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Lluvia

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Comentarios

  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado noviembre 2014
    la lluvia larga

    preferiría, augusto
    que no me vieras
    que no me digas que me llamo césar
    ni que nací descalzo
    en una pequeña patria calcárea
    con silueta de dinosaurio
    preferiría que no me escuches
    ni me leas
    que no sintieras ni por asomo
    de mis labios fracturados
    el poema azul de tu mirada ciega
    la policromía ausente
    de mi infancia
    ( be-bop )
    deambulando en las cloacas
    preferiría y es mejor no hay otra
    que entendieras que tu regreso
    es bañarse en la lluvia de
    mi llegada que es partida
    que es morir

    sería bueno, augusto
    que escondieras tus papeles del diluvio
    el oscuro vestido de tu amada
    y el candadito que tu niña prometió
    sería bueno regresar
    a las semanas albas
    y la fecundidad de su armonía
    que protegieras los incunables
    de los pájaros fruteros del verano
    mis anteojos quebrados
    del sol ardiente de las noches
    los viejos chistes
    agonía y canción

    preferiría, augusto
    que supieras
    que soy el último pariente
    de esta lluvia que es l a r g a
    p u t a m a d r e
    y se acrecienta con la negación
    de tu cordura inhóspita
    con el concierto de las nubes pardas
    y el llanto de los niños alados
    que danzan al compás de ese baile
    inédito y consumado
    en la interperie
    que es espanto
    que es vivir.


    Augusto Rubio Acosta es poeta peruano (Chimbote, 1973-)

    .
    .
    .
  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    Minimalismo

    Tú.
    Yo.

    Dos o tres libros viejos.

    El silencio de la lluvia
    .................................en nuestros labios.

    Ana Rosa Fernandez
  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    Esta pesada empresa...

    Esta pesada empresa de comenzar el día,
    desde el dolor anónimo de los hombres que pasan
    como si no pasaran, de los hombres que mueren
    como
    si no murieran. Esta guerra que al fin es tremenda
    pero cotidiana, si a fuerza de insomnio y de locura
    no cambiamos, no cambiamos. Nos hace
    bien presentir esperanzas, pero ha llovido mucho
    y llueve, y la lluvia es antigua y nos
    pregunta: ¿qué estamos haciendo con la vida?
    nos hace bien, sin embargo, que siga
    preguntando.

    Beatriz Arias
  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado diciembre 2014

    Búsqueda de la poesía



    No hagas versos sobre acontecimientos.
    No hay creación ni muerte frente a la poesía.
    Ante ella, la vida es un sol estático,
    no calienta ni ilumina.
    Las afinidades, los aniversarios,
    los accidentes personales no
    /cuentan.
    No hagas poesía con el cuerpo,
    ese excelente, completo y confortable cuerpo,
    tan indefenso a la
    /efusión lírica.
    Tu gota de bilis, tu careta de gozo
    o de dolor en la oscuridad son indiferentes.
    Ni me reveles tus sentimientos,
    que prevalecen sobre el equívoco e intentan el largo viaje.
    Lo que piensas y sientes, eso todavía no es poesía.

    No cantes a tu ciudad, déjala en paz.
    El canto no es el movimiento de las máquinas
    ni el secreto de las
    /casas.
    No es música oída al pasar;
    rumor del mar en las calles junto a la
    /línea de espuma.
    El canto no es la naturaleza
    ni los hombres en sociedad.
    Para él, lluvia y noche,
    fatiga y esperanza nada significan.

    La poesía (no saques poesía de las cosas)
    elude sujeto y objeto.

    No dramatices, no invoques.
    no indagues. No pierdas tiempo en mentir.
    No te aborrezcas.
    Tu yate de marfil, tu zapato de diamante,
    vuestras mazurcas e ilusiones, vuestros esqueletos de familia
    desaparecen en la curva del tiempo, son algo inservible.

    No recompongas
    tu sepultada y melancólica infancia.
    No osciles entre el espejo y la
    memoria en disipación.
    Si se disipó, no era poesía.
    Si se quebró, cristal no era.

    Penetra sordamente en el reino de las palabras.
    Allí están los poemas que esperan ser escritos.
    Están paralizados, pero no hay desesperación,
    hay calma y frescura en la superficie intacta.
    Están allí solos y mudos, en estado de diccionario.
    Convive con tus poemas, antes de escribirlos.
    Ten paciencia, si son oscuros. Calma, si te provocan.
    Espera que cada uno se realice y consume
    con su poder de palabra y su poder de silencio.
    No fuerces al poema a desprenderse del limbo.
    No recojas del suelo el poema que se perdió.
    No adules al poema. Acéptalo
    como él aceptará su forma definitiva
    y concentrada en el espacio.

    Acércate y contempla las palabras.
    Cada una
    tiene mil rostros secretos bajo el rostro neutro
    y te pregunta, sin interés por la respuesta,
    pobre o terrible, que le dieras:
    ¿Trajiste la llave?

    Fíjate:
    huérfanas de melodía y de concepto,
    ellas se refugiaron en la noche, las palabras.
    Todavía húmedas e impregnadas de sueño,
    ruedan en un río difícil
    y se transforman en desprecio.


