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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
A la humanidad le falta humanidad
Caminaba incansable aquel buen hombre
por todo el mundo tratando de conseguir un buen entendimiento y una buena
comunicación entre todos los humanos, hasta que llegaba a un siniestro país y
topaba con una cruel y severa oposición de un control, llamado Control
Robotizado, por lo que tenía que abandonar su cruzada en aquel país.
La bondadosa figura del viajero, extremadamente fatigada, emergía por encima de
las dunas, apoyándose en un largo y desgastado bastón, que se hundía en la
arena a cada paso que él daba.
Ya estaba cerca, podía ver la enorme puerta a través de la calima. Aún no
habían tañido las campanas de su muerte, como pensaba horas antes.
Dos guardianes veían su penosa llegada con una estática indiferencia, sin
despegar un músculo de aquel soportal de piedra, donde descansaban su espalda.
Cuando el viajero llegaba al umbral, dos gruesas y afiladas lanzas se cruzaban
frente a su rostro, visiblemente agotado.
—¿Vienes a participar? –preguntaba la voz seca de uno de ellos.
—Sí –mentía, pero lo hacía por encontrar lo que estaba buscando.
Las dos lanzas se apartaban y él entraba en aquel lugar. Con el incontable paso
del tiempo, aquella pregunta había quedado reducida a una vacua fórmula
protocolaria de recepción. Empero, una respuesta inadecuada en esa ciudad,
significaba morir.
El trazado de la ciudad desde aquel montículo de la entrada, no podía ser de más
simplicidad y sentido pragmáticos: seis calles anchas constituidas por una
hileras discontinuas de varias casas bajas, de un blanco cegador en paralelo y
en torno a una avenida, en cuyo centro se erigía, a modo de plaza, una altísima
estructura, tan rara como discordante, con respecto a la estética del resto.
Podía decirse que habría aparecido de las entrañas de un profundo infierno
interior de otra época, olvidada o clavada allí por un desvarío de algún dios
iracundo, del que nadie tenía jamás conocimiento. Pero, en todo caso, no era
posible, ni siquiera imaginable, que semejante mole hubiese sido construida por
seres humanos.
Durante unos minutos, el viajero quedaba fascinado frente a la visión de la
surrealista escena que había ante él, mientras los ciudadanos pasaban por su
lado, sin prestarle atención. Las orillas de esa avenida, hasta donde le
llegaba la vista, estaban rebosantes de tenderetes, en los que bullía un
movimiento de gente diversa, que se afanaba en la búsqueda de curiosos objetos
y artilugios sorprendentes.
El viajero sufría un escalofrío que le hacía pararse. Se volvía para ver qué
era lo que se lo había causado, y entonces veía a un niño que tendía una
esquelética mano con dedos quebradizos, esperando la buena voluntad del
viajero. Al verlo, veía la profundidad de sus hundidos ojos entre unas arrugas
innaturales. Décadas parecían pesar sobre su anómala niñez.
El viajero sacaba de uno de sus bolsillo una moneda de plata y se la daba,
acompañada de una sonrisa. Ese niño la sopesaba con una indisimulada expresión
de extrañeza, que al instante se tornaba en evidente desdén, y la arrojaba de
vuelta a los pies del dador y, sin mediar palabra, se giraba y se perdía entre
la multitud, como si eso no hubiese ocurrido nunca.
Al agacharse el viajero para recoger su altruista y repudiada fortuna, veía,
estupefacto, que iguales arrugas que las del niño estaban en otras caras.
Superada la impresión inicial, el
viajero se ponía de nuevo en marcha con renovada determinación. Nada podía
hacerle olvidar el motivo que le había llevado a aquel país: una búsqueda que
empezaba desde el nefasto punto negro, en el que el desentendimiento y la
incomunicación eran tan indolentes que el presente estaba grabado con tinta
negra en la memoria de los humanos de paz, con pesadillas y sin posibilidad de
apartarlas.
Se acercaba a uno de los tenderetes para ver lo que ofrecían, y veía sedas
bordadas con hilos de platino, talismanes crípticos, bagatelas de confusa
utilidad, puñales con incrustaciones rúnicas, deformes reliquias talladas en
jade; piedras elaboradas de una técnica irrecuperable, collares, traídos de
sitios sacros, y numerosos artefactos únicos, cuyo valor era difícil de tasar.
