El hacedor de flequillos
Cuando bajé la revista y me miré en el espejo no lo pude creer: me había convertido en un rollinga. El flequillo alto y ridículo, el faisán muerto sobre mi cráneo. ¿Qué me había pasado? Giré la cabeza horrorizado buscando al viejito, que un momento antes había interrumpido mi lectura para preguntarme mi opinión. “¿Qué me hizo, jefe?”, atiné a preguntarle. “Lo que le hago a todos los pibes que vienen acá”, y con la mano me señaló el vidrio de la ventana que daba a la calle. Había pintada una boca stone que yo ni había notado cuando entré. Me levanté de ese sillón señorial y me acerqué al espejo, me miré un largo rato de frente y perfil. No, no había solución: debía aceptar mi filiación rollinga durante unos meses hasta que el pelo me volviera a crecer. “Si querés te rapo completo...”, me dijo don Cosme, que estaba tan desconcertado como yo. Lo pensé unos segundos y supuse que eso me convertiría en un skinhead, otra secta urbana juvenil. Sería mejor dejar el desastre de ese tamaño. Porque una cosa es ser confundido con un idiota, y otra con un nazi.
El peluquero me contó. Desde hacía unos años su comercio, por tradicional, venía perdiendo clientela a medida que los de su generación se iban muriendo. Los hijos de sus clientes hacía rato que ya no le pisaban su peluquería porque iban a las del centro, regenteadas por unos mariquitas histriónicos que se hacían llamar a sí mismos couffeurs o, más patético aún, estilistas. “El espejismo del márketing, pibe: los jóvenes se creen que porque esos trolos decoran el salón, ponen una mina de recepcionista y le sirven un café tienen derecho a cobrarles el doble por igual trabajo. Qué lástima que se dejen robar así”, me decía don Cosme mientras barría el piso regado con mi pelo. Yo, de pie, seguía mirándome de reojo en el espejo. Me costaba convencerme de que en unos minutos debía salir afuera como un rollinga más de la legión de chicos y chicas con la ropa y el pelo moldeados por el mercado. Entonces, me seguía contando el jovato, se cansó de jugar al ajedrez con el jubilado de enfrente mientras esperaba que apareciera un cliente. Empezó a pensar cómo hacer para salvarse del naufragio, y la idea se la regaló la tevé: en el noticiero de las siete, y como nota de color, habían entrevistado a un peluquero que sólo hacía cortes beatle. Y él se preguntó qué secta juvenil se definía por su corte de pelo. Se consiguió un artista “del palo” (sic) que le pintara en el vidrio la famosa lengua stone y cambió el nombre del local. De “Peluquería Don Cosme” a “Lo de Mickey”, que parecería buscar un target infantil, pero que en realidad era un sutil homenaje a Sir Jagger. “Y acá estoy ―terminó de contarme el peluquero, apoyado en el mango del escobillón― con clientela renovada y mucha juventud que me visita. Disculpame pibe si te hice confundir. Es que aparte del logo ese que me hice pintar, todo lo demás está igual”. Y era cierto: seguía con su uniforme de pantalón y camisa de tela celeste, con sus navajas de barbero traídas de España, con sus sillones aparatosos, con el piso de baldosas ajedrezadas en blanco y negro. En eso entraron tres chicos rollingas, dos varones y una mujer. Saludaron a don Cosme con un abrazo y a mí me dieron la mano. Uno de los chicos fue a sentarse al sillón sin pedir permiso. Los tres parecían muy contentos de estar ahí, como si visitaran la cápsula del tiempo. Yo entendí que tenía que irme, le dije al peluquero “no se preocupe don, esto se arregla con tiempo”. Los chicos me miraron extrañados. Saludé con la mano y salí a la calle.
La caminata de regreso a mi casa fue penosa. Me parecía que la gente que me cruzaba por la vereda se reía de mí. Si me paraba a mirar una vidriera, me sobresaltaba por el reflejo del plumero que mi cráneo lucía como sombrero, y de inmediato retomaba la marcha. Alguna vieja que me vio acercarme aferró a su nietita del brazo y la atrajo a su lado. Un rollinga fumón me dijo al pasar “eh viejiiita cómo va”. Entendí que el fabricante de flequillos ya era famoso en toda la ciudad, mucho más que su colega beatle.