    Carlos Drummond de Andrade
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  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    geologías


    Una tarde llovió:

    germinaron ataúdes
    como brote viril gozando el rocío:
    columnas interminables,
    racimos de estambres ficticios
    que soltaron al viento su polen de piedra.

    Gonzalo José Bartha (1972)
  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    Regreso cuando llovía

    Del agua, como de la sangre, y al agua
    vengo, entrando a tierra por el agua:
    por su ángeles turbios derramados
    de costado, agua y aguacero errante,
    porque lluvia también cuando volvía,
    como una miel de piedra en tempestad
    sobre el pequeño tambor del corazón.

    En la ría, como en un espeso
    machete horizontal, tanta indecisión de ida
    y vuelta, tantos pedazos de la tierra:
    un pañuelo de hojas solas, una involuntaria
    madera, una cáscara, el cadáver
    de un grillo que asesinó la lluvia:
    testimonio de que la vida estaba
    allí no más, al otro lado
    del difícil destino, húmeda y cercana
    como la boca que nos busca.
    ¿Quién
    entonces eludió el regreso, quién
    podía rechazar sus fluviales manos ciegas?
    Porque si es lo fatal si las cosas
    caen y se rompen, si los clavos
    han de golpearse siempre la cabeza,
    si la robusta soledad del ganado
    camina sin cesar a su osamenta
    ¿quiere decir que nunca
    escaparemos a la patria, quiere decir
    que siempre volveré a su costa
    como a la única mujer en donde he estado
    transcurriendo?
    Ah, en esa dura
    paz, en la tinta de la baja noche,
    la población buscaba vida al viento,
    pescaba vida en el amarillo peinado
    del océano, cazaba vida litoral, los aguadores
    llevaban una cruz de vida colgando
    de sus brazos, cáscaras de vida
    escogía el niño en la basura. Todo
    era salvación afuera, todo
    entrega final: enloquecido
    el pez entraba al muro
    vacío de la red, el hombre
    a la mujer, al mar
    el alma empobrecida.
    (Ya se estaban poniendo
    tristes los maíces y hacia sus huesos
    envejecía el campesino, andino
    o lateral. Y de pronto, agua
    sobre la tierra, agua de pronto
    sobre la castigada y flaca duración
    vacilante de los pobres, lluvia
    hasta su sorda cavidad de sueño y alma.)

    Yo quería dormir, quería haber llorado
    con los párpados puestos en mis necesidades,
    en lo olvidado, retroceder a alguien,
    a ella, a mí, a nosotros
    dispersos: y solamente encontré al indio,
    dueño de su desesperanza y de su abismo,
    gastándose sin ruido, sin arder,
    como un fósforo mojado.

    Porque duro como el arroz es el retorno:
    ni casa ni comida ni mujer propia
    ni propia solución la que yo intento;
    no es llovizna de novia arrepentida,
    no es un tango ni una carta
    en olvido gradual: es aguacero
    ecuatorial, a cántaros, territorial: es río
    y mar y lluvia que para el hombre y sus vecinos
    de soledad, de ruina y de destrozo, edifican
    su propia cárcel que mojando lo agoniza.

    Fue preciso cerrarla: gritar, abandonar
    lo que me dieron y fue mío,
    lo que tuvo mi pisada, mi latido o mi olor:
    las ropas colgadas o caídas, mi tinta
    con su alta investidura de arzobispo,
    el celo, los lugares, los cuerpos
    de donde injustamente salía las mañanas
    y estar aquí, de nuevo, en mi terreno
    caminante y en mi terrestre invierno
    que a sí mismo se destruye, destruido.

    Jorge Enrique Adoum
  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    II

    Voy adonde amo y soy amada,
    hacia la nieve;

    Voy hacia las cosas que amo
    sin ningún pensamiento de deber o piedad;

    Voy adonde pertenezco, inexorable,
    como la lluvia que cae largo rato

    hacia los surcos; dí
    o habría dado

    vida al grano;
    pero si no crece o madura

    con la lluvia de la belleza,
    la lluvia retornará a la nube,

    quien cosecha afila su acero en la piedra;
    pero éste no es nuestro campo,

    no lo hemos sembrado;
    implacables, duros, dejemos

    El-sitio-de-la-calavera
    a quienes la moldearon.

    H.D. -Hilda Doolitle- (Bethlehem, Pennsylvania, EE.UU, 1886 - Suiza, 1961)
  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado diciembre 2014
    La ciudad infinita


    Para José Luis Zerón


    Siempre llueve
    En la ciudad infinita…


    Los puentes son brazos de agua
    Que atraen la soledad de los poetas.
    Hay un cielo oceánico en el Sena,
    Un paraíso abisal,
    Un limo de sangre fértil.


    Por las calles del recuerdo
    Pasea mi corazón solitario,
    El viento preñado de voces
    Lo arrastra a los jardines del tiempo.


    Hay un canto en la lluvia,
    Una música húmeda
    Que fecunda las horas.
    De mis ríos se fuga la muerte,
    Veo las tumbas llenas de vida.


    Siempre, siempre llueve
    En la ciudad infinita…



    Mª Engracia Sigüenza Pacheco (La Murada, Orihuela, 1963-)

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  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    Lluvia sobre el tejado

    Mi sobrino, que dormía en la habitación del sótano,
    ha puesto una laminilla de hierro afuera de su ventana
    para recuperar el sonido de la lluvia que caía
    sobre el tejado.

