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Yo Viví un Hecho Sobrenatural

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Comentarios

  • En esta Pandemia que pasó, las calles de la Ciudad de México se llenaron de malandros que hicierton de las suyas, por lo que la inseguridad aumentó al andar las calles casi solitarias y sobre todo en las noches.
    La Llorona envió un comunicado, y tanto miedo tuvo de la inseguridad, que pidió esconderse aquí, en el anexo agregado justo abajo en este texto. Ábranlo para que vean qué fue lo que nos dijo.
  • editado febrero 2024
    Cuando yo estudiaba en la UNAM, a finales de los setenta y principios de los ochenta, me gané una beca por aprovechamiento y la Universidad me otorgó la estancia durante toda mi carrera en unos apartamentos que tenía en Copilco, una colonia cercana a la Máxima Casa de Estudios, además de una cantidad de dinero semanal.
    Ahí tuve alojamiento y dinero para mis comidas. El caso es que una mañana salí temprano de mi apartamento para ir a la UNAM (Podía llegar caminando) y faltando poco para entrar a Ciudad Universitaria, me encontré a mi tío Alfonso, quien pasaba por ahí. 
    Él no vivía en la Ciudad de México, sino en un Estado aledaño a la Capital que es el Estado de Puebla. Lo saludé y le dije que era para mí una sorpresa que estuviera en la Ciudad de México. 
    Hablamos muy poco, ya que tenía qué entrar a clases. Me dijo que había llegado porque quería despedirse de todos nosotros, especialmente de mí, porque según él era su sobrino al que más quería.
    Le pregunté: ¿Despedirte?... Y me contestó que pronto lo sabría.
    Pensando que al día siguiente lo iba a ver en la casa de mis padres (era viernes y los fines de semana los pasaba con mi familia) me despedí y le dije que teníamos mucho de qué platicar.
    Al abrazarlo lo sentí frío. Me alejé hacia la UNAM y mi tío volteó y se despidió de mí agitando la mano.
    Entré a clases y fue un día de muchos experimentos en el laboratorio y de investigar en la biblioteca. ya casi en la noche, salí de Ciudad Universitaria, cené en un restaurante y llegué a mi apartamento.
    Me acababa de duchar cuando sonó el teléfono. Era mi papá quien me dijo que me tenía una triste noticia. El día de ayer mi tío Alfonso murió en el taller de la Volkswagen (era armador de los Volkswagen Sedan o 'escarabajos'), se zafó uno de ellos de las gruesas cadenas que lo sostenían en vilo, y le cayó encima.
    Asustado, le dije que lo acababa de ver esta mañana cuando apenas yo me dirigía a Ciudad Universitaria, y hasta lo abracé. Mi papá me regañó diciendo que no jugara con esas cosas, pero yo le contesté que era verdad.
    Ese fin se semana viajamos a Puebla para estar en su velorio y en su entierro. Hasta la fecha no me explico cómo es que lo vi. Su presencia era tan real que hasta lo toqué, aunque me extrañó que su cuerpo estuviera frío, a pesar de que esa mañana era calurosa.
    Por cierto, lo enterraron con la misma ropa como lo vi esa mañana que lo saludé...
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    Cuando yo estudiaba en la UNAM, a finales de los setenta y principios de los ochenta, me gané una beca por aprovechamiento y la Universidad me otorgó la estancia durante toda mi carrera en unos apartamentos que tenía en Copilco, una colonia cercana a la Máxima Casa de Estudios, además de una cantidad de dinero semanal.
    Ahí tuve alojamiento y dinero para mis comidas. El caso es que una mañana salí temprano de mi apartamento para ir a la UNAM (Podía llegar caminando) y faltando poco para entrar a Ciudad Universitaria, me encontré a mi tío Alfonso, quien pasaba por ahí. 
    Él no vivía en la Ciudad de México, sino en un Estado aledaño a la Capital que es el Estado de Puebla. Lo saludé y le dije que era para mí una sorpresa que estuviera en la Ciudad de México. 
    Hablamos muy poco, ya que tenía qué entrar a clases. Me dijo que había llegado porque quería despedirse de todos nosotros, especialmente de mí, porque según él era su sobrino al que más quería.
    Le pregunté: ¿Despedirte?... Y me contestó que pronto lo sabría.
    Pensando que al día siguiente lo iba a ver en la casa de mis padres (era viernes y los fines de semana los pasaba con mi familia) me despedí y le dije que teníamos mucho de qué platicar.
    Al abrazarlo lo sentí frío. Me alejé hacia la UNAM y mi tío volteó y se despidió de mí agitando la mano.
    Entré a clases y fue un día de muchos experimentos en el laboratorio y de investigar en la biblioteca. ya casi en la noche, salí de Ciudad Universitaria, cené en un restaurante y llegué a mi apartamento.
    Me acababa de duchar cuando sonó el teléfono. Era mi papá quien me dijo que me tenía una triste noticia. El día de ayer mi tío Alfonso murió en el taller de la Volkswagen (era armador de los Volkswagen Sedan o 'escarabajos'), se zafó uno de ellos de las gruesas cadenas que lo sostenían en vilo, y le cayó encima.
    Asustado, le dije que lo acababa de ver esta mañana cuando apenas yo me dirigía a Ciudad Universitaria, y hasta lo abracé. Mi papá me regañó diciendo que no jugara con esas cosas, pero yo le contesté que era verdad.
    Ese fin se semana viajamos a Puebla para estar en su velorio y en su entierro. Hasta la fecha no me explico cómo es que lo vi. Su presencia era tan real que hasta lo toqué, aunque me extrañó que su cuerpo estuviera frío, a pesar de que esa mañana era calurosa.
    Por cierto, lo enterraron con la misma ropa como lo vi esa mañana que lo saludé...