—¿Qué puedo ofrecerte, amigo viajero? –preguntaba el amable tendero, con la
invitación del entendimiento en su voz.
—No creo que tengas lo que busco. Quizás sea difícil de encontrar.
—¡Prueba! –respondía, entusiasmado-. Puedes ver todo lo que tengo aquí. Tesoros
que creían perdidos para siempre, artilugios encantados, que por su posesión se
matarían reyes; joyas extraídas de los infiernos abismales. Y todo eso a tu
alcance por unos precios irrisorios. Los otros vendedores no pueden ofrecerte
ni la mitad de la riqueza que ahora estás mirando. Pero, dime, ¿qué es
exactamente lo que buscas?
—Bus... busco… Hu… Humanidad… -titubeaba.
La perplejidad dominaba la expresión del mercader, antes de recobrar la
compostura de hombre sabedor de los secretos y prodigios de su tierra.
—Creo que no lo conocemos por el mismo nombre. ¿Podrías describirme cómo es su
forma, sus dimensiones, muescas distintivas, los materiales que orquestan su
figura, el linaje del artesano que lo ideó? Te prometo que lo tendrás en tu
poder en dos días, si es que lo hallo en la región.
El viajero guardaba unos segundos silencio, y luego respondía:
—Olvídalo, mercader. Valoro tu interés. Me quedaré, sin embargo, con ese colgante de ónice. Aquí tienes -y le dio
una moneda de plata.
-sigue en página siguiente-
Comentarios
El mercader, escéptico, escrutaba la moneda por sus dos caras. Después de revisarla a fondo, se la devolvía cogiéndola entre las yemas del pulgar y el índice de su mano izquierda, como quien desecha una broma pesada. Se pasó la palma de la mano por su larga y canosa barba, y le decía:
—No comprendo por qué querías pagarme con eso. Sólo soy un humilde mercader. El talento creador queda reservado a la genialidad de nuestros maestros artesanos.
—¿Quieres decirme con eso que esta moneda, una fortuna en cualquier parte del mundo, no tiene valor aquí?
—Así es. ¿De qué puede servirme ese metal resplandeciente, si el don del arte me ha sido vedado? Debes ir primero al Control Robotizado, y luego pagarme el colgante elegido –decía, a la vez que señalaba un imponente edificio que se alzaba en el centro, y que se perdía entre las nubes bajas.
—Iré y regresaré. Pero resérvamelo, no te deshagas de él.
—¡Descuida, amigo viajero! ¡Aquí estará cuando regreses!
La avenida principal era un hervidero de figuras avejentadas y escuálidas dentro de sus túnicas, y todas ellas extravagantes. Un hervidero de miles de miradas perdidas en el horizonte inalcanzable que visitaban tenderete tras tenderte, sin mostrar ni pizca de cansancio, y tampoco energías, o al menos algo de interés, inalterablemente sumidas en sus acciones con un opresivo silencio, absoluto casi.
Cuidando de no tropezar con nadie, se iba hacia el colosal edificio, cuya fachada estaba recubierta de un nauseabundo limo reptante, del que aparecían unos pináculos horizontales, dispuestos en un extraño orden. Antes de llegar al umbral de semejante monstruosidad arquitectónica, podía ver unos caracteres tipográficos que daban el nombre al edificio: Control Robotizado, que tenía unos pasillos larguísimos y una extensión sin fin. Desde dentro, merced a un raro efecto visual, sus recias estructuras duplicaban las dimensiones exteriores, dándose la confusa impresión de poder albergar en su interior varias ciudades; algo imposible. Además de que era innegable la analogía entre la avenida, el corazón de la vida civil, y los pasillos, en los que mostraban los nativos sus autómatas actitudes, y sólo se detenían para entrar en algún cubículo de acero, simétricamente alineados a lo largo del pasillo principal. Llevado por la curiosidad, más que por su misión, decidía entrar en uno de ellos, eligiéndolo al azar.
Siéntese, y por favor sea conciso y concreto
En el centro del claustrofóbico cubículo flotaba un disco de aluminio. Se sentaba en él, y un mensaje en la pared cambiaba instantáneamente.
Indique la cuantía temporal requerida
Ante sí aparecía un panel numérico con un pequeño cajón abierto.
“¿Cuantía temporal?, ¿qué significa eso?”, pensaba.
Tecleaba unos dígitos al tun, tun, y la pared se transmutaba de nuevo.
