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Efectos de la glaciación

YorickYorick Gonzalo de Berceo s.XIII
editado diciembre 2014 en Narrativa
Efectos de la glaciación


Me acuerdo que pensé “al quinto puto que me encare lo cago a piñas”. Ese día ya estaba decidido a sacrificar mi empleo con tal de sacarme las ganas. Pero no, llegó el quinto cliente con la misma inquietud sobre mi vida privada y yo no exploté: ante su pregunta sobre qué pensaba hacer después de que cerrase el boliche, tamborileé con los dedos sobre el borde de la barra y le dije con una sonrisa contenida “me voy a mi casa. Yo trabajo acá”, o más bien le grité, para que mi voz le llegase por sobre el estruendo de la música. Hablar a los gritos me ayudaba a descargar la bronca que iba acumulando por culpa de toda esa gente. El hombre, de unos cincuenta años, camisa de seda blanca, manicura por todos lados, los gestos amanerados de estas mariquitas que acá dan rienda suelta a su represión de rutina, por suerte entendió que estar ahí no era una decisión “vocacional” mía. Pero a veces ni esa aclaración les bastaba para darse cuenta de que yo no era gay, que solamente trabajaba en una disco exclusiva para gays.
Trataba de mantenerme al margen, detrás de la barra. Los primeros días quise ser amable y darles charla es parte de la amabilidad de un barman, pero enseguida comprendí que con esa gente era imposible, su histrionismo y su sobreproducción de libido los vuelve insoportables. Entonces empecé a aislarme, a mostrarles que yo no era parte de la fiestita, que estaba ahí atrás porque así me ganaba la vida. Son como chicos liberados en disneylandia, creen que ahí adentro van a hacer lo que quieran, y que ese tipo con botellas como telón de fondo, vestido siempre de chaleco y corbata, es un psicólogo ad hoc para rechazados también ad hoc que necesitan urgentemente un plan B para terminar la noche o por lo menos alguien que les preste un oído.
Pero la postergación de mi bronca fue por una noche no más. A eso de las dos se acercó a la barra un puto de unos veinte años, todo dulzura en su vocecita y su manita que me hizo acordar a Gonzalo, un famoso Puto de la literatura argentino-polaca. Y dale con un ojito, con un dedito, con un codito, ahí sentado en un taburete. Y yo que iba subiendo de temperatura: me daba vuelta para agarrar una botella y por el espejo veía que volvía otra vez la sonrisita mientras se empolvaba las mejillitas con su polverita de bolsillo. Daba asco que un tipo pudiera ser tan estúpido. Y lo más triste es que Gonzalo se aprovechaba de mi condición de empleado para seguir con su seducción imbécil. Fui práctico: cuando exploté, caminé hasta el otro extremo de la barra, desde donde me miraba (los coditos sobre la madera, el mentoncito apoyado en sus palmitas) y lo agarré del bello sueter de cachemir azul eléctrico que llevaba, lo atraje por sobre la barra hasta dos centímetros de mi cara y le dije “cortala conmigo, puto insoportable, ya te dije que yo trabajo acá”. Creo que a Gonzalo no se lo había dicho, pero en fin... Cuando lo solté vi a otro tipo que se había acercado y me miraba horrorizado, como si de repente descubriera que había entrado a un boliche pero de verdad, de esos que ya no quedan, con mesas de estaño donde los viejos juegan al truco con damajuanas de tinto como telón de fondo y el que atiende la barra es el dueño, otro viejo amargado de tanto lidiar con borrachos. Lo atendí como si nada. Cuando volvía a mirar hacia el extremo de la barra Gonzalo había desaparecido. Pero apareció el gerente, que había recibido la queja y bajó de su oficina para preguntarme qué había pasado. Levantó la tapa de madera y pasó al presbiterio para hablarme al oído. Le conté lo sucedido no sólo esa noche sino desde la primera. Creo que me comprendió, pero su rol de capataz de la disco lo obligó a decirme que por esa vez pasaba, pero que la próxima me iban a echar. “El cliente siempre tiene la razón Marquitos, vos sabés a dónde te metiste”, me dijo antes de irse.