    Joder, Carlos, vaya susto, ¿no? ¿Te quedan secuelas de eso?

     :)
     
  • Hasta la fecha lo recuerdo, pero hay cosas peores que viví y que contaré en estos días aquí, como el día que presencié cara a cara y en vivo a una endemoniada.
  • Recuerdo que cuando yo tenía 29 años, fui con mi mamá a visitar a una tía, la cual estaba muy preocupada por el extraño comportamiento de una de mis primas, que de por si era muy rebelde y hacía lo que quería.
    Ella fue con sus amigas a jugar a la tabla ouija. Las chicas que estaban con ella me contaron que todas lo hicieron simplemente por diversión, pero que mi prima llegó burlándose de ellas, ya que (me dijeron), que el tablero triangular comenzó a moverse solo, pero mi prima decía que ellas lo estaban manipulando.
    Esto les dio miedo a las chicas, quienes decidieron ya no seguir jugando. Mi prima soltó una carcajada y les dijo que el diablo no existía, y que lo retaba a él a que se metiera en su cuerpo como la niña de El Exorcista.
    En apariencia no sucedió nada. Todas se despidieron y mi prima cenó, pero en la noche comenzó a sentir mucho miedo. Sus padres fueron a verla a su recámara porque ella empezó a reírse y a llorar de una manera muy extraña.
    Al día siguiente, ella comenzó a convulsionarse y a hablar con voz de hombre. Decía muchas blasfemias y asustó a todos. Mi tía les habló a sus amigas de su hija quienes llegaron a la casa y dijeron que un día antes habían jugado a la ouija y que la tabla se movió sola, y que mi prima se burló.
    Mi tía se quedó pálida cuando escuchó lo que mi prima dijo retando al diablo. Ahora ella gimoteaba hecha un ovillo en el suelo y los dedos de sus manos y de sus pies se torcían como garras.
    Coincidió que ese día mi mamá y yo llegamos a visitar a mi tía. Al ver esto, nos dimos cuenta de que ella estaba endemoniada.
    Le hablé por teléfono a un ministro de culto llamado David quien llegó y prácticamente exorcizó a mi prima. Ella se retorcía en el suelo rasgándose las ropas hasta quedar desnuda.
    Pero el ministro siguió orando, diciendo: '¡En el nombre del Señor Jesucristo, te ordeno que abandones el cuerpo de esta muchacha!'.
    Déjenme decirles que todo lo que sucedió en la película de El Exorcista se queda corto con lo que sucedió ahí. Los ojos de mi prima se movían rápidamente en diferentes direcciones, su voz era como el de un anciano muy ronco, hacía contorsiones que se antojan imposibles para su cuerpo, como agacharse hasta pasar su cabeza de entre sus piernas, y muchas cosas más.
    Todo esto duró como veinte minutos y el ministro siguió orando y ordenando al demonio que abandonara el cuerpo de mi prima. Al final ella cayó inconsciente en el suelo y se sintió un fuerte viento muy caliente que se elevó y el viento se volvió muy frío. El ministro dijo que todo se había acabado.
    Mi tía y mi mamá abrazaron a mi prima quien volvió en sí llorando. La cubrieron con una cobija y fue cuando vi a las chicas: Dos de ellas se habían desmayado y tres lloraban aterradas y temblando.
    El ministro nos dijo que el demonio había salido del cuerpo de mi prima. Poco después se fue, pero antes hizo pedazos la tabla ouija y el triángulo. Mi tío y yo llevamos a las chicas a sus casas quienes seguían llorando y temblando. Tuvimos qué explicarles a los padres de ellas lo que había pasado.
    Mi prima cambió totalmente, perdió mucho de su rebeldía y siguió estudiando su carrera de enfermería hasta graduarse. Esto pasó hace muchos años y ella todavía tiembla cuando se acuerda de ese episodio tan horrible que vivió...
  • Me agrada que estás en el foro, amiga @MrBones.
    Gracias, es un placer estar aquí.
    Espero en un futuro poder aportar más; pero de momento, imposible.