196 horas /37 Minutos /33 Segundos. ¿Es correcto?
Pulsaba el botón de correcto y automáticamente implosionaba el interior del cubículo una esfera de radiación blanca, que parecía borrar el mundo.
Antes que pudiese tomar consciencia, la blancura se desvanecía, dejando intacto su entorno. Pero él se sentía agotado, como si hubiese recorrido miles de kilómetros sin detenerse bajo un Sol de sentencia. Casi choca de bruces contra la pared al tratar de ponerse en pie. Su tono muscular era igual que el de un niño, pero su energía era la de un anciano.
Gracias. Que tenga un buen día, si es que puede y le dejan
El cajetín de aquel panel resonaba con un tintineo metálico. En su interior brillaba un puñado de joyas cristalinas, de variados colores y tamaños. Las cogía delicadamente, como si no fueran reales y un nimio vaivén pudiese hacerlas desaparecer. Pero, de pronto, era impactado por una certeza: "lo que sostenía entre sus manos era su tiempo vital hecho materia".
Desandar los pasos hasta aquel mercader no le era tarea fácil. Le costaba respirar. En cada paso arrastraba penosamente los pies y sentía un riesgo inminente de pérdida de consciencia..
Los ciudadanos de aquel lugar eran gente encapotada, sombras difusas que se movían a su alrededor, esquivándole; como fantasmas vivientes a cámara lenta. Se esforzaba en llamar la atención del mercader para que le escuchase la pregunta que contenía su trémulo hilo de voz.
—¿Cuánto… me… pides… por… el… colgante…?
—¡Ay, viajero, cuánto lo siento! –respondía, puesto en jarra-. Lo acabo de vender hace cinco minutos.
—¡Me prometiste reservarlo hasta que volviese! -le recordó, airado.
—No creo que esas palabras saliesen de mis labios. Además, su precio te hubiese sido prohibitivo. Pero, no te preocupes, tienes aquí colgantes casi idénticos al que te gustaba por unos precios sensiblemente inferiores.
Clavaba la mirada en el vendedor, y cogía al azar uno de los colgantes.
—¿Cuánto por éste? –preguntaba con deliberada frialdad.
—¡Oh, ese tesoro! Por ser para ti, te lo dejo en 37 Horas/11 Minutos, sólo por ser tú quién eres. Una ganga..
—Vale –y ponía todas las joyas obtenidas en el Control Robotizado.
—Buena elección. Permíteme que te ponga esta joya de orfebrería –decía mientras se la colgaba al cuello-. Pero me has dado más de lo debido –y seleccionaba algunas de las joyas y le devolvía las restantes.
El viajero recogía las joyas sobrantes y salía corriendo, sin pronunciar más palabras, ni siquiera un simple adiós.
Era por casualidad que al volver la vista viese que el mercader engullía las joyas que acababan de darle como el pago del colgante.
-sigue y termina en página siguiente-
El viajero estaba deseando de irse de aquel siniestro país, al que sus pasos nómadas le habían llevado, sin previo acuerdo consigo mismo.
Fatal casualidad o intrincada causalidad, quién sabe, cuando veían sus ojos a una persona diferente a aquellos mercaderes. En una esquina de una calle paralela, un anciano, completamente desnudo, cuidaba de una singular fuente de la que manaba un líquido cristalino que bien podía ser agua. Se acercaba a ella, ante los curiosos ojos del anciano, con boca con dientes podridos, y bebía hasta saciarse del chorro de agua fresca.
—¿Cuánto te debo por el agua, buen hombre?
Tardaba en responder. Al fin lo hacía con voz grave, pero risueña:
—¿Por qué habría de cobrarte por algo que es de todos?
Sorprendido, el viajero miraba con detenimiento al pronunciador de esas palabras, a la vez que volvía a guardar sus joyas. Había algo diferente en su mirada: un distintivo brillo. Malicia tal vez, inteligencia tal vez, sabiduría tal vez... No atinaba a ponerlo en pie.
—Tú no eres como el resto de tus conciudadanos.
—¿Qué te hace pensar eso, extranjero?
—Para comenzar, no llevas ropa, mientras los otros se ocultan bajo ella, como si se avergonzasen de sí mismos.
—Es que aún son jóvenes. Yo aprendí a separar lo esencial de lo superfluo.
—Y, sin embargo, ellos parecen más viejos que tú.