A la vuelta, cuando ya con la luz del amanecer me encerré en mi departamento, sentía tanto odio por esos maricas que estaba decidido a renunciar. Pero al día siguiente, después de mi desayuno de las tres de la tarde, pensé en un desquite mejor. Fui a ver al pelado Ortelli, el farmacéutico de mi barrio materno. Era nuestro amigo de confianza cuando necesitábamos comprar condones o curarnos de una venérea. Su farmacia estaba vacía, ni bien aparecí se sorprendió y me gritó “qué hacés por acá, desaparecido en acción”. Le avisó a su empleada que se ausentaría un rato y nos fuimos a charlar al laboratorio del fondo. Le expliqué mi situación y mi idea: yo quería saber si la química aplicada podía ayudarme a mantener a raya a esos idiotas. El pelado sonreía y movía la cabeza: le parecía increíble lo que le contaba. “La situación no da para quedarme sin laburo, pelado, ¿podés hacer algo?”, terminé de decirle. Ortelli dejó de decir con su cuerpo “no te puedo creer” y se quedó pensando. “Sí ―me dijo al fin―, hay una manera natural de bajarle la libido a esos trolos. Te lo preparo ahora mismo y probá, si funciona te preparo más”. A mí se me iluminó la cara y el dije “dale pela dale: te lo pago”, y amagué con sacar la billetera del bolsillo de jean. “Dejá dejá, llevate esta muestra gratis y después vemos”, y se puso a mezclar unas sustancias muy coloridas que me hicieron pensar en la pasión de los alquimistas. A los quince minutos ya tenía una botellita con un líquido amarillento. Me la dio y me dijo “ponele dos gotas a cada trago, no más, y fijate si hay alguna mejoría”. Yo le agradecí y me volví pensando en ponerlo en práctica esa misma noche.
Escondí el líquido debajo de la barra. Iba eligiendo a los más cargosos, y en la penumbra del lugar resultaba muy sencillo agregarle la dosis del elixir al trago que me pedían. El efecto no fue inmediato, claro. Pero yo ya no pensaba en romperle la cara a alguno de los putos; había puesto toda mi ilusión en los efectos glaciales de la química aplicada. Los índices de rompepelotas por noche empezaron a bajar. La primera noche usé como conejillo de laboratorio a un vejete de unos cincuenta años que no venía a bailar, solamente se sentaba en los sillones del reservado y buscaba compañía. Esa noche tomó de más porque no estaba teniendo suerte. Se había instalado definitivamente en un taburete y me seguía con la mirada. A la media hora su excitación se había transformado en una leve melancolía: ahora había girado en su taburete y miraba hacia la pista de baile, un tumulto a la distancia de cuerpos musculosos y sudorosos. Se fue temprano. Cuando me pagó y se despidió me pareció que estaba por llorar.
Repetí la táctica con los más cargosos, y cuando se me acabó el elixir volví a la farmacia Ortelli por más. Le pagué las dosis con gusto. Ahora estaba trabajando tranquilo, y la explosión de libido se concentraba sobre la pista de baile. La zona de la barra, en cambio, empezaba a asemejarse a las de uno de esos bares finos para viejos. Los que pretendían cargosearme se volvían con el paso de las horas unos contemplativos y entristecidos maricones caídos en desgracia, alcohol mediante.
Claro que venían con la ilusión de un erotómano y se iban con la sensación de un tanatómano. Con el tiempo esa sensación de sosiego se les volvió aburrimiento. Y dejaron de venir, o quizás cambiaron el gueto de la diversión. La cosa es que el gerente comenzó a preocuparse: la concurrencia disminuía y él no sabía cuál era la causa. Empezó a bajar de su oficina varias veces en la noche, inspeccionaba al disc jockey, al iluminador, reemplazó a los dos patovicas de la puerta por otros mejor vestidos y menos intimidantes... también, claro, le echó un ojo al barman... Pero ya era tarde incluso para mí, que seguía trabajando contento sin maricas que me cargosearan.
Y llegó el día en que el gerente reunió a todo el staff del boliche para anunciarle que cerraban por un tiempo. El directorio del grupo de inversores había considerado que la moda de las discos de temática gay habían pasado de moda y nos licenciarían un mes hasta que le cambiaran el aspecto al lugar, además del nombre. Yo, escuchando al capataz, pensaba que si alguna vieja de “Moralidad Cívica” se enteraba de lo que había provocado sin querer, su secta me habría entregado un doctorado honoris causa o algo así.