    No se lo digo, pero el corazón encuentra en su desgracia
    su propio consuelo.
    Una hoja de hierro repara un tejado solamente.
    Indemne, hasta ahora, de las heridas que la mudanza
    y la diferencia nunca muestran,
    mi sobrino puede reparar todavía los daños
    para volver a traer el amoroso sonido de aquella lluvia
    que conoció en la infancia.

    Ni digo —en las pérdidas de la vida una laminilla
    de hierro es una carga— que un día encontrará dentro de sí,
    bajo una plena oscuridad y silencio,
    el hierro que sostendrá no solamente el sonido
    perdido de la lluvia, sino también el sol,
    el rumor de los muertos
    y todo aquello que jamás volverá.

    Janet Frame - Janet Paterson Marco Clutha- (Dunedin, Nueva Zelanda, 1924-2004)
  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    Rayuela (extracto)

    "¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella.

    La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.(...)".



    Julio Cortázar
  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado diciembre 2014
    Madrugada

    Desnudo soñado una noche solar.
    He yacido días animales.
    El viento y la lluvia me borraron
    como a un fuego, como a un poema
    escrito en un muro.


    Alejandra Pizarnik

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  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado diciembre 2014
    Dancing Barefoot


    nuestros zapatos se han quedado en casa
    con la lluvia


    nuestros zapatos se han quedado en casa
    en el desierto
    y en las baldosas secas de un tiempo
    árido
    que no cupo en nuestras manos.


    nuestros pasos parecen firmes
    (pero nos tambaleamos)


    caminamos tan solas
    a pesar de todo
    porque
    todo este camino rutinario
    es parte
    de una huida
    que escribimos con palabras minúsculas
    y esperas en el frío.




    la tierra se cubre de blanco. es un luto diferente al nuestro / nuestro luto de tela de lija negra sobre nuestros cuerpos helados
    estas pieles frágiles que evitan el roce
    estas pieles viudas de sí
    que se corrompen hasta el deshielo


    mientras bailan descalzas sobre la nieve.


    Adriana Bañares


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  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    El paraguas de Sakutaro

    Una intensa noche de lluvia
    una voz llamó desde el jardín.
    Era un hombre que lloraba
    con un aire distraído
    con el rostro borroso
    por causa de la sombra de un paraguas.
    ¿Quién eres? Pregunté.
    Con voz triste,
    mostrando los dientes blancos
    y una picardía en la sonrisa respondió:
    Soy Sakutaro Hagiwara, dijo.
    No estaba llorando, solo ebrio.
    En una taberna del rio Ebigawa
    había bebido mucho y no estaba a gusto.
    Sube, dije, por un momento.
    Cargando su dudosa sombra mojada
    asciendió por el corredor de la casa
    y sentados, las piernas en cruz,
    sin decir palabra, bebimos copiosamente.
    La lluvia cae más fuerte, sin cesar.
    Entrada la mañana
    el borracho Sakutaro duerme y ronca.
    A su espalda, el ojo de la serpiente del paraguas,
    se abre y se cierra.

    Sakutaro Hagiwara (1886-1942), es el fundador de la poesía moderna en Japón.

    Chuei Yagi [Niigata, 1941]




  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado diciembre 2014
    Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras. Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible, por amor al silencio, por amor al lenguaje de los cuerpos. Yo hablaba. En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio. Es mi manera de expresar mi fatiga inexpresable. Debería invertirse este orden maligno. Por primera vez emplear palabras para seducir a quien se quisiera gracias a la mediación del silencio más puro. Siempre he sido yo la silenciosa. Las palabras intercesoras, las he oído tanto, ahora las repito. ¿Quién elogió a los amantes en detrimento de los amados? Mi orientación más profunda: la orilla del silencio. Palabras intercesoras, señuelo de vocales. Ésta es ahora mi vida: mesurarme, temblar ante cada voz, temblar las palabras apelando a todo lo que de nefasto y de maldito he oído y leído en materia de formas de seducción.
    El hecho es que yo contaba, yo analizaba, yo relacionaba ejemplos proporcionados por los amigos comunes y la literatura. Le demostraba que la razón estaba de mi parte, la razón de amor. Le prometía que amándome iba a serle accesible un lugar de justicia perfecta. Esto le decía sin estar yo misma enamorada, habiendo sólo en mí la voluntad de ser amada por él y no por otro. Es tan difícil hablar de esto. Cuando vi su rostro por primera vez, deseé que fuera de amor al volverse hacia mi rostro. Quise sus ojos despeñándose en los míos. De esto quiero hablar. De un amor imposible porque no hay amor. Historia de amor sin amor. Me apresuro. Hay amor. Hay amor de la misma manera en que recién salí a la noche y dije: hay viento. No es una historia sin amor. Más bien habría que hablar de los sustitutos.
    Hay gestos que me dan en el sexo. Así: temor y temblor en el sexo. Ver su rostro demorándose una fracción de segundo, su rostro se detuvo en un tiempo incontable, su rostro, un detenerse tan decisivo, como quien mueve la voz y dice no. Aquel poema de Dylan Thomas sobre la mano que firma en el papel. Un rostro que dure lo que una mano escribiendo un nombre en una hoja de papel. Me dio en el sexo. Levitación; me izan, vuelo. Un no, a causa de ese no todo se desencadena. He de contar en orden este desorden. Contar desordenadamente este extraño orden de cosas. A medida que no vaya sucediendo.
    Hablo de un poema que se acerca. Se va a acercando mientras a mí me tienen lejos. Sin descanso la fatiga; infatigablemente la fatiga a medida que la noche --no el poema-- se acerca y yo estoy a su lado y nada, nada sucede a medida que la noche se acerca y pasa y nada, nada sucede. Sólo una voz lejanísima, una creencia mágica, una absurda, antigua espera de cosas mejores.
    Recién le dije no. Escándalo. Transgresión. Dije no, cuando desde hace meses agonizo de espera y cuando inicio el gesto, cuando lo iniciaba... trémulo temblor, hacerme mal, herirme, sed de desmesura (pensar alguna vez en la importancia de la sílaba no).