—Pero no toda la culpa es de ellos, son víctimas de las circunstancias, y las circunstancias son que en este lugar no hay nada obvio que hacer, salvo lo que hacen. Pero para todo lo demás, tenemos el Control Robotizado –y señalaba con la mano.
Entornaba los ojos al pronunciar ese nombre, como si su visión le cegase o quizá por ver que aún seguía allí, clavado en el corazón de la tierra.
—¿Qué puedes decirme de ese edificio? Nunca he visto nada igual a tan enorme engendro en mi largo peregrinar por el mundo.
—No mucho, nómada. Ya estaba aquí cuando llegué, y podría prometer que antes de que llegase la ciudad. Tal vez nació con el Sol o tal vez haya sido un regalo de las estrellas.
—¿Qué quieres decir con eso? Las estrellas no hacen regalos. Hasta los humanos están olvidando esta altruista costumbre de reconocimiento. Además, ¿qué clase de regalos busca la desgracia del halagado?
—Pareces ciego para haber viajado tanto. ¿Acaso no has caminado bajo el abismal espectáculo de la danza de las estrellas? ¿Acaso piensas que toda esa inmensidad ha podido ser construida con simple finalidad estética? Si una estrella puede caer, sin más testamento que su estela, ¿cuánto horror no desechará la inconmensurable oscuridad que la rodea?
El viajero meditaba un momento. Las palabras del anciano sugerían ideas lunáticas, que no impedían que un tiritar de inquietud le recorriese todos los recovecos de su cuerpo y su alma por igual. Observaba el viajero con renovada curiosidad al anciano, antes de responder:
—Hay algo diferenciador en ti que aún no he captado, algo marcado por algún contraste radical, con respecto a quienes te rodean. Pienso que mi búsqueda ha concluido con esta charla contigo, pero no quedaré seguro de ello hasta que el tiempo no desgaste las máscaras. ¿Por qué no dejas este lugar y me acompañas de vuelta a donde me esperan con fe? –y con esta pregunta acababa.
—¿Y qué es lo que buscas con tanta fe que piensas haber encontrado en mi persona? –preguntaba el anciano, entre divertido e intrigado.
—Humanidad.
—¿Humanidad? -una incrédula risa se dibujaba en el rostro del anciano.
Con un estremecimiento reflejo de la mandíbula daba paso a una risotada primero, y a una carcajada incontrolable después, atronando los oídos del pasmado viajero, que no entendía el motivo de tan absurda reacción.
La carcajada crecía, impulsada por un espasmo convulso de aquel cuerpo marchito. El viajero, asustado, lo miraba con los ojos muy abiertos en una circunferencia perfecta entre las arrugas de la piel tostada. Reveladores se clavaban en los suyos, pero los de él ya habían huidos.
—¡Estás loco, nómada! ¡Buscas lo que no existe, lo que nunca ha existido! ¡Jajajaja! ¡Te han engañado! ¡Te han engañado como a un niño! ¡Jajajaja! ¡Tú sí que estás solo y perdido en el mundo, jajajaja!
El viajero corría e iba esquivando pero chocaba con un bosque de túnicas fantasmales vacías, sin dejar de mirar, horrorizado, al anciano, que bailaba en círculo cual marioneta. Y corría despavorido porque el miedo se había desencadenado en su interior por causas desconocidas.
—¡Corre, corre, pobre loco, corre! -el anciano gritaba con más fuerza
Empero, no era la voz de la auto conservación lo que instaba a sus pies.
—¡Corre y busca lo que jamás encontrarás! –escuchaba esas palabras.
Un nuevo instinto acababa de entrar en juego. Seguía escuchando en la mitad del silencio y las quemaduras de los ojos. Un instinto despierto por el tono sobrenatural en el que volaban las palabras del anciano.
—¡Nunca ha habido humanidad, imbécil –gritaba el anciano al aire, con todas las fuerzas que podían expeler sus gastados pulmones.
Pero cuando el viajero conseguía, por fin, llegar el desierto y liberarse de la cuadrícula tras la espantada travesía del dolor, caía en un torrente de lágrimas que no recordaba con anterioridad.
Hasta el silencio audible del desierto le llegaba, no las palabras que decía el anciano en sus terribles voces, era el tono lo que había sobrecogido al viajero. El mismo tono con que, con voz desesperante pero compasiva, se expresa palmariamente a diario el mundo.
Sevilla abril 2023
Sōrumeito
Gracias por leerme y por colaborar.
