrastraba penosamente sus pies y trataba de acercase a mí. Sus ojos no sólo me escudriñaban como antes en su féretro-lecho, ahora palpitaban coléricos y centelleantes bajo la repulsiva expresión de una agonía desesperada. Traspasaba el umbral y tras unos pasos, extendía los brazos en el aire, como en una amenaza.
“¡Está vivo! ¡Este hijo de puta no ha muerto!” -gritaba.
Frente a mis propios gritos, mi corazón daba un vuelco. Mi mano se posaba en mi pecho. Mi corazón, enfermo, no podría soportar el creciente terror que se iba apoderando de mí. Veía, enloquecido, cómo los blanquecinos dedos del conde vibraban ante la desesperación de asirse cruelmente a mi cuello. La locura y la maldad no habían desaparecido del alma de aquel conde del Diablo. Sin duda, aquel maldito sangre azul quería recuperar su anillo.
Estaba paralizado. Las manos del condenado conde se cerraban fuertemente alrededor de mi cuello. Su expresión cambiaba a horripilante risa que, curvada en los extremos, se levantaba hacía los pómulos, enfatizando así su demencia enfermiza, locura en vida podrida y mórbida en muerte sufrida.
“¡Deja de reír, maldito bastardo!” -gritaba, de nuevo. “¡Aparta de mí tu repugnante mirada!” -volvía a gritar.
Pero mis gritos no eran oídos por nadie. Mi garganta no emitía voz, y menos aún gritos. Mi cerebro le dijo a mi corazón que lo mejor para mi salud era que me tranquilizase y que me fuese rápidamente de allí. Y salí a todo gas de aquel siniestro lugar
Y ahora, ya en mi casa, mi felicidad grande, pero no por tener tamaña joya a mi entera disposición, pues, por fortuna, no tengo dificultades económicas, al contrario, sino por haber saldado definitivamente la herencia de mi querida y añorada madre.
A. Chávez López Sevilla feb 2024
Ay, Antonio. Acabo de leerlo. Quiero decirte algunas cosas y no es con intención de halagar sino por comunicarte lo que he sentido. Aquí tenemos la oportunidad de comunicar sentimiento y sensaciones a un autor después de leerle, cosa que cuando cerramos un libro no suele pasar.
Lo que más me ha llamado la atención de tu relato es la lucha interna del protagonista, el nudo en la cuerda (cada vez más tensa) de su cordura. Hay quien opina que narrar en primera persona es fácil; esto es una generalidad muy tonta, no lo es, en tanto en cuanto hay que estar dentro del protagonista y ofrecer su verdadera perspectiva, no sólo desde sus ojos, es decir, tenemos que apartar nuestra percepción y rendirnos a la subjetividad plena del personaje en cuestión. Las palabras que utilizas en las descripciones, los sonidos de "algo que agoniza", proceden de la angustia del personaje que narra. Sinceramente eso, y el manejo del ritmo (a pulsos, como cambios de plano en una película con el aura de Bela Lugosi) creo que lo hiciste MUY BIEN.
Fíjate, yo pensé que el narrador había terminado por ver al "muerto" porque él mismo estaba entre la vida y la muerte y tenía otro infarto al final...
Algo había cambiado en los ojos del conde; ahora no sólo escudriñaban con ira los míos, sino que estaban más altivos, que parecían salirse de sus órbitas, como si intentasen hipnotizarme.
Desechaba todas las ideas supersticiosas de mi mente y salía al pasillo, el cual no se veía más reconfortante. A pesar de eso, empezaba a caminar a pasos rápidos. El resto de los invitados estaba en la cocina. Me iba hacia el suntuoso salón de la mansión, pero aún me sentía nervioso por el escalofriante momento del hurto.
Al abrirse ante mí la puerta del espacioso salón, una fuerte sensación de vértigo se abría paso a través de mi subconsciente. Me apoyaba en la puerta. Tenía que serenarme. Todo había terminado. El conde estaba muerto, y yo podría regresar a mi casa de Sevilla con la costosa joya. Con este pensamiento revoloteando en mi interior me sentaba en un lujoso sillón, justo al lado de una no menos lujosa chimenea, construida con materiales indeterminados.
Del techo pendía una enorme araña de bronce, en la que, al final de cada una de sus patas, crepitaba la llama de la chimenea alocadamente.