    Saludos.
  • Cuando puedas entra y deja uno o dos comentarios.
    Ya habrá oportunidad para que empieces a participar activamente.
  • editado febrero 2024
    Cuando yo tenía ocho años de edad, todavía nuestra casa estaba en construcción, pero ya vivíamos ahí mi familia y yo.
    En un cuarto grande, que después fue la sala-comedor, mi papá puso su cama matrimonial y una cama normal, donde dormíamos mi hermano de seis años y yo.
    Al lado de la cama de mis padres, estaba la cuna de mi hermanito de un año de edad.
    Como a tres metros de donde estaba la cama de mi hermano y yo, se encontraba la entrada a la cocina, la cual todavía no tenía puerta y estaba tapada con una tela de color azul oscuro, casi negra.
    Eramos cinco los que estábamos descansando en esa habitación, y en una repisa estaba una imagen religiosa y una veladora que alumbraba el cuarto.
    Imagínense la escena. El caso es que todos estábamos dormidos y de pronto, entre sueños sentí que algo o alguien me estaba observando.
    Abrí los ojos y todo estaba normal, la llama de la vela se movía provocando tenues sombras, mi familia dormía, y estaba a punto de recargar mi cabeza en la almohada para seguir descansando, cuando mis ojos de posaron en la tela azul oscuro que tapaba la entrada a la cocina.
    Sobre la tela, estaba como dibujado un esqueleto de pies a cabeza y que miraba al frente. Era como esas imágenes que en las escuelas tienen como póster para las clases de anatomía.
    Solo faltaba que en el esqueleto aparecieran flechas y los nombres correspondientes a cada hueso. No me dio miedo, sino extrañeza. Pensé que mi papá había comprado ese póster en tela y lo había puesto para que mi hermano y yo lo estudiáramos.
    Pero deseché esa idea, ya que antes de dormir había visto la tela y en su superficie no había nada. No me explicaba qué hacía esa imagen ahí, pero no me atreví a levantarme para verla más de cerca.
    Me percaté que al lado de mi cama, en un pequeño buró, mi mamá había dejado su cepillo para peinar el cabello. Lo tomé y lo arrojé contra el esqueleto. 
    La tela se movió ondulándose, como si la imagen estuviera impresa. El cepillo, al caer al suelo, se rompió. El ruido no despertó a mi familia.
    Al ver eso, ahora sí me dio mucho miedo y me cubrí la cabeza con las cobijas. En breve me volví a quedar dormido.
    Cuando amaneció, miré la tela y no tenía nada. El esqueleto había desaparecido. Pensé que todo había sido un mal sueño.
    Pero mi mamá estaba molesta, ya que encontró su cepillo en el suelo, con el mango partido a la mitad. Mi hermano y yo le dijimos que no sabíamos nada de ello.
    Pasaron tres días y desgraciadamente, mi hermanito de un año de edad falleció de un ataque al corazón. Nunca supimos el motivo, ya que estaba completamente sano, pero fue una macabra coincidencia, a pocos días que ví el esqueleto...
  • Queda pendiente que les cuente un hecho muy extraño que sucedió en el funeral de mi hermanito.
  • Ninguna historia real que aportar. Soy muy escéptico.
  • Haces bien en ser escéptico. Es mejor encontrar otro tipo de respuestas, pero cuando te sucede algo que no tiene explicación, sientes que te mueven el tapete.
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado febrero 2024
    Cuando yo tenía ocho años de edad, todavía nuestra casa estaba en construcción, pero ya vivíamos ahí mi familia y yo.
    En un cuarto grande, que después fue la sala-comedor, mi papá puso su cama matrimonial y una cama normal, donde dormíamos mi hermano de seis años y yo.
    Al lado de la cama de mis padres, estaba la cuna de mi hermanito de un año de edad.
    Como a tres metros de donde estaba la cama de mi hermano y yo, se encontraba la entrada a la cocina, la cual todavía no tenía puerta y estaba tapada con una tela de color azul oscuro, casi negra.
    Eramos cinco los que estábamos descansando en esa habitación, y en una repisa estaba una imagen religiosa y una veladora que alumbraba el cuarto.
    Imagínense la escena. El caso es que todos estábamos dormidos y de pronto, entre sueños sentí que algo o alguien me estaba observando.
    Abrí los ojos y todo estaba normal, la llama de la vela se movía provocando tenues sombras, mi familia dormía, y estaba a punto de recargar mi cabeza en la almohada para seguir descansando, cuando mis ojos de posaron en la tela azul oscuro que tapaba la entrada a la cocina.
    Sobre la tela, estaba como dibujado un esqueleto de pies a cabeza y que miraba al frente. Era como esas imágenes que en las escuelas tienen como póster para las clases de anatomía.
    Solo faltaba que en el esqueleto aparecieran flechas y los nombres correspondientes a cada hueso. No me dio miedo, sino extrañeza. Pensé que mi papá había comprado ese póster en tela y lo había puesto para que mi hermano y yo lo estudiáramos.
    Pero deseché esa idea, ya que antes de dormir había visto la tela y en su superficie no había nada. No me explicaba qué hacía esa imagen ahí, pero no me atreví a levantarme para verla más de cerca.
    Me percaté que al lado de mi cama, en un pequeño buró, mi mamá había dejado su cepillo para peinar el cabello. Lo tomé y lo arrojé contra el esqueleto. 
    La tela se movió ondulándose, como si la imagen estuviera impresa. El cepillo, al caer al suelo, se rompió. El ruido no despertó a mi familia.
    Al ver eso, ahora sí me dio mucho miedo y me cubrí la cabeza con las cobijas. En breve me volví a quedar dormido.
    Cuando amaneció, miré la tela y no tenía nada. El esqueleto había desaparecido. Pensé que todo había sido un mal sueño.
    Pero mi mamá estaba molesta, ya que encontró su cepillo en el suelo, con el mango partido a la mitad. Mi hermano y yo le dijimos que no sabíamos nada de ello.
    Pasaron tres días y desgraciadamente, mi hermanito de un año de edad falleció de un ataque al corazón. Nunca supimos el motivo, ya que estaba completamente sano, pero fue una macabra coincidencia, a pocos días que ví el esqueleto...

