La niña movió débilmente su brazo, sin responder. Su madre no estaba segura de si la había escuchado o era un acto reflejo de los últimos impulsos nerviosos del cerebro que acababa de estrellarse contra el cristal del coche. El suave pelo rubio de la niña, ahora se tornaba caoba. La sangre manaba bajo su cuerpo retorcido, con la cabeza arqueada y la espalda quebrada.
No, no la había escuchado, y mejor. Porque ya no quedaba consciencia ni vida en aquel pequeño cuerpo.
La madre empezó a reírse a carcajadas, enloquecida. ¿A cuántas personas había matado en cuestión de minutos?
Desde que se desvió de la autovía, un río de vidas se llevó por delante. Algunas de ellas en defensa propia. ¿Pero y la de su pobre hija de tan sólo cinco añitos?
Se bajó del coche en medio de la oscuridad y vio que había chocado con otro, que en su interior estaba el cadáver ensangrentado de un hombre. Lloraba y reía y gritaba histérica, todo a la vez, mientras miraba entre el humo del hundido capó el cuerpo de su pequeña, sobre el salpicadero inmóvil, y la sangre y la sustancia gris goteando.
El humo salía. El depósito de combustible se había destrozado. Un reguero corría por la arena bajo el coche. La mujer lo vio y, riendo con rímel corriéndole por las mejillas, cogió su bolso del suelo del asiento del copiloto. Al hacerlo, movió el cuerpo de la niña, la cual al resbalar dejaba un rastro de sangre y sesos que brillaban relucientes bajo la luz del interior del coche.
Seguía la mujer riendo y llorando a la vez, mientras encendía un cigarrillo en el asiento del conductor y le daba varias chupadas seguidas. Luego, bajó la mano izquierda con el cigarrillo en la misma y lo soltó, cayendo justo en el reguero de combustible. Y... ¡horror!
No hace falta meterse en detalles de lo que ocurrió poco después.
El joven agonizante había perdido el conocimiento, cuando lo sobresaltó una llamarada inmensa y un rugido que resonó estruendosamente por el bosque.
Una bola de fuego se alzó en el aire por encima de los árboles, y un humo negro y tóxico empezó a formar una columna hacia las estrellas cuando el fuego disminuyó. Había sido una enorme explosión.
Aquella oleada de muerte irracional no cesaba, y el joven iba a terminar muerto también si no conseguía ayuda médica enseguida. El frío era intenso y empeoraba el dolor de las heridas. La sangre estaba caliente. Había un gusto enfermizo en tocar la sangre que, al menos hacía más soportable la helada. Le castañeaban los dientes y las piernas le dolían. Con cada tiritón, se movía la herida y el dolor volvía más intenso, punzante, causándole un estremecimiento que le originaba más dolor.
Lo mejor era aguantar el dolor y mantenerse lo más quieto posible. Pero aquello era una tortura. Le era imposible permanecer quieto. Imposible ignorar las heridas. Era imposible calmarse.
Pensaba que iba a desfallecer de un momento a otro. También sentía un calor intenso en los muslos y en la cintura, pero el líquido y el sólido que le proporcionaban ese calor no era sangre, eran orín y excremento, que no había podido evitar que se les escapase. Al menos, aunque repugnantes, les daban algo de calor.
Las estrellas no brillaban en la negra noche. Sólo la Luna iluminaba con su luz plateada todos los alrededores, y la blancura del terreno se llenaba de miles de puntitos brillantes de hielo y escarcha. Y como hielo, el líquido del que estaba bañado el joven, también se empezó a congelar en su cuerpo.
Sin posibilidad de salvación, por falta de auxilio y de ayuda médica, poco a poco su vida se iba apagando, consciente, hasta el final.
Mi cuerpo sin pulso no merece el aire que inflama los pulmones, hasta
que pare de robar de esta nefasta manera. Perdido en el laberinto de mi vida,
deambulo en la penumbra buscando mi ruta, sin idea de cómo
distinguir la salida de otros intrincados pasadizos.
Tras varios años
de perseguir la luz de la coherencia, he pensado no refugiarme más en las
abstractas y vívidas pesadillas del mundo de los sueños, en el que me es fácil caer, y permitir que la ancestral herencia nebulosa rapte la frescura de mi
piel y encanezca mis deseos.
He de estar alerta con los ojos bien abiertos, aun rayos del Sol decididos a lidiar con los espejismos sociales, y así, tal
vez, tenga la salida de mi laberinto.
¿Y cómo he de desvelar el fluido cristalino de mi mente, si en la cúspide de la
mirada vertical se pierde la dimensión de todos los laberínticos muros entre la
ciega luz de la conciencia?
En mis
venas ladra, rabiosa y celosa, la sangre de una trágica raza de un animal en
una búsqueda obsesionada de razones para poder justificar su existencia.
Siempre quiero
ser necesitado.
Adoro, pero
me avergüenzo del sexo, volviéndolo en un conflictivo preso de mi vida, la razón
de mis flagelos.
Soy autodestructivo, narcisista, ególatra, santo, mártir y
contradictorio. Lo inmaculado lo admiro, porque, como otros hombres, he ocupado
años de mi vida en adiestrarme en la mentira, un arma contra la ferocidad de
los míos; y aun eso, consumiéndome estoy por dentro.
Para este laberinto de mis
problemas, no hay ninguna salida. El centro de mi mar interior es el cinismo.
No fui
tuyo, porque nunca he sido mío. Soy una búsqueda, un accidente de una sociedad
en donde las mayorías siguen a las minorías, y viceversa, sin atender a sus
inquietudes, imparables, incansables... Mi amo es la vida,
Allí se encontraban, postrados frente al lúgubre ataúd de su amigo Luis, quien había muerto ese mismo día por la mañana. Convinieron mantenerlo en
secreto. Eran cinco amigos los que habían estado con él hasta su muerte. No querían
ceremonia, ni misa, ni entierro, nada que pudiese evidenciar su muerte.
Cuando murió Luis, los cinco amigos se fueron a la primera funeraria
que localizaron en páginas amarillas. Ya en ella, compraron un ataúd, el
más lujoso y suntuoso que vieron, y después lo llevaron hasta la casa de Luis.
Una vez en ella metieron el cadáver.
Era una grande y estrafalaria mansión, pero agradable en cierto sentido.
Dejaron el ataúd con el cadáver dentro en el dormitorio de Luis y después se
fueron a curiosear por todas las partes aquel inhóspito palacete.
Encontraron una cocina, repleta de manjares exquisitos y, sin andarse con miramientos, se prepararon una cena, digna del mejor restaurante.
Engulleron hasta saciar. Luego se fueron al garaje: había allí tres costosos y
lujosos automóviles: un Ferrari, un Volvo y un Mercedes.
Sin pensarlo dos veces, se dieron un paseo en cada uno de los coches, como una especie de
demostración de rebeldía y también una falta de respeto hacia su difunto
propietario.
Después de probar el último de los tres coches, regresaron borrachos a la
mansión de madrugada, a altas horas de la mañana.
Una vez que entraron a la mansión se fueron directamente al dormitorio de Luis,
y cuán no era su sorpresa que vieron el ataúd de Luis destapado. Les invadió
un súbito horror, hasta el punto de que les desapareció la borrachera. Los cinco querían
gritar para liberar su miedo, pero no podían porque se quedaron enmudecidos, petrificados.
Pero mayor todavía era la sorpresa cuando comprobaron que el difunto no estaba dentro del ataúd.
De alguna manera, el ataúd incitaba a acercarse, para luego tragarse a
quien se acercara. Devoró a a los cinco corroyendo sus esencias.
Primero se tragó a Alfonso, y después, uno a uno, a los demás. El último de ellos fue Romualdo, que
sintió una enorme presión, proveniente del ataúd. Dio dos pasos y un
ensordecedor ruido, como un fuerte rugido fantasmal, brotaba del ataúd. Aunque
tenía miedo y empezaba a llorar, no podía evitar acercarse; como obligada
succión, como por el efecto de la gravedad. De pronto, el ataúd saco dos brazos
invisibles que lo atrapaban y lo metían dentro del ataúd.
Ya dentro Alfonso pudo ver los líquidos verdosos y nauseabundos que
manaban de su interior; sintió su hambre; olió sus gases
intestinales; sufrió el dolor de unos dientes en su carne;
palideció y, finalmente, engullido fue.
Aquel diabólico ataúd lo ingería todo. Y, además, tenía la fantástica particularidad de que no dejaba rastro.
Me llamo José Manuel y tengo 15 años. Mi familia es
pobre. Mis padres nunca están en casa. Se pasan los días enteros trabajando
para mantenernos y proporcionarnos la mejor calidad de vida posible. Soy muy extrovertido. No puedo acudir al colegio porque tengo que ocuparme de mi hermana,
además de porque tengo que recoger cartones y chatarra y venderlo. Hoy le dado
la cena, la he aseado y la he acostado, pero no puedo dormirme porque pienso en cómo poder ayudar a esos niños pobres como yo. Me gusta
socializar. Pero todo ha cambiado radicalmente tras tres seguidos acontecimientos macabros que le han sucedido a nuestra desgraciada familia.
Mi padre murió de cáncer. Mi madre, mi hermanita y yo estamos tristes, hasta el punto de que mi madre no lo soporta, se quedó inmersa en una angustia, de la cual no puede salir, y pocos días
después se suicidó. Mi hermana, de 4 años, vino corriendo
a buscarme y llorando me dijo: “¡mamá se ha ahorcado!”. No entendía el porqué
de todo esto, pero mi madre se fue porque no aguantó no ver nunca más a su esposo. Pero sabía que tenía dos hijos y eso no le importó. Después de estas dos
desgracias, no había quién trajese dinero a casa, así que tuve que trabajar en
la calle, dejando a mi hermana al cuidado de una vecina. Empecé en una
tienda como el chico de los recados. Era poco lo que ganaba, pero suficiente para
comer cada día mi hermanita y yo y para la guardería de ella.
La muerte de mi padre me dolió, pero el suicidio de
mi madre me hundió en la tristeza. No sabía qué hacer con mi vida. Había perdido
interés por vivir. Pero fui fuerte e hice algo que a mi madre no le ocurrió
hacer: pensar en mi hermanita.
Pero mi hermana era pequeña y echaba en
falta a mi madre, aunque con mi ayuda poco a poco iba sobrellevando su
ausencia.
Después de un mes, mi hermana enfermó; se quejaba, tenía fiebres extrañas, decía que le dolía el pecho, que se iba a caer,
que le temblaban las piernas, se hallaba sin fuerzas. La llevé al hospital y la
internaron. Al otro día, el médico me dijo que era el
corazón, que la iba a medicar y esperar a que fuese mejorando. Dos semanas
más vivió.
Mi vida era un caos. No entendía porqué pasaba esto. Tenía la vida en contra. Era pobre, mi padre murió de cáncer, mi
madre se suicidó y mi hermana murió del corazón. Y yo no tenía parientes con
los que pudiese contar. Estaba solo en la vida.
Mi hermana falleció porque no encontraron un donante.
Iba a visitarla a diario al hospital hasta que me informó su médico que se
durmió y no despertó. Estaba yo destrozado, no sabía, no entendía, no
quería entender el porqué de estas cosas, el porqué de la vida tan miserable
que tuve, que tengo, y que no sé si seguiré teniendo.
Si hay Dios que se apiada de las personas, mi caso
era la excepción. Cada día rezaba por mi hermana para que mejorase. Pero nada.
Y fue entonces cuando concluí que Dios no existe, que Dios es un mito creado
por los humanos para su comodidad. El ser humano necesita algo en qué
sostenerse. El milagro, la suerte y la desgracia son parte de la vida.
Hay cosas inexplicables que la gente dice: "decisión de Dios". Pero no es así. La gente, al no saber, lo asocia con el
supuesto Todopoderoso.
Cualquiera en mi situación hubiese terminado con su
vida. Yo no, con fuerza de voluntad salí adelante, sin ayuda de nadie. Me
propuse estudiar Medicina. Este era mi reto porque me culpé de la
muerte de mi hermana, sencillamente porque no pude ayudarla. Pensé a veces en cederle mi corazón para que pudiese seguir viviendo, pero mi
indecisión fue la que no me dejó coger la decisión correcta, además de que esto es
ilegal y ningún médico se comprometería a ello.
Empecé a acudir a la biblioteca local para informarme de todo lo referente a la
Medicina. Estudié durante un tiempo. Había aprendido muchas cosas. Pero no era
feliz. No tenía derecho a la felicidad.
Un día, una cosa peculiar ocurría. En una persecución
policial, se podía oír la sirena de la
patrulla a cien metros de mí. Venían a mucha velocidad. El conductor del coche que estaba siendo perseguido giró a la derecha. Estaba yo en la esquina de la
calle. Me había quedado paralizado. Vi que el coche, derrapando, venía hacia
mí, el chófer había perdido el control. Pero, para cuando salí del estado en
que estaba, era tarde. Abrí los ojos con miedo, sorpresa, desesperación y
angustia. Vi en un segundo toda mi vida pasar delante de mí. Vi lo feliz que
había sido de niño, y vi el cambio radical cuando me volví mayor. Vi la
muerte de mi padre y la de mi madre, y también la de mi hermana, y todo lo que
pasó después hasta llegar a hoy. Lo único que dije fue: "mi infortunio aún no
ha acabado", y, de pronto, el coche perseguido impactó con mi cuerpo.
Periódico local - Sucesos
Ayer, un coche se estampó contra la pared de un
edificio, y entre éste y el muro había un muchacho que, con un libro en la
mano, iba a clase de Medicina y cuyo ideal era curar a las personas. Seguía aún con vida, tenía los ojos lagrimosos, brotaba sangre de su boca y sus
oídos. Algunas personas se fueron acercando al lugar del siniestro, pero cuando vieron que seguía vivo, trataron de levantar el bloque de hormigón, incrustado en su
cuerpo, per sin conseguirlo. La policía arrestó al ladrón y ayudó a resolver la
causa.
Después de algunos minutos, el accidentado estaba
echado boca abajo en el suelo para no ahogase con su propia sangre. A duras
penas habló y se movió un poco. La gente que estaba a su lado le decía que no
hiciese esfuerzo, que la ambulancia estaba en camino. Pero el muchacho no
hizo caso y siguió esforzándose para incorporarse. Con dificultad,
sacó una cartulina impresa de uno de sus bolsillos.
—Un bolígrafo -pidió con voz débil, comenzando a
expectorar sangre.
Una mujer que estaba cerca puso uno en su mano, y el herido marcó con una “X” un recuadro y garabateó su firma. Era la aceptación
de donación de todos sus órganos. Poco
después, volvió hablar, sin dejar de soltar sangre a borbotones.
—Si no puedo ayudar como médico, podré ayudar de ésta
forma -él hacía referencia a lo que antes marcó y firmó en una cartulina. Pocos
segundos después, cerró sus ojos para siempre.
Y esta fue la última acción buena de un muchacho
bueno, a pesar de todo lo espantoso que le tocó vivir en vida.
—¿Quieres más? –preguntaba Iván a Isabel,
a la vez que movía con el cucharón los trozos de carne entre la pasta. —¿Quieres que reviente? -respondía
Isabel exhibiendo en su sonrisa una perfecta dentadura. — Entonces me serviré lo que
queda.
Iván cumplía su palabra y se servía la última ración disponible. Isabel vertía más vino de la botella en el vaso de Iván. Mientras Iván masticaba, miraba de reojo a Isabel. O mejor dicho: miraba lascivamente el canalillo de Isabel. Es que Isabel estaba buenísima. Iván no paraba de tener pensamientos
eróticos con su nueva pareja: alta, rubia, labios carnosos, con ojos
verdes, y un cuerpo, ¡oh! Se consideraba un afortunado por haberla conocido. Y de eso sólo hacía días. Ocurría en una comida de empresa, donde dos grupos
del sector informático se reunían para cenar y así conocer las impresiones de
los demás miembros del gremio.
Isabel e Iván pertenecían cada uno a un grupo diferente. Empezaron a charlar en
la cena cordialmente, y al otro día surgía una relación.
Y en un restaurante italiano estaban los dos, diez días después, como una
pareja que se inicia en las artes amatorias con amor, deseo y respeto.
La cena era una idea que Isabel aprobaba con agrado. Era una fanática de la
pasta. Y esta cena era el primer acto de los tres que componían el plan:
pasta, concierto y cama, digo casa… Pero los dos juntos.
Iván, desde esa cena sólo pensaba en pasear su lengua por aquellas dos
mamas jugosas, y parecía que esa noche iba a conseguirlo. Tiempo al tiempo. La idea lo volvía a atosigar. "¿Serán grandes, pequeñas, operada, auténticas?’.
—¿Quieres que pidamos postre? -preguntaba
en tono cariñoso a Isabel. —Una bola de helado de fresa
con nata, para mí -contestaba esbozando enorme sonrisa, ornada con el rubicundo rojo
chillón de sus labios. —Para mí un café solo. Me
apetece hoy estar despejado...
El camarero se
acercaba al ver el brazo de Iván levantado. Le pedía Iván los dos postres acordados. El camarero se alejaba después de anotar en su bloc. Como la mesa de ellos estaba en la terraza exterior, cuyo techo era el cielo, Iván
se encendía un cigarrillo. Isabel no fumaba, pero tampoco se oponía a que su
chico lo hiciese. Él miraba a su alrededor; la terraza estaba vacía ya. Ellos
eran los últimos, lo cual lo reconfortaba.
Hablaban de sus últimas y ajetreadas jornadas laborales durante los pocos
minutos que tardaba en reaparecer el joven ítalo con una bandeja, y
encima lo postres pedidos: una copa de aluminio con una bola de
helado de fresa con nata, y un humeante y aromático café en taza de
porcelana. Pero cuando la taza tocaba mesa, la puerta del local se abría estrepitosamente.
Los acontecimientos comenzaban a acaecer en forma precipitada. Primero un disparo. Segundo un dolor. Tres tipos con sombreros negros y gafas oscuras entraban en el local. El
primero de ellos portaba una repetidora, la causante de aquél horrible
estruendo. El primer proyectil daba en el pecho del joven camarero, que caía fulminado con
un orificio de entrada en su pecho y otro de salida en su espalda. Un arroyo de
sangre tapizaba el mobiliario. Segundos después, el cerebro de Iván se preguntaba por su acompañante.
Iván giraba el cuello. Isabel seguía sentada, con la misma sonrisa que exhibía segundos antes, pero
sin el tercio superior del cráneo. Unos grumos de masa encefálica fluían por hilos de sangre, que resbalaban por
su tez, acariciando macabramente la comisura de unos labios que minutos antes
había besado, para acabar goteando en el canalillo, también castigado por el
plomo, que mostraba carne interior de las glándulas mamaria
Por desgracia, no parecía haber silicona en aquella masa pultácea. Iván no podía gritar y ni siquiera hablar, sólo quedaba inmóvil, mirando aquel bello pedazo de carne del que profundamente había estado enamorado, tan sólo unos minutos antes.
Los tres enmascotados de negro pasaban de un Iván inmóvil y entraban a quemarropa a las dependencias interiores del restaurante. Cuando el arma rugía otra vez, reaccionaba Iván Se levantaba de la silla con tranquilidad macabra. Caminaba hacia una pared del local, donde se exhibían regalos que podía lograr la clientela por su fidelidad, a cambio de puntos que se obtenían al pagar.
Con la misma tranquilidad, descolgaba de los asideros don katanas y las desenvainaba de sus llamativas fundas, y después caminaba hacia la entrada de la cocina empuñando las hojas afiladas como cuchillas de afeitar. Dos nuevos disparos tronaban en sus oídos. Esperaba escondido tras el marco de la puerta. Los tres capos, una vez cumplida su vil tarea, que consistía en asesinar al dueño y a los empleados del local, se disponían a abandonar con presteza el lugar del crimen. Bajaban corriendo la escalera que llevaba a la cocina desde la planta principal.
Iván oía los pasos, cerraba los ojos y apretaba las empuñaduras. Cuando el primer capo salía, no le daba tiempo a comprender lo sucedido. Un tajo bastaba para limpiamente separar una cabeza cubierta con mascota de un cuerpo que aún sostenía una pistola en la mano derecha. El frenesí se apoderaba por completo de Iván.
Con insospechada velocidad, batía sus brazos como aspas. Las katanas hacían su tarea. El sonido de la hoja, penetrando y lacerando huesos, se hacía interminable.
Sólo se detenía por puro cansancio. Un amasijo de ropa, carnes y fragmentos óseos, se amontonaban en la entrada de la cocina.