Debí quedarme traspuesto, quizá por mi corazón, pues tanto los familiares como los invitados se habían marchado ya. Un repulsivo silencio se cerraba sobre mí.
Pero, de pronto, el sepulcral silencio era roto por algo deslizante que provenía del pasillo. Mi espalda se pegaba al sillón, cuando oía acercarse un sonido. En esa mansión todo parecía siniestro. Y vivo. Todos los ruidos se asemejaban a un algo agonizante. Entero y tranquilo tenía que mantenerme.
“Lo más sensato es irme ahora mismo de esta embrujada mansión”, pensaba.
Pero el ruido seco se convertía en terror cuando unos largos dedos se aferraban al marco de la puerta. Una fina hendidura decía que con anterioridad ese dedo había llevado un anillo. Angustiado, deducía que era la mano del conde.
Me erguía ante tan horrenda escena. El aristócrata arrastraba penosamente sus pies y trataba de acercase a mí. Sus ojos no sólo me escudriñaban como antes en su féretro-lecho, ahora palpitaban coléricos y centelleantes bajo la repulsiva expresión de una agonía desesperada. Traspasaba el umbral y tras unos pasos, extendía los brazos en el aire, como en una amenaza.
“¡Está vivo! ¡Este hijo de puta no ha muerto!” -gritaba.
Frente a mis propios gritos, mi corazón daba un vuelco. Mi mano se posaba en mi pecho. Mi corazón, enfermo, no podría soportar el creciente terror que se iba apoderando de mí. Veía, enloquecido, cómo los blanquecinos dedos del conde vibraban ante la desesperación de asirse cruelmente a mi cuello. La locura y la maldad no habían desaparecido del alma de aquel conde del Diablo. Sin duda, aquel maldito sangre azul quería recuperar su anillo.
Estaba paralizado. Las manos del condenado conde se cerraban fuertemente alrededor de mi cuello. Su expresión cambiaba a horripilante risa que, curvada en los extremos, se levantaba hacía los pómulos, enfatizando así su demencia enfermiza, locura en vida podrida y mórbida en muerte sufrida.
“¡Deja de reír, maldito bastardo!” -gritaba, de nuevo. “¡Aparta de mí tu repugnante mirada!” -volvía a gritar.
Pero mis gritos no eran oídos por nadie. Mi garganta no emitía voz, y menos aún gritos. Mi cerebro le dijo a mi corazón que lo mejor para mi salud era que me tranquilizase y que me fuese rápidamente de allí. Y salí a todo gas de aquel siniestro lugar
Y ahora, ya en mi casa, mi felicidad grande, pero no por tener tamaña joya a mi entera disposición, pues, por fortuna, no tengo dificultades económicas, al contrario, sino por haber saldado definitivamente la herencia de mi querida y añorada madre.
A. Chávez López Sevilla feb 2024
Ay, Antonio. Acabo de leerlo. Quiero decirte algunas cosas y no es con intención de halagar sino por comunicarte lo que he sentido. Aquí tenemos la oportunidad de comunicar sentimiento y sensaciones a un autor después de leerle, cosa que cuando cerramos un libro no suele pasar.
Lo que más me ha llamado la atención de tu relato es la lucha interna del protagonista, el nudo en la cuerda (cada vez más tensa) de su cordura. Hay quien opina que narrar en primera persona es fácil; esto es una generalidad muy tonta, no lo es, en tanto en cuanto hay que estar dentro del protagonista y ofrecer su verdadera perspectiva, no sólo desde sus ojos, es decir, tenemos que apartar nuestra percepción y rendirnos a la subjetividad plena del personaje en cuestión. Las palabras que utilizas en las descripciones, los sonidos de "algo que agoniza", proceden de la angustia del personaje que narra. Sinceramente eso, y el manejo del ritmo (a pulsos, como cambios de plano en una película con el aura de Bela Lugosi) creo que lo hiciste MUY BIEN.
Fíjate, yo pensé que el narrador había terminado por ver al "muerto" porque él mismo estaba entre la vida y la muerte y tenía otro infarto al final...