    Joder, Carlos, las cosas que te pasan o te han pasado hay que leerlas de día y con un Sol brillante, con la idea de restarles siniestralidad. Pena lo de tu hermano pequeño.

     :)
     
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado febrero 2024


    Un caso real lo convertí en un relato a mi sui géneris. Se trata de una acomodada familia sevillana con bues estatus social y económico, de esas familias que llaman "de sangre azul", que siempre he detestado eso de "azul", puesto que la sangre es roja rojísima. Por posibles consecuencias imprevisibles hacia mi persona, no cito el verdadero apellido de este linaje, ni tampoco el lugar exacto donde se desarrolló este caso, y, por supuesto, la foto que aparece no corresponde a nadie de esa familia, que a uno de los miembros, de igual edad que yo, lo conozco y tengo relación con él, que fue quien me contó lo que le ocurrió con un tío lejano suyo. Y después yo me he encargué de dar forma a su información, llevándola a relato, que lo titulé: El muerto es un "vivo". El entrecomillado de vivo define perverso, avieso, malvado...

    Empiezo el relato en página siguiente

     :) 

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    El muerto era un “vivo”
     
    Me llamo Cayetano de Lugo y Pérez. Tengo 49 años y estoy soltero. Vivo en un chalet a las afueras de de la ciudad de Sevilla, acompañado de mi perro labrador.

    Desde enero de este año estoy de baja y permanezco todo el tiempo reposando en casa porque tengo debilitado el corazón por culpa de dos infartos. Y después de esta verídica historia, que a continuación relato, tengo que estar medicándome de por vida con nueve pastillas diferentes diarias y cuatro revisiones anuales.
     
    Estaba sentado en mi sillón frente al fuego de la chimenea observando el balanceo de la llama, cuando recordé que tenía que revisar mi correspondencia. Entre todas las cartas, una de ellas llamaba mi atención. Provenía de la mansión de los Pérez y Pérez.

    Recordaba ese maldito linaje, al que lejanamente pertenecía. Por fin, el viejo conde había muerto. Para mi sorpresa, estaba invitado al velatorio a celebrarse en la mansión familiar ubicada en Motril (Granada), tres días después de recibir la carta.
     
    La familia Pérez se remontaba al siglo XIV. Y a mí, aun estando en remota rama del árbol genealógico, me pedían que asistiese. Preso de las dudas estaba en ese momento, pero después de aclararme ciertas cosas, decidía asistir. Y mis dudas eran, básicamente, que aquel tiburón sangre azul, primo segundo de mi madre, se adueñó de la herencia de mis antepasados incluyendo la que le correspondía a mi difunta progenitora.

    Era una fría mañana de enero con un cielo gris, pero presagiaba un día feliz.

    Tras un cómodo viaje en tren, me encontraba frente a la mansión de los Pérez. Se alzaba, imponente, junto a un acantilado, donde las crestas de las olas golpeaban con frenesí las partes más bajas. Un sendero, flanqueado por una hilera de árboles viejos y sin pelaje, discurría hasta la puerta de la entrada de la mansión.

    Comenzaba a recorrer el sendero con una anormal lentitud, para retrasarme el máximo posible en llegar, pues no quería ver concurrido el velatorio. Las piedras del camino parecían retorcerse a cada paso que yo daba. Mi sombra se alargaba, y el crepúsculo del horizonte se asemejaba a un tinte púrpura.

    Levantaba la mirada hacia el claro que se abría ante la mansión, y veía que seis autos de alta gama permanecían estacionados. Cruzaba con paso firme el estacionamiento y me detenía justo delante de la puerta de la mansión.

    Entraba a la vez que tres personas salían del vestíbulo, supongo que después de dar sus condolencias a la condesa. Tras saludar, inclinando levemente la cabeza, a los invitados, avanzaba por el pasillo que llevaba a la alcoba del conde.
     
    Parado en el umbral, inmóvil, miraba el macabro lecho. Una sombra proyectada por un candelabro, que iluminaba la cama del cadáver, era como si fuese un ser de ultratumba acechando a su víctima.
     