La sangre le cubría casi entero y al mobiliario colindante. Tiraba las katanas al suelo. Se miraba las manos enrojecidas y se agachaba. Tenía que tirar con fuerza de dos dedos del finado degollado para hacerse con aquella pistola. Con parsimonia, se aproximaba a la mesa que antes ocupaba con Isabel. El cadáver seguía rezumando sangre, y la gravedad se estaba ocupando de que cayesen los sesos poco a poco en el alicatado suelo.
Tropezones cerebrales descansaban en el plato de pasta. La salsa cubría algunos de los pedazos. Iván se sentaba, comía helado, y después alargaba la mano y la posaba sobre los pechos de Isabel, que no habían sufrido daño. Le pegaba un pellizquito. Se levantaba y, llorando, abrazaba y besaba la boca inerte de su amor.
—No te dejaré sola.
Cargaba la pistola. Daba dos últimos besos en las sangrientas mejillas de Isabel y a la vez entrelazaba sus dedos con los de la occisa, aún calientes.
—Te amo.
Introducía el cañón del arma en su boca. Apretaba el gatillo. Y de pronto, su cabeza se convertía en un popurrí de sustancias viscosas, astillas óseas y fragmentos de plomo.
PERIÓDICO LOCAL. SUCESOS
Matanza en cadena en un restaurante italiano
Un joven asesina a su pareja y a ocho empleados de un restaurante italiano. Algunos de los empleados eran miembros de "La Cosa Nostra".
Jorge tiraba el periódico sobre la mesa.
—Desde luego, ya no existe el amor. —Claro que existe. Yo te amo -respondía Andrea con una sonrisa en los labios
El camarero llegaba a tomar nota. Sacaba de su bolsillo de arriba su bloc y su bolígrafo, pero cuando se afanaba en garabatear la palabra “pasta”, las dos puertas del local se abrían violentamente.
La niña movió débilmente su brazo, sin responder. Su madre no estaba segura de si la había escuchado o era un acto reflejo de los últimos impulsos nerviosos del cerebro que acababa de estrellarse contra el cristal del coche. El suave pelo rubio de la niña, ahora se tornaba caoba. La sangre manaba bajo su cuerpo retorcido, con la cabeza arqueada y la espalda quebrada.
No, no la había escuchado, y mejor. Porque ya no quedaba consciencia ni vida en aquel pequeño cuerpo.
La madre empezó a reírse a carcajadas, enloquecida. ¿A cuántas personas había matado en cuestión de minutos?
Desde que se desvió de la autovía, un río de vidas se llevó por delante. Algunas de ellas en defensa propia. ¿Pero y la de su pobre hija de tan sólo cinco añitos?
Se bajó del coche en medio de la oscuridad y vio que había chocado con otro, que en su interior estaba el cadáver ensangrentado de un hombre. Lloraba y reía y gritaba histérica, todo a la vez, mientras miraba entre el humo del hundido capó el cuerpo de su pequeña, sobre el salpicadero inmóvil, y la sangre y la sustancia gris goteando.
El humo salía. El depósito de combustible se había destrozado. Un reguero corría por la arena bajo el coche. La mujer lo vio y, riendo con rímel corriéndole por las mejillas, cogió su bolso del suelo del asiento del copiloto. Al hacerlo, movió el cuerpo de la niña, la cual al resbalar dejaba un rastro de sangre y sesos que brillaban relucientes bajo la luz del interior del coche.
Seguía la mujer riendo y llorando a la vez, mientras encendía un cigarrillo en el asiento del conductor y le daba varias chupadas seguidas. Luego, bajó la mano izquierda con el cigarrillo en la misma y lo soltó, cayendo justo en el reguero de combustible. Y... ¡horror!
No hace falta meterse en detalles de lo que ocurrió poco después.
El joven agonizante había perdido el conocimiento, cuando lo sobresaltó una llamarada inmensa y un rugido que resonó estruendosamente por el bosque.
Una bola de fuego se alzó en el aire por encima de los árboles, y un humo negro y tóxico empezó a formar una columna hacia las estrellas cuando el fuego disminuyó. Había sido una enorme explosión.
Aquella oleada de muerte irracional no cesaba, y el joven iba a terminar muerto también si no conseguía ayuda médica enseguida. El frío era intenso y empeoraba el dolor de las heridas. La sangre estaba caliente. Había un gusto enfermizo en tocar la sangre que, al menos hacía más soportable la helada. Le castañeaban los dientes y las piernas le dolían. Con cada tiritón, se movía la herida y el dolor volvía más intenso, punzante, causándole un estremecimiento que le originaba más dolor.
Lo mejor era aguantar el dolor y mantenerse lo más quieto posible. Pero aquello era una tortura. Le era imposible permanecer quieto. Imposible ignorar las heridas. Era imposible calmarse.
Pensaba que iba a desfallecer de un momento a otro. También sentía un calor intenso en los muslos y en la cintura, pero el líquido y el sólido que le proporcionaban ese calor no era sangre, eran orín y excremento, que no había podido evitar que se les escapase. Al menos, aunque repugnantes, les daban algo de calor.
Las estrellas no brillaban en la negra noche. Sólo la Luna iluminaba con su luz plateada todos los alrededores, y la blancura del terreno se llenaba de miles de puntitos brillantes de hielo y escarcha. Y como hielo, el líquido del que estaba bañado el joven, también se empezó a congelar en su cuerpo.
Sin posibilidad de salvación, por falta de auxilio y de ayuda médica, poco a poco su vida se iba apagando, consciente, hasta el final.
A Chávez López Sevilla jun 2003
Me encanta que, a pesar de lo sórdido del tema, lo narras con fineza y elegancia. Sabes explotar todo tipo de situaciones con estilo.
La niña movió débilmente su brazo, sin responder. Su madre no estaba segura de si la había escuchado o era un acto reflejo de los últimos impulsos nerviosos del cerebro que acababa de estrellarse contra el cristal del coche. El suave pelo rubio de la niña, ahora se tornaba caoba. La sangre manaba bajo su cuerpo retorcido, con la cabeza arqueada y la espalda quebrada.
No, no la había escuchado, y mejor. Porque ya no quedaba consciencia ni vida en aquel pequeño cuerpo.
La madre empezó a reírse a carcajadas, enloquecida. ¿A cuántas personas había matado en cuestión de minutos?
Desde que se desvió de la autovía, un río de vidas se llevó por delante. Algunas de ellas en defensa propia. ¿Pero y la de su pobre hija de tan sólo cinco añitos?
Se bajó del coche en medio de la oscuridad y vio que había chocado con otro, que en su interior estaba el cadáver ensangrentado de un hombre. Lloraba y reía y gritaba histérica, todo a la vez, mientras miraba entre el humo del hundido capó el cuerpo de su pequeña, sobre el salpicadero inmóvil, y la sangre y la sustancia gris goteando.
El humo salía. El depósito de combustible se había destrozado. Un reguero corría por la arena bajo el coche. La mujer lo vio y, riendo con rímel corriéndole por las mejillas, cogió su bolso del suelo del asiento del copiloto. Al hacerlo, movió el cuerpo de la niña, la cual al resbalar dejaba un rastro de sangre y sesos que brillaban relucientes bajo la luz del interior del coche.
Seguía la mujer riendo y llorando a la vez, mientras encendía un cigarrillo en el asiento del conductor y le daba varias chupadas seguidas. Luego, bajó la mano izquierda con el cigarrillo en la misma y lo soltó, cayendo justo en el reguero de combustible. Y... ¡horror!
No hace falta meterse en detalles de lo que ocurrió poco después.
El joven agonizante había perdido el conocimiento, cuando lo sobresaltó una llamarada inmensa y un rugido que resonó estruendosamente por el bosque.
Una bola de fuego se alzó en el aire por encima de los árboles, y un humo negro y tóxico empezó a formar una columna hacia las estrellas cuando el fuego disminuyó. Había sido una enorme explosión.
Aquella oleada de muerte irracional no cesaba, y el joven iba a terminar muerto también si no conseguía ayuda médica enseguida. El frío era intenso y empeoraba el dolor de las heridas. La sangre estaba caliente. Había un gusto enfermizo en tocar la sangre que, al menos hacía más soportable la helada. Le castañeaban los dientes y las piernas le dolían. Con cada tiritón, se movía la herida y el dolor volvía más intenso, punzante, causándole un estremecimiento que le originaba más dolor.
Lo mejor era aguantar el dolor y mantenerse lo más quieto posible. Pero aquello era una tortura. Le era imposible permanecer quieto. Imposible ignorar las heridas. Era imposible calmarse.
Pensaba que iba a desfallecer de un momento a otro. También sentía un calor intenso en los muslos y en la cintura, pero el líquido y el sólido que le proporcionaban ese calor no era sangre, eran orín y excremento, que no había podido evitar que se les escapase. Al menos, aunque repugnantes, les daban algo de calor.
Las estrellas no brillaban en la negra noche. Sólo la Luna iluminaba con su luz plateada todos los alrededores, y la blancura del terreno se llenaba de miles de puntitos brillantes de hielo y escarcha. Y como hielo, el líquido del que estaba bañado el joven, también se empezó a congelar en su cuerpo.
Sin posibilidad de salvación, por falta de auxilio y de ayuda médica, poco a poco su vida se iba apagando, consciente, hasta el final.
A Chávez López Sevilla jun 2003
Me encanta que, a pesar de lo sórdido del tema, lo narras con fineza y elegancia. Sabes explotar todo tipo de situaciones con estilo.
Gracias, Carlos, por leerme y por colaborar.
De ese relato, titulado "Terror y muertes en cadena", hay dos páginas anteriores.
Arrastraban con notable viveza la
diligencia, bajo un Sol de sentencia, cuatro exhaustos caballos tras un largo
viaje a través de un paraje árido y pedregoso, por el gran anhelo de cruzar cuanto antes aquel infierno.
El Sol parecía regurgitar sobre la Tierra, cual sopa calurosa de
bilis que inunda la planicie con su asfixiante hervor. Cada piedra era una
brasa que formaba parte de la parrilla que irradiaba un sofocante calor, por lo
que nadie podría sobrevivir, excepto el moribundo esqueleto de un burro
disecado, que, al pasar por su lado, nos sorprendió con un gran mugido, como en
demanda de un poco de agua.
Dentro de la diligencia, la temperatura
era la más indicada para la cocción de alimentos; y yo, rendido ante mi muerte,
recostado en el asiento agonizaba en un estado febril. El sudor corría por toda mi anatomía cual catarata. Mi cabeza hervía como en una cacerola, y por mis
orejas salían sus vapores de ebullición. Temía no volver a verte.
Sentada frente a mí, una mujer gordísima vestía
vistosas prendas y un sombrero negro, que, inconvenientemente, sufría de
problemas gástricos, y en todo el trayecto no dejaba de dar disculpas por las
ruidosas ventosidades que se le escapaban, que según ella, era por las incomodidades
en el viaje. Su talante jocoso no podía negar su turbación, sin dar lugar a una
profusión de risas, que la alternaba con tóxicas emisiones, favoreciéndose en
mutuo desarrollo. Pensaba yo que no sería verdad esa exagerada tempestad de truenos y
risas, y creía estar sufriendo una pesadilla onírica debido a
la fiebre. El recuerdo de tus jadeos me animaba a seguir viviendo.
El insidioso traqueteo que agitaba toda la diligencia
en el trayecto, se volvía trepidante al descender una loma, que por su altura permitía divisar, en la lejanía, el poblado al que nos dirigíamos. Al llegar el
llano, en sólo un segundo se desató un oleaje de pulverulenta sequedad,
arremolinándose contra la diligencia, zarandeándola, como a un barco un mar
furioso, viéndonos obligados a cerrar las ventanillas.
El permanente relinchar de los
caballos anticipaba una desaforada carrera, y a galope tendido surcamos una
tempestad de arena, al ritmo de caballos desbocados, y a la vez fustigados por el cochero,
que oíamos disparar sucesivas veces con su rifle. Pensé que se había
vuelto loco. A los caballos azuzaba desquiciado y vociferando blasfemias.
Pero ni el ritmo de la diligencia, ni la euforia
del cochero permitían a la precaución que evitase los muchos exabruptos del
terreno, produciéndose traqueteos descompasados, por momento vertiginoso, que
lanzaban por los aires a la diligencia en un vuelo rasante, camino directo hacia el infierno.
Los pedruscos que había provocaban saltos de la
diligencia, haciéndonos rebotar en los asientos y propiciando que, en uno de aquellos rebotes se catapultase la gorda sobre mí, llevándome uno de los mayores sustos de mi vida, y un fuerte manotazo en el rostro, por el que me tenía
sangrando la nariz durante el resto del viaje. Aplastado como cucaracha, sentía
un descoyuntar de mis huesos y un apretar de mis órganos en fatal
exhalación de mi aliento, entonando un gemido moribundo.
Pensaba en tus
llantos sobre mi tumba y me sobrecogía por la añoranza.
Disipada la tormenta, maltrecho y resentido y arrastrándome con el resto de mis fuerzas, me asomé por la ventanilla, y con
espanto pude ver que los espeluznantes alaridos que me llegaban provenían de
una jauría de indios en una actitud belicosa, que, cabalgando frenéticos, nos
perseguían a tiro de piedra.
En ese instante, un indio de horrible catadura, se
asomó por la ventanilla con un cuchillo entre los dientes, pintado hasta las
orejas cual demonio de pesadilla, y con esa cresta de pelo cepillo color
rojo, parecía invadido por un espíritu maléfico. Convulsionándose cual cola
de lagartija, rompió el cristal con la cabeza y metió la mano para coger a la
manilla, pero recogió la mano para taparse la nariz tras prorrumpir una acusada
arcada.
Quedó mareado, colgando de la diligencia y agarrándose con la mano.
Aun su trance, se me quedó mirando con una perpleja expresión, como si
estuviera mirando un monstruo y con el desconcierto y el temor de ver algo
inconcebible para él. Pero se calló y se alejó rodando por aquel pedregal.
Yo me quedé petrificado, sometido a un agarrotamiento y en un estado de polaridad
que percibía un erizamiento de mi cabellera. La gorda me miró con un gesto de
alegría, que consideré inadecuado para ese momento de máxima tensión.
Indios galopando nos rodeaban por todos los
flancos, coreando un desgañitado ulular, mientras lanzaban un enjambre de
flechas sobre la diligencia. El cochero les arrojaba cartuchos de
dinamita, causando mortandad entre nuestros perseguidores.
Pero, súbitamente,
una explosión sobre nuestras cabezas dejaba el techo descubierto y pude ver
cómo brotaba la sangre del cuerpo sin cabeza del cochero, cual fuente.
Saltaron a la diligencia dos indios enfurecidos, encontrando una firme resistencia de la gorda, que a base de manotazos limpios, como a las avispas,
les iba dando tan terrible castigo que espantados huían después los pocos
supervivientes.
Cuando todo aquello acabó, abracé y besé repetidamente a la gorda, y
desde entonces mi corazón es reo de sus deseos.
Todo empezó esta
mañana. Salía de la ducha cuando llamaron a la puerta. La abrí y vi un tipo bajito,
calvo y con bigote, con traje gris marengo, camisa blanca y corbata verde de
seda. Sostenía una carpeta en una de sus manos.
—¿Don Eusebio Miranda?
-preguntó.
—El mismo que está viendo.
—Soy inspector de FUSIÓN
y vengo a traerle una notificación.
—¿FUSIÓN? Nunca
he oído hablar de esa entidad.
—Es un organismo nuevo.
Se trata de una fusión de los departamentos del Censo y de Hacienda. El gobierno
los ha fusionado en uno para poder solucionar, por ejemplo, casos como el suyo.
—No entiendo...
—¿Me permite pasar?
Será más fácil para ambos si le entrego este comunicado y se lo leo
tranquilamente sentados.
—¡Claro, por favor,
pase, pase...!
—¿Qué ha querido usted
decir con “casos como el mío”? –le pregunté, una vez que nos encontrábamos
sentados en el sofá del salón.
—Hemos comprobado que
lleva años sin pagar sus impuestos. El total acumulado, más los intereses, se eleva a una suma que seguro que no podrá pagar. Y lo sabemos porque lo hemos revisado. Aun vaciando su cuenta en Banco y vendiendo todas sus
propiedades, sólo cubre el 566% del total.
—¿Y qué va a hacer FUSIÓN,
enviarme a la cárcel?
—Eso no porque supondría que
el Estado tendría que mantenerle. Y, francamente, ya nos ha costado usted
demasiado dinero.
—¿Entonces...?
—Le denegaremos sus derechos como ciudadano. Ha sido ya eliminado del Censo y de los organismos con las que mantenga relaciones. Y todo esto con
carácter retroactivo. Oficialmente usted no existe.
—¡Pero esto es grave!
¿No hay otra manera de solucionarlo?
El tipo aquel me dio un papel mecanografiado que sacó de su carpeta.
—Tenga. Ese es un documento donde se le comunica la pérdida de sus derechos y
las gestiones que tiene que hacer para recuperarlos.
Cogí el folio que me tendía, sin saber qué decir.
—Y ahora, si me disculpa, tengo más documentos que entregar y el tiempo se me
echa encima.
Lo acompañé hasta la puerta y él desaparecía dentro del ascensor.
Pasado un buen rato, salí a la calle y entré a un bar a tomarme un whisky, y así empezar a digerir aquella extraña visita...
_________________________________________________
Un tal Pepe Pérez estaba sentado en un taburete de la barra de un bar, bebiendo cerveza, cuando un desconocido se sentó frente a él en una silla de una mesa, con un vaso con whisky en la mano; miró a Pérez y empezó a contarle su historia. Al principio, a Pérez le jodía, no podía soportar a los borrachos que se ponen a contar sus penas al primero que pillan, por lo que se mostró indiferente, pero, intrigando le estaba la historia, y fue por eso, que al ver el desconocido la expresión en su cara, se puso a mirar cómo el hielo se iba derritiendo en su vaso con whisky, le preguntó:
—¿Y qué hizo usted después?
El desconocido alzó la cabeza de golpe, como si acabase de despertar.
—Que dejé el papel que me dio sobre la mesa del salón y me marché. Era tarde para acudir a mi trabajo. Pensé que lo leería con más calma al volver a mi casa. Pero no me imaginaba ni remotamente el grave error que estaba cometiendo.
-Y lo primero que hice, antes de coger el autobús que me llevaría a la oficina, fue pasar por el cajero de mi Banco a sacar dinero. Y allí empezaron mis desventuras.
-Una vez metida la tarjeta y tecleada mi contraseña, aparecía un mensaje en la pantalla que decía que la tarjeta no era válida y que quedaba confiscada. Entré al Banco y me fui a la caja. Rosa, la amable cajera, me recibió con una sonrisa y me preguntó en qué podía servirme. Le dije lo que había pasado, y ella me pidió mi talonario. “No lo llevo encima”. “No se preocupe. ¿Me permite entonces su DNI?”.
Se lo di, y empezó a teclear en su ordenador.
—Lo siento, señor, no consta que usted tenga cuenta en este Banco.
—¡Imposible! -dije, confundido-. ¡Llevo gestionando mis transacciones a través de este Banco desde más de diez años! ¡Tú misma me ha atendido en muchas ocasiones!
—Lo lamento, señor, pero no recuerdo haberle visto en mi vida.
—Por favor, Rosa, dile al señor Marcos si puede atenderme.
-Marcos, el director del Banco, que yo conocía desde que ocupó su puesto, años atrás, no sólo confirmó lo que me había dicho Rosa, también me dijo no haberme visto jamás. Pedí, chillé, rogué... Todo inútil. Tuve que salir de allí, bajo admonición de Marcos de llamar a la policía si persistía en mi actitud.
-Al salir miré mi reloj. Era tarde ya. No llegaría a tiempo a la oficina. Eché mano del móvil para avisar que iba a llegar más tarde, pero, tras marcar, una voz grabada anunciaba que el número desde el que llamaba no constaba registrado. Entonces me acordé de lo que me dijo el inspector del FUSIÓN: “oficialmente, usted no existe”. “¡Por qué me han hecho esto!”, grité.
-M subí a un autobús y al abrir mi billetera para sacar el bono, vi que mi DNI no estaba. No podía ser, una cosa es que te hagan desaparecer administrativamente y otra es esta putada. Recordé que había sacado mi DNI en el Banco, y por esto pensé que lo habría dejado allí olvidado, y también pensé que estaba seguro de haberlo metido de nuevo en mi billetera
-Cuando me bajé del autobús, busqué y hallé una cabina de teléfono, y llamé al Banco. ¡Pero ni siquiera recordaba Rosa que hubiese estado allí! ¡Y eso que solo había pasado escasamente media hora!
-No sabía qué pensar ni qué hacer, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando al entrar al edificio de mi oficina, Dani, el portero, me espetó >>>
—Disculpe, señor. ¿A dónde va?