Al peladero de pollos fui con gorra, pero uno de mis compañeros de trabajo con el que nunca había hablado, notó el cambio y vino a saludarme. Me hablaba como si fuéramos masones en época de revolución. “Fierita, tengo entradas para esta noche”, me dijo por lo bajo, y se volvió a su puesto de trabajo porque vio que por la puerta aparecía el capataz. Yo seguí con lo mío, pero cuando levanté la vista vi que el pibe me guiñaba un ojo como si esa noche en vez de un concierto de rock hubiera un conciliábulo de subversivos. A la salida del turno me estaba esperando en el portón. Se presentó y me alcanzó una entrada para la “Nueve de oro” con un sello rojo estampado encima que decía “ticket de cortesía”. Una banda con nombre de bizcochos. Estuve por reírme pero me contuve. Supuse que mi compañero de trabajo me consideraba un iniciado en la secta y quería mostrarme el ambiente. Qué mejor que invitarme a un recital de una banda “del palo”. Yo detestaba la música rollinga (si se merece que se la llame así) tanto como su estética y sus hábitos de marihuanómanos volados. Pero acepté, no tenía nada que hacer esa noche y me dije que era una oportunidad para experimentar con entornos desconocidos. “Te pasamos a buscar con el bondi a eso de las nueve por la estación del tren, ¿te queda bien?”, me preguntó el rollinga. “¿A las nueve?”. “Es que tenemos un viajecito hasta la provincia”, y me saludó mientras montaba en su bicicleta.
Había una gran excitación en ese ómnibus de escolares alquilado. Recorrimos cincuenta kilómetros hacia el oeste hasta una localidad de la provincia. Fui saludando a los demás mientras avanzaba por el pasillo hacia la sonrisa de Gustavo, que desde el fondo me señalaba el asiento que tenía vacío a su lado. Mi compañero de trabajo me contó que en el pueblo al que íbamos vivía un ex futbolista muy amigo de la banda, por eso una vez por año arreglaban para tocar en la cancha de básquet del polideportivo municipal. Recuerdo que el tramo final lo hicimos por una avenida con un ancho boulevard de pasto, y por la ventanilla yo podía ver a las vecinas que se horrorizaban convenientemente al paso de tanta juventud perdida que le invadía la calma. Yo era el único entre los pasajeros que no estaba en estado de excitación desbordada. Me molestaba el histrionismo de esos pibes, gritando cantitos de cancha de fútbol con medio cuerpo por afuera de la ventanilla, y el olor insoportable a porro infestando el interior del micro. Pero no me sentía mal, no, me sentía como Jacques Cousteau descubriendo una nueva especie subacuática, mimetizado con el entorno gracias a sus patas de rana.
Bajamos en un lugar bastante tétrico: oscuro y húmedo, con el aroma en el aire de unas casuarinas altísimas. A unos metros se veía una pista de atletismo mal iluminada, y más allá seguía un monte tupido. A mi alrededor unos muchachos con la camiseta del equipo de fútbol local, amigos del ex futbolista supuse, hacían sus negocios exigiéndoles coimas mínimas a los vendedores ambulantes de cerveza y remeras que se habían apostado desde la estación de trenes hasta el polideportivo. Entramos en la cancha de básquet, un galpón con techo de chapas de zinc, y nos sentamos en el piso. Faltaba más de una hora para el recital. Yo les llevaba a todos unos cinco años, pero no se notaba, o por lo menos no percibí un trato diferente. Aparecieron las amigas de Gustavo. Cuando me las presentó, me abrazaron como quien le da la bienvenida a la secta a un nuevo hermano. Debo decir que fue el primer momento de placer del safari, porque eran todas muy bonitas: adolescentes, bajitas, pálidas y delgadísimas, con los ojos delineados de negro que les daban un aire muy sensual de gatúbelas. Claro, llevaban el inefable faisán muerto en la cabeza y el flequillo alto y ridículo a lo Carlitos Balá, pero el resto lo compensaba (y qué podía decir yo si también llevaba el mismo circo sobre mi cabeza). La remerita negra apretada, el jean azul con agujeros insinuantes y las zapatillas de tela completaban el uniforme de esas muñecas. Me puse a charlar con Sandra, o más bien la dejé que hablara; tenía miedo de que si soltaba la lengua terminaría confesándole que mi presencia allí era el producto de un gran error. (Es algo que siempre me pasa frente a las mujeres: me sincero.) Después fuimos a comprar unos vasos de cerveza a un puesto que habían instalado en el extremo opuesto al escenario. Cuando se apagaron las luces ninguno de los dos se apretujó con la gente. Creo que Sandra tenía tan pocas ganas como yo de ver a esa banda pedorra, y encima con un sonido pésimo propio de pueblo de provincia. Yo pensé que el vocalista sobraba ahí arriba, porque la letra de las canciones la cantaba a coro el público, replicando el ambiente de las tribunas de fútbol.
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Al otro día, revisando mi agenda telefónica, encontré un registro nuevo que había olvidado completamente. Sandra se había ingresado como “La rollinga”. Me extrañó que se llamará a sí misma así, pues se suponía que todos allí lo éramos. Si querer me pasé el día pensando en ella, tentado por marcar ese registro de mi agenda. Por casualidad pasé por la vereda de enfrente de “lo de Mickey”, y desde adentro los rollingas que esperaban turno me saludaron a los gritos. Don Cosme se distrajo un momento del plumero que moldeaba para mirar hacia afuera, y al verme me sonrió por sobre la lengua roja del vidrio y sacudió la mano con la tijera en señal de saludo. Después volvió a su cliente.