    (1965)


    Alejandra Pizarnik

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  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    [OCULTAR]Me encantan los poemas cuentos de este hombre. Los descubrí esta mañana y me ha fascinado su estilo y sus historias...[/OCULTAR]


    Cayetano Murature
    Trelew, Chubut, 14 de enero de 1944


    Cayetano Murature
    albañil jubilado
    siciliano de profesión
    está mirando los tomates que se achicharran
    en esas plantitas
    crucificadas dulcemente
    sobre andamios de caña
    y paja brava.

    Con apenas dos dedos acaricia
    la piel triste de un tomate.
    Con los mismos apenas dos dedos
    se toca las mejillas:

    triste la píel, arrugada
    curtida de sal,
    como si el Mediterráneo se hubiera evaporado
    como de un soplido de Dios,
    desnudando los tristes acantilados
    de Sicilia y de Cerdeña.

    Triste la piel,
    tristes los tomates.

    A Cayetano Murature las sequías de la piel
    no le molestan
    pero las arrugas de los tomates .lo enfurecen.
    Dos meses sin lluvia.
    Allá lejos
    el río se ha vuelto un barrito chirle.
    De la canilla caen
    de tanto en tanto
    dos gotas
    como para probar que el agua existe.
    Cayetano le da vueltas a la cruz
    y se agacha hasta el pico para mirar
    y ver
    cómo una gota le apaga el pucho
    y otra le entra en el ojo:
    - porca miseria - dice Cayetano Murature – porca yuvia,
    porca caniya e la puta que lo parió al Duce.

    Cayetano Murature le tira una patada al cañito oxidado
    y le erra
    y le da al aire
    entonces
    tremendo patadón,
    con tanta mala suerte
    que el aire se raja en un zigzag celestial.

    Cayetano ve cómo la rajadura se va para arriba
    cómo la atmósfera se parte en dos
    hasta las nubes.



    Mira a un costado
    mira al otro
    y después se agacha a ver
    cómo crecen los rabanitos.
    Cayetano Murature mira
    y piensa
    y mira otra vez
    la rajadura del aire.

    Toca con un dedo.
    Piensa.
    Toca con otro dedo.
    Piensa.
    Calza un pie.
    Piensa otro poco.
    Y después
    sonríe
    feroz.

    Cayetano Murature
    se dejó un par de cosas
    allá abajo:
    unos anteojos de carey
    una cajita de rapé
    vencido
    una mandolina
    que trajo de Ragusa.
    Nada más.

    Dicen algunos
    que Cayetano Murature
    se murió.

    Dicen otros
    que se fue trepando
    por el aire hecho vidrio

    Que se fue.

    Y que todavía le anda peleando la lluvia al cielo.


    Poemas pertenecientes a "Crónicas de muertes dudosas",
    Bruno Di Benedetto




  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    Un cuento sobre la lluvia

    Desde la mañana la lluvia no me abandonaba,
    -Oh, déjame- le decía yo groseramente.
    Pero ella no cedía, fiel y triste,
    me seguía como una pequeña hija.

    La lluvia se pegó a mis espaldas, como un ala.
    Yo la retaba
    -Avergüénzate, mala!
    Llorando te implora el quintero
    -Vete a las legumbres y a las flores!
    ¿Qué quieres de mí?

    El tiempo era pesado y seco.
    La lluvia estaba conmigo, olvidando
    al resto del mundo.
    Los chicos bailaban en torno a mí,
    como si fuera una máquina regadora.

    Me ingenié para entrar en un café,
    Me escondí en una mesa, detrás de un nicho.
    La lluvia, cual un mendigo, se pegó a la ventana,
    y quería llegar a mí a través del vidrio.
    Salí otra vez, la mejilla fue castigada
    con una bofetada húmeda,
    pero en seguida, arrepentida,
    la lluvia, triste y valerosa,
    me lavó los labios con olor a cachorro.

    Creo que mi apariencia era ridícula.
    Me envolví el cuello con un pañuelo gris.
    Y la lluvia me pellizcaba la oreja.
    La sequía era tensa. Todo estaba seco.
    Sólo yo me empapé.