—¿Y a dónde quieres que vaya? A Sampedro SA, por supuesto.
—¿Tiene usted cita?
—¡Por Dios, Dani, ¿es que no me reconoces?!
—No recuerdo haberle visto nunca, señor.
—¡Pero si llevo quince años trabajando en Sampedro SA y pasando todos los días frente a tu portería!
—Lo siento, señor.
Se repitió el mismo episodio que en el Banco, y otra vez tuve que salir pitando, bajo la amenaza de policía. “¡La mano de FUSIÓN es larga con cojones!”, grité de nuevo.
“¡Claro! El papel que me dio aquel hombrecillo, seguro que explicaba cómo salir de este embrollo”, me dije para mí.
Cuando llegué a la puerta de mi casa, vi, sorprendido, que mi llave no encajaba en la cerradura. Frustrado, di varios puñetazos a la puerta, pero, para mi sorpresa, se abrió y me encontré, cara a cara, con un hombretón mal encarado.
—¡¿Qué coño está pasando aquí?! ¡¿A qué vienen esos golpes?!
—¿Quién es usted y que está haciendo en mi casa? –le dije yo.
—¡¿Su casa?! ¡Esta es ¡mi casa!, llevo viviendo aquí cinco años!
Nueva amenaza con la policía me hizo salir de allí a todo gas, no sin antes ver, loco, que no me había confundido de edificio. Debí andar sin rumbo una hora. La cabeza me daba vueltas. “¡¿Cómo lo hacen? ¡¿Cómo pueden borrar así la existencia de una persona?!”. Me irrité de nuevo. Tenía que haber algún indicio o constancia de mi existencia en alguna parte; debía haber alguien que me recordase.
“¡Carmen!”, pensé de pronto.
Entré a una cabina y llamé a Carmen, mi novia.
—¿Sí? -escuché la voz de ella.
—Carmen, soy Eusebio.
—Hola, cariño.
“¡Dios, me recuerda!”, dije, feliz, apartando la boca del teléfono.
—Carmen, necesito verte inmediatamente. ¿Estarás en casa?
—Sí. No pienso salir. ¿Pero qué te pasa? Te noto extraño.
—Te lo contaré cuando llegue. No te preocupes. Estoy bien.
-Colgué y salí pitando hacia la casa de Carmen. Cuando llamé a su puerta, ella la abrió con la cadena de seguridad por dentro de la puesta. “¿Que desea?” -preguntó, después de mirarme.
-Eso me dijo mi novia, y a mí se me cayó el alma a los pies.
—¿Es que no me reconoces?
—¿Debería?
—¡Carmen, soy Eusebio, tu novio desde hace siete años!
—Yo nunca tuve novio.
Espantado y cabreado, salí de allí. Al llegar a la calle, vomité. Estaba mareado y todo me daba vueltas. “¿Cómo me puede pasar esto? ¿Es que nadie me recuerda? Tiene que haber alguien que... ¡Mi madre!”, pensé.
—¿Qué es esto? ¿Alguna broma de esas que hacen por la tele?
—No es ninguna broma, mamá... yo...
—Oiga -me interrumpió-. No tengo ni idea de quién es usted, pero no es mi hijo. Y eso es seguro porque yo no tengo hijos.
-Y colgó. No sé cuanto estuve inmóvil dentro de la cabina, incapaz de reaccionar, hasta que un anciano dio un bastonazo al cristal, exigiéndome que dejase libre el habitáculo.
-He estado todo el día dando vueltas por mi ciudad, caminando sin rumbo, sin prestar atención a nada y con la mirada perdida cual zombi. Hasta que he pasado por la puerta de una tienda de electrodomésticos que hay al lado de este bar.
—¿Y qué pasó entonces? -preguntó Pepe Pérez al desconocido mientras se sumía de nuevo en el hielo de su vaso.
—¿Conoce usted esa tienda? -le dije de pronto.
—La conozco.
—Entonces sabe que en el escaparate hay una enorme pantalla, conectada a una cámara enfocada a la calle. De modo que cualquiera que pase por delante, se ve reflejado en ella.
—Así es.
—Pues bien, cuando he mirado la pantalla pude ver la calle, los coches y los peatones que pasaban, los árboles, los edificios. ¡Todo! Excepto a mí. Yo no aparecía. Y no he podido más, he entrado a este bar dispuesto a coger una borrachera.
—Historia increíble esta suya, que seguro debe tener una explicación razonable para todo lo que le está pasando.
—¿Usted cree? ¿Se le ocurre alguna?
—En este momento no.
—Ya.
—Empero, le diré lo que vamos a hacer. Ahora voy al baño. Esta es mi sexta cerveza y ya mi vejiga no puede aguantar más. Cuando salga, pensaremos en ello.
—Se lo agradezco muchísimo.
-Usted se levantó y se fue corriendo al servicio de caballeros. Estaría orinando un rato, porque seis cervezas dan para mucho. Cuando salió vio usted la mesa vacía y llamó al camarero.
—Paco, ¿dónde se ha metido ese hombre que estaba conmigo?
—Más te vale que no bebas más por hoy, Pepe.
—¿Por qué lo dices?
—Porque has estado solo todo el tiempo.
—¿Entonces de quién es ese vaso de whisky a medio acabar que hay en esa mesa?
—¡Vaya, no lo había visto! No sé de quien pueda ser.
—Qué extraño. Bueno, olvídalo y sírveme otra cerveza.
—¿Seguro?
—Estoy bien, tranquilo. Habré pegado un cabezadita y lo he soñado.
-Usted volvió a sentarse en el mismo taburete, mientras el camarero le servía la cerveza y retiraba la jarra de la vacía y el vaso con whisky sin acabar. Bebió un trago, frunció el entrecejo y dijo a media voz:
-Qué raro. Parece que las cervezas se me han subido a la cabeza. Por más esfuerzo que pongo, no logro recordar que estaba haciendo antes de entrar al aseo de caballero.
Una lúgubre noche de Luna llena, el hombre-lobo se sentía
mal, antes de atrapar a una de sus víctimas, hasta el extremo de que,
tambaleándose jadeante y con fuertes y continuadas taquicardias, abandonaba la
persecución.
Durante el resto de la noche sufría de tremendos dolores
en los dedos de los pies, y en general en toda su anatomía, así que se fue a su
hogar humano para ingerir un analgésico y darse un baño caliente. Aún con la
piel peluda y con rasgos lobunos, se puso su batín y sus zapatillas , antes de
acostarse se tomó un tranquilizante.
Después de toda la noche sin pegar ojo, a causa de los
dolores, al otro día, ya transformado en humano, pero todavía dolorido,
decidido se fue a la consulta de su médico, que también era su amigo, que,
desconociendo su dicotomía de hombre y-lobo, solicitó a la sección de análisis
que le hiciesen una analítica completa, para así ver qué males padecía.
El hombre-lobo pasó retorciéndose tres horas en la sala
de espera, hasta que, por fin, una enfermera entró a la consulta con un sobre
tamaño folio en la mano.
Los resultados de los análisis eran nefastos: tensión por
las nubes, alto el ácido úrico, el colesterol rebasaba el doble los límites
establecidos y el elevado nivel de azúcar lo convertía en diabético. Su
organismo era un caos para ser un hombre joven.
Además de recetarle un lote de medicamentos, consistente
en dieciséis pastillas al día, incluido un protector de estómago y ordenarle, muy en
serio, que hiciese a diario un mínimo de cuatro horas ejercicios físicos,
también lo sometió a una dieta vegetariana, prohibiéndole, bajo ningún
pretexto, comer carne.
Él, que había gozado hasta entonces de las dos facetas,
de hombre y lobo, aceptó sin rechistar las órdenes del galeno porque además de
que eran terribles los dolores que sufría, no cumplir al pie de la letra lo
ordenado podría causarle la muerte
Cuentan que en las noches de Luna llena aparece por las
huertas de las aldeas una extraña figura que, triste y cabizbaja, recoge coles
lechugas, rábanos... avergonzada, mientras los hortelanos dueños de las huertas
creyendo que pudiese ser un ladrón disfrazado, le tiran piedras y de todo
para ahuyentarla.
Pero el hombre-lobo toleraba este severo castigo con resignación,
sobre todo por reconocer que era debido al escarnio de la intransigente sociedad
Hola, hijo. Cuando
salí de nuestro pueblo y empecé este viaje en búsqueda de conocimientos, te prometí
hacerte llegar noticias mías y también información de los extraños lugares que
hasta ahora he podo ver.
Te hago saber que a un mes de haber partido y después de recorrer
grandes distancias es poco lo que he aprendido; el mundo responde a las mismas reglas, por lo que más allá de pequeñas diferencias en la disposición de
las cosas, en nada difiere nuestra tierra de las que hasta ahora he
recorrido.
Si esperas relatos de extrañas criaturas te diré que desilusionado quedarás, ya
que sólo faunos como nosotros y náyades como las del otro lado del río es lo
que he hallado en mi caminar. Pero en cuanto a costumbres y a leyendas, llevo
la cabeza llena y rebosante el corazón, pues pródiga es esta tierra en estas
cosas.
La que más fresca tengo en mente por la impresión que me ha dejado, por haberla
vivido en carnes propias y por haber variado el destino de mi viaje, es la del "árbol del olvido".
Ocurre, según he comprendido, que en esta parte del bosque que cubre las
montañas que desde las rocas altas del río se pueden ver hacia el Sol naciente,
las náyades son más bellas que las que conocemos, y también más longevas, como
tres veces más largas sus vidas que las de nuestras vecinas, pues llegan
a contar doce veces cien en su mayoría, y algunas han sobrepasado las veinte
veces cien.
Dicen los que de ellas
tienen conocimientos que vivir tanto, pesa sobre sus cabezas y sus corazones de
tantos recuerdos que amargadas acaban pidiendo la muerte desde la
mitad de sus vidas y maldiciendo la longevidad que otras razas envidian.
Hace mucho, una de ellas, de que no me han dicho su nombre, descubrió por un
casual el árbol del que te hablo.
La náyade que te relato vivió tres veces cien de su vida, sin conocer el Amor,
hasta que de alguien se enamoró, pero quien lo cuenta no tiene memoria de su
nombre. Vivieron felices en el bosque un Amor que los colmaba, sin pensar en el
mañana. Pero el amado fue envejeciendo, mientras ella conservaba la lozanía que la
convertía en la más bella de su especie. Empero, el tiempo mató a su amado y sobrevivirlo tanto tiempo enloqueció a la náyade, que una noche se internó
en el bosque en busca de la muerte, que creía debía llegarle pronto a raíz de
las salvajes bestias que allí moran o de los seres humanos que lo recorren, matando
toda vida que se les atravesase.
Pero increíblemente
para ella y para los que hemos conocido este relato, sobrevivió al primer día
entre montes, y cuando llegó la noche, segura de que en la oscuridad habría de
cumplirse su destino, se posó bajo un añoso árbol y reclinando su espalda
contra su áspero tronco, la muerte esperó.
Parece ser que antes
llegó el sueño y pasó la noche sin que ningún hecho alterase la tranquilidad de
esa parte del bosque. Con la aurora y el murmullo de los cantos de los druidas,
festejando la aparición del astro soberano, volvió la conciencia a su cuerpo y
la náyade despertó, no recordando el motivo de encontrarse en el bosque, y aunque
algo comprendía de sus pretéritos recuerdos, no lograba precisarlos; los había
olvidado. El recuerdo de su amado, el de su propia felicidad y el de su posterior
pena, habían dejado en su cabeza una nube de piadoso olvido, y, atravesando el
bosque, volvió a su morada.
Las náyades de esa región, que sabían de su tristeza y de la decisión que
había tomado, asombradas estaban de verla retomar la rutina de su vida, y lo
más insólito, cantando por los senderos mientras recogía nueces,
almendras y castañas, su sustento diario.
Tan extrañadas estaban que organizaban un cónclave entre las más ancianas, para tratar el tema y se preguntaban: "si sufrimos como antes ella, ¿podríamos ser felices como lo es ahora ella?'.
Convencidas de que eso era posible por algún conjuro secreto decidían preguntarle para disfrutar también de la esplendorosa oportunidad. Al ser la interpelada, sólo pudo contar lo que vagamente recordaba de aquella noche, que no debe de haber diferido mucho de lo que yo te cuento.
Puestas al tanto de todo lo ocurrido, las náyades concordaban que el secreto debía estar en ése árbol; la afortunada, también de acuerdo, las guiaba hasta él. Una por noche y por riguroso orden de edad, dormían bajo el tupido follaje, perdiendo sus tristes recuerdos y recuperando su felicidad.
Desde entonces hasta ahora, cuando una náyade comienza a cambiar su juvenil carácter por ansiedad, las más viejas la llevan al bosque, a dormir bajo el árbol.
Hasta aquí la historia debe parecerte inverosímil como a mí me hubiera parecido, si no mediaran circunstancias especiales, que paso a referirte.
Antes de conocer los hechos, ya que era la primera noche que pasaba en este lugar, me hallé en un bosque al anochecer, y cansado detuve mi marcha junto a un arrollo donde refresqué mis pies en agua fresca y clara.
Cené tallos tiernos de hierba y busqué un lugar donde dormir. Sabes que a mi edad creo tener la vida aprovechada y, no temiendo la muerte, no gasto tiempo en precauciones, así que decidí pasar la noche bajo un árbol. Como te podrás imaginar, el árbol elegido al azar, por rara casualidad, es el mismo de esta historia.
Avanzada la noche pude conciliar el sueño y en esas horas los recuerdos de mi infancia y mi juventud volvían con nitidez, y los detalles más insignificantes se me presentaron palmariamente y nada escapaba a tan inaudita revisión.
Desperté al amanecer, recordando vivencias insólitas de mi pasado; por ejemplo, el lugar exacto donde dejé mi primer juguete, lo que no pude recordar en su momento teniendo que darlo por perdido.
Confundido con mi nueva dimensión de mi memoria, a punto he estado de dejar el viaje y regresar a casa, junto a ustedes en ese instante para pasar lo poco de vida que pueda quedarme, más entregado a todos los recuerdos de lo conocido que al aprendizaje de lo ignorado. Pero ha querido el azar que al emprender la vuelta topase con un campamento de nuestros congéneres y, bien recibido, conté mi extrañeza e informados me pusieron al tanto de la historia.
Supongo que, como a las diferentes especies, el árbol afecta distintamente a faunos y a náyades, bendiciendo a ambos.
A aquellas longevas, quitando de sus almas los recuerdos que en sus largas vidas van acumulando, y a nosotros, que sólo vemos unos pocos inviernos, potenciando nuestras vivencias para que nuestras cortas vidas sean más plenas.
Querido hijo, el mundo guarda aún muchos secretos para los de nuestra raza, pero creo conveniente dejar a la gente joven la tarea de desentrañarlos. Regresaré a tu lado y te prometo, junto al calor de la hoguera y con un buen café de por medio, contarte el resto de las leyendas que hasta ahora he podido conocer.
Cuentan anales del Olimpo que un mediodía Zeus, aburrido de néctares, de ambrosía, de
maná y de otros rutinarios alimentos divinos, encargó a Minerva –diosa de la
sabiduría- que bajase a la Tierra para hablar con los humanos y a ver si que le podían proporcionar un nuevo plato que deleitase plenamente a su divino paladar.
Minerva
quiso complacer los deseos de Zeus, y es por ello que visitó -con esta
específica misión- todas las regiones, ciudades y pueblos de los humanos, con la
ilusión de hallar en alguno de esos lugares un manjar que pudiese satisfacer al
exigente paladar de Zeus.
En su gira culinaria visitó Esparta, Corinto, Lidia, Doria, Ática, Troya, Acaya
Argólida, Mesenia, Eolia y Jonia.
Y poco después, cuando Minerva se encontraba frustrada por no haber podido
encontrar en ninguno de esos lugares el manjar que Zeus requería, una estrella
especial la llevó al territorio de Astures (Hispania).
Los amables y serviciales humanos, habitantes de una región del norte de Hispania, eran criaturas sencillas, trabajadoras respetuosas, altruistas, hospitalarias…
De pronto atravesando Minerva una aldea de Astures, percibió un olor mágico que salía de
una humilde cocina.
Su divino olfato se percató enseguida de que en aquel lugar estaba la gran y
definitiva solución para el Olímpico culinario, problema del aburrimiento de los
dioses por comer siempre lo mismo.
Entró presurosa a aquella casa y vio a una anciana mezclando en una olla
garbanzos con morcilla, chorizo y tocino, además de aceite, sal,
vinagre y otros aderezos. La saludó y le pidió que le permitiese probar aquel potaje,
y con sólo medio bocado, ¡oh! Minerva sabía que la fabada sería para siempre el
mejor de los alimentos olímpicos.
Varios días después, Minerva se presentó en el Olimpo con aquel primitivo plato. En un principio, todos los dioses desconfiaban de su apariencia, pero el olfato les decía
otra cosa. Una a una, todas las deidades olímpicas iban llevando a la boca la
fabada con su morcilla, chorizo y tocino, y en cuestión de dos o tres minutos,
Minerva tuvo que ordenar a los acreditados cocineros del Olimpo que copiasen la
receta de tan exquisito guisado y que cocinasen cientos y hasta miles de raciones.
Y desde
aquel legendario día, cada vez que se celebra algo importante, privado u
oficial en el Olimpo, los banquetes de Zeus tienen como plato principal la
fabada.
La guapísima y escultural Sasha, de apellidos rimbombantes, llegaba a Sevilla
una tarde de abril en un tren AVE que había partido desde la estación de Atocha de Madrid, para visitar y divertirse un poco en la Feria de Abril de la capital andaluza.
Una vez que a escondidas ingirió, sin agua, un bote entero con vitaminas D3, era llevada en una limosina
negra, junto con sus dos guardaespaldas, desde la estación del ferrocarril Santa
Justa, hasta el Hotel Alfonso XIII, justo al lado del grandioso monumento de la
casi seis veces centenaria Universidad de Sevilla.
Aún estaba acomodando su equipaje en los espaciosos armarios de la suntuosa
suite, cuando los rumores de su inaudita presencia recorrían las calles de la ciudad. Amenazadas se sentían las hembras por aquella despampanante anatomía,
y alborotados los machos por la presencia de una jaca de tantos quilates.
Cuando fue a cenar al restaurante del hotel, muchos ojos masculinos y
también femeninos la escrutaban, deteniéndose en sus curvas. Era una mujer
esbelta y con un cuerpo que parecía esculpido por algún ínclito escultor. Y
siempre vestía a la última moda prendas exclusivas de afamadas boutiques,
que las lucían sus firmes pechos y sus siluetadas caderas, que
excitaban a los hombres y a las mujeres ofendían.
Como era de prever, las lenguas comidillas no tardaban en aparecer, pero más
por envidia que por otra cosa, porque todas ellas partían de ladinos labios
femeninos.
“Con ese nombre que tiene tan exótico, debe ser una tía lagarta devoradora de varones
incautos”, decían algunas.
“Cuentan que cuando lleva hombre a su cama, fríamente se despoja de su ropa,
dejando a la vista su desnudez llena de escamas, y antes de que a su iluso
amante le dé tiempo a reaccionar, se lanza sobre él y lo devora sin piedad”, comentaban otras.
“En el 1901 arribó a Sevilla una mujer con similares hechuras, y en el
1932, vino otra de parecidas características, por lo que, quizás, fuesen su
madre y su abuela”, largaban las que habrían indagado su vida por su cuenta, quizás por Internet.
Pero, a pesar de esas habladurías, doce caballeros de la alta sociedad
sevillana, haciendo caso omiso a esos chismes callejeros, cogían la vez para conocer y posiblemente degustar a
aquel bombón, como parte primera de intenciones más elaboradas.
El primero que lograba salir con ella era el Conde de Peris, Don Luis de
Peris; un señor casado y millonario. Eran vistos acaramelados en
restaurantes de cinco tenedores y hoteles de cinco estrellas, hasta que el
afortunado y a la vez desafortunado conde de Peris misteriosamente desparecía, lo que
incrementaba aún más los rumores femeninos locales sobre la enigmática Sasha.
El segundo era Don Lucio de la Cerra, Marqués de la Cerra, un señor comprometido y padre de familia que se atrevía a pasear de la mano con Sasha por los jardines
del Parque de María Luisa, sin importarle las consecuencias conyugales de su hecho.
Y así, hasta completar la docena de aristócratas, todos ellos millonarios,
guapos y con buena percha, que Sasha iba degustando en la cama, y
repetía con algunos, porque, además de un ser una fémina despampanante, también
era candela pura.
Al comisario Casimiro Días, del distrito Centro, le atraía Sasha. Se asomaba a
la puerta de la comisaría cada vez que la veía pasar, para deleite explosivo de
sus globos oculares.