    -sigue en página siguiente-



  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado febrero 2024

    Su cuerpo petrificado yacía en un pomposo féretro, vestido con esmoquin negro, camisa blanca, y palomita blanca de la que colgaba un medallón, seguro que por algún mérito hipócrita en alguna cruzada. Sus manos, que mostraban enfermizo demacre, reposaban alargadas. Y en el dedo anular de la mano derecha tenía incrustado un grueso anillo de platino y oro, grabado en él el escudo heráldico del apellido, con tres diamantes puros. Pulcramente peinado estaba, como en vida, según una foto que conservaba, puesto que sólo lo había visto una vez vivo y desde lejos.
     
    A pesar de tener el cuerpo sin vida de aquel malvado ante mis ojos, no podía creer que estuviese realmente muerto.

    Era de suponer que su alcoba estuviese vacía. Todos odiaban a aquel bastardo. Durante su existencia había atormentado la vida de todos los que lo rodeaban. Aún podía sentir la malaleche del condenado aristócrata.

    La fría expresión de su semblante, sólo era alterada por una diabólica imitación de una sonrisa humana. Sus finos labios estaban estirados, como victoriosos, incluso muerto. Intentaba apartar los ojos del occiso, pero algo lo impedía. Tras manifestarme en fuerte oposición, de su nefasta influencia lograba liberarme.

    Al volver a mirar su mueca sonriente, corría un gélido escalofrío por todo mi cuerpo, y sus oscuros ojos parecían escudriñarme, hundidos en sus cuencas.
     
    “¿Cómo es posible que un ser humano pueda producir todavía tanto horror aun muerto? ¡Ojalá ardas en el infierno, cabrón!”, me preguntaba y me decía para mi interior. Y yo tan feliz.

    Después de que ese pensamiento emanase de mi mente, un crepitar de las velas parecía estremecerse, realzando más el tormento en aquella maldita alcoba. Me sobrecogía, pero me reponía y me entregaba al cometido para el que había acudido al velatorio.
     
    Me acercaba más al cuerpo del conde, a la vez que el resplandor del cuarto centelleaba sobre su cara, dándole un semblante falsamente cálido. Veía en su mano derecha el costoso anillo. Dudaba unos instantes, pero, al sentir cómo lucía injustamente en su agarrotado dedo, mi duda se disipaba y volvía a poner en su debido lugar la creciente repugnancia que sentía.
     
    Mi conciencia estaba de acuerdo conmigo en lo que estaba a punto de hacer.

    Sentía entre mis dedos el gélido cuerpo del finado, cuando intentaba extraer el anillo de su dedo. Parecía fundido en el propio dedo. No conseguía sacarlo.

    Terribles nervios se apoderaban de mí, y temía que alguien entrase en ese momento. Cogía con más firmeza la mano y hacía girar el anillo sobre el dedo. Después de dos intentos fallidos, al tercero conseguía que se desprendiese de la rígida y helada extremidad. Mientras miraba el platino, el oro y los diamantes, la expresión en mi rostro era de triunfo.

    “Me llevo esto que le robaste a mi madre, carroña”, dije en voz baja.

    Una lengua de fuego danzante sobre las velas se alargaba hacia un lado de forma tétrica. Pero, debido a mi euforia, decidía no prestarle atención.
     
    Me sentía feliz, satisfecho y en paz.
     
    Iba a salir de la alcoba, cuando oía un golpe que alteraba el sobrecogedor silencio Me giraba para ver qué era lo que lo había causado y me quedaba petrificado. No me sentía aliviado por cerciorarme de que era la helada mano del difunto al golpear el féretro lo que había originado el ruido.

    -sigue y termina en página siguiente-


  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado febrero 2024

    Algo había cambiado en los ojos del conde; ahora no sólo escudriñaban con ira los míos, sino que estaban más altivos, que parecían salirse de sus órbitas, como si intentasen hipnotizarme.

    Desechaba todas las ideas supersticiosas de mi mente y salía al pasillo, el cual no se veía más reconfortante. A pesar de eso, empezaba a caminar a pasos rápidos. El resto de los invitados estaba en la cocina. Me iba hacia el suntuoso salón de la mansión, pero aún me sentía nervioso por el escalofriante momento del hurto.

    Al abrirse ante mí la puerta del espacioso salón, una fuerte sensación de vértigo se abría paso a través de mi subconsciente. Me apoyaba en la puerta. Tenía que serenarme. Todo había terminado. El conde estaba muerto, y yo podría regresar a mi casa de Sevilla con la costosa joya. Con este pensamiento revoloteando en mi interior me sentaba en un lujoso sillón, justo al lado de una no menos lujosa chimenea, construida con materiales indeterminados.

    Del techo pendía una enorme araña de bronce, en la que, al final de cada una de sus patas, crepitaba la llama de la chimenea alocadamente.

    Debí quedarme traspuesto, quizá por mi corazón, pues tanto los familiares como los invitados se habían marchado ya. Un repulsivo silencio se cerraba sobre mí.

    Pero, de pronto, el sepulcral silencio era roto por algo deslizante que provenía del pasillo. Mi espalda se pegaba al sillón, cuando oía acercarse un sonido. En esa mansión todo parecía siniestro. Y vivo. Todos los ruidos se asemejaban a un algo agonizante. Entero y tranquilo tenía que mantenerme.
     