Comentarios

  • YorickYorick Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado diciembre 2014
    Me gustaría saber por qué este cuento tuvo muchas más visitas que los otros que he publicado. ¿La temática, los robots de los buscadores? De todas maneras posteo una versión corregida:


    Me acuerdo que pensé “al quinto puto que me encare lo cago a piñas”. Ese día ya estaba decidido a sacrificar mi empleo con tal de sacarme las ganas. Pero no, llegó el quinto cliente con la misma inquietud sobre mi vida privada y yo no exploté: ante su pregunta sobre qué pensaba hacer después de que cerrase el boliche, tamborileé sobre el borde de la barra y le dije con una sonrisa contenida “me voy a mi casa. Yo trabajo acá”, o más bien le grité, para que mi voz le llegase por sobre el estruendo de la música. Hablar a los gritos me ayudaba a descargar la bronca que iba acumulando por culpa de toda esa gente. El hombre, de unos cincuenta años, camisa de seda blanca, manicura por todos lados, los gestos amanerados de estas mariquitas que acá dan rienda suelta a su represión de rutina, por suerte entendió que estar ahí no era una decisión “vocacional” mía. Pero a veces ni esa aclaración les bastaba para darse cuenta de que yo no era gay, que solamente trabajaba en una disco exclusiva para gays.
    Trataba de mantenerme al margen, detrás de la barra. Los primeros días quise ser amable pues darles charla a sus clientes es parte de la amabilidad de un barman, pero enseguida comprendí que con esa gente era imposible, su histrionismo y su sobreproducción de libido los vuelve insoportables. Entonces empecé a aislarme, a mostrarles que yo no era parte de la fiestita, que estaba ahí atrás porque así me ganaba la vida. Son como chicos liberados en disneylandia, creen que ahí adentro van a hacer lo que quieran, y que ese tipo con botellas como telón de fondo, vestido siempre de chaleco y moño, es un psicólogo ad hoc para rechazados también ad hoc que necesitan urgentemente un plan B para terminar la noche.
    Pero no tardé mucho en explotar. La noche siguiente, a eso de las dos, se acercó a la barra un puto de unos veinte años, todo dulzura en su vocecita y su manita que me hizo acordar a Gonzalo, un famoso Puto de la literatura argentino-polaca. Se sentó en un taburete, me pidió un whisky doble y empezó con su rutina. Que dale con un ojito, con un dedito, con un codito. Y yo que iba subiendo de temperatura: me daba vuelta para agarrar una botella y por el espejo veía su sonrisita mientras se empolvaba las mejillitas con su polverita de bolsillo. Lo más triste es que el tipo se aprovechaba de mi condición de empleado para seguir con su seducción imbécil. Cuando exploté fui expeditivo: fui derecho hasta donde estaba sentado (los coditos sobre la madera, el mentoncito apoyado en sus palmitas), lo agarré del bello suéter de cachemir azul eléctrico que llevaba, lo atraje por sobre la barra hasta dos centímetros de mi cara y le dije “cortala conmigo, puto insoportable, ya te dije que yo trabajo acá”. Creo que a Gonzalo no se lo había dicho, pero en fin... Cuando lo solté vi a otro tipo que se había acercado y me miraba horrorizado, como si de repente descubriera que había entrado a un boliche pero de verdad, de esos que ya no quedan, con mesas de estaño donde los viejos jugaban al truco con damajuanas de tinto como telón de fondo y detrás del mostrador había un despachante con cara de pocos amigos, como la mía en ese preciso momento. Lo atendí como si nada. Cuando volví a mirar Gonzalo había desaparecido. El que apareció fue el gerente, que había recibido la queja y bajó de su oficina para pedirme explicaciones. Levantó la tapa de madera y pasó al presbiterio para hablarme al oído. Le conté lo sucedido no sólo esa noche sino desde la primera. Creo que me comprendió, pero su rol de capataz de la disco lo obligó a decirme que por esa vez pasaba, pero que la próxima me iban a echar. “El cliente siempre tiene la razón Marquitos, vos sabés a dónde te metiste”, me dijo antes de irse.