Díaz se reía de los chismes que relacionaban a Sasha con la desaparición de Don Luis, y
a la vez sentía celos de Don Lucio, que ahora disfrutaba del violín de Sasha,
que era el que más veces lo había tocado, y en general odiaba a todo hombre que había humedecido las sábanas de aquella impresionante dama.
La reprimida esposa de Don Luis acudía una mañana a comisaría para denunciar a Sasha de haber devorado a su marido.
Aun sabiendo que esto era un absurdo, Díaz enviaba una citación a Sasha, con la idea de que se presentase en comisaria para declarar.
Esto constaba el informe del comisario Díaz:
"Esto no es más que un trámite de la Jefatura Central de la Policía de la ciudad de Sevilla, para valiumcincomizar los súbitos celos de su esposa".
Pero Sasha jamás se presentó en comisaría. La policía revisó la suite y la
halló vacía. Aquella esclarecida huésped había desaparecido sin dejar el más mínimo rastro, pero no sin antes abonar religiosamente su quincena de estancia, además de los servicios complementarios, acompañado todo de una exquisita propina.
Ante tan obvios hechos, Díaz tenía la obligación de responder a la demanda de
la esposa del desaparecido, y emitía el siguiente comunicado:
"Es obvio que la señorita Sasha y Don Luis de Peris se han fugado. Pero no
hay suficientes elementos de juicio para poder concluir formalmente una
acusación contra ellos".
Y así fue, los dos amantes se habían dado a la fuga. Pero en el
anterior informe se había cometido una significativa omisión, que nadie se
había dado cuenta de ella. La señorita Sasha y Don Luis de Peris, en efecto, habían huido de Sevilla, pero dentro de su aparato digestivo.
¡Vaya, Antonio, sí que tienes muchas historias y todas muy interesantes! Sé que todo esto es producto de tu larga y fructífera vida. Creo que tienes material no para uno solo, sino para muchos libros con ilustraciones.
Dice la historia que, desde un tiempo inmemorial, los
vampiros y los licántropos son enemigos mortales, y en los enfrentamientos de
los unos contra los otros, siempre han ganado los licántropos. Pero todo
cambia con el transcurrir de los años.
Me
llamo Anto y soy vampiro. Desde que nací, me han entrenado para
seguir las órdenes del aquelarre jefe, y sobre todo, me han
entrenado a conciencia para liquidar a nuestros enemigos acérrimos: los licántropos.
Ahora
tengo mil doscientos años, y continúo con el mismo trabajo:
matando a todos los seres que para el aquelarre representen un peligro. Constantemente cambio de país, ya que pues en mi vida he aunado infinidad de enemigos, que harían un festín si me viesen muerto. Vivimos en la misma casa mis dos
hermanos, Ento y Onto y yo, con nuestras esposas vampiras, Fila, File y Fili.
:)Ento es magnífico con el arco y la flecha; posee una gran vista y una puntería
impecable. A Onto le van más las artes mágicas, los conjuros y los sellos. El
único problema de los dos es que son muy perezosos, y, al final, todo el trabajo
duro y no tan duro termino por hacerlo yo solo.
Soy muy bueno con la espada. Me gusta más la lucha cuerpo a cuerpo que los ataques a distancia.
Tengo agilidad y una velocidad de relámpago, dos grandes habilidades que me ayudan en
mis ataques.
Una
tarde de la estación Otoño nos llegó una misión a ejecutar en el sur del territorio en el que
entonces vivíamos. 150 demonios de la clase H, como los cataloga el aquelarre
jefe, estaba produciendo estragos en un pueblo pacífico, por lo que nuestro
trabajo era eliminarlos a todos.
—¡Nada mejor que una misión así antes de cenar! -exclamó Anto.
—¿No
tienes otra frase más original? ¡Siempre dices lo mismo, dependiendo de la hora
y del día que sea la misión! -replicó Ento.
—Uno
que yo conozco se levantó hoy con mal pie -dijo Onto, riéndose.
Cuando llegamos al lugar del ataque nos escondimos para analizar la
situación. Todo se encontraba en la mayor de las ruinas. 150 demonios H habían
incendiado casi todas las casas y había muchos heridos. Afortunadamente,
ninguno grave.
Hablé
con mis dos hermanos:
—Concentrarse en lo que vamos a hacer. Ento, busca un terreno alto. Y tú, Onto,
me vas a cubrir, pero antes pon barreras para sellar la zona. No quiero que
nadie pueda entrar o salir, mientras permanezcamos en este infierno. Yo me
encargaré de lo demás.
—¿Desde
cuándo eres tú el líder? -me reprochó Onto.
—¿Tienes
tú un plan mejor? ¿Quieres ser tú el jefe? -le pregunté.
—No.
Seguiremos tus instrucciones.
—De
acuerdo. Cuando todo acabe, nos iremos a casa -y nos separamos.
Entré al pueblo y esperé a que Ento sellase todo el lugar. Luego, esperé a que Onto se posicionase. Eché un último vistazo y desenvainé mi espada. Sin más espera,
corrí hacia donde estaban los 150 H, y los maté uno a uno. No era un
trabajo fácil, porque medían casi tres metros y eran fuertes y resistentes.
Después de que sólo con mi espada matase a los 150 H,
entre los tres nos ocupamos en curar a todos los heridos, y luego no entregamos
a reconstruir las casas destruidas. Y sin resquicio de cansancio y derrota, y
comprobando que todo quedaba en perfecto orden, nos encaminamos hacia nuestra
casa, dictante treinta kilómetros de donde estábamos y nuestras esposas
siempre nos esperaban con ganas para... bueno, para… "eso" Llegamos y cenamos veinte filetes de ternera con patatas cada uno, diez lenguados con
guarnición de verduras cada uno, y todo ello acompañado con dos litros de zumo
natural de naranja y tres bollos de pan cada uno y, finalmente, los
despampanantes y explosivos cuerpos de nuestras ardientes esposas, consiguieron derrotarnos.
El amor es lo que mueve al mundo, con lo cual
cuando una mujer tiene incrustada en la cabeza la imagen de un hombre que
la hace tilín, suspirar y transpirar, hace cosas que ni ella misma entiende, algo que si lo ven en otras mujeres le parece ridículo, pero cuando le
ocurre a ella, no puede controlarlo.
Desde lo más tonto como escribir su nombre junto
al suyo, hasta imaginar cómo sería su boda. Estas son cosas que toda mujer
enamorada ha hecho y es hora ya de que el mundo lo sepa. Por eso menciono cosas
realmente extrañas que hacen las mujeres cuando están enamoradas.
Se muestran desinteresadas
Incluso hasta cuando saben que tú le gustas y
están detrás de ti tratando de acercarse, inconscientemente se vuelven las más
desinteresadas y difíciles. Es una ley femenina que hasta la fecha no está
aclarada del todo. Dan celos si tienen la oportunidad
Cuando les gusta un hombre piensan que nada será
peor que cuando él se entere que le gusta. Por eso hacen de todo, hasta darle celos con otro esperando su reacción. Ridículo, pero lo tienen que aceptar,
todas lo hacen.
Mandan sus conversaciones con él a sus amigas
Vergüenza deberían darles, pero no, porque
sienten mariposas dentro y se les pone una cara de tonta que no pueden con
ella; y es que el estar enamorada es como una locura socialmente aceptada, por
esto creen que es normal enviar la captura de pantalla de tus charlas con él.
Se enojan y se encelan, aunque no sea su
novio
Está comprobado que cuando el
hombre que les gusta lo ven hablando con otra, dejan de ser ellas mismas
y se convierten en el monstruo de los celos.
No pueden evitar mirarlo a los ojos
Cuando más les gusta un hombre, es inevitable mirarlo a los ojos, sobre todo cuando lo que más quieren es que él haga que las
miren.
Se refieren a él como su novio, aunque no lo
sea
Siempre que hablan de él con otra mujer, lo
refieren como ‘su novio’, aunque no sea su novio formal, pero es porque les
encanta cómo suena.
Antes de dormir imaginan cómo sería ser su esposa
Es ridículo y finalmente acaban hasta molestas
consigo mismas por no saber controlar los pensamientos cursis, pero la verdad
es que cuando les gusta un hombre no hay nada que puedan hacer contra eso, pues
su cerebro está conectado a lo que más desean en su inconsciente.
Lo hacen esperar antes de responder a un mensaje
Esto es de lo más tonto y primario que existe en
un cortejo, pero, honestamente, el amor es un juego, y para ellas es importante
hacerse de rogar, pues no quemarán tan fácil con él ese cartucho, sobre todo
porque el hombre le encanta.
Les manda mensajes "por error"
Sí, claro. No hay mujer enamorada que no
haya hecho eso. Es tan tonto que ellas mismas lo saben, pero la burbuja del
amor las tiene atrapada dentro, así que es difícil controlar las ganas de
hablar con él por alguna razón en especial.
No pueden evitar las risitas nerviosas
Es gracioso ver cómo se ponen coloradas y les
sudan las manos, que probablemente sea de un chiste que él le cuente,
pero cuando están con él, no pueden evitar dejar de reír de puros nervios sólo
con pensar que en cualquier momento pueda preguntar: "¿quieres
ser mi novia?".
El amor es lo que mueve al mundo, con lo cual
cuando una mujer tiene incrustada en la cabeza la imagen de un hombre que
la hace tilín, suspirar y transpirar, hace cosas que ni ella misma entiende, algo que si lo ven en otras mujeres le parece ridículo, pero cuando le
ocurre a ella, no puede controlarlo.
Desde lo más tonto como escribir su nombre junto
al suyo, hasta imaginar cómo sería su boda. Estas son cosas que toda mujer
enamorada ha hecho y es hora ya de que el mundo lo sepa. Por eso menciono cosas
realmente extrañas que hacen las mujeres cuando están enamoradas.
Se muestran desinteresadas
Incluso hasta cuando saben que tú le gustas y
están detrás de ti tratando de acercarse, inconscientemente se vuelven las más
desinteresadas y difíciles. Es una ley femenina que hasta la fecha no está
aclarada del todo. Dan celos si tienen la oportunidad
Cuando les gusta un hombre piensan que nada será
peor que cuando él se entere que le gusta. Por eso hacen de todo, hasta darle celos con otro esperando su reacción. Ridículo, pero lo tienen que aceptar,
todas lo hacen.
Mandan sus conversaciones con él a sus amigas
Vergüenza deberían darles, pero no, porque
sienten mariposas dentro y se les pone una cara de tonta que no pueden con
ella; y es que el estar enamorada es como una locura socialmente aceptada, por
esto creen que es normal enviar la captura de pantalla de tus charlas con él.
Se enojan y se encelan, aunque no sea su
novio
Está comprobado que cuando el
hombre que les gusta lo ven hablando con otra, dejan de ser ellas mismas
y se convierten en el monstruo de los celos.
No pueden evitar mirarlo a los ojos
Cuando más les gusta un hombre, es inevitable mirarlo a los ojos, sobre todo cuando lo que más quieren es que él haga que las
miren.
Se refieren a él como su novio, aunque no lo
sea
Siempre que hablan de él con otra mujer, lo
refieren como ‘su novio’, aunque no sea su novio formal, pero es porque les
encanta cómo suena.
Antes de dormir imaginan cómo sería ser su esposa
Es ridículo y finalmente acaban hasta molestas
consigo mismas por no saber controlar los pensamientos cursis, pero la verdad
es que cuando les gusta un hombre no hay nada que puedan hacer contra eso, pues
su cerebro está conectado a lo que más desean en su inconsciente.
Lo hacen esperar antes de responder a un mensaje
Esto es de lo más tonto y primario que existe en
un cortejo, pero, honestamente, el amor es un juego, y para ellas es importante
hacerse de rogar, pues no quemarán tan fácil con él ese cartucho, sobre todo
porque el hombre le encanta.
Les manda mensajes "por error"
Sí, claro. No hay mujer enamorada que no
haya hecho eso. Es tan tonto que ellas mismas lo saben, pero la burbuja del
amor las tiene atrapada dentro, así que es difícil controlar las ganas de
hablar con él por alguna razón en especial.
No pueden evitar las risitas nerviosas
Es gracioso ver cómo se ponen coloradas y les
sudan las manos, que probablemente sea de un chiste que él le cuente,
pero cuando están con él, no pueden evitar dejar de reír de puros nervios sólo
con pensar que en cualquier momento pueda preguntar: "¿quieres
ser mi novia?".
A Chávez López Sevilla mayo 2007
Muy cierto, mi estimado amigo Antonio, eres un gran conocedor de la vida. Todas las mujeres se comportan así, y el chiste es no caer en el juego del gato y el ratón. Cuando una mujer me ignora, y me doy cuenta para dónde va la jugada, yo hago lo mismo, pero soy caballeroso, la saludo, le sonrío y hago como que sigo adelante con mis cosas y actividades. Algo que no me ha fallado es que procuro que me vea platicando con dos o tres chicas, no con una sola, sino con varias. Sus ojos me lo dicen todo, si está interesada en mí o si realmente no le importo. Si veo que no le importo, pues a otra cosa mariposa. Sigo mi vida como siempre y tarde o temprano ella dobla las manos y procura entablar una plática conmigo. Y ahí es donde analizo cómo barajar mis cartas. Pero si sus ojos me dicen que le intereso, hago algo que le llame la atención, como llegar con unos amigos y toco la guitarra como si estuviéramos conviviendo entre nosotros. Eso nunca falla. Recuerdo que de joven terminaba con ella en una fiesta, bailando, o en un parque de diversiones, o en el socorrido cine, en el cual ni siquiera me enteraba de qué iba la película.
Tú, sombra, que
siempre me acompañas a todas partes; tú, mi sombra, que te arrastras para seguirme;
tú, sombra, que caminas y descansas conmigo; tú, sombra, que eres mi fiel
compañera desde niño hasta ahora. ¿Cómo no hacerte en este momento un guiño?
Agradecido te lo hago porque siempre me acuerdo de ti, de las carreras que
echábamos juntos, de cuando me escondía para que no supieses de mí. ¿Te acuerdas, sombra mía, la de veces que intentaba pisarte y nunca lo conseguí?
Una tarde, cuando más
lucía el Sol, pensaba que te perdía y hasta que aguantaban mis piernas no dejaba
de correr ni de mirar hacia atrás y tú siempre me seguías; cuando no podía más,
caía rendido bajo un árbol y abría los ojos sorprendido y que tú no estabas. No sabes cuánto disfrutaba de haberlo logrado, pero no tardaba en
sentirme nostálgico por haberte perdido: la sombra del árbol te había engullido,
y quedabas inmóvil en torno a mí, pero no acertaba a entender por qué no podía
ver mi sombra y sí veía la del árbol.
Tumbado sobre la
hierba de aquel jardín, que ya no existe, un buen rato pensando en ti me
tuviste, y de lo poco que podía entender, por mi corta edad, no sin darle vueltas
a tu compañía, no podía evitar pensar que eras mi mejor amiga, que nunca
me dejaba atrás, la que en todo me imitaba y en silencio caminaba siguiendo mis
pasos a todo lugar.
Hablaba contigo, mi sombra, sabiendo que no me ibas a contestar, así no me
sentía solo en aquellos hermosos días de Sol que sólo existían cuando yo era un
niño y tú mi mejor amiga, las cosas como son.
Aquellos días distan de
los de hoy. Allá lejos, en un tiempo que no volverá, quedó el niño y quedó su
sombra, quedaron sus sueños. En aquellos amaneceres, quedó mi amiga y yo me
traje los recuerdos que repasándolos hoy no puedo evitar un sentimiento de
haber perdido una amiga que, aunque sigue aquí todavía, es como si no
existiera, porque con ella al niño perdía. Ojalá que no lo perdieras, pues al
hacerse mayor, una sombra la tiene cualquiera y sólo te acuerdas de ella cuando
falta el sol y no es de la sombra de quien te acuerdas, sino de que el tiempo
se pone peor y puede que llueva.
Hoy, mi sombra, me cobijo detrás de la pantalla de este ordenador, para seguir
hablando contigo, porque no tengo el valor de hablarte por la calle como lo
hacía en el antaño, y que conste que por mí no es, es por tantos locos que hay sueltos y que pueden llegar a creer que por hablar con mi sombra el loco soy yo.
Y te pregunto ahora: ¿Qué diferencia hay en hablarte a ti y quererte o hablar
con sombras hechas letras que aparecen en mi pantalla para hacerme sentir bien?
Como tú lo hacías
antes con tu compañía proyectada por el Sol, lo hace hoy este escrito, que
aunque no sepas de quien son, para mí acaban siendo sombras amigas que quieres
que aparezcan cada día en esta pantalla mía.
Yo sigo siendo el que era, pero hoy las sombras me llegan desde todos los
rincones, con acentos, puntos y guiones, que crean en mí ilusiones como las
creabas tú ayer. Se hacen mis amigas y las quiero como te quería a ti, pero con la diferencia de aclarar que las de hoy te contestan, se enfadan a
veces, te rechazan algunas y te aceptan otras, sombras en mi pantalla, tan
amigas como tú, que se mueven de otra manera, pero llegan a mí como sombras en
las que puedo leer y a través de ellas intento a sus dueños conocer, y si lo
logro veré detrás de ellos sombras, igual que tú.
Creía en ti, incluso
cuando no había luz y siempre apareciste con el cielo despejado. Te pido, si algo
te puedo pedir, que me llega a través del Internet, por este bosque de
sentimiento deshojado que te incorpores de tus renglones para poder oír mi voz
y en vez de hablar yo conmigo que hablemos los dos. Siempre hablaré contigo, y
lo sabes, sin esperar respuesta, a estas alturas y con todo lo vivido, hablar
solo no me cuesta, pero mi alma se anima cuando alguien me contesta…
El cerebro es un órgano sexual,
incluso más poderoso que los genitales, es donde deriva el deseo sexual, por
eso decir marranadas con tu pareja en la cama es excitante. Cuando uno o
los dos hablan suciamente se está acariciando los órganos adecuados.
Se establece como rol fundamental que el cerebro tiene en la actividad sexual. El deseo sexual se
origina en el hipotálamo, que es responsable de la producción de
testosterona en los testículos.
El hipotálamo, que es
de mayor tamaño en el hombre, significa que se produce más testosterona
circulando para estimular un deseo sexual. Por contra, el hipotálamo, que
es más pequeño en las mujeres, y el nivel bajo de testosterona, implican
que su deseo sexual es menos fuerte que el del hombre.
Decir obscenidades haciendo
el amor con tu pareja, genera una experiencia en la mente y el cuerpo. Hay personas que disfrutan diciendo “cosas sucias” porque esto activa las regiones del
cerebro mientras que el cuerpo también se está estimulando. En el cerebro se
activa una charla obscena.
Por ejemplo:
Las mujeres de carácter
fuerte en la vida cotidiana y en el trabajo, gozan convirtiéndose sumisas
en la intimidad porque ello estimula la amígdala, que es una región del cerebro
del centro de miedos y está involucrada con la emoción y con el placer
durante el acto sexual.
Los susurros, los gemidos y los gritos, acompañados todos ellos de
palabras obscenas, están procesados por el centro de control auditivo del
cerebro, incluyendo:
EL LÓBULO TEMPORAL EL LÓBULO FRONTAL EL LÓBULO OCCIPITAL
La mente es una zona erógena,
y las palabras son la mano que la estimula. De cómo se organizan las zonas
erógenas es una prueba de la importancia que tiene el cerebro para determinar
el deseo y el placer sexual.
Todos hemos escuchado alguna vez,
frente a determinadas situaciones estresantes, una voz interior que susurra un
sibilante consejo para superar algún problema puntual que encaramos.
Pero, a veces, solamente aceptamos la sugerencia como si de ley se tratase, y automáticamente pasamos olímpicamente de ella, no bien superamos esa encrucijada
coyuntural.
Y normalmente hacemos responsable de esta voz a la Conciencia, con la
pragmática pretensión de ocultar nuestra ignorancia al respecto. Por
desconcertante que nos pueda parecer, desconocemos el verdadero
origen de la voz.
Cuando creemos que la vocación o el oficio de nuestra vida es, por ejemplo, la abogacía, escuchamos esa voz. En la actualidad,
somos abogados y odiamos nuestro trabajo.
Cuando conocíamos a una mujer y sentíamos que jamás podíamos amar a otra, la
voz reafirma nuestras impresiones con su opinión favorable. En la actualidad,
estamos solo y divorciado.
Cuando nace muestro único hijo, decimos que va a superar en todo a su mediocre
padre, pero la voz no estaba de acuerdo con nosotros, porque nuestro
hijo, influenciado quizás por esa vorágine de vicios o por el consumismo puro y
duro actual, o por mal guiado por malas compañías, se arrastra por la vida,
perdido y sin rumbo.