    BELLA (Izabella) Akhatovna AJMADÚLINA
    Rusia (10 April 1937 – 29 November 2010)





  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado diciembre 2014
    Bruscamente la tarde se ha aclarado
    porque ya cae la lluvia minuciosa.
    Cae o cayó. La lluvia es una cosa
    que sin duda sucede en el pasado.
    Quien la oye caer ha recobrado
    el tiempo en que la suerte venturosa
    le reveló una flor llamada rosa
    y el curioso color del colorado.
    Esta lluvia que ciega los cristales
    alegrará en perdidos arrabales
    las negras uvas de una parra en cierto
    patio que ya no existe. La mojada
    tarde me trae la voz, la voz deseada,
    de mi padre que vuelve y que no ha muerto.


    Jorge Luis Borges

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  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    Anduve por la raíz de la lluvia...


    Anduve por la raíz de la lluvia
    hasta esta casa sucia y corroída.
    La humedad cubre las paredes,
    el polvo domina el aire.
    La tarde anticipa la noche
    y en lo oscuro trabajará el óxido
    en llaves y herrajes.
    Y es amargo
    el pan con que me alimento.
    Y es turbia el agua que bebo.
    Y la voz que oigo, o creo oir,
    parece llegar del otro lado del mundo
    y apenas si proviene del cuarto contiguo,
    vacío, y no es sino una falla
    en el apretado tejido del silencio.
    ( Afuera y a lo lejos,
    un perro ladra a la lluvia,
    la lluvia lo moja, con saña, con indiferencia).



    Carlos Barbarito (Argentina, 1955)






  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado diciembre 2014
    .

    .
    .
    Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
    Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados.
    Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
    De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
    De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
    Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban.
    No habían despertado todavía al amor.
    No sabían nada de nosotros.
    De nuestro gran secreto.
    Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
    Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos,
    todos los gestos que hemos entrevisto y sospechado, los ademanes y las palabras de ellos,
    todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido,
    en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
    Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
    Te quiero con toda la furia de la lluvia.
    Te quiero con todos los tambores de la lluvia.
    Te quiero con todos los violines de la lluvia.
    Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada.
    Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.
    Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana; increíble, pero tan real; numerosa, pero tan mía.
    Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
    Oh, visitante.
    Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
    Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
    Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
    Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
    Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto,
    cuanto tú y yo seamos dos sombras, y todavía estemos pegados, juntos,
    subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
    Oh, visitante.
    Estoy lleno de tu vida y tu muerte.
    Estoy tocado de tu destino.
    Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
    Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
    Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta,
    ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros,
    ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles,
    ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza,
    los humildes barrios de los trabajadores.
    La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste
    y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría.
    Oh, íntima, recóndita alegría.
    Estoy tocado de tu destino.
    Oh, lluvia. Oh, generosa.



    Raúl Gonzales Tuñón

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  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    Yo solicito: lluvia


    yo solicito la extinción
    de la luz del hierro colado, la luz de los enamorados y la luz solar
    yo solicito que llueva
    yo solicito
    morir dentro de la noche

    yo solicito que en la mañana
    tú te encuentres inesperadamente con
    el hombre que me enterrará

    ilimitadas partículas de polvo de los años
    otoño
    yo solicito:
    que caiga una lluvia
    que lave mis huesos

    sobre mis ojos cerrados

    yo solicito:
    lluvia
    la lluvia es la culpa de una vida
    la lluvia es dichas y desdichas, separaciones y reuniones.


    Hai Zi ( 1964-1989)
  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    No quisiera que lloviera...


    No quisiera que lloviera
    te lo juro
    que lloviera en esta ciudad
    sin ti
    y escuchar los ruidos del agua
    al bajar
    y pensar que allí donde estás viviendo
    sin mí
    llueve sobre la misma ciudad
    Quizá tengas el cabello mojado
    el teléfono a mano
    que no usas
    para llamarme
    para decirme
    esta noche te amo
    me inundan los recuerdos de ti
    discúlpame,
    la literatura me mató
    pero te le parecías tanto.


    Cristina Peri Rossi (Uruguay, 1941)




  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado diciembre 2014




    Vacaciones en Lima

    Entro en el lavabo a oscuras
    mientras dejo a Miguel, fuera
    hablando solo, quejándose de

    lo deteriorada que está su relación
    paterno filial por culpa de la Juez, del

    psicólogo y no le doy al interruptor porque
    logro distinguir la taza y se está mejor
    así, parece que pueda oírse la lluvia con

    mayor nitidez, que el aire
    limpio, más que de costumbre y
    las gotas, golpeen con lentitud la ventana
    traslucida y por algún motivo

    todo eso me proporciona cierto, momentáneo
    estado de serenidad, y aunque lo lamente,
    esa es la verdad, por Miguel y por su
    hija.
    Es curioso, que las personas

    se distancien así. Sin saber porqué

    un día puedes tomar un avión y despegas
    con un alka seltzer en el
    bolsillo de la camisa, tragas
    un martini seco con el cinturón de

    seguridad bien abrochado y cruzas el
    océano una vez la azafata y el resto
    de la tripulación os han
    ilustrado sobre como sobrevivir
    a una tragedia aérea, os desean

    feliz viaje y os recomiendan comprar
    algún artículo (probablemente inútil)

    de dutty free
    De poco sirve la serotonina a
    los maníaco depresivos y veintiséis
    años, por ejemplo, pueden no ser nada y
    muchos seres humanos viven menos

    que eso, esta lluvia no parará nunca,
    tiro de la cadena y abro el grifo, me
    parece un desperdicio de agua, agua, y

    más agua, me seco las manos, no lo
    reconozco con precisión pero juraría
    que he oído un carraspeo, casi una tos o un
    sollozo y al salir le digo a bocajarro, -Tranquilo
    Miguel, ya lo verás:
    que
    todo se arreglará-. Y él,
    alza el rostro
    algo aturdido y a su vez pregunta-. ¿Pero
    no está muy
    oscuro
    aquí?