    “Lo más sensato es irme ahora mismo de esta embrujada mansión”, pensaba.

    Pero el ruido seco se convertía en terror cuando unos largos dedos se aferraban al marco de la puerta. Una fina hendidura decía que con anterioridad ese dedo había llevado un anillo. Angustiado, deducía que era la mano del conde.

    Me erguía ante tan horrenda escena. El aristócrata arrastraba penosamente sus pies y trataba de acercase a mí. Sus ojos no sólo me escudriñaban como antes en su féretro-lecho, ahora palpitaban coléricos y centelleantes bajo la repulsiva expresión de una agonía desesperada. Traspasaba el umbral y tras unos pasos, extendía los brazos en el aire, como en una amenaza.
     
    “¡Está vivo! ¡Este hijo de puta no ha muerto!” -gritaba.

    Frente a mis propios gritos, mi corazón daba un vuelco. Mi mano se posaba en mi pecho. Mi corazón, enfermo, no podría soportar el creciente terror que se iba apoderando de mí. Veía, enloquecido, cómo los blanquecinos dedos del conde vibraban ante la desesperación de asirse cruelmente a mi cuello. La locura y la maldad no habían desaparecido del alma de aquel conde del Diablo. Sin duda, aquel maldito sangre azul quería recuperar su anillo.

    Estaba paralizado. Las manos del condenado conde se cerraban fuertemente alrededor de mi cuello. Su expresión cambiaba a horripilante risa que, curvada en los extremos, se levantaba hacía los pómulos, enfatizando así su demencia enfermiza, locura en vida podrida y mórbida en muerte sufrida.

    “¡Deja de reír, maldito bastardo!” -gritaba, de nuevo.
    “¡Aparta de mí tu repugnante mirada!” -volvía a gritar.

    Pero mis gritos no eran oídos por nadie. Mi garganta no emitía voz, y menos aún gritos. Mi cerebro le dijo a mi corazón que lo mejor para mi salud era que me tranquilizase y que me fuese rápidamente de allí. Y salí a todo gas de aquel siniestro lugar

    Y ahora, ya en mi casa, mi felicidad grande, pero no por tener tamaña joya a mi entera disposición, pues, por fortuna, no tengo dificultades económicas, al contrario, sino por haber saldado definitivamente la herencia de mi querida y añorada madre.


    A. Chávez López
    Sevilla feb 2024

     :) 

  • Este es el mejor relato que he leído en estos últimos tiempos, Antonio. 
    Hiciste que en mi mente viviera toda la trama. Además de un excelente escritor, eres un cuentacuentos inmejorable.
    ¿Sabes? Me imaginé que estaba escuchando una radionovela como las de antes, en las que la voz del locutor y los efectos auditivos mantenían sentados a la orilla de la silla a los radioescuchas.
    Hasta me acordé de mi abuelita, que con su antiguo radio de bulbos y de onda corta, lograba captar una radionovela española llamada: Las Aventuras de Carmiña, 'La Galleguita', con sus peripecias graciosas que le sucedían en cada transmisión.
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado febrero 2024
    Este es el mejor relato que he leído en estos últimos tiempos, Antonio. 
    Hiciste que en mi mente viviera toda la trama. Además de un excelente escritor, eres un cuentacuentos inmejorable.
    ¿Sabes? Me imaginé que estaba escuchando una radionovela como las de antes, en las que la voz del locutor y los efectos auditivos mantenían sentados a la orilla de la silla a los radioescuchas.
    Hasta me acordé de mi abuelita, que con su antiguo radio de bulbos y de onda corta, lograba captar una radionovela española llamada: Las Aventuras de Carmiña, 'La Galleguita', con sus peripecias graciosas que le sucedían en cada transmisión.

    Escuché con atención la narración que me hizo ese señor (que yo yo conozco y que fue quien llevó a cabo la misión de robar ese anillo), que no es Pérez su apellido, y después anoté en un papel los datos más relevantes, con la intención de confeccionar este relato, que no creí necesario pedirle permiso a él para escribirlo, puesto que cambié todos los datos identitarios, además de la fecha y el lugar donde se produjo este caso, porque podría tener redundancias negativas hacia mí. Con este relato gané un primer premio en un concurso de Literatura libre organizado por el Ateneo de mi ciudad, y esto fue en el año 2007.

    Un sistema que me gusta practicar para escribir, es almacenar cosas que veo o escucho en la calle y más tarde las plasmo en papel. Siempre llevo conmigo un pequeño bloc o papelitos sueltos y un boli en mi bolsillo, y cuando algo que he visto o he escuchado llama mi atención, lo anoto rápidamente y después le doy forma hasta convertirlo en un relato o un microrrelato, dependiendo de la largura del texto. Es decir, en cierto modo algunas de las cosas que escribo son reales.