Maldecimos con todas nuestras fuerzas a esa repulsiva voz, que hace de nuestra
travesía por la vida un perenne Gólgota. ¡Somos culpables de todos
nuestros males! -gritamos con ira.
Y, entonces, la presencia se revela junto a nosotros en el mismo reducto de la
mente que habitamos en soledad que pensamos de exclusiva propiedad. Pero no somos
uno más de nuestros propios pensamientos. Descubrimos un velo de inconsciencia,
como un ladrón que roba joyas de cualquier casa, que el legítimo propietario creía suyas,
palideciendo a consecuencia de la impresión recibida.
Y así vamos, sacudiéndonos
nuestros fueros internos, deseando que ello sea debido a un trastorno mental pasajero o a un desdoblamiento de personalidad (bipolar). Escuchamos sus palabras hacia
nuestra persona sin prestarse a dudas. Jamás escuchamos una voz más
espantosa:
No se te ocurra culparme de tu mediocridad, memo. Los consejos que has
recibidos te indicaban las mejores opciones a seguir. Has sido tú, inepto,
quien las has truncado y desaprovechado por desidia. Naciste siendo un perdedor
y así vas a morir. Ni por asomo creas que te di mis consejos por amor u
obligación. Para mí no eres más que una carcasa de carne vacía que necesito
para seguir perpetuándome. Tampoco debes verme como un ente informal. Yo cumplí
con mi parte del pacto, del cual los dos somos los beneficiarios. Que tu propia
ineptitud haya osado desaprovechar la ayuda recibida, no es asunto de mi
incumbencia.
Y reconociendo que la cosas es triste
e ineludiblemente verdadera, apenas si acertamos a balbucear una pregunta:
- ¿Y quién eres tú?
Y después tenemos que admitir, sin
reparos, su respuesta:
La homosexualidad no es una ofensa, ni
tampoco es una enfermedad, ni siquiera una condición: es, simplemente, una
tendencia sexual. A Chávez López Sevilla jun 2007
La juventud de hoy en día
hace guiños a la excentricidad y al ocio,
es egoísta, maleducada y despectiva,
es también autoritaria y desagradecida,
desprecia olímpicamente las leyes,
no respeta a sus mayores,
culpa a sus padres de sus frustraciones
y critica todo en lugar de estudiar o trabajar
Una
mujer madura es un símbolo de respeto y confianza.
Con el paso de los años, se van dando cuenta las mujeres de
que los conceptos y las prioridades cambian. La madurez les llega con el paso del
tiempo y con las experiencias adquiridas en la vida.
Una mujer madura es una persona que ha vivido lo
suficiente como para saber qué es lo que quiere, además de que tiene el don de la
seguridad en sí misma.
No tiene dudas de quién es, ha vivido y ha
aprendido hasta el extremo de saber qué la llena de felicidad y qué la hace
llorar o enfadar. Sabe bien cuál es su esencia y no tiene miedo a disfrutarla,
e incluso hasta compartirla.
Nunca teme al rechazo, sabe que se siente bien
siendo como es. No importa si está en una relación. Al tener esa madurez,
adquiere esa confianza necesaria para conseguir su amor propio, y ello permite
que el rechazo sea algo que sólo afecta a otras mujeres que no tienen
autoestima.
La mujer madura no se preocupa por la
autoestima, ya ha adquirido su amor propio para el difícil caminar por la vida.
A veces la mujer madura prefiere estar sola, en su propia
compañía, algo bueno cuando está cómoda en su propia piel y no duda quién es ni
tiene miedo a nada.
La madurez hace que al conocerse a sí misma,
olvide los miedos y entre en un proceso de aceptación personal, en el que
valora sobremanera el estar consigo.
La mujer madura dedica el tiempo necesario para valorar lo que más le agrada. Estando en su propia compañía, aprende que todas
las personas necesitan tiempo y espacio para desarrollar sus habilidades y su
talento.
Una mujer madura dedica tiempo a todo aquello
que la hace feliz, que cree le hace falta para mantenerse ocupada, y/o la ayuda
a liberar estrés.
Afronta los problemas de una manera calmada. Ha
vivido lo suficiente como para decidir de qué modo afrontar las cosas. La
experiencia de la vida le sonríe por poder afrontar situaciones difíciles. No
está pendiente de opiniones externas. Lo que digan los demás, no le importa. La
madurez trae una consciencia individual y no colectiva.
La mujer madura sabe lo que le gusta porque ha desarrollado sus
gustos, deseos. Sabe qué le gusta y qué no, y busca llegar a adquirir lo que
quiere, alejándose de todo aquello que le quite energía para poder lograrlo. La
madurez le enseña a distinguir entre lo que es relevante y lo que no es
importante.
Puede dar consejos. Con su experiencia,
habla de lo ya vivido. Puede analizar las cosas de una forma diferente. Su
capacidad racional y analítica se expanden, y por eso puede ser fuente de
consejos para otras mujeres que no han vivido tanto o que todavía no han alcanzado su
nivel de capacidad intelectual y emocional. De la misma manera, no hace drama
por nada y entiende que cada cosa tiene su lugar y su propósito.
Ha tenido su trayectoria profesional, ha
terminado sus estudios y conoce, como experta que es, su área de trabajo y
cómo ser buena en lo que sea que haga.
La madurez también le trae anexo un sentido de
responsabilidad, el cual se refleja en los compromisos con los demás y en la
fuerza laboral.
La mujer madura recibe preguntas y opiniones de
otras mujeres, porque la madurez es sinónimo de sabiduría, y así es percibida
por las otras. Y le solicitan consejos para ellas poder y saber
tomar sus propias decisiones de todas las clase, porque, obvio, todavía no han
llegado a donde ella se encuentra.
Comentarios
La niña movió débilmente su brazo, sin responder. Su madre no estaba segura de si la había escuchado o era un acto reflejo de los últimos impulsos nerviosos del cerebro que acababa de estrellarse contra el cristal del coche. El suave pelo rubio de la niña, ahora se tornaba caoba. La sangre manaba bajo su cuerpo retorcido, con la cabeza arqueada y la espalda quebrada.
No, no la había escuchado, y mejor. Porque ya no quedaba consciencia ni vida en aquel pequeño cuerpo.
La madre empezó a reírse a carcajadas, enloquecida. ¿A cuántas personas había matado en cuestión de minutos?
Desde que se desvió de la autovía, un río de vidas se llevó por delante. Algunas de ellas en defensa propia. ¿Pero y la de su pobre hija de tan sólo cinco añitos?
Se bajó del coche en medio de la oscuridad y vio que había chocado con otro, que en su interior estaba el cadáver ensangrentado de un hombre. Lloraba y reía y gritaba histérica, todo a la vez, mientras miraba entre el humo del hundido capó el cuerpo de su pequeña, sobre el salpicadero inmóvil, y la sangre y la sustancia gris goteando.
El humo salía. El depósito de combustible se había destrozado. Un reguero corría por la arena bajo el coche. La mujer lo vio y, riendo con rímel corriéndole por las mejillas, cogió su bolso del suelo del asiento del copiloto. Al hacerlo, movió el cuerpo de la niña, la cual al resbalar dejaba un rastro de sangre y sesos que brillaban relucientes bajo la luz del interior del coche.
Seguía la mujer riendo y llorando a la vez, mientras encendía un cigarrillo en el asiento del conductor y le daba varias chupadas seguidas. Luego, bajó la mano izquierda con el cigarrillo en la misma y lo soltó, cayendo justo en el reguero de combustible. Y... ¡horror!
No hace falta meterse en detalles de lo que ocurrió poco después.
El joven agonizante había perdido el conocimiento, cuando lo sobresaltó una llamarada inmensa y un rugido que resonó estruendosamente por el bosque.
Una bola de fuego se alzó en el aire por encima de los árboles, y un humo negro y tóxico empezó a formar una columna hacia las estrellas cuando el fuego disminuyó. Había sido una enorme explosión.
Aquella oleada de muerte irracional no cesaba, y el joven iba a terminar muerto también si no conseguía ayuda médica enseguida. El frío era intenso y empeoraba el dolor de las heridas. La sangre estaba caliente. Había un gusto enfermizo en tocar la sangre que, al menos hacía más soportable la helada. Le castañeaban los dientes y las piernas le dolían. Con cada tiritón, se movía la herida y el dolor volvía más intenso, punzante, causándole un estremecimiento que le originaba más dolor.
Lo mejor era aguantar el dolor y mantenerse lo más quieto posible. Pero aquello era una tortura. Le era imposible permanecer quieto. Imposible ignorar las heridas. Era imposible calmarse.
Pensaba que iba a desfallecer de un momento a otro. También sentía un calor intenso en los muslos y en la cintura, pero el líquido y el sólido que le proporcionaban ese calor no era sangre, eran orín y excremento, que no había podido evitar que se les escapase. Al menos, aunque repugnantes, les daban algo de calor.
Las estrellas no brillaban en la negra noche. Sólo la Luna iluminaba con su luz plateada todos los alrededores, y la blancura del terreno se llenaba de miles de puntitos brillantes de hielo y escarcha. Y como hielo, el líquido del que estaba bañado el joven, también se empezó a congelar en su cuerpo.
Sin posibilidad de salvación, por falta de auxilio y de ayuda médica, poco a poco su vida se iba apagando, consciente, hasta el final.
A Chávez López
Sevilla jun 2003
Mi cuerpo sin pulso no merece el aire que inflama los pulmones, hasta que pare de robar de esta nefasta manera. Perdido en el laberinto de mi vida, deambulo en la penumbra buscando mi ruta, sin idea de cómo distinguir la salida de otros intrincados pasadizos.
Tras varios años de perseguir la luz de la coherencia, he pensado no refugiarme más en las abstractas y vívidas pesadillas del mundo de los sueños, en el que me es fácil caer, y permitir que la ancestral herencia nebulosa rapte la frescura de mi piel y encanezca mis deseos.
He de estar alerta con los ojos bien abiertos, aun rayos del Sol decididos a lidiar con los espejismos sociales, y así, tal vez, tenga la salida de mi laberinto.
¿Y cómo he de desvelar el fluido cristalino de mi mente, si en la cúspide de la mirada vertical se pierde la dimensión de todos los laberínticos muros entre la ciega luz de la conciencia?
En mis venas ladra, rabiosa y celosa, la sangre de una trágica raza de un animal en una búsqueda obsesionada de razones para poder justificar su existencia.
Siempre quiero ser necesitado.
Adoro, pero me avergüenzo del sexo, volviéndolo en un conflictivo preso de mi vida, la razón de mis flagelos.
Soy autodestructivo, narcisista, ególatra, santo, mártir y contradictorio. Lo inmaculado lo admiro, porque, como otros hombres, he ocupado años de mi vida en adiestrarme en la mentira, un arma contra la ferocidad de los míos; y aun eso, consumiéndome estoy por dentro.
Para este laberinto de mis problemas, no hay ninguna salida. El centro de mi mar interior es el cinismo.
No fui tuyo, porque nunca he sido mío. Soy una búsqueda, un accidente de una sociedad en donde las mayorías siguen a las minorías, y viceversa, sin atender a sus inquietudes, imparables, incansables... Mi amo es la vida,
Allí se encontraban, postrados frente al lúgubre ataúd de su amigo Luis, quien había muerto ese mismo día por la mañana. Convinieron mantenerlo en secreto. Eran cinco amigos los que habían estado con él hasta su muerte. No querían ceremonia, ni misa, ni entierro, nada que pudiese evidenciar su muerte.
Cuando murió Luis, los cinco amigos se fueron a la primera funeraria que localizaron en páginas amarillas. Ya en ella, compraron un ataúd, el más lujoso y suntuoso que vieron, y después lo llevaron hasta la casa de Luis. Una vez en ella metieron el cadáver.
Era una grande y estrafalaria mansión, pero agradable en cierto sentido. Dejaron el ataúd con el cadáver dentro en el dormitorio de Luis y después se fueron a curiosear por todas las partes aquel inhóspito palacete.
Encontraron una cocina, repleta de manjares exquisitos y, sin andarse con miramientos, se prepararon una cena, digna del mejor restaurante. Engulleron hasta saciar. Luego se fueron al garaje: había allí tres costosos y lujosos automóviles: un Ferrari, un Volvo y un Mercedes. Sin pensarlo dos veces, se dieron un paseo en cada uno de los coches, como una especie de demostración de rebeldía y también una falta de respeto hacia su difunto propietario.
Después de probar el último de los tres coches, regresaron borrachos a la mansión de madrugada, a altas horas de la mañana.
Una vez que entraron a la mansión se fueron directamente al dormitorio de Luis, y cuán no era su sorpresa que vieron el ataúd de Luis destapado. Les invadió un súbito horror, hasta el punto de que les desapareció la borrachera. Los cinco querían gritar para liberar su miedo, pero no podían porque se quedaron enmudecidos, petrificados.
Pero mayor todavía era la sorpresa cuando comprobaron que el difunto no estaba dentro del ataúd.
De alguna manera, el ataúd incitaba a acercarse, para luego tragarse a quien se acercara. Devoró a a los cinco corroyendo sus esencias.
Primero se tragó a Alfonso, y después, uno a uno, a los demás. El último de ellos fue Romualdo, que sintió una enorme presión, proveniente del ataúd. Dio dos pasos y un ensordecedor ruido, como un fuerte rugido fantasmal, brotaba del ataúd. Aunque tenía miedo y empezaba a llorar, no podía evitar acercarse; como obligada succión, como por el efecto de la gravedad. De pronto, el ataúd saco dos brazos invisibles que lo atrapaban y lo metían dentro del ataúd.
Ya dentro Alfonso pudo ver los líquidos verdosos y nauseabundos que manaban de su interior; sintió su hambre; olió sus gases intestinales; sufrió el dolor de unos dientes en su carne; palideció y, finalmente, engullido fue.
Aquel diabólico ataúd lo ingería todo. Y, además, tenía la fantástica particularidad de que no dejaba rastro.
A Chávez López
Sevilla sep 2007
Me llamo José Manuel y tengo 15 años. Mi familia es pobre. Mis padres nunca están en casa. Se pasan los días enteros trabajando para mantenernos y proporcionarnos la mejor calidad de vida posible. Soy muy extrovertido. No puedo acudir al colegio porque tengo que ocuparme de mi hermana, además de porque tengo que recoger cartones y chatarra y venderlo. Hoy le dado la cena, la he aseado y la he acostado, pero no puedo dormirme porque pienso en cómo poder ayudar a esos niños pobres como yo. Me gusta socializar. Pero todo ha cambiado radicalmente tras tres seguidos acontecimientos macabros que le han sucedido a nuestra desgraciada familia.
Mi padre murió de cáncer. Mi madre, mi hermanita y yo estamos tristes, hasta el punto de que mi madre no lo soporta, se quedó inmersa en una angustia, de la cual no puede salir, y pocos días después se suicidó. Mi hermana, de 4 años, vino corriendo a buscarme y llorando me dijo: “¡mamá se ha ahorcado!”. No entendía el porqué de todo esto, pero mi madre se fue porque no aguantó no ver nunca más a su esposo. Pero sabía que tenía dos hijos y eso no le importó. Después de estas dos desgracias, no había quién trajese dinero a casa, así que tuve que trabajar en la calle, dejando a mi hermana al cuidado de una vecina. Empecé en una tienda como el chico de los recados. Era poco lo que ganaba, pero suficiente para comer cada día mi hermanita y yo y para la guardería de ella.
La muerte de mi padre me dolió, pero el suicidio de mi madre me hundió en la tristeza. No sabía qué hacer con mi vida. Había perdido interés por vivir. Pero fui fuerte e hice algo que a mi madre no le ocurrió hacer: pensar en mi hermanita.
Pero mi hermana era pequeña y echaba en falta a mi madre, aunque con mi ayuda poco a poco iba sobrellevando su ausencia.
Después de un mes, mi hermana enfermó; se quejaba, tenía fiebres extrañas, decía que le dolía el pecho, que se iba a caer, que le temblaban las piernas, se hallaba sin fuerzas. La llevé al hospital y la internaron. Al otro día, el médico me dijo que era el corazón, que la iba a medicar y esperar a que fuese mejorando. Dos semanas más vivió.
Mi vida era un caos. No entendía porqué pasaba esto. Tenía la vida en contra. Era pobre, mi padre murió de cáncer, mi madre se suicidó y mi hermana murió del corazón. Y yo no tenía parientes con los que pudiese contar. Estaba solo en la vida.
Mi hermana falleció porque no encontraron un donante. Iba a visitarla a diario al hospital hasta que me informó su médico que se durmió y no despertó. Estaba yo destrozado, no sabía, no entendía, no quería entender el porqué de estas cosas, el porqué de la vida tan miserable que tuve, que tengo, y que no sé si seguiré teniendo.
Si hay Dios que se apiada de las personas, mi caso era la excepción. Cada día rezaba por mi hermana para que mejorase. Pero nada. Y fue entonces cuando concluí que Dios no existe, que Dios es un mito creado por los humanos para su comodidad. El ser humano necesita algo en qué sostenerse. El milagro, la suerte y la desgracia son parte de la vida.
Hay cosas inexplicables que la gente dice: "decisión de Dios". Pero no es así. La gente, al no saber, lo asocia con el supuesto Todopoderoso.
Cualquiera en mi situación hubiese terminado con su vida. Yo no, con fuerza de voluntad salí adelante, sin ayuda de nadie. Me propuse estudiar Medicina. Este era mi reto porque me culpé de la muerte de mi hermana, sencillamente porque no pude ayudarla. Pensé a veces en cederle mi corazón para que pudiese seguir viviendo, pero mi indecisión fue la que no me dejó coger la decisión correcta, además de que esto es ilegal y ningún médico se comprometería a ello.
Empecé a acudir a la biblioteca local para informarme de todo lo referente a la Medicina. Estudié durante un tiempo. Había aprendido muchas cosas. Pero no era feliz. No tenía derecho a la felicidad.
Un día, una cosa peculiar ocurría. En una persecución policial, se podía oír la sirena de la patrulla a cien metros de mí. Venían a mucha velocidad. El conductor del coche que estaba siendo perseguido giró a la derecha. Estaba yo en la esquina de la calle. Me había quedado paralizado. Vi que el coche, derrapando, venía hacia mí, el chófer había perdido el control. Pero, para cuando salí del estado en que estaba, era tarde. Abrí los ojos con miedo, sorpresa, desesperación y angustia. Vi en un segundo toda mi vida pasar delante de mí. Vi lo feliz que había sido de niño, y vi el cambio radical cuando me volví mayor. Vi la muerte de mi padre y la de mi madre, y también la de mi hermana, y todo lo que pasó después hasta llegar a hoy. Lo único que dije fue: "mi infortunio aún no ha acabado", y, de pronto, el coche perseguido impactó con mi cuerpo.
Periódico local - Sucesos
Ayer, un coche se estampó contra la pared de un edificio, y entre éste y el muro había un muchacho que, con un libro en la mano, iba a clase de Medicina y cuyo ideal era curar a las personas. Seguía aún con vida, tenía los ojos lagrimosos, brotaba sangre de su boca y sus oídos. Algunas personas se fueron acercando al lugar del siniestro, pero cuando vieron que seguía vivo, trataron de levantar el bloque de hormigón, incrustado en su cuerpo, per sin conseguirlo. La policía arrestó al ladrón y ayudó a resolver la causa.
Después de algunos minutos, el accidentado estaba echado boca abajo en el suelo para no ahogase con su propia sangre. A duras penas habló y se movió un poco. La gente que estaba a su lado le decía que no hiciese esfuerzo, que la ambulancia estaba en camino. Pero el muchacho no hizo caso y siguió esforzándose para incorporarse. Con dificultad, sacó una cartulina impresa de uno de sus bolsillos.
—Un bolígrafo -pidió con voz débil, comenzando a expectorar sangre.
Una mujer que estaba cerca puso uno en su mano, y el herido marcó con una “X” un recuadro y garabateó su firma. Era la aceptación de donación de todos sus órganos. Poco después, volvió hablar, sin dejar de soltar sangre a borbotones.
—Si no puedo ayudar como médico, podré ayudar de ésta forma -él hacía referencia a lo que antes marcó y firmó en una cartulina. Pocos segundos después, cerró sus ojos para siempre.
Y esta fue la última acción buena de un muchacho bueno, a pesar de todo lo espantoso que le tocó vivir en vida.
A Chávez López
Sevilla julio 2005
—¿Quieres más? –preguntaba Iván a Isabel, a la vez que movía con el cucharón los trozos de carne entre la pasta.
—¿Quieres que reviente? -respondía Isabel exhibiendo en su sonrisa una perfecta dentadura.