    Arturo Méndez Cons, (Cádiz, 1980-)

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  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    Blues de la lluvia

    Aguacero
    bello músico
    al pie de un árbol desvestido
    entre las armonías perdidas
    cerca de nuestras desencuadernadas memorias
    entre nuestras manos de derrota
    y pueblos de extraña fuerza
    dejamos colgar nuestros ojos
    y naciente
    desenrollando el cordón de un dolor
    sollozamos.


    Aimé Césaire (Martinica, 1913-2008)



  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado diciembre 2014

    Lo ignoro todo

    Las agujas del aire estaban sobre las frentes: qué oscura misión la mía de amarte.
    Las paredes de níquel no consentían el crepúsculo, lo devolvían herido.
    Los amantes volaban masticando la luz. Permíteme que te diga.
    Las viejas contaban muertes, muertes y respiraban por sus encajes.
    Las barbas de los demás crecían hacia el espanto: la hora final las segará sin dolor.
    Abanicos de presentirse horizontal. Fronteras.


    La puerta, presta a abrirse, se teñía de amarillo lóbrego lamentándose de su torpeza.
    Dónde encontrarte, oh sentido de la vida, si ya no hay tiempo. Todos los seres esperaban
    la voz de Jehová refulgente de metal blanco. Los amantes se besaban sobre los nombres.
    Los pañuelos eran narcóticos y restañaban la carne exangüe. Las siete y diez. La puerta
    volaba sin plumas y el ángel del Señor anunció a María. Puede pasar el primero.


    Esta misma canción que vuela, esta que estás tú cantando, hermosísimo as de oros, es el romance antiguo
    de la legión de condenados que aspiraban el perfume de las espinas dolorosas entre los dedos.
    Cuando tú eras magnífico, cuando tú tenías los ojos brillantes, dando la luz sin cambio, del todo,
    albergando bajo los párpados el secreto de todos los triunfos más mezquinos, no era difícil encontrarte
    en la mano, saludando, besando los dedos con reverencia de paje del quinientos.


    Así el camino es breve, así pronto el Occidente será una riqueza de oros que podrá batirse
    con las manos, que podrá multiplicarse en mil espumas sin labios. Así la preciada amarillez
    no será la tragedia de perder toda la sangre, sino la riqueza brava, despertada, de sentir en la piel
    los mil besos de todas las campanas. Moriremos si es preciso. Pero moriremos sabiendo que el latido
    repercute en la inquietud de las venas como vaticinio indescifrable, como una promesa que no se nombra.


    La primavera insiste en despedidas, arrastrando sus cadenas de cuerdas, su lino sordo,
    su desnudez de ocaso, el lienzo flameado como una sábana de lluvia. Alentar sobre un seno,
    alargar la mano a tres mil kilómetros de distancia, hasta tocar la frente de cristal en que
    están impresos los azules marinos, los peces sorprendidos.


    Si yo quiero la vida no es para repartirla. Ni para malgastarla. Es sólo para tener en orden los labios.
    Para no mirarme las manos de cera, aunque irrumpa su caudal descifrable.
    Para dormirme a mi hora sobre una conciencia sin funda.


    Por eso estoy aquí ya formándome. Cuento uno a uno los centímetros de mi lucha.
    Por eso me nace una risa del talón que no es humo. Por ti, que no explicas la geografía más profunda.

    Dejadme que nazca a la pura insumisa creación de mi nombre.


    Lo ignoro todo. No quiero saber si el color rojo es antes o es después, si Dios lo sacó de su
    frente o si nació del pecho del primer hombre herido. No quiero saber si los labios
    son una larga línea blanca.


    Oh amor, ¿por qué no existes más que en forma de trapecio? ¿Por qué toda la vacilación
    se convierte en dos rodillas columpiadas (de carne, voy a besarlas), mondas,
    desguarnecidas de calor, calvas para mis dientes que rechinan?


    Ni un grito. Ni una lluvia de ceniza. Ni tan solo un dedo de Dios para saber que está frío.
    La nada es un cuento de infancia que se pone blanco cuando le falta el respiro.
    Cuando ha llegado el instante de comprender que la sangre no existe. Que si me abro
    una vena puedo escribir con su tiza parada:
    “En los bolsillos vacíos no pretendáis encontrar un silencio”.


    Por eso, no quiero vestirme. He comprendido que no se desea mi muerte,
    que un proyectil disparado acaba siempre tomando la forma de un niño, de un infante
    que aterriza y que acaricia el verde soñoliento, con la misma inocencia con que el puñal
    pregunta el nombre de las vísceras que besa.