En la Editorial donde yo trabajo, ya he contado que bastantes personas han visto a la niña del estacionamiento, el cual está en el sótano. A esa chiquilla yo jamás la he visto, y eso que he bajado muchas veces completamente solo y lo único que vi en dos ocasiones, antes de la pandemia y en épocas de lluvias, fueron las pisadas mojadas de sus pies descalzos en el suelo, donde se aprecian la huella de los talones, los arcos y los dedos de los pies. Pues en esta empresa suceden otras dos cosas más. En las escaleras que van al primero, segundo, tercero y cuarto piso muchos hemos visto una sombra negra que sube o que baja. No la hemos observado directamente, sino con el rabillo del ojo y la percepción solo dura unos cuantos segundos. Los empleados usan las escaleras y el dueño de la empresa y sus hijos un ascensor (Yo tengo el privilegio de utilizarlo también, modestia aparte) y en ese lugar también hemos visto a la sombra misteriosa. Una de las secretarias que renunció al verla cara a cara dice que es la figura de un hombre alto. Lo vio unos segundos y desapareció. Se desmayó y la levantamos de los escalones para acostarla en un sofá. En varias ocasiones yo he visto esa sombra en el ascensor, siempre a mi izquierda. En un parpadeo desaparece. No me da miedo, ya que todo esto lo adjudico a un curioso efecto de las luces LED que tiene el edificio, aunque mis compañeros aseguran que han escuchado sus pasos, e incluso, hasta toser. En el caso del quejido, todos, hasta el dueño de la Editorial lo hemos percibido. Es como cuando una mujer se tuerce un brazo o un tobillo y exclama un 'aayyy' muy leve, y se oye especialmente en las tardes, casi a las seis cuando todos vamos a salir de la oficina, y en ocasiones en la mañana cuando estamos en la cocina o en la sala de las copias. Esto es algo con lo que convivimos a diario, aunque lo de la niña del estacionamiento continúa, yo no la he visto, más que la huella de sus pies descalzos. ¿Que si me da miedo? Para nada, ya estoy acostumbrado.
Comentarios
Si las cosas son como tu padre lo comenta, entonces es la misma. Cuando yo llegué a trabajar a la empresa, allá por 1987, siendo yo un jovencito, lo primero que hicieron fue platicarme del fantasma de la niña del estacionamiento.
Pero lo curioso es que nunca la vi. En estos días les hablaré de otros dos, los cuales sí tuve la oportunidad de presenciar: La sombra en las escaleras y el quejido.
Jo, Reyes, si eso no es halagar, yo me llamo Pepe
Gracias por todo, y a mí me encanta que me leas
El encanto en mío, Enriqueta... jajajajaja...
A esa chiquilla yo jamás la he visto, y eso que he bajado muchas veces completamente solo y lo único que vi en dos ocasiones, antes de la pandemia y en épocas de lluvias, fueron las pisadas mojadas de sus pies descalzos en el suelo, donde se aprecian la huella de los talones, los arcos y los dedos de los pies.
Pues en esta empresa suceden otras dos cosas más. En las escaleras que van al primero, segundo, tercero y cuarto piso muchos hemos visto una sombra negra que sube o que baja. No la hemos observado directamente, sino con el rabillo del ojo y la percepción solo dura unos cuantos segundos.
Los empleados usan las escaleras y el dueño de la empresa y sus hijos un ascensor (Yo tengo el privilegio de utilizarlo también, modestia aparte) y en ese lugar también hemos visto a la sombra misteriosa.
Una de las secretarias que renunció al verla cara a cara dice que es la figura de un hombre alto. Lo vio unos segundos y desapareció. Se desmayó y la levantamos de los escalones para acostarla en un sofá.
En varias ocasiones yo he visto esa sombra en el ascensor, siempre a mi izquierda. En un parpadeo desaparece. No me da miedo, ya que todo esto lo adjudico a un curioso efecto de las luces LED que tiene el edificio, aunque mis compañeros aseguran que han escuchado sus pasos, e incluso, hasta toser.
En el caso del quejido, todos, hasta el dueño de la Editorial lo hemos percibido. Es como cuando una mujer se tuerce un brazo o un tobillo y exclama un 'aayyy' muy leve, y se oye especialmente en las tardes, casi a las seis cuando todos vamos a salir de la oficina, y en ocasiones en la mañana cuando estamos en la cocina o en la sala de las copias.
Esto es algo con lo que convivimos a diario, aunque lo de la niña del estacionamiento continúa, yo no la he visto, más que la huella de sus pies descalzos.
¿Que si me da miedo? Para nada, ya estoy acostumbrado.