— Entonces me serviré lo que queda.
Iván cumplía su palabra y se servía la última ración disponible. Isabel vertía más vino de la botella en el vaso de Iván. Mientras Iván masticaba, miraba de reojo a Isabel. O mejor dicho: miraba lascivamente el canalillo de Isabel. Es que Isabel estaba buenísima. Iván no paraba de tener pensamientos eróticos con su nueva pareja: alta, rubia, labios carnosos, con ojos verdes, y un cuerpo, ¡oh! Se consideraba un afortunado por haberla conocido. Y de eso sólo hacía días. Ocurría en una comida de empresa, donde dos grupos del sector informático se reunían para cenar y así conocer las impresiones de los demás miembros del gremio.
Isabel e Iván pertenecían cada uno a un grupo diferente. Empezaron a charlar en la cena cordialmente, y al otro día surgía una relación.
Y en un restaurante italiano estaban los dos, diez días después, como una pareja que se inicia en las artes amatorias con amor, deseo y respeto.
La cena era una idea que Isabel aprobaba con agrado. Era una fanática de la pasta. Y esta cena era el primer acto de los tres que componían el plan: pasta, concierto y cama, digo casa… Pero los dos juntos.
Iván, desde esa cena sólo pensaba en pasear su lengua por aquellas dos mamas jugosas, y parecía que esa noche iba a conseguirlo. Tiempo al tiempo. La idea lo volvía a atosigar. "¿Serán grandes, pequeñas, operada, auténticas?’.
—¿Quieres que pidamos postre? -preguntaba en tono cariñoso a Isabel.
—Una bola de helado de fresa con nata, para mí -contestaba esbozando enorme sonrisa, ornada con el rubicundo rojo chillón de sus labios.
—Para mí un café solo. Me apetece hoy estar despejado...
El camarero se acercaba al ver el brazo de Iván levantado. Le pedía Iván los dos postres acordados. El camarero se alejaba después de anotar en su bloc. Como la mesa de ellos estaba en la terraza exterior, cuyo techo era el cielo, Iván se encendía un cigarrillo. Isabel no fumaba, pero tampoco se oponía a que su chico lo hiciese. Él miraba a su alrededor; la terraza estaba vacía ya. Ellos eran los últimos, lo cual lo reconfortaba.
Hablaban de sus últimas y ajetreadas jornadas laborales durante los pocos minutos que tardaba en reaparecer el joven ítalo con una bandeja, y encima lo postres pedidos: una copa de aluminio con una bola de helado de fresa con nata, y un humeante y aromático café en taza de porcelana. Pero cuando la taza tocaba mesa, la puerta del local se abría estrepitosamente.
Los acontecimientos comenzaban a acaecer en forma precipitada. Primero un disparo. Segundo un dolor. Tres tipos con sombreros negros y gafas oscuras entraban en el local. El primero de ellos portaba una repetidora, la causante de aquél horrible estruendo. El primer proyectil daba en el pecho del joven camarero, que caía fulminado con un orificio de entrada en su pecho y otro de salida en su espalda. Un arroyo de sangre tapizaba el mobiliario. Segundos después, el cerebro de Iván se preguntaba por su acompañante.
Iván giraba el cuello. Isabel seguía sentada, con la misma sonrisa que exhibía segundos antes, pero sin el tercio superior del cráneo. Unos grumos de masa encefálica fluían por hilos de sangre, que resbalaban por su tez, acariciando macabramente la comisura de unos labios que minutos antes había besado, para acabar goteando en el canalillo, también castigado por el plomo, que mostraba carne interior de las glándulas mamaria
-sigue en página siguiente-
Los tres enmascotados de negro pasaban de un Iván inmóvil y entraban a quemarropa a las dependencias interiores del restaurante. Cuando el arma rugía otra vez, reaccionaba Iván Se levantaba de la silla con tranquilidad macabra. Caminaba hacia una pared del local, donde se exhibían regalos que podía lograr la clientela por su fidelidad, a cambio de puntos que se obtenían al pagar.
Con la misma tranquilidad, descolgaba de los asideros don katanas y las desenvainaba de sus llamativas fundas, y después caminaba hacia la entrada de la cocina empuñando las hojas afiladas como cuchillas de afeitar. Dos nuevos disparos tronaban en sus oídos. Esperaba escondido tras el marco de la puerta. Los tres capos, una vez cumplida su vil tarea, que consistía en asesinar al dueño y a los empleados del local, se disponían a abandonar con presteza el lugar del crimen. Bajaban corriendo la escalera que llevaba a la cocina desde la planta principal.
Iván oía los pasos, cerraba los ojos y apretaba las empuñaduras. Cuando el primer capo salía, no le daba tiempo a comprender lo sucedido. Un tajo bastaba para limpiamente separar una cabeza cubierta con mascota de un cuerpo que aún sostenía una pistola en la mano derecha. El frenesí se apoderaba por completo de Iván.
-sigue y termina en página siguiente-
Sólo se detenía por puro cansancio. Un amasijo de ropa, carnes y fragmentos óseos, se amontonaban en la entrada de la cocina.
La sangre le cubría casi entero y al mobiliario colindante. Tiraba las katanas al suelo. Se miraba las manos enrojecidas y se agachaba. Tenía que tirar con fuerza de dos dedos del finado degollado para hacerse con aquella pistola. Con parsimonia, se aproximaba a la mesa que antes ocupaba con Isabel. El cadáver seguía rezumando sangre, y la gravedad se estaba ocupando de que cayesen los sesos poco a poco en el alicatado suelo.
Tropezones cerebrales descansaban en el plato de pasta. La salsa cubría algunos de los pedazos. Iván se sentaba, comía helado, y después alargaba la mano y la posaba sobre los pechos de Isabel, que no habían sufrido daño. Le pegaba un pellizquito. Se levantaba y, llorando, abrazaba y besaba la boca inerte de su amor.
—No te dejaré sola.
Cargaba la pistola. Daba dos últimos besos en las sangrientas mejillas de Isabel y a la vez entrelazaba sus dedos con los de la occisa, aún calientes.
—Te amo.
Introducía el cañón del arma en su boca. Apretaba el gatillo. Y de pronto, su cabeza se convertía en un popurrí de sustancias viscosas, astillas óseas y fragmentos de plomo.
PERIÓDICO LOCAL. SUCESOS
Matanza en cadena en un restaurante italiano
Un joven asesina a su pareja y a ocho empleados de un restaurante italiano. Algunos de los empleados eran miembros de "La Cosa Nostra".
Jorge tiraba el periódico sobre la mesa.
—Desde luego, ya no existe el amor.
—Claro que existe. Yo te amo -respondía Andrea con una sonrisa en los labios
El camarero llegaba a tomar nota. Sacaba de su bolsillo de arriba su bloc y su bolígrafo, pero cuando se afanaba en garabatear la palabra “pasta”, las dos puertas del local se abrían violentamente.
A Chávez López
Sevilla ene 2008
Sabes explotar todo tipo de situaciones con estilo.
Gracias, Carlos, por leerme y por colaborar.
De ese relato, titulado "Terror y muertes en cadena", hay dos páginas anteriores.
Arrastraban con notable viveza la diligencia, bajo un Sol de sentencia, cuatro exhaustos caballos tras un largo viaje a través de un paraje árido y pedregoso, por el gran anhelo de cruzar cuanto antes aquel infierno.
El Sol parecía regurgitar sobre la Tierra, cual sopa calurosa de bilis que inunda la planicie con su asfixiante hervor. Cada piedra era una brasa que formaba parte de la parrilla que irradiaba un sofocante calor, por lo que nadie podría sobrevivir, excepto el moribundo esqueleto de un burro disecado, que, al pasar por su lado, nos sorprendió con un gran mugido, como en demanda de un poco de agua.
Dentro de la diligencia, la temperatura era la más indicada para la cocción de alimentos; y yo, rendido ante mi muerte, recostado en el asiento agonizaba en un estado febril. El sudor corría por toda mi anatomía cual catarata. Mi cabeza hervía como en una cacerola, y por mis orejas salían sus vapores de ebullición.
Temía no volver a verte.
Sentada frente a mí, una mujer gordísima vestía vistosas prendas y un sombrero negro, que, inconvenientemente, sufría de problemas gástricos, y en todo el trayecto no dejaba de dar disculpas por las ruidosas ventosidades que se le escapaban, que según ella, era por las incomodidades en el viaje. Su talante jocoso no podía negar su turbación, sin dar lugar a una profusión de risas, que la alternaba con tóxicas emisiones, favoreciéndose en mutuo desarrollo. Pensaba yo que no sería verdad esa exagerada tempestad de truenos y risas, y creía estar sufriendo una pesadilla onírica debido a la fiebre.
El recuerdo de tus jadeos me animaba a seguir viviendo.
El insidioso traqueteo que agitaba toda la diligencia en el trayecto, se volvía trepidante al descender una loma, que por su altura permitía divisar, en la lejanía, el poblado al que nos dirigíamos. Al llegar el llano, en sólo un segundo se desató un oleaje de pulverulenta sequedad, arremolinándose contra la diligencia, zarandeándola, como a un barco un mar furioso, viéndonos obligados a cerrar las ventanillas.
El permanente relinchar de los caballos anticipaba una desaforada carrera, y a galope tendido surcamos una tempestad de arena, al ritmo de caballos desbocados, y a la vez fustigados por el cochero, que oíamos disparar sucesivas veces con su rifle. Pensé que se había vuelto loco. A los caballos azuzaba desquiciado y vociferando blasfemias.
Pero ni el ritmo de la diligencia, ni la euforia del cochero permitían a la precaución que evitase los muchos exabruptos del terreno, produciéndose traqueteos descompasados, por momento vertiginoso, que lanzaban por los aires a la diligencia en un vuelo rasante, camino directo hacia el infierno.
Los pedruscos que había provocaban saltos de la diligencia, haciéndonos rebotar en los asientos y propiciando que, en uno de aquellos rebotes se catapultase la gorda sobre mí, llevándome uno de los mayores sustos de mi vida, y un fuerte manotazo en el rostro, por el que me tenía sangrando la nariz durante el resto del viaje. Aplastado como cucaracha, sentía un descoyuntar de mis huesos y un apretar de mis órganos en fatal exhalación de mi aliento, entonando un gemido moribundo.
Pensaba en tus llantos sobre mi tumba y me sobrecogía por la añoranza.
Disipada la tormenta, maltrecho y resentido y arrastrándome con el resto de mis fuerzas, me asomé por la ventanilla, y con espanto pude ver que los espeluznantes alaridos que me llegaban provenían de una jauría de indios en una actitud belicosa, que, cabalgando frenéticos, nos perseguían a tiro de piedra.
En ese instante, un indio de horrible catadura, se asomó por la ventanilla con un cuchillo entre los dientes, pintado hasta las orejas cual demonio de pesadilla, y con esa cresta de pelo cepillo color rojo, parecía invadido por un espíritu maléfico. Convulsionándose cual cola de lagartija, rompió el cristal con la cabeza y metió la mano para coger a la manilla, pero recogió la mano para taparse la nariz tras prorrumpir una acusada arcada.
Quedó mareado, colgando de la diligencia y agarrándose con la mano. Aun su trance, se me quedó mirando con una perpleja expresión, como si estuviera mirando un monstruo y con el desconcierto y el temor de ver algo inconcebible para él. Pero se calló y se alejó rodando por aquel pedregal.
Yo me quedé petrificado, sometido a un agarrotamiento y en un estado de polaridad que percibía un erizamiento de mi cabellera. La gorda me miró con un gesto de alegría, que consideré inadecuado para ese momento de máxima tensión.
Indios galopando nos rodeaban por todos los flancos, coreando un desgañitado ulular, mientras lanzaban un enjambre de flechas sobre la diligencia. El cochero les arrojaba cartuchos de dinamita, causando mortandad entre nuestros perseguidores.
Pero, súbitamente, una explosión sobre nuestras cabezas dejaba el techo descubierto y pude ver cómo brotaba la sangre del cuerpo sin cabeza del cochero, cual fuente.
Saltaron a la diligencia dos indios enfurecidos, encontrando una firme resistencia de la gorda, que a base de manotazos limpios, como a las avispas, les iba dando tan terrible castigo que espantados huían después los pocos supervivientes.
Cuando todo aquello acabó, abracé y besé repetidamente a la gorda, y desde entonces mi corazón es reo de sus deseos.
A Chávez López
Sevilla mayo 2006
No existo
Todo empezó esta mañana. Salía de la ducha cuando llamaron a la puerta. La abrí y vi un tipo bajito, calvo y con bigote, con traje gris marengo, camisa blanca y corbata verde de seda. Sostenía una carpeta en una de sus manos.
—¿Don Eusebio Miranda? -preguntó.
—El mismo que está viendo.
—Soy inspector de FUSIÓN y vengo a traerle una notificación.
—¿FUSIÓN? Nunca he oído hablar de esa entidad.
—Es un organismo nuevo. Se trata de una fusión de los departamentos del Censo y de Hacienda. El gobierno los ha fusionado en uno para poder solucionar, por ejemplo, casos como el suyo.
—No entiendo...
—¿Me permite pasar? Será más fácil para ambos si le entrego este comunicado y se lo leo tranquilamente sentados.
—¡Claro, por favor, pase, pase...!
—¿Qué ha querido usted decir con “casos como el mío”? –le pregunté, una vez que nos encontrábamos sentados en el sofá del salón.
—Hemos comprobado que lleva años sin pagar sus impuestos. El total acumulado, más los intereses, se eleva a una suma que seguro que no podrá pagar. Y lo sabemos porque lo hemos revisado. Aun vaciando su cuenta en Banco y vendiendo todas sus propiedades, sólo cubre el 566% del total.
—¿Y qué va a hacer FUSIÓN, enviarme a la cárcel?
—Eso no porque supondría que el Estado tendría que mantenerle. Y, francamente, ya nos ha costado usted demasiado dinero.
—¿Entonces...?
—Le denegaremos sus derechos como ciudadano. Ha sido ya eliminado del Censo y de los organismos con las que mantenga relaciones. Y todo esto con carácter retroactivo. Oficialmente usted no existe.
—¡Pero esto es grave! ¿No hay otra manera de solucionarlo?
El tipo aquel me dio un papel mecanografiado que sacó de su carpeta.
—Tenga. Ese es un documento donde se le comunica la pérdida de sus derechos y las gestiones que tiene que hacer para recuperarlos.
Cogí el folio que me tendía, sin saber qué decir.
—Y ahora, si me disculpa, tengo más documentos que entregar y el tiempo se me echa encima.
-sigue en página siguiente-
Lo acompañé hasta la puerta y él desaparecía dentro del ascensor.
Pasado un buen rato, salí a la calle y entré a un bar a tomarme un whisky, y así empezar a digerir aquella extraña visita...
_________________________________________________
Un tal Pepe Pérez estaba sentado en un taburete de la barra de un bar, bebiendo cerveza, cuando un desconocido se sentó frente a él en una silla de una mesa, con un vaso con whisky en la mano; miró a Pérez y empezó a contarle su historia. Al principio, a Pérez le jodía, no podía soportar a los borrachos que se ponen a contar sus penas al primero que pillan, por lo que se mostró indiferente, pero, intrigando le estaba la historia, y fue por eso, que al ver el desconocido la expresión en su cara, se puso a mirar cómo el hielo se iba derritiendo en su vaso con whisky, le preguntó:
—¿Y qué hizo usted después?
El desconocido alzó la cabeza de golpe, como si acabase de despertar.
—Que dejé el papel que me dio sobre la mesa del salón y me marché. Era tarde para acudir a mi trabajo. Pensé que lo leería con más calma al volver a mi casa. Pero no me imaginaba ni remotamente el grave error que estaba cometiendo.
-Y lo primero que hice, antes de coger el autobús que me llevaría a la oficina, fue pasar por el cajero de mi Banco a sacar dinero. Y allí empezaron mis desventuras.
-Una vez metida la tarjeta y tecleada mi contraseña, aparecía un mensaje en la pantalla que decía que la tarjeta no era válida y que quedaba confiscada. Entré al Banco y me fui a la caja. Rosa, la amable cajera, me recibió con una sonrisa y me preguntó en qué podía servirme. Le dije lo que había pasado, y ella me pidió mi talonario. “No lo llevo encima”. “No se preocupe. ¿Me permite entonces su DNI?”.
Se lo di, y empezó a teclear en su ordenador.
—Lo siento, señor, no consta que usted tenga cuenta en este Banco.
—¡Imposible! -dije, confundido-. ¡Llevo gestionando mis transacciones a través de este Banco desde más de diez años! ¡Tú misma me ha atendido en muchas ocasiones!
—Lo lamento, señor, pero no recuerdo haberle visto en mi vida.
—Por favor, Rosa, dile al señor Marcos si puede atenderme.
-Marcos, el director del Banco, que yo conocía desde que ocupó su puesto, años atrás, no sólo confirmó lo que me había dicho Rosa, también me dijo no haberme visto jamás. Pedí, chillé, rogué... Todo inútil. Tuve que salir de allí, bajo admonición de Marcos de llamar a la policía si persistía en mi actitud.
-Al salir miré mi reloj. Era tarde ya. No llegaría a tiempo a la oficina. Eché mano del móvil para avisar que iba a llegar más tarde, pero, tras marcar, una voz grabada anunciaba que el número desde el que llamaba no constaba registrado. Entonces me acordé de lo que me dijo el inspector del FUSIÓN: “oficialmente, usted no existe”. “¡Por qué me han hecho esto!”, grité.
-sigue en página siguiente-
-M subí a un autobús y al abrir mi billetera para sacar el bono, vi que mi DNI no estaba. No podía ser, una cosa es que te hagan desaparecer administrativamente y otra es esta putada. Recordé que había sacado mi DNI en el Banco, y por esto pensé que lo habría dejado allí olvidado, y también pensé que estaba seguro de haberlo metido de nuevo en mi billetera
-Cuando me bajé del autobús, busqué y hallé una cabina de teléfono, y llamé al Banco. ¡Pero ni siquiera recordaba Rosa que hubiese estado allí! ¡Y eso que solo había pasado escasamente media hora!
-No sabía qué pensar ni qué hacer, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando al entrar al edificio de mi oficina, Dani, el portero, me espetó >>>
—Disculpe, señor. ¿A dónde va?
—¿Y a dónde quieres que vaya? A Sampedro SA, por supuesto.
—¿Tiene usted cita?
—¡Por Dios, Dani, ¿es que no me reconoces?!
—No recuerdo haberle visto nunca, señor.
—¡Pero si llevo quince años trabajando en Sampedro SA y pasando todos los días frente a tu portería!
—Lo siento, señor.
Se repitió el mismo episodio que en el Banco, y otra vez tuve que salir pitando, bajo la amenaza de policía. “¡La mano de FUSIÓN es larga con cojones!”, grité de nuevo.
“¡Claro! El papel que me dio aquel hombrecillo, seguro que explicaba cómo salir de este embrollo”, me dije para mí.
Cuando llegué a la puerta de mi casa, vi, sorprendido, que mi llave no encajaba en la cerradura. Frustrado, di varios puñetazos a la puerta, pero, para mi sorpresa, se abrió y me encontré, cara a cara, con un hombretón mal encarado.
—¡¿Qué coño está pasando aquí?! ¡¿A qué vienen esos golpes?!
—¿Quién es usted y que está haciendo en mi casa? –le dije yo.
—¡¿Su casa?! ¡Esta es ¡mi casa!, llevo viviendo aquí cinco años!
Nueva amenaza con la policía me hizo salir de allí a todo gas, no sin antes ver, loco, que no me había confundido de edificio. Debí andar sin rumbo una hora. La cabeza me daba vueltas. “¡¿Cómo lo hacen? ¡¿Cómo pueden borrar así la existencia de una persona?!”. Me irrité de nuevo. Tenía que haber algún indicio o constancia de mi existencia en alguna parte; debía haber alguien que me recordase.
“¡Carmen!”, pensé de pronto.
Entré a una cabina y llamé a Carmen, mi novia.
—¿Sí? -escuché la voz de ella.
—Carmen, soy Eusebio.
—Hola, cariño.
“¡Dios, me recuerda!”, dije, feliz, apartando la boca del teléfono.
—Carmen, necesito verte inmediatamente. ¿Estarás en casa?
—Sí. No pienso salir. ¿Pero qué te pasa? Te noto extraño.
—Te lo contaré cuando llegue. No te preocupes. Estoy bien.
-Colgué y salí pitando hacia la casa de Carmen. Cuando llamé a su puerta, ella la abrió con la cadena de seguridad por dentro de la puesta. “¿Que desea?” -preguntó, después de mirarme.
-Eso me dijo mi novia, y a mí se me cayó el alma a los pies.