    Cuando al regresar me encerré en mi departamento, sentía tanto odio por esos maricas que estaba decidido a renunciar. Pero al día siguiente, después de mi desayuno de las tres de la tarde, se me ocurrió un desquite mejor. Fui a ver al pelado Ortelli, el farmacéutico de mi barrio materno. Era nuestro amigo de confianza cuando necesitábamos comprar condones o curarnos de una venérea. La farmacia estaba vacía. Ni bien aparecí puso cara de sorpresa y me gritó “qué hacés por acá, desaparecido en acción”. Le avisó a su empleada que se ausentaría un rato y nos fuimos a charlar al laboratorio del fondo. Le expliqué mi situación y mi idea: yo quería saber si la química aplicada podía ayudarme a mantener a raya a esos idiotas. El pelado sonreía y movía la cabeza: le parecía increíble lo que le contaba. “La situación no da para quedarme sin laburo, pelado, ¿podés hacer algo?”, terminé de decirle. Ortelli dejó de decir con su cuerpo “no te puedo creer” y se quedó pensando. “Sí ―me dijo al fin―, hay una manera natural de bajarle la libido a esos trolos. Te lo preparo ahora mismo y probá, si funciona te preparo más”. A mí se me iluminó la cara y le dije “buenísimo pela: te lo pago”, y amagué con sacar la billetera del bolsillo de jean. “Dejá dejá, llevate esta muestra gratis y después vemos”. Se puso a mezclar unas sustancias muy coloridas que me hicieron pensar en la pasión de los alquimistas. A los quince minutos ya tenía una botellita con un líquido amarillento. Me la dio y me dijo “ponele dos gotas a cada trago, no más, y fijate si hay alguna mejoría”. Yo le agradecí y me volví pensando en usarlo esa misma noche.
    Escondí el líquido debajo de la barra. Iba eligiendo a los más cargosos, y en la penumbra del lugar resultaba muy sencillo agregarle la dosis del elixir al trago que me pedían. El efecto no fue inmediato, claro. Pero yo ya no pensaba en romper alguna cara a las piñas; había puesto toda mi ilusión en los efectos glaciales de la química aplicada. Los índices de rompepelotas por jornada empezaron a bajar. La primera noche usé como conejillo de laboratorio a un vejete de unos cincuenta años que no venía a bailar, solamente se sentaba en los sillones del reservado y buscaba compañía. Esa noche tomó de más porque no estaba teniendo suerte. Se había instalado definitivamente en un taburete y me seguía todo el tiempo con la mirada. A la media hora su excitación se había transformado en una leve melancolía: ahora había girado en su taburete y miraba hacia la pista de baile “como esas cosas que nunca se alcanzan”: un tumulto a la distancia de cuerpos musculosos y sudorosos. Se fue temprano. Cuando me pagó me pareció que estaba por llorar.
    Repetí la táctica varias noches, y cuando se me acabó el elixir volví a la farmacia Ortelli por más. Le pagué las botellas con gusto. Ahora estaba trabajando tranquilo, y la explosión de libido se concentraba sobre la pista de baile. La zona de la barra, en cambio, empezaba a asemejarse a las de uno de esos bares finos para viejos. Los que pretendían cargosearme se volvían con el paso de las horas unos contemplativos y entristecidos maricones caídos en desgracia, alcohol mediante.
    Venían con la ilusión de un erotómano y se iban con la sensación de un tanatómano. Claro, con las noches esa sensación de sosiego se les volvió aburrimiento. Dejaron de venir, o quizás cambiaron el gueto de la diversión. La cosa es que el gerente comenzó a preocuparse: la concurrencia disminuía y él no sabía cuál era la causa. Empezó a bajar de su oficina varias veces en la noche, inspeccionaba al disc jockey, al iluminador, reemplazó a los dos patovicas de la puerta por otros mejor vestidos y menos intimidantes... también, claro, le echó un ojo al barman... Pero ya era tarde incluso para mí, que seguía trabajando contento sin maricas que me molestaran.
    Y llegó el día en que el gerente reunió a todo el staff del boliche para anunciarle que cerraban por un tiempo. El directorio del grupo de inversores había considerado que la moda de las discos de temática gay había pasado de moda y nos licenciarían un mes hasta que le cambiaran el aspecto al lugar, además del nombre (Erastés). Yo, escuchando al capataz, pensaba que si alguna vieja de “Moralidad Cívica” se enteraba de lo que había provocado sin querer, su secta me habría entregado un doctorado honoris causa o algo así.
  • PerplejoPerplejo Fernando de Rojas s.XV
    editado diciembre 2014
    Yorick escribió : »
    Me gustaría saber por qué este cuento tuvo muchas más visitas que los otros que he publicado. ¿La temática, los robots de los buscadores? De todas maneras posteo una versión corregida:

    A mí me gustaría saber por qué reflotas tus propios cuentos enterrando los cuentos de los demás, que esperan ser leídos y comentados con la misma ilusión que tú.

    También me gustaría saber cuántos cuentos de los demás has comentado.
  • YorickYorick Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado diciembre 2014
    Perplejo escribió : »
    A mí me gustaría saber por qué reflotas tus propios cuentos enterrando los cuentos de los demás, que esperan ser leídos y comentados con la misma ilusión que tú.

    También me gustaría saber cuántos cuentos de los demás has comentado.

    Perplejo, me has dejado perplejo. Saldré de mi perplejidad para decirte que a algunos los refloto porque me dejan perplejo los foristas que crean cinco hilos al hilo y no dejan a los demás textos en primera página ni un sólo día. Estos foristas nada perplejos (quizás sea tu caso) hacen un uso abusivo de la libertad de publicar, entonces yo reubico mis textos según el valor que les considere.

    He comentado algunos textos (fijate en mi breve historial de 3 meses en el foro, aunque ya me estoy yendo) que me dejaron perplejo por su novedad narrativa. Si comento, es para ejercer la crítica literaria como corresponde: con argumentos, sinceridad y respeto, pero yendo al texto. A mí me dejan perplejo los foristas que se dedican a festejar los textos de los demás sin meterse a analizarlos, que es lo que en definitiva ayuda a los demás a aprender.

    Gracias perplejo por darme la oportunidad de reposicionar mi texto. Y ojalá estos comentarios no te hayan dejado... sorprendido, helado, demudado, freezado, desarmado, perplejo.
  • YorickYorick Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado diciembre 2014
    Quedarás Perplejo: me estoy poniendo al día con las críticas. No te olvides de engrasar la maquinita, que se te puede atascar y ¿qué publicarás entonces?
    (Se me acaba de ocurrir otro haiku)
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado diciembre 2014
    Me dejan anonadada:eek:
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