En tu amplio y bien razonado comentario no hablas de la falta de HUMANIDAD, que esa es, básicamente, el quid de este relato.
Hace ya mucho, muchísimo tiempo que carecemos de la humanidad necesaria para una buena conllevanza entre todos los humanos, y así le va a la humanidad: encontronazos, peleas, pleitos y hasta muertes. Y la culpa de todo la tiene el dios dinero, que, por culpa de él, nos insultamos, nos peleamos, nos hachamos y hasta nos matamos.
Un saludo, y gracias de nuevo
Saludos
Pues te explicaré y quedará más claro el porqué de "joda" y otros modismos argentinos que me has leído. Vaya por delante que la historia es extensa pero la condensaré en dos puntos principales (y aclaro que nací y vivo en España):
1.- ¿Sabes de estas peculiaridades con las que nace cada persona?; preferencias e inclinaciones hacia aspectos con los que no ha tenido ningun contacto (ejemplo: eso que llamamos dones). Yo nací con dos inclinaciones muy claras que se manifestaron al inicio de la adolescencia: mi amor por la Argentina y por Japón (en ese orden).
Nada me influyó, simplemente vi un póster de mi gordita (otro modismo) Mafalda que tenía una profesora que me daba clases particulares y ahí se despertaron brutalmente esas inclinaciones; tanto por la Argentina como por Japón.
(Tengo mi teoría del porqué nos pueden ocurrir estos acontecimientos a algunas personas).
2.- Mi amada esposa era argentina; o mejor expresado: aunque emprendiera el viaje hacia el Más Allá (o Cielo, como se le deseee llamar; el nombre no importa mucho) sigue siendo argentina pues su orgullo patrio siempre lo tuvo por delante.
La conjunción de estos dos factores hace que en mi vocabulario haya sido ampliado introduciendo, también, y de forma consciente, modismos o palabras españolas-argentinas. Entiendo y escribo el español-argeentino a un 95% y aunque sé que debemos expresarnos lo más claramente posible ya son intrínsecas en mi (aunque normalmente siempre aclaro las que creo que igual no se entienden. ¿Te fijaste que al lado de "joda" coloco "un chiste"?. Eso es "una joda", un chiste, una gracia, una broma).
Si el dinero fuese un ser humano, viviría en una eterna disyuntiva: "todo el mundo lo odia, pero nadie puede vivir sin él".
Me hiciste reir con ésto, porque me imaginé de una esa encarnación del dinero (rubio o rubia, con ojos azules... ja, ja, ja, ja). Éste punto que planteas es bastante interesante, si. Aunque yo matizaría eso de que todo el mundo lo odia... muchos lo adoran... hasta extremos que están a la luz del día; la mayoría.
La educación y el respeto (la dictadura franquista prostituyó esa ultima palabra mutándola a "miedo" o "terror", y aún da coletazos...), hoy en día, y te animo a que preguntes por la calle, son dos aplicaciones de Google Play que tienen 0,5% de descargas 15 opiniones y su empresa HumanityForever está pensando en retirar de la tienda de Google...
Sōrumeito
Remacho (reintento) que el único y exclusivo motivo que me lleva a recomendar, que no a imponer, a los foreros nuevos entrantes es colaborar al máximo con todos y cada uno de ellos; al fin y al cabo, servidor es sólo uno más de los participantes de este sitio de ocio y divertimento, para para hablar básicamente de Literatura; y, por ende, de escritura. Este foro tiene su servicio de moderación, cuya titular es la señora Amparo Bonilla, que es la que interviene para solucionar problemas o malos entendidos. Pero, repito, puedes contar con mi ayuda para lo que necesites tocante a este foro, no en vano llevo en él más de una década y ya sabe uno casi todos los intríngulis del mismo.
Como veo y leo que eres un buen escritor y no menos lector, me permito reseñar tres enlaces de escritos míos, que a buen seguro seré beneficiado con tus comentarios:
https://www.forodeliteratura.com/f/discussion/38269/mi-herida-no-para-de-sangrar#latest
https://www.forodeliteratura.com/f/discussion/38686/la-miseria-viajaba-en-aquel-barco-de-vapor#latest
https://www.forodeliteratura.com/f/discussion/36847/lista-forodeliteratura-3ª-edicion-toda-una-vida-de-lucha-y-trabajo#latest
Un saludo cordial