    Los ojos de los peces son sordos y golpean opacamente sobre tu corazón.


    Cuatro reyes, cuatro ases, cuatro sotas hacen la felicidad de una mano,
    arquean los lomos de las montañas, mientras el sol de papel de plata amenaza
    con rasgarse sin ruido. Los reyes son esta bondad nativa, conservada en alcohol,
    que hace que la corona recaiga sobre la oreja, mientras el hombro protesta del abrigo
    de todo, del falso armiño que hace cuadrada la figura. La mejilla vista al microscopio
    no invita más que a la meditación de los accidentes y al pensamiento de cómo lo esencial
    está cubierto de púas para los labios de los hijos; de cómo la aspereza de los párpados
    irrita la esclerótica hasta deformar el mundo, incendiado de rojo, quemándose
    sin que nadie lo perciba.


    Siento el silencio como esa piedra blanca que resbala sobre el corazón de las madres, y no tengo
    fuerzas más que para perdonaros a todos el mal que me habéis hecho, sin ignorarlo,
    con la forma de vuestra sombra cuando pasabais.


    ¡Flor, flor, flor, aparenta una sequedad que no posees! Cúbrete de hojas duras, que se vuelven
    mintiendo un desdén por la forma, mientras el aire cae comprendiendo la inutilidad
    de su insistencia, abandonando sus alturas.


    Yo comprendo que el destino pasajero es echar pronto las yemas al aire, impacientar
    el titilar de las luces ante la esperanza del fruto redondo que ha de albergarse en el aire,
    para que éste le acaricie sus fronteras, solamente sus límites, sin que su hueso dulce entreabra
    su propia capacidad de amor, blanco, lechoso, ignorante, y nos muestre sus suspicacias
    como una interrogación que creciese de alambre hasta rematar su elástica curva.


    Y un hombre que persigue perderá siempre sus bastones, su lento apoyo,
    enhebrado en la hermosura de su ceguera.


    En lugar de lágrima lloro la cabeza entera. Me rueda por el pecho y río con las uñas,
    con los dos pies que me abanican, mientras una muchacha, una seca badana estremecida,
    quiere saber si aún queda la piel por los dos brazos.


    Corramos, antes que los telones se desplieguen. Antes que los pelos del lobo, que el hocico
    de la madriguera, que los arbustos de la catarata se ericen y se detengan en su caída.
    Antes que los ojos de este subsuelo se abran de repente y te pregunten. Corramos hacia el espanto.


    Si Dios no me acusa, ¿por qué el alma me punza como una espina cuyo cabo está al aire,
    flameando como un gallardete insatisfecho? ¿Por qué me saco del pecho este redondo
    pájaro de ocasión, que abre sus luces en abanico duende y espía los rincones para desde allí
    encantarme con su pausado jeroglífico? ¿Por qué esta habitación, como una caja de música,
    se mueve, ondula sobre las aguas temerosas e insiste plenamente en su bella desorientación
    frente al crepúsculo?


    Pero el oro en la palma de la mano fulgura una seguridad tan grata,
    que yo comprendo que el sueño lo han inventado los cansados,
    los escépticos de su corazón mercenario, que golpeaba como una moneda en una jaula,
    en un –delirante ayer- agrisado hoy volumen de gorjeo.
    Perdóname que cuando se detiene la tristeza a la entrada de la esperanza adolescente,
    no asomen todas las palomas, las más blancas, con sus voces humanas,
    preguntando sobre la ruta apasionada.


    Vicente Aleixandre

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  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    La lluvia mata pajaritos

    No me digas que esta es la lluvia mata pajaritos
    mientras desanudas tu mano de la mía
    y me dejas así
    inútilmente desecho a la orilla de esta ciudad.

    No me digas que se ha venido el diluvio
    ahora que el vapor de nuestras respiraciones
    se asemeja a navíos que buscan asilo en el puerto.

    El frío cala hasta los huesos.
    Los perros son fieles pasajeros de la calle vacía
    y tú me miras a lo lejos
    dividida entre los árboles y el espejismo.

    Te alejas y me miras
    y no sabes si decirme ven
    o huir despavorida al cité de tardes perfumadas.

    No me digas que mañana no sabrás despojarme de aguaceros
    de jamases y de nuncas
    y de esta lluvia que aniquila.

    Raúl Hernández



  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado diciembre 2014
    Como quien deja un libro


    Para ser claro
    renuncio a las frases alusivas,
    a la caligrafía pálida
    sobre el cuaderno mudo de las tumbas,
    rechazo el podio hipócrita
    de la bondad post mortem,
    y a esa memoria tan desmemoriada.

    Yo no quiero que apunten
    en mi lápida la palabra yace,
    me niego espeluznado.
    No anhelo ese cheque grosero
    con el que expían de mármol de hospital
    lo que siempre te negaron avaros.

    Ni acepto que se luzca
    bajo una lluvia
    de mierda de palomas
    ese verbo impiadoso
    en tercera persona.

    No le abro los postigos,
    ni a sus endebles secuaces
    el adjetivo inerte
    el absurdo abatido
    menos aún al implacable muerto
    -auxiliares morbosos de crónicas de sangre-
    prefiero que sentencien
    se pudre
    se funde
    se disuelve
    pero jamás
    yace.

