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Rigor mortis

YorickYorick Gonzalo de Berceo s.XIII
editado noviembre 2014 en Narrativa
Rigor mortis


La muerte me rodea a diario. Mi oficio es el de lapidista, es decir que fabrico lápidas: pulo y cincelo el mármol. Transcribo dos fechas, un signo religioso y algunas palabras que por lo general van entre signos de admiración: dicen que la muerte mejora la moral de las personas. Mi trabajo es bien físico, soy dependiente de una marmolería que se ubica estratégicamente enfrente de la entrada principal del cementerio de la ciudad. Es la calle funebrera: también hay florerías, casas de sepelios, fabricantes de féretros. Yo nunca veo a los deudos, mi ámbito de trabajo es el taller del fondo, donde el estrépito de la moladora o los martillazos no me dejan oír las voces del salón de ventas. Me alcanzan papelitos y yo intento que sobrevivan al tiempo tallándolos en la piedra. Nada más. Las ceremonias religiosas, las lágrimas y las disputas hereditarias escapan a mi espacio. O escapaban, debería decir. Porque es por lo que viví hace un tiempo que cuento todo esto, ahora que la emoción se ha disipado y puedo pensar con tranquilidad lo que sucedió.
Una mañana apareció mi patrón. Me extrañó que se viniese hasta el taller y no me mandara llamar a su oficina. Yo estaba con la moladora a pleno grito, y sentí que alguien me tocaba el brazo; era a la vez un saludo amistoso y una manera de hacerse notar. Apagué el aparato y nos saludamos. Me dijo que suspendiera lo que estaba haciendo y lo acompañara. Yo me malicié algo pesado: que el viejo me concediera un recreo, y con el trabajo pendiente que había... era para preocuparme. Salimos al patiecito, en donde corría un poco de aire, y nos sentamos bajo una parra. Allí es donde me despejo la cabeza un rato a la hora del almuerzo. El viejo me sonrió y me contó sin vueltas por qué me requería. Le había aparecido un cliente especial, dispuesto a salvar las apariencias con billetes. Había bajado de un Mercedes y le había explicado su situación. Su hermano había muerto cazando jabalíes en algún paraje perdido de La Pampa (se había caído de un jeep que lo llevaba en persecución a gran velocidad), y su cuerpo estaba demasiado maltrecho para velarlo a cajón abierto. El tipo no quería un velatorio a cuerpo ausente ni a cajón cerrado, le parecía una descortecía frente a sus amistades. Por eso estaba dispuesto a pagar un sobreprecio considerable si mi patrón, además de venderle una lápida, le conseguía un cadáver para llenar durante unas horas el féretro. “Y yo pensé en vos, mirá la foto que me dejó: son igualitos”, y era cierto que nos parecíamos: la tez olivácea, la nariz aguileña, los pómulos hundidos, el pelo escaso con las entradas marcadas... lo que por acá se dice “cara de turco”. Yo me quedé un momento con la fotografía en la mano, el desgraciado sonreía desde la proa de un yate, detrás de él el mar era muy azul. “Tenés que hacer de muerto, Marquitos. ¿Te animás? Son unas horitas nomás, el tipo me aseguró que era un velorio express. Para cumplir con la formalidad. Los ricos son gente muy ocupada”. Yo me quedé pensando, me imaginé en una sala mortuoria para pobres, como a las que había ido. No era un trabajo fácil. Le dije que el cliente buscaba un muerto, no un actor que se hiciera el muerto. El viejo me dijo que no importaba, de todas maneras conseguir un cadáver en unas horas, y encima que se le pareciera al difunto, era algo imposible. Coordinar con la casa de sepelios era un llamadito telefónico: “te maquillan un poco y listo. Las ojeras vos ya las traés”, esto último lo dijo con una risita nerviosa. “Hay mucha plata Marquitos. Estas locuras de los ricos no se dan dos veces. Nos repartimos la guita a medias. Por una vez te van a pagar por no hacer nada...”
La mujer que me preparó para fiambre, en la casa de sepelios, se sentía incómoda. Tal vez hacía mucho que no empolvaba a un tipo que se mantenía solo en posición vertical. Me maquillaba como si fuese a salir a escena, y pensándolo bien era eso lo que estaba por hacer. En eso estábamos cuando apareció el del Mercedes. Ya se había enterado de que no había falso cadáver, sino falso actor. Nos saludamos y me recomendó que controlara lo más posible la respiración. “Esta gente ―me dijo, he hizo un gesto hacia la sala mortuoria aún vacía― no es de hacer escándalo cuando ven un muerto. A mi hermano hace siglos que no lo trataban, era la oveja negra de la familia. Pasan por compromiso y se van enseguida. Así que quedate tranquilo, relajate, no muevas ni un músculo y cuando alguno entra en la sala donde vas a estar, tratá de controlar la respiración. ¿Nunca hiciste yoga?” me preguntó y un segundo después se dio cuenta de la tontería que había dicho. “No ―le dije, y le pedí― usted liquide el trámite lo más rápido posible”. “Quedate tranquilo” me dijo ya yéndose para chequear que en la sala estuviese todo listo para las visitas.
Perdí la noción del tiempo: la mortaja y el cajón eran incómodos, pero ningún usuario antes se había quejado. En algún momento creo que dormité: me había relajado demasiado. Escuchaba murmullos que llegaban de la sala de al lado, donde había sillones y un servicio de refrigerio servido por señoritas circunspectas. Y yo, que era la estrella de la reunión, ahí solo y muriéndome de sed. Escuchaba que los pasos llegaban, se quedaban de pie un momento a lado del féretro y se volvían con los demás. A veces el del Mercedes los acompañaba y enseguida se los llevaba a la otra sala. En algún momento de la madrugada dos voces masculinas se acercaron buscando privacidad y se pusieron a susurrar los pormenores de algún negocio en común: uno proponía y el otro aceptaba o corregía.
Después escuché que cerraban el ataúd y me transportaban. Creí que ya estaba todo terminado; pero no: se demoraban en hacer el cambio con el cadáver que refrigeraban en la heladera del fondo. Yo tenía miedo de que se me acabara el aire, estaba todo en silencio y me pareció que me habían dejado en algún depósito. No me animaba golpear la tapa. Se me pasó por la cabeza un cuento que leímos en la escuela sobre un hombre que tenía terror de ser enterrado vivo. Creí que si me había metido en eso y había llegado con la parodia hasta ahí, bien podía soportar lo poco que faltaba. No podían tardar mucho más en sacarme, puesto que el cortejo fúnebre ya estaría listo en la calle. Traté de dominar la respiración para cuidar el oxígeno.
Cuando fueron a sacarme me encerré enseguida en el baño con la excusa de sacarme el maquillaje, en verdad no quería ver cuando metieran el fiambre del ricachón malogrado. Después me sirvieron un café en la cocinita del fondo, y una de las chicas que hacían de camareras me vino a decir que ni bien se fueran los deudos podía salir. Se rió involuntariamente cuando me vio, y le costó mucho hablarme sin tentarse. Yo fingí no darme cuenta. La paga era buena, eso era lo que importaba. Llegué a mi casa a eso del mediodía y no volví a asomarme a la calle hasta el otro día. No sé si el viejo me esperaba en el taller esa tarde, pero yo no estaba con ánimo de nada. Ya había tenido suficientes emociones para un solo día.

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