—¿Es que no me reconoces?
—¿Debería?
—¡Carmen, soy Eusebio, tu novio desde hace siete años!
—Yo nunca tuve novio.
Espantado y cabreado, salí de allí. Al llegar a la calle, vomité. Estaba mareado y todo me daba vueltas. “¿Cómo me puede pasar esto? ¿Es que nadie me recuerda? Tiene que haber alguien que... ¡Mi madre!”, pensé.
-sigue y termina en página siguiente-
Llamé a mi madre. Reconocí su voz enseguida.
—¿Diga?
—Soy yo, mamá, Eusebio.
—¿Quién?
—Eusebio, tu hijo.
—¿Qué es esto? ¿Alguna broma de esas que hacen por la tele?
—No es ninguna broma, mamá... yo...
—Oiga -me interrumpió-. No tengo ni idea de quién es usted, pero no es mi hijo. Y eso es seguro porque yo no tengo hijos.
-Y colgó. No sé cuanto estuve inmóvil dentro de la cabina, incapaz de reaccionar, hasta que un anciano dio un bastonazo al cristal, exigiéndome que dejase libre el habitáculo.
-He estado todo el día dando vueltas por mi ciudad, caminando sin rumbo, sin prestar atención a nada y con la mirada perdida cual zombi. Hasta que he pasado por la puerta de una tienda de electrodomésticos que hay al lado de este bar.
—¿Y qué pasó entonces? -preguntó Pepe Pérez al desconocido mientras se sumía de nuevo en el hielo de su vaso.
—¿Conoce usted esa tienda? -le dije de pronto.
—La conozco.
—Entonces sabe que en el escaparate hay una enorme pantalla, conectada a una cámara enfocada a la calle. De modo que cualquiera que pase por delante, se ve reflejado en ella.
—Así es.
—Pues bien, cuando he mirado la pantalla pude ver la calle, los coches y los peatones que pasaban, los árboles, los edificios. ¡Todo! Excepto a mí. Yo no aparecía. Y no he podido más, he entrado a este bar dispuesto a coger una borrachera.
—Historia increíble esta suya, que seguro debe tener una explicación razonable para todo lo que le está pasando.
—¿Usted cree? ¿Se le ocurre alguna?
—En este momento no.
—Ya.
—Empero, le diré lo que vamos a hacer. Ahora voy al baño. Esta es mi sexta cerveza y ya mi vejiga no puede aguantar más. Cuando salga, pensaremos en ello.
—Se lo agradezco muchísimo.
-Usted se levantó y se fue corriendo al servicio de caballeros. Estaría orinando un rato, porque seis cervezas dan para mucho. Cuando salió vio usted la mesa vacía y llamó al camarero.
—Paco, ¿dónde se ha metido ese hombre que estaba conmigo?
—Más te vale que no bebas más por hoy, Pepe.
—¿Por qué lo dices?
—Porque has estado solo todo el tiempo.
—¿Entonces de quién es ese vaso de whisky a medio acabar que hay en esa mesa?
—¡Vaya, no lo había visto! No sé de quien pueda ser.
—Qué extraño. Bueno, olvídalo y sírveme otra cerveza.
—¿Seguro?
—Estoy bien, tranquilo. Habré pegado un cabezadita y lo he soñado.
-Usted volvió a sentarse en el mismo taburete, mientras el camarero le servía la cerveza y retiraba la jarra de la vacía y el vaso con whisky sin acabar. Bebió un trago, frunció el entrecejo y dijo a media voz:
-Qué raro. Parece que las cervezas se me han subido a la cabeza. Por más esfuerzo que pongo, no logro recordar que estaba haciendo antes de entrar al aseo de caballero.
Sevilla feb 2007
Fin del lobo del hombre lobo
Una lúgubre noche de Luna llena, el hombre-lobo se sentía mal, antes de atrapar a una de sus víctimas, hasta el extremo de que, tambaleándose jadeante y con fuertes y continuadas taquicardias, abandonaba la persecución.
Durante el resto de la noche sufría de tremendos dolores en los dedos de los pies, y en general en toda su anatomía, así que se fue a su hogar humano para ingerir un analgésico y darse un baño caliente. Aún con la piel peluda y con rasgos lobunos, se puso su batín y sus zapatillas , antes de acostarse se tomó un tranquilizante.
Después de toda la noche sin pegar ojo, a causa de los dolores, al otro día, ya transformado en humano, pero todavía dolorido, decidido se fue a la consulta de su médico, que también era su amigo, que, desconociendo su dicotomía de hombre y-lobo, solicitó a la sección de análisis que le hiciesen una analítica completa, para así ver qué males padecía.
El hombre-lobo pasó retorciéndose tres horas en la sala de espera, hasta que, por fin, una enfermera entró a la consulta con un sobre tamaño folio en la mano.
Los resultados de los análisis eran nefastos: tensión por las nubes, alto el ácido úrico, el colesterol rebasaba el doble los límites establecidos y el elevado nivel de azúcar lo convertía en diabético. Su organismo era un caos para ser un hombre joven.
Además de recetarle un lote de medicamentos, consistente en dieciséis pastillas al día, incluido un protector de estómago y ordenarle, muy en serio, que hiciese a diario un mínimo de cuatro horas ejercicios físicos, también lo sometió a una dieta vegetariana, prohibiéndole, bajo ningún pretexto, comer carne.
Él, que había gozado hasta entonces de las dos facetas, de hombre y lobo, aceptó sin rechistar las órdenes del galeno porque además de que eran terribles los dolores que sufría, no cumplir al pie de la letra lo ordenado podría causarle la muerte
Cuentan que en las noches de Luna llena aparece por las huertas de las aldeas una extraña figura que, triste y cabizbaja, recoge coles lechugas, rábanos... avergonzada, mientras los hortelanos dueños de las huertas creyendo que pudiese ser un ladrón disfrazado, le tiran piedras y de todo para ahuyentarla.
Pero el hombre-lobo toleraba este severo castigo con resignación, sobre todo por reconocer que era debido al escarnio de la intransigente sociedad
Sevilla feb 2006
Hola, hijo.
Cuando salí de nuestro pueblo y empecé este viaje en búsqueda de conocimientos, te prometí hacerte llegar noticias mías y también información de los extraños lugares que hasta ahora he podo ver.
Te hago saber que a un mes de haber partido y después de recorrer grandes distancias es poco lo que he aprendido; el mundo responde a las mismas reglas, por lo que más allá de pequeñas diferencias en la disposición de las cosas, en nada difiere nuestra tierra de las que hasta ahora he recorrido.
Si esperas relatos de extrañas criaturas te diré que desilusionado quedarás, ya que sólo faunos como nosotros y náyades como las del otro lado del río es lo que he hallado en mi caminar. Pero en cuanto a costumbres y a leyendas, llevo la cabeza llena y rebosante el corazón, pues pródiga es esta tierra en estas cosas.
La que más fresca tengo en mente por la impresión que me ha dejado, por haberla vivido en carnes propias y por haber variado el destino de mi viaje, es la del "árbol del olvido".
Ocurre, según he comprendido, que en esta parte del bosque que cubre las montañas que desde las rocas altas del río se pueden ver hacia el Sol naciente, las náyades son más bellas que las que conocemos, y también más longevas, como tres veces más largas sus vidas que las de nuestras vecinas, pues llegan a contar doce veces cien en su mayoría, y algunas han sobrepasado las veinte veces cien.
Dicen los que de ellas tienen conocimientos que vivir tanto, pesa sobre sus cabezas y sus corazones de tantos recuerdos que amargadas acaban pidiendo la muerte desde la mitad de sus vidas y maldiciendo la longevidad que otras razas envidian.
Hace mucho, una de ellas, de que no me han dicho su nombre, descubrió por un casual el árbol del que te hablo.
La náyade que te relato vivió tres veces cien de su vida, sin conocer el Amor, hasta que de alguien se enamoró, pero quien lo cuenta no tiene memoria de su nombre. Vivieron felices en el bosque un Amor que los colmaba, sin pensar en el mañana. Pero el amado fue envejeciendo, mientras ella conservaba la lozanía que la convertía en la más bella de su especie. Empero, el tiempo mató a su amado y sobrevivirlo tanto tiempo enloqueció a la náyade, que una noche se internó en el bosque en busca de la muerte, que creía debía llegarle pronto a raíz de las salvajes bestias que allí moran o de los seres humanos que lo recorren, matando toda vida que se les atravesase.
Pero increíblemente para ella y para los que hemos conocido este relato, sobrevivió al primer día entre montes, y cuando llegó la noche, segura de que en la oscuridad habría de cumplirse su destino, se posó bajo un añoso árbol y reclinando su espalda contra su áspero tronco, la muerte esperó.
Parece ser que antes llegó el sueño y pasó la noche sin que ningún hecho alterase la tranquilidad de esa parte del bosque. Con la aurora y el murmullo de los cantos de los druidas, festejando la aparición del astro soberano, volvió la conciencia a su cuerpo y la náyade despertó, no recordando el motivo de encontrarse en el bosque, y aunque algo comprendía de sus pretéritos recuerdos, no lograba precisarlos; los había olvidado. El recuerdo de su amado, el de su propia felicidad y el de su posterior pena, habían dejado en su cabeza una nube de piadoso olvido, y, atravesando el bosque, volvió a su morada.
Las náyades de esa región, que sabían de su tristeza y de la decisión que había tomado, asombradas estaban de verla retomar la rutina de su vida, y lo más insólito, cantando por los senderos mientras recogía nueces, almendras y castañas, su sustento diario.
-sigue y termina en página siguiente-
Tan extrañadas estaban que organizaban un cónclave entre las más ancianas, para tratar el tema y se preguntaban: "si sufrimos como antes ella, ¿podríamos ser felices como lo es ahora ella?'.
Convencidas de que eso era posible por algún conjuro secreto decidían preguntarle para disfrutar también de la esplendorosa oportunidad. Al ser la interpelada, sólo pudo contar lo que vagamente recordaba de aquella noche, que no debe de haber diferido mucho de lo que yo te cuento.
Puestas al tanto de todo lo ocurrido, las náyades concordaban que el secreto debía estar en ése árbol; la afortunada, también de acuerdo, las guiaba hasta él. Una por noche y por riguroso orden de edad, dormían bajo el tupido follaje, perdiendo sus tristes recuerdos y recuperando su felicidad.
Desde entonces hasta ahora, cuando una náyade comienza a cambiar su juvenil carácter por ansiedad, las más viejas la llevan al bosque, a dormir bajo el árbol.
Hasta aquí la historia debe parecerte inverosímil como a mí me hubiera parecido, si no mediaran circunstancias especiales, que paso a referirte.
Antes de conocer los hechos, ya que era la primera noche que pasaba en este lugar, me hallé en un bosque al anochecer, y cansado detuve mi marcha junto a un arrollo donde refresqué mis pies en agua fresca y clara.
Cené tallos tiernos de hierba y busqué un lugar donde dormir. Sabes que a mi edad creo tener la vida aprovechada y, no temiendo la muerte, no gasto tiempo en precauciones, así que decidí pasar la noche bajo un árbol. Como te podrás imaginar, el árbol elegido al azar, por rara casualidad, es el mismo de esta historia.
Avanzada la noche pude conciliar el sueño y en esas horas los recuerdos de mi infancia y mi juventud volvían con nitidez, y los detalles más insignificantes se me presentaron palmariamente y nada escapaba a tan inaudita revisión.
Desperté al amanecer, recordando vivencias insólitas de mi pasado; por ejemplo, el lugar exacto donde dejé mi primer juguete, lo que no pude recordar en su momento teniendo que darlo por perdido.
Confundido con mi nueva dimensión de mi memoria, a punto he estado de dejar el viaje y regresar a casa, junto a ustedes en ese instante para pasar lo poco de vida que pueda quedarme, más entregado a todos los recuerdos de lo conocido que al aprendizaje de lo ignorado. Pero ha querido el azar que al emprender la vuelta topase con un campamento de nuestros congéneres y, bien recibido, conté mi extrañeza e informados me pusieron al tanto de la historia.
Supongo que, como a las diferentes especies, el árbol afecta distintamente a faunos y a náyades, bendiciendo a ambos.
A aquellas longevas, quitando de sus almas los recuerdos que en sus largas vidas van acumulando, y a nosotros, que sólo vemos unos pocos inviernos, potenciando nuestras vivencias para que nuestras cortas vidas sean más plenas.
Querido hijo, el mundo guarda aún muchos secretos para los de nuestra raza, pero creo conveniente dejar a la gente joven la tarea de desentrañarlos. Regresaré a tu lado y te prometo, junto al calor de la hoguera y con un buen café de por medio, contarte el resto de las leyendas que hasta ahora he podido conocer.
A Chávez López
Sevilla abril 2004
Cuentan anales del Olimpo que un mediodía Zeus, aburrido de néctares, de ambrosía, de maná y de otros rutinarios alimentos divinos, encargó a Minerva –diosa de la sabiduría- que bajase a la Tierra para hablar con los humanos y a ver si que le podían proporcionar un nuevo plato que deleitase plenamente a su divino paladar.
Minerva quiso complacer los deseos de Zeus, y es por ello que visitó -con esta específica misión- todas las regiones, ciudades y pueblos de los humanos, con la ilusión de hallar en alguno de esos lugares un manjar que pudiese satisfacer al exigente paladar de Zeus.
En su gira culinaria visitó Esparta, Corinto, Lidia, Doria, Ática, Troya, Acaya Argólida, Mesenia, Eolia y Jonia.
Y poco después, cuando Minerva se encontraba frustrada por no haber podido encontrar en ninguno de esos lugares el manjar que Zeus requería, una estrella especial la llevó al territorio de Astures (Hispania).
Los amables y serviciales humanos, habitantes de una región del norte de Hispania, eran criaturas sencillas, trabajadoras respetuosas, altruistas, hospitalarias…
De pronto atravesando Minerva una aldea de Astures, percibió un olor mágico que salía de una humilde cocina.
Su divino olfato se percató enseguida de que en aquel lugar estaba la gran y definitiva solución para el Olímpico culinario, problema del aburrimiento de los dioses por comer siempre lo mismo.
Entró presurosa a aquella casa y vio a una anciana mezclando en una olla garbanzos con morcilla, chorizo y tocino, además de aceite, sal, vinagre y otros aderezos. La saludó y le pidió que le permitiese probar aquel potaje, y con sólo medio bocado, ¡oh! Minerva sabía que la fabada sería para siempre el mejor de los alimentos olímpicos.
Varios días después, Minerva se presentó en el Olimpo con aquel primitivo plato. En un principio, todos los dioses desconfiaban de su apariencia, pero el olfato les decía otra cosa. Una a una, todas las deidades olímpicas iban llevando a la boca la fabada con su morcilla, chorizo y tocino, y en cuestión de dos o tres minutos, Minerva tuvo que ordenar a los acreditados cocineros del Olimpo que copiasen la receta de tan exquisito guisado y que cocinasen cientos y hasta miles de raciones.
Y desde aquel legendario día, cada vez que se celebra algo importante, privado u oficial en el Olimpo, los banquetes de Zeus tienen como plato principal la fabada.
A Chávez López
Sevilla oct 2003
Sasha
La guapísima y escultural Sasha, de apellidos rimbombantes, llegaba a Sevilla una tarde de abril en un tren AVE que había partido desde la estación de Atocha de Madrid, para visitar y divertirse un poco en la Feria de Abril de la capital andaluza.
Una vez que a escondidas ingirió, sin agua, un bote entero con vitaminas D3, era llevada en una limosina negra, junto con sus dos guardaespaldas, desde la estación del ferrocarril Santa Justa, hasta el Hotel Alfonso XIII, justo al lado del grandioso monumento de la casi seis veces centenaria Universidad de Sevilla.
Aún estaba acomodando su equipaje en los espaciosos armarios de la suntuosa suite, cuando los rumores de su inaudita presencia recorrían las calles de la ciudad. Amenazadas se sentían las hembras por aquella despampanante anatomía, y alborotados los machos por la presencia de una jaca de tantos quilates.
Cuando fue a cenar al restaurante del hotel, muchos ojos masculinos y también femeninos la escrutaban, deteniéndose en sus curvas. Era una mujer esbelta y con un cuerpo que parecía esculpido por algún ínclito escultor. Y siempre vestía a la última moda prendas exclusivas de afamadas boutiques, que las lucían sus firmes pechos y sus siluetadas caderas, que excitaban a los hombres y a las mujeres ofendían.
Como era de prever, las lenguas comidillas no tardaban en aparecer, pero más por envidia que por otra cosa, porque todas ellas partían de ladinos labios femeninos.
“Con ese nombre que tiene tan exótico, debe ser una tía lagarta devoradora de varones incautos”, decían algunas.
“Cuentan que cuando lleva hombre a su cama, fríamente se despoja de su ropa, dejando a la vista su desnudez llena de escamas, y antes de que a su iluso amante le dé tiempo a reaccionar, se lanza sobre él y lo devora sin piedad”, comentaban otras.
“En el 1901 arribó a Sevilla una mujer con similares hechuras, y en el 1932, vino otra de parecidas características, por lo que, quizás, fuesen su madre y su abuela”, largaban las que habrían indagado su vida por su cuenta, quizás por Internet.
Pero, a pesar de esas habladurías, doce caballeros de la alta sociedad sevillana, haciendo caso omiso a esos chismes callejeros, cogían la vez para conocer y posiblemente degustar a aquel bombón, como parte primera de intenciones más elaboradas.
El primero que lograba salir con ella era el Conde de Peris, Don Luis de Peris; un señor casado y millonario. Eran vistos acaramelados en restaurantes de cinco tenedores y hoteles de cinco estrellas, hasta que el afortunado y a la vez desafortunado conde de Peris misteriosamente desparecía, lo que incrementaba aún más los rumores femeninos locales sobre la enigmática Sasha.
El segundo era Don Lucio de la Cerra, Marqués de la Cerra, un señor comprometido y padre de familia que se atrevía a pasear de la mano con Sasha por los jardines del Parque de María Luisa, sin importarle las consecuencias conyugales de su hecho.
Y así, hasta completar la docena de aristócratas, todos ellos millonarios, guapos y con buena percha, que Sasha iba degustando en la cama, y repetía con algunos, porque, además de un ser una fémina despampanante, también era candela pura.
Al comisario Casimiro Días, del distrito Centro, le atraía Sasha. Se asomaba a la puerta de la comisaría cada vez que la veía pasar, para deleite explosivo de sus globos oculares.
Díaz se reía de los chismes que relacionaban a Sasha con la desaparición de Don Luis, y a la vez sentía celos de Don Lucio, que ahora disfrutaba del violín de Sasha, que era el que más veces lo había tocado, y en general odiaba a todo hombre que había humedecido las sábanas de aquella impresionante dama.
La reprimida esposa de Don Luis acudía una mañana a comisaría para denunciar a Sasha de haber devorado a su marido.
Aun sabiendo que esto era un absurdo, Díaz enviaba una citación a Sasha, con la idea de que se presentase en comisaria para declarar.
Esto constaba el informe del comisario Díaz:
"Esto no es más que un trámite de la Jefatura Central de la Policía de la ciudad de Sevilla, para valiumcincomizar los súbitos celos de su esposa".
Pero Sasha jamás se presentó en comisaría. La policía revisó la suite y la halló vacía. Aquella esclarecida huésped había desaparecido sin dejar el más mínimo rastro, pero no sin antes abonar religiosamente su quincena de estancia, además de los servicios complementarios, acompañado todo de una exquisita propina.
Ante tan obvios hechos, Díaz tenía la obligación de responder a la demanda de la esposa del desaparecido, y emitía el siguiente comunicado:
"Es obvio que la señorita Sasha y Don Luis de Peris se han fugado. Pero no hay suficientes elementos de juicio para poder concluir formalmente una acusación contra ellos".
Y así fue, los dos amantes se habían dado a la fuga. Pero en el anterior informe se había cometido una significativa omisión, que nadie se había dado cuenta de ella. La señorita Sasha y Don Luis de Peris, en efecto, habían huido de Sevilla, pero dentro de su aparato digestivo.
Sasha de día
Sasha de noche en la cama
Sevilla sep 2005
Sé que todo esto es producto de tu larga y fructífera vida. Creo que tienes material no para uno solo, sino para muchos libros con ilustraciones.
Tres vampiros y sus tres vampiras
Dice la historia que, desde un tiempo inmemorial, los vampiros y los licántropos son enemigos mortales, y en los enfrentamientos de los unos contra los otros, siempre han ganado los licántropos. Pero todo cambia con el transcurrir de los años.
Me llamo Anto y soy vampiro. Desde que nací, me han entrenado para seguir las órdenes del aquelarre jefe, y sobre todo, me han entrenado a conciencia para liquidar a nuestros enemigos acérrimos: los licántropos.