    Porque la muerte
    puede ser otra cosa,
    menos sucia y severa,
    mejor que la tapa biselada y sorda,
    quizás algo tan simple
    como tumbarse al sol,
    sobre el pasto o la arena
    en una tarde franca y sin ruinas,
    con vino y con regazo,
    y sonrisas con huella
    y dialecto de besos
    y un murmullo entrañable
    que recite poemas.

    Quizás yacer
    no sea esa quietud
    de corazones secos,
    ni el sueño, ni el olvido,
    sino un íntimo zafarrancho,
    un arrebato de vida sin permiso,
    un insomnio de goce,
    con marea de lluvia
    y peces sin abismo.

    Una muchacha fresca,
    pechos de hierbabuena,
    que te besa la ausencia
    sin placebo y sin pena.

    Ojalá no sea
    el hartado celeste
    de los castos y pulcros,
    tampoco el infierno ceniza,
    el hoyo de un ambiente
    con renta anticipada,
    sino jugar rayuela
    hasta llegar al cielo,
    y que don dios gorrión
    disponga tiernamente:
    “levántate y vuela”.

    Puede que signifique
    cerrar la vida apenas,
    como quien deja un libro,
    hasta que en una noche
    de miedo a la tormenta,
    o duda desvelada,
    lo hojeen conmovidos
    esos ojos más nuevos
    que guardan mi mirada.


    Sergio Manganelli

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  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    La primera lluvia del año


    La primera lluvia del año moja las calles,
    abre el aire,
    humedece mi sangre.
    ¡Me siento tan agusto y tan triste, Tarumba,
    viendo caer el agua desde quién sabe,
    sobre tantos y tanto!
    Ayúdame a mirar sin llorar,
    Ayúdame a llover yo mismo sobre mi corazón
    para que crezca como la planta del chayote
    como la yerbabuena.
    ¡Amo tanto la luz adolescente
    de esta mañana
    y su tierna humedad
    ¡Ayúdame, Tarumba, a no morirme,
    a que el viento no desate mis hojas
    ni me arranque de esta tierra alegre.


    Jaime Sabines (México, 1926-1999)




  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    La última isla

    De nuevo vida y muerte se confunden
    como en el patio de la casa
    la entrada de las carretas
    con el ruido del balde en el pozo.
    De nuevo el cielo recuerda con odio
    la herida del relámpago,
    y los almendros no quieren pensar
    en sus negras raíces.

    El silencio no puede seguir siendo mi lenguaje,
    pero sólo encuentro esas palabras irreales
    que los muertos les dirigen a los astros y las hormigas,
    y de mi memoria desaparecen el amor y la alegría
    como la luz de una jarra de agua
    lanzada inútilmente contra las tinieblas.

    De nuevo sólo se escucha
    el crepitar inextinguible de la lluvia
    que cae y cae sin saber por qué,
    parecida a la anciana solitaria que sigue
    tejiendo y tejiendo;
    y se quiere huir hacia un pueblo
    donde un trompo todavía no deja de girar
    esperando que yo lo recoja,
    pero donde se ponen los pies
    desaparecen los caminos,
    y es mejor quedarse inmóvil en este cuarto
    pues quizás ha llegado el término del mundo,
    y la lluvia es el estéril eco de ese fin,
    una canción que tratan de recordar
    labios que se deshacen bajo tierra.

    Jorge Teillier






  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado diciembre 2014
    El agua

    A Salvador Garmendia


    Hagamos de cuenta
    que yo no sé que la lluvia
    sólo ocurre en la palabra lluvia
    que cae en sentido inverso al espacio
    y es
    porque deja de ser
    como tu ojo deja de ser ojo
    y es caballo
    al mirar un caballo

    no es natural
    que llueva
    es natural
    que tiembles
    que temas a la lluvia


    que eres casi todo agua
    construyes una casa
    en nombre de la palabra hombre

    agua creyente
    te proteges del horror de caer

    dices: lluvia
    y eres agua
    mirando agua.


    Leopoldo "Teuco" Castilla (Argentina, 1947)



  • QuintiQuinti Juan Boscán s.XVI
    editado diciembre 2014
    tristes anónimos

    será esa dificultad que algunos tienen
    o les falta para ocultarse en medio de la nada
    para simular que no están
    que gozan de una ridícula invisibilidad
    bajo rayos
    centellas
    y otros retortijones de luz
    como flashes que los iluminan
    justito tropezando en las veredas
    el mero tránsito entre las góndolas de un supermercado
    allí donde el Ojo Electrónico de Dios los sorprende
    en la duda
    robar algo tonto
    un chocolate
    un arbolito de navidad


    será que a donde van siempre llueve
    o gotea sobre sus cabezas
    y en las fotografías salen húmedos y huraños
    patinando en los bordes
    ninguna dirección definida
    expuestos
    fracturados
    animalitos del Señor en la crueldad de la intemperie

    miran hacia arriba
    el cielo es un baldío feroz
    e incomprensibles desdichas del corazón
    trazan señales que sólo ellos
    llenos de ellos mismos
    ven como si miraran
    en blanco
    y negro

    eso los delata



    Sergio Rigazio (Buenos Aires, 1957-)

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