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las soledades de Martina (serie de relatos cortos / microrelatos)

ZaltiZalti Anónimo s.XI
editado abril 2016 en Narrativa
Al principio ella no tenía nombre. La tiraron en el basurero en pleno agosto, y a mediodía una perra vieja y flaca la sacó a rastras de debajo de unos plásticos, rasgándole la oreja de un mordisco que le salvó la vida. El animal, quizá por instinto, la protegió de los cuervos y las gaviotas con furiosos ladridos que no despertaron en ella ni un solo llanto. Hizo guardia durante todo un día hasta que un vagabundo las encontró a las dos tumbadas sobre una loma de desperdicios putrefactos. Se quedó a la perra de tres patas y se llevó al bebé a un orfanato.

Era el 23 de agosto más caluroso jamás registrado. Una mujer muy ocupada abrió un libro muy gordo y posó el dedo al azar sobre el nombre de Martina. Y así la llamaron. Porque nadie tenía tiempo para pararse a pensar y porque, en realidad, los nombres son arbitrarios en la vida.

Comentarios

  • ZaltiZalti Anónimo s.XI
    editado abril 2016
    Al fantasma del pelirrojo le gustaba contemplar a Martina mientras fumaba desnuda en el balcón, guiñando los ojos grises ante la luz oblicua de un sol que despertaba perezoso sobre el horizonte partido de la ciudad. Se le antojaba una imagen tranquila, y era en esos momentos en los que su fantasmal memoria parecía regresar de la amnesia de la muerte.

    -Algún día te llevaré al lugar donde nací, Martina. Seguro que te gusta. Es igual de melancólico que tú.

    La joven rió con suavidad mientras el humo se le escapaba por la nariz, y se giró para observar aquella figura etérea sentada en la encimera de su cocina, que a veces se difuminaba como un suspiro y a veces se volvía tan corpórea como si tuviese una presencia física.

    -¿Y recuerdas cuál es ese lugar?

    El fantasma del pelirrojo frunció el ceño, concentrándose. Martina se acabó el cigarrillo y lanzó la colilla a la calle. Era hora de vestirse para ir a trabajar, así que apuró los últimos sorbos de café frío y fue a por la ropa. Se puso el mono azul oscuro, se ató las botas de goma y se puso en marcha. Trató de peinarse aquellos rizos indomables pero no lo consiguió, como siempre. Bajó las escaleras de dos en dos y enfiló calle abajo. Tras ella el espectro seguía pensando con fruición en algo que ya no podía recordar.

    -¡Algún día me acordaré, Martina! ¡Algún día!

    Ella sonrió, divertida.

    -Algún día todos muertos.- contestó, riendo.- Hoy vamos a exhumar la parte este de las fosas comunes, ¿quieres venir a ver si te encuentras?

    Pero el fantasma del pelirrojo ni siquiera la estaba escuchando. Martina sonrió para sí y siguió caminando con el paso elástico que la caracterizaba, dejando atrás al pensativo ente encerrado en el bucle infinito de su propio olvido.
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