    Gracias, Carlos

     :)
     
  • Muy buena técnica, Antonio. Topmas inspiración de todo lo que vives.
    Yo siempre llevo en el bolsillo una pequeña libreta de notas, de esas que siempre llevaban las secretarias, y un bolígrafo. Así, cuando me llega una idea la anoto de inmediato antes de que se me olvide. La llamo mi Libreta de Ideas.
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    Muy buena técnica, Antonio. Topmas inspiración de todo lo que vives.
    Yo siempre llevo en el bolsillo una pequeña libreta de notas, de esas que siempre llevaban las secretarias, y un bolígrafo. Así, cuando me llega una idea la anoto de inmediato antes de que se me olvide. La llamo mi Libreta de Ideas.

    Entonces, ambos, tú y yo, practicamos la misma táctica para escribir cosas, ¡y qué mejor que chupar percances que ocurren en la calle para después ponerlos en papel! Pero, eso sí, no detallando nombres, ni apellidos, ni lugares y cambiar lo que veas u oigas por algo diferente aunque similar, con la idea de evitar posibles problemas.

     :) 

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Carlos.

    ¿Ves ese relato de El muerto era un "vivo" como para llevarlo a Literanoicos?

    Claro que no sé si lo admitiría Nacho, porque ya está publicado aquí. Pero me gusta que Nacho lleve con tanto celo y pulcritud su Literanoicos.

     :)
     
  • Te envié un mensaje al respecto.
  • ¿Quieres vivir un hecho sobrenatural? Si tienes hielo en las venas y el pulso de cirujano, si ves las películas de miedo de espaldas a la puerta, entonces hazte con un crucifijo, agua consagrada y ve al hilo de Zozobra. Ahí empieza el terror.
  • editado febrero 2024
    Lo que voy a contar podrá parecer una tontería, pero es algo que me sucedió y que me dejó impactado, al grado que todavía me acuerdo cuando veo una escoba.
    Yo no hablo de la escoba de una tía que fue una bruja (literalmente lo digo), de la cual hay otra historia que después contaré. Hablo de la escoba de mi abuelita (que también era media bruja).
    Recuerdo cuando tenía siete años de edad, que estaba en plan rebelde, ya que no quería obedecer a mi mamá y a mi abuela. Ellas me encargaron que fuera a la farmacia que estaba enfrente de la casa a comprar una medicina y me negué.
    Para que no me molestaran, me metí al baño pretextando que iba a hacer pis. Estaba de pie al lado de la puerta cerrada refunfuñando, y vi que como a metro y medio estaba la escoba de mi abuelita recargada en la pared y de coraje pensé que ella era una bruja y que ahí estaba recargado su 'avión'.
    Me dirigí al inodoro, pensando aprovechar el hecho de que estaba ahí, cuando de pronto sentí que me golpeaban dos veces en la cabeza con el palo de la escoba.
    Pensando que mi abuela había entrado al baño y que me estaba dando de escobazos, volteé justo en el momento en el que la escoba caía al suelo.
    Asustado vi que no había nadie. Me quedé perplejo, ya que la escoba estaba lejos de mi cuando la vi, por lo que no pude haberla movido con el brazo, o con el pie, al grado que me golpeara en la cabeza.
    Pero la escoba estaba ahora inmóvil, en el suelo y al lado mío. Lleno de pavor salí precipitadamente del baño y fui inmediatamente a la farmacia a comprar la medicina de mi abuelita, después de que ella y mi madre me dieron una buena regañada...
  • Veo que eres una persona con historia, vivencias y experiencia Charly, nos vendrá bien alguien así para enfrentarnos a ZO ZO, lee el relato maldito y escribe tu parte.
  • Lo leeré, te lo prometo. A la hora de comer lo revisaré con calma y lo comentaré.
  • Ya lo leí completo en Literanóicos. Felicidades para Reyes, ya que escribió toda una obra maestra. Comenté en su relato.
  • editado febrero 2024
    Querido Charly:
    Muchas gracias por leerme tan bonita. "Obra maestra" son grandes palabras.
    Sabes, la connotación "paranormal" chunga de todo esto está en el relato "Posesión" de Nacho y en "Intacto" que es podríamos decir la precuela de "Zozobra". Si te los lees igual te arrepientes de haber leído este último *^*! 
    Rompimos la cuarta pared del terror y queríamos documentarlo xd, por eso Nacho animaba diciendo "escribe tu parte".
    Un beso.
    Espero que hoy puedas descansar después de la larga semana.


  • Algo había cambiado en los ojos del conde; ahora no sólo escudriñaban con ira los míos, sino que estaban más altivos, que parecían salirse de sus órbitas, como si intentasen hipnotizarme.

    Desechaba todas las ideas supersticiosas de mi mente y salía al pasillo, el cual no se veía más reconfortante. A pesar de eso, empezaba a caminar a pasos rápidos. El resto de los invitados estaba en la cocina. Me iba hacia el suntuoso salón de la mansión, pero aún me sentía nervioso por el escalofriante momento del hurto.