Ahora tengo mil doscientos años, y continúo con el mismo trabajo: matando a todos los seres que para el aquelarre representen un peligro. Constantemente cambio de país, ya que pues en mi vida he aunado infinidad de enemigos, que harían un festín si me viesen muerto. Vivimos en la misma casa mis dos hermanos, Ento y Onto y yo, con nuestras esposas vampiras, Fila, File y Fili.
:)Ento es magnífico con el arco y la flecha; posee una gran vista y una puntería impecable. A Onto le van más las artes mágicas, los conjuros y los sellos. El único problema de los dos es que son muy perezosos, y, al final, todo el trabajo duro y no tan duro termino por hacerlo yo solo.
Soy muy bueno con la espada. Me gusta más la lucha cuerpo a cuerpo que los ataques a distancia. Tengo agilidad y una velocidad de relámpago, dos grandes habilidades que me ayudan en mis ataques.
Una tarde de la estación Otoño nos llegó una misión a ejecutar en el sur del territorio en el que entonces vivíamos. 150 demonios de la clase H, como los cataloga el aquelarre jefe, estaba produciendo estragos en un pueblo pacífico, por lo que nuestro trabajo era eliminarlos a todos.
—¡Nada mejor que una misión así antes de cenar! -exclamó Anto.
—¿No tienes otra frase más original? ¡Siempre dices lo mismo, dependiendo de la hora y del día que sea la misión! -replicó Ento.
—Uno que yo conozco se levantó hoy con mal pie -dijo Onto, riéndose.
Cuando llegamos al lugar del ataque nos escondimos para analizar la situación. Todo se encontraba en la mayor de las ruinas. 150 demonios H habían incendiado casi todas las casas y había muchos heridos. Afortunadamente, ninguno grave.
Hablé con mis dos hermanos:
—Concentrarse en lo que vamos a hacer. Ento, busca un terreno alto. Y tú, Onto, me vas a cubrir, pero antes pon barreras para sellar la zona. No quiero que nadie pueda entrar o salir, mientras permanezcamos en este infierno. Yo me encargaré de lo demás.
—¿Desde cuándo eres tú el líder? -me reprochó Onto.
—¿Tienes tú un plan mejor? ¿Quieres ser tú el jefe? -le pregunté.
—No. Seguiremos tus instrucciones.
—De acuerdo. Cuando todo acabe, nos iremos a casa -y nos separamos.
Entré al pueblo y esperé a que Ento sellase todo el lugar. Luego, esperé a que Onto se posicionase. Eché un último vistazo y desenvainé mi espada. Sin más espera, corrí hacia donde estaban los 150 H, y los maté uno a uno. No era un trabajo fácil, porque medían casi tres metros y eran fuertes y resistentes.
Después de que sólo con mi espada matase a los 150 H, entre los tres nos ocupamos en curar a todos los heridos, y luego no entregamos a reconstruir las casas destruidas. Y sin resquicio de cansancio y derrota, y comprobando que todo quedaba en perfecto orden, nos encaminamos hacia nuestra casa, dictante treinta kilómetros de donde estábamos y nuestras esposas siempre nos esperaban con ganas para... bueno, para… "eso" Llegamos y cenamos veinte filetes de ternera con patatas cada uno, diez lenguados con guarnición de verduras cada uno, y todo ello acompañado con dos litros de zumo natural de naranja y tres bollos de pan cada uno y, finalmente, los despampanantes y explosivos cuerpos de nuestras ardientes esposas, consiguieron derrotarnos.
Sevilla feb 2005
El amor es lo que mueve al mundo, con lo cual cuando una mujer tiene incrustada en la cabeza la imagen de un hombre que la hace tilín, suspirar y transpirar, hace cosas que ni ella misma entiende, algo que si lo ven en otras mujeres le parece ridículo, pero cuando le ocurre a ella, no puede controlarlo.
Desde lo más tonto como escribir su nombre junto al suyo, hasta imaginar cómo sería su boda. Estas son cosas que toda mujer enamorada ha hecho y es hora ya de que el mundo lo sepa. Por eso menciono cosas realmente extrañas que hacen las mujeres cuando están enamoradas.
Se muestran desinteresadas
Incluso hasta cuando saben que tú le gustas y están detrás de ti tratando de acercarse, inconscientemente se vuelven las más desinteresadas y difíciles. Es una ley femenina que hasta la fecha no está aclarada del todo.
Dan celos si tienen la oportunidad
Cuando les gusta un hombre piensan que nada será peor que cuando él se entere que le gusta. Por eso hacen de todo, hasta darle celos con otro esperando su reacción. Ridículo, pero lo tienen que aceptar, todas lo hacen.
Mandan sus conversaciones con él a sus amigas
Vergüenza deberían darles, pero no, porque sienten mariposas dentro y se les pone una cara de tonta que no pueden con ella; y es que el estar enamorada es como una locura socialmente aceptada, por esto creen que es normal enviar la captura de pantalla de tus charlas con él.
Se enojan y se encelan, aunque no sea su novio
Está comprobado que cuando el hombre que les gusta lo ven hablando con otra, dejan de ser ellas mismas y se convierten en el monstruo de los celos.
No pueden evitar mirarlo a los ojos
Cuando más les gusta un hombre, es inevitable mirarlo a los ojos, sobre todo cuando lo que más quieren es que él haga que las miren.
Se refieren a él como su novio, aunque no lo sea
Siempre que hablan de él con otra mujer, lo refieren como ‘su novio’, aunque no sea su novio formal, pero es porque les encanta cómo suena.
Antes de dormir imaginan cómo sería ser su esposa
Es ridículo y finalmente acaban hasta molestas consigo mismas por no saber controlar los pensamientos cursis, pero la verdad es que cuando les gusta un hombre no hay nada que puedan hacer contra eso, pues su cerebro está conectado a lo que más desean en su inconsciente.
Lo hacen esperar antes de responder a un mensaje
Esto es de lo más tonto y primario que existe en un cortejo, pero, honestamente, el amor es un juego, y para ellas es importante hacerse de rogar, pues no quemarán tan fácil con él ese cartucho, sobre todo porque el hombre le encanta.
Les manda mensajes "por error"
Sí, claro. No hay mujer enamorada que no haya hecho eso. Es tan tonto que ellas mismas lo saben, pero la burbuja del amor las tiene atrapada dentro, así que es difícil controlar las ganas de hablar con él por alguna razón en especial.
No pueden evitar las risitas nerviosas
Es gracioso ver cómo se ponen coloradas y les sudan las manos, que probablemente sea de un chiste que él le cuente, pero cuando están con él, no pueden evitar dejar de reír de puros nervios sólo con pensar que en cualquier momento pueda preguntar: "¿quieres ser mi novia?".
A Chávez López
Sevilla mayo 2007
Todas las mujeres se comportan así, y el chiste es no caer en el juego del gato y el ratón.
Cuando una mujer me ignora, y me doy cuenta para dónde va la jugada, yo hago lo mismo, pero soy caballeroso, la saludo, le sonrío y hago como que sigo adelante con mis cosas y actividades.
Algo que no me ha fallado es que procuro que me vea platicando con dos o tres chicas, no con una sola, sino con varias. Sus ojos me lo dicen todo, si está interesada en mí o si realmente no le importo.
Si veo que no le importo, pues a otra cosa mariposa. Sigo mi vida como siempre y tarde o temprano ella dobla las manos y procura entablar una plática conmigo.
Y ahí es donde analizo cómo barajar mis cartas.
Pero si sus ojos me dicen que le intereso, hago algo que le llame la atención, como llegar con unos amigos y toco la guitarra como si estuviéramos conviviendo entre nosotros.
Eso nunca falla. Recuerdo que de joven terminaba con ella en una fiesta, bailando, o en un parque de diversiones, o en el socorrido cine, en el cual ni siquiera me enteraba de qué iba la película.
Tú, sombra, que siempre me acompañas a todas partes; tú, mi sombra, que te arrastras para seguirme; tú, sombra, que caminas y descansas conmigo; tú, sombra, que eres mi fiel compañera desde niño hasta ahora. ¿Cómo no hacerte en este momento un guiño? Agradecido te lo hago porque siempre me acuerdo de ti, de las carreras que echábamos juntos, de cuando me escondía para que no supieses de mí. ¿Te acuerdas, sombra mía, la de veces que intentaba pisarte y nunca lo conseguí?
Una tarde, cuando más lucía el Sol, pensaba que te perdía y hasta que aguantaban mis piernas no dejaba de correr ni de mirar hacia atrás y tú siempre me seguías; cuando no podía más, caía rendido bajo un árbol y abría los ojos sorprendido y que tú no estabas. No sabes cuánto disfrutaba de haberlo logrado, pero no tardaba en sentirme nostálgico por haberte perdido: la sombra del árbol te había engullido, y quedabas inmóvil en torno a mí, pero no acertaba a entender por qué no podía ver mi sombra y sí veía la del árbol.
Tumbado sobre la hierba de aquel jardín, que ya no existe, un buen rato pensando en ti me tuviste, y de lo poco que podía entender, por mi corta edad, no sin darle vueltas a tu compañía, no podía evitar pensar que eras mi mejor amiga, que nunca me dejaba atrás, la que en todo me imitaba y en silencio caminaba siguiendo mis pasos a todo lugar.
Hablaba contigo, mi sombra, sabiendo que no me ibas a contestar, así no me sentía solo en aquellos hermosos días de Sol que sólo existían cuando yo era un niño y tú mi mejor amiga, las cosas como son.
Aquellos días distan de los de hoy. Allá lejos, en un tiempo que no volverá, quedó el niño y quedó su sombra, quedaron sus sueños. En aquellos amaneceres, quedó mi amiga y yo me traje los recuerdos que repasándolos hoy no puedo evitar un sentimiento de haber perdido una amiga que, aunque sigue aquí todavía, es como si no existiera, porque con ella al niño perdía. Ojalá que no lo perdieras, pues al hacerse mayor, una sombra la tiene cualquiera y sólo te acuerdas de ella cuando falta el sol y no es de la sombra de quien te acuerdas, sino de que el tiempo se pone peor y puede que llueva.
Hoy, mi sombra, me cobijo detrás de la pantalla de este ordenador, para seguir hablando contigo, porque no tengo el valor de hablarte por la calle como lo hacía en el antaño, y que conste que por mí no es, es por tantos locos que hay sueltos y que pueden llegar a creer que por hablar con mi sombra el loco soy yo. Y te pregunto ahora: ¿Qué diferencia hay en hablarte a ti y quererte o hablar con sombras hechas letras que aparecen en mi pantalla para hacerme sentir bien?
Como tú lo hacías antes con tu compañía proyectada por el Sol, lo hace hoy este escrito, que aunque no sepas de quien son, para mí acaban siendo sombras amigas que quieres que aparezcan cada día en esta pantalla mía.
Yo sigo siendo el que era, pero hoy las sombras me llegan desde todos los rincones, con acentos, puntos y guiones, que crean en mí ilusiones como las creabas tú ayer. Se hacen mis amigas y las quiero como te quería a ti, pero con la diferencia de aclarar que las de hoy te contestan, se enfadan a veces, te rechazan algunas y te aceptan otras, sombras en mi pantalla, tan amigas como tú, que se mueven de otra manera, pero llegan a mí como sombras en las que puedo leer y a través de ellas intento a sus dueños conocer, y si lo logro veré detrás de ellos sombras, igual que tú.
Creía en ti, incluso cuando no había luz y siempre apareciste con el cielo despejado. Te pido, si algo te puedo pedir, que me llega a través del Internet, por este bosque de sentimiento deshojado que te incorpores de tus renglones para poder oír mi voz y en vez de hablar yo conmigo que hablemos los dos. Siempre hablaré contigo, y lo sabes, sin esperar respuesta, a estas alturas y con todo lo vivido, hablar solo no me cuesta, pero mi alma se anima cuando alguien me contesta…
Hasta siempre, sombra mía. Hablar contigo me guía
A Chávez López
Sevilla ene 2005
El cerebro es un órgano sexual, incluso más poderoso que los genitales, es donde deriva el deseo sexual, por eso decir marranadas con tu pareja en la cama es excitante. Cuando uno o los dos hablan suciamente se está acariciando los órganos adecuados.
Se establece como rol fundamental que el cerebro tiene en la actividad sexual. El deseo sexual se origina en el hipotálamo, que es responsable de la producción de testosterona en los testículos.
El hipotálamo, que es de mayor tamaño en el hombre, significa que se produce más testosterona circulando para estimular un deseo sexual. Por contra, el hipotálamo, que es más pequeño en las mujeres, y el nivel bajo de testosterona, implican que su deseo sexual es menos fuerte que el del hombre.
Decir obscenidades haciendo el amor con tu pareja, genera una experiencia en la mente y el cuerpo. Hay personas que disfrutan diciendo “cosas sucias” porque esto activa las regiones del cerebro mientras que el cuerpo también se está estimulando. En el cerebro se activa una charla obscena.
Por ejemplo:
Las mujeres de carácter fuerte en la vida cotidiana y en el trabajo, gozan convirtiéndose sumisas en la intimidad porque ello estimula la amígdala, que es una región del cerebro del centro de miedos y está involucrada con la emoción y con el placer durante el acto sexual.
Los susurros, los gemidos y los gritos, acompañados todos ellos de palabras obscenas, están procesados por el centro de control auditivo del cerebro, incluyendo:
EL LÓBULO TEMPORAL
EL LÓBULO FRONTAL
EL LÓBULO OCCIPITAL
La mente es una zona erógena, y las palabras son la mano que la estimula. De cómo se organizan las zonas erógenas es una prueba de la importancia que tiene el cerebro para determinar el deseo y el placer sexual.
Como dice el dicho: “verbo mata carita”.
A Chávez López
Sevilla mar 2006
Todos hemos escuchado alguna vez, frente a determinadas situaciones estresantes, una voz interior que susurra un sibilante consejo para superar algún problema puntual que encaramos. Pero, a veces, solamente aceptamos la sugerencia como si de ley se tratase, y automáticamente pasamos olímpicamente de ella, no bien superamos esa encrucijada coyuntural.
Y normalmente hacemos responsable de esta voz a la Conciencia, con la pragmática pretensión de ocultar nuestra ignorancia al respecto. Por desconcertante que nos pueda parecer, desconocemos el verdadero origen de la voz.
Cuando creemos que la vocación o el oficio de nuestra vida es, por ejemplo, la abogacía, escuchamos esa voz. En la actualidad, somos abogados y odiamos nuestro trabajo.
Cuando conocíamos a una mujer y sentíamos que jamás podíamos amar a otra, la voz reafirma nuestras impresiones con su opinión favorable. En la actualidad, estamos solo y divorciado.
Cuando nace muestro único hijo, decimos que va a superar en todo a su mediocre padre, pero la voz no estaba de acuerdo con nosotros, porque nuestro hijo, influenciado quizás por esa vorágine de vicios o por el consumismo puro y duro actual, o por mal guiado por malas compañías, se arrastra por la vida, perdido y sin rumbo.
Maldecimos con todas nuestras fuerzas a esa repulsiva voz, que hace de nuestra travesía por la vida un perenne Gólgota. ¡Somos culpables de todos nuestros males! -gritamos con ira.
Y, entonces, la presencia se revela junto a nosotros en el mismo reducto de la mente que habitamos en soledad que pensamos de exclusiva propiedad. Pero no somos uno más de nuestros propios pensamientos. Descubrimos un velo de inconsciencia, como un ladrón que roba joyas de cualquier casa, que el legítimo propietario creía suyas, palideciendo a consecuencia de la impresión recibida.
Y así vamos, sacudiéndonos nuestros fueros internos, deseando que ello sea debido a un trastorno mental pasajero o a un desdoblamiento de personalidad (bipolar). Escuchamos sus palabras hacia nuestra persona sin prestarse a dudas. Jamás escuchamos una voz más espantosa:
No se te ocurra culparme de tu mediocridad, memo. Los consejos que has recibidos te indicaban las mejores opciones a seguir. Has sido tú, inepto, quien las has truncado y desaprovechado por desidia. Naciste siendo un perdedor y así vas a morir. Ni por asomo creas que te di mis consejos por amor u obligación. Para mí no eres más que una carcasa de carne vacía que necesito para seguir perpetuándome. Tampoco debes verme como un ente informal. Yo cumplí con mi parte del pacto, del cual los dos somos los beneficiarios. Que tu propia ineptitud haya osado desaprovechar la ayuda recibida, no es asunto de mi incumbencia.
Y reconociendo que la cosas es triste e ineludiblemente verdadera, apenas si acertamos a balbucear una pregunta:
- ¿Y quién eres tú?
Y después tenemos que admitir, sin reparos, su respuesta:
¿Yo? Yo soy tu necesidad por excelencia.
A Chávez López
Sevilla feb 2004
La homosexualidad no es una ofensa, ni tampoco es una enfermedad, ni siquiera una condición: es, simplemente, una tendencia sexual.
A Chávez López
Sevilla jun 2007
La juventud actual
La juventud de hoy en día
hace guiños a la excentricidad y al ocio,
es egoísta, maleducada y despectiva,
es también autoritaria y desagradecida,
desprecia olímpicamente las leyes,
no respeta a sus mayores,
culpa a sus padres de sus frustraciones
y critica todo en lugar de estudiar o trabajar
(Hablo en general. Sálvese quien deba)
Sevilla jul 2009
Una mujer madura es un símbolo de respeto y confianza.
Con el paso de los años, se van dando cuenta las mujeres de que los conceptos y las prioridades cambian. La madurez les llega con el paso del tiempo y con las experiencias adquiridas en la vida.
Una mujer madura es una persona que ha vivido lo suficiente como para saber qué es lo que quiere, además de que tiene el don de la seguridad en sí misma.
No tiene dudas de quién es, ha vivido y ha aprendido hasta el extremo de saber qué la llena de felicidad y qué la hace llorar o enfadar. Sabe bien cuál es su esencia y no tiene miedo a disfrutarla, e incluso hasta compartirla.
Nunca teme al rechazo, sabe que se siente bien siendo como es. No importa si está en una relación. Al tener esa madurez, adquiere esa confianza necesaria para conseguir su amor propio, y ello permite que el rechazo sea algo que sólo afecta a otras mujeres que no tienen autoestima.
La mujer madura no se preocupa por la autoestima, ya ha adquirido su amor propio para el difícil caminar por la vida.
A veces la mujer madura prefiere estar sola, en su propia compañía, algo bueno cuando está cómoda en su propia piel y no duda quién es ni tiene miedo a nada.
La madurez hace que al conocerse a sí misma, olvide los miedos y entre en un proceso de aceptación personal, en el que valora sobremanera el estar consigo.
La mujer madura dedica el tiempo necesario para valorar lo que más le agrada. Estando en su propia compañía, aprende que todas las personas necesitan tiempo y espacio para desarrollar sus habilidades y su talento.
Una mujer madura dedica tiempo a todo aquello que la hace feliz, que cree le hace falta para mantenerse ocupada, y/o la ayuda a liberar estrés.
Afronta los problemas de una manera calmada. Ha vivido lo suficiente como para decidir de qué modo afrontar las cosas. La experiencia de la vida le sonríe por poder afrontar situaciones difíciles. No está pendiente de opiniones externas. Lo que digan los demás, no le importa. La madurez trae una consciencia individual y no colectiva.
La mujer madura sabe lo que le gusta porque ha desarrollado sus gustos, deseos. Sabe qué le gusta y qué no, y busca llegar a adquirir lo que quiere, alejándose de todo aquello que le quite energía para poder lograrlo. La madurez le enseña a distinguir entre lo que es relevante y lo que no es importante.
Puede dar consejos. Con su experiencia, habla de lo ya vivido. Puede analizar las cosas de una forma diferente. Su capacidad racional y analítica se expanden, y por eso puede ser fuente de consejos para otras mujeres que no han vivido tanto o que todavía no han alcanzado su nivel de capacidad intelectual y emocional. De la misma manera, no hace drama por nada y entiende que cada cosa tiene su lugar y su propósito.
Ha tenido su trayectoria profesional, ha terminado sus estudios y conoce, como experta que es, su área de trabajo y cómo ser buena en lo que sea que haga.
La madurez también le trae anexo un sentido de responsabilidad, el cual se refleja en los compromisos con los demás y en la fuerza laboral.
La mujer madura recibe preguntas y opiniones de otras mujeres, porque la madurez es sinónimo de sabiduría, y así es percibida por las otras. Y le solicitan consejos para ellas poder y saber tomar sus propias decisiones de todas las clase, porque, obvio, todavía no han llegado a donde ella se encuentra.
A Chávez López
Sevilla ene 2016