Era un atrio de montes dorados, lamidos por lenguas yertas,
tenía puertas de acero forjado, todas cerradas, ninguna abierta.
En el centro un sepulcro blanqueado, pintado con tiza negra,
me vigilaba con ojos hundidos, indicándome cuál era la puerta.
Me instaba a llevar su nobleza, sabiendo que era yo un caído,
dejando en la aldaba impresa la marca de mi destino.
Nunca borraré el estigma que es cicatriz de mi alma,
el no perdón adquirido que revuelve mis entrañas.
Si hasta el odio se avergüenza, y no me quiere en su nido,
teme que yo le robe su negro oro fundido.
Veo pasar a la gente y el como adornan sus miserias,
creyendo que con brillantes las pueden hacer más bellas.
Retozando en los jardines de hojas disecadas,
blandiendo sus sentimientos como espadas afiladas.
Era un atrio de montes dorados, lamidos por lenguas yertas,
pobre del alma mía que ya no encuentra la puerta.
Comentarios
saludos.-
Filo.-
nos cierra muchas se nos abre, en la vida debemos
avanzar sin mirar hacia lo que dejamos atrás,
un deleite disfrutar tu emotiva inspiración.
Mi cariño sincero.