    Al abrirse ante mí la puerta del espacioso salón, una fuerte sensación de vértigo se abría paso a través de mi subconsciente. Me apoyaba en la puerta. Tenía que serenarme. Todo había terminado. El conde estaba muerto, y yo podría regresar a mi casa de Sevilla con la costosa joya. Con este pensamiento revoloteando en mi interior me sentaba en un lujoso sillón, justo al lado de una no menos lujosa chimenea, construida con materiales indeterminados.

    Del techo pendía una enorme araña de bronce, en la que, al final de cada una de sus patas, crepitaba la llama de la chimenea alocadamente.

    Debí quedarme traspuesto, quizá por mi corazón, pues tanto los familiares como los invitados se habían marchado ya. Un repulsivo silencio se cerraba sobre mí.

    Pero, de pronto, el sepulcral silencio era roto por algo deslizante que provenía del pasillo. Mi espalda se pegaba al sillón, cuando oía acercarse un sonido. En esa mansión todo parecía siniestro. Y vivo. Todos los ruidos se asemejaban a un algo agonizante. Entero y tranquilo tenía que mantenerme.
     
    “Lo más sensato es irme ahora mismo de esta embrujada mansión”, pensaba.

    Pero el ruido seco se convertía en terror cuando unos largos dedos se aferraban al marco de la puerta. Una fina hendidura decía que con anterioridad ese dedo había llevado un anillo. Angustiado, deducía que era la mano del conde.

    Me erguía ante tan horrenda escena. El aristócrata arrastraba penosamente sus pies y trataba de acercase a mí. Sus ojos no sólo me escudriñaban como antes en su féretro-lecho, ahora palpitaban coléricos y centelleantes bajo la repulsiva expresión de una agonía desesperada. Traspasaba el umbral y tras unos pasos, extendía los brazos en el aire, como en una amenaza.
     
    “¡Está vivo! ¡Este hijo de puta no ha muerto!” -gritaba.

    Frente a mis propios gritos, mi corazón daba un vuelco. Mi mano se posaba en mi pecho. Mi corazón, enfermo, no podría soportar el creciente terror que se iba apoderando de mí. Veía, enloquecido, cómo los blanquecinos dedos del conde vibraban ante la desesperación de asirse cruelmente a mi cuello. La locura y la maldad no habían desaparecido del alma de aquel conde del Diablo. Sin duda, aquel maldito sangre azul quería recuperar su anillo.

    Estaba paralizado. Las manos del condenado conde se cerraban fuertemente alrededor de mi cuello. Su expresión cambiaba a horripilante risa que, curvada en los extremos, se levantaba hacía los pómulos, enfatizando así su demencia enfermiza, locura en vida podrida y mórbida en muerte sufrida.

    “¡Deja de reír, maldito bastardo!” -gritaba, de nuevo.
    “¡Aparta de mí tu repugnante mirada!” -volvía a gritar.

    Pero mis gritos no eran oídos por nadie. Mi garganta no emitía voz, y menos aún gritos. Mi cerebro le dijo a mi corazón que lo mejor para mi salud era que me tranquilizase y que me fuese rápidamente de allí. Y salí a todo gas de aquel siniestro lugar

    Y ahora, ya en mi casa, mi felicidad grande, pero no por tener tamaña joya a mi entera disposición, pues, por fortuna, no tengo dificultades económicas, al contrario, sino por haber saldado definitivamente la herencia de mi querida y añorada madre.


    A. Chávez López
    Sevilla feb 2024

     :) 

    Ay, Antonio. Acabo de leerlo. Quiero decirte algunas cosas y no es con intención de halagar sino por comunicarte lo que he sentido. Aquí tenemos la oportunidad de comunicar sentimiento y sensaciones a un autor después de leerle, cosa que cuando cerramos un libro no suele pasar.

    Lo que más me ha llamado la atención de tu relato es la lucha interna del protagonista, el nudo en la cuerda (cada vez más tensa) de su cordura. Hay quien opina que narrar en primera persona es fácil; esto es una generalidad muy tonta, no lo es, en tanto en cuanto hay que estar dentro del protagonista y ofrecer su verdadera perspectiva, no sólo desde sus ojos, es decir, tenemos que apartar nuestra percepción y rendirnos a la subjetividad plena del personaje en cuestión. Las palabras que utilizas en las descripciones, los sonidos de "algo que agoniza", proceden de la angustia del personaje que narra. Sinceramente eso, y el manejo del ritmo (a pulsos, como cambios de plano en una película con el aura de Bela Lugosi) creo que lo hiciste MUY BIEN.

    Fíjate, yo pensé que el narrador había terminado por ver al "muerto" porque él mismo estaba entre la vida y la muerte y tenía otro infarto al final...

    Es un gusto leerte siempre.
  • Saludos charly, por casualidad esa editorial es muy vieja (+ de 50 años) y está en ciudad de méxico? Mi padre me contó algo similar cuando estuvo en el DF a mediados de los 70tas estaba saliendo de un edificio donde funciona una editorial (fue a acompañar a un amigo que llevaba una encomienda) y al salir al estacionamiento una niña le sonrió. El nunca me dijo como andaba vestida, pero si que su sonrisa le perturbó, se lo comentó a quien iba con él y solo le dijo: "ahhh ya la conociste"
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