En la oficina de Recursos Humanos
Juan Carlos Gonzalez ―este fantasma tiene nombre, pero es funcional a la historia, ya verán― está otra vez sentado frente al escritorio de la secretaria del director de Recursos Humanos. Desde que lo hicieron pasar está solo en la habitación, cada tanto escucha los murmullos del diálogo de la oficina de al lado (el despacho del director) en el que la secretaria y su superior estarán analizando su caso. Hace quince días le habían mandado un telegrama a su casa: suspensión por ausentismo. JCG nunca faltó ni llegó tarde a su puesto de vigilancia en un country suburbano. Él sabía que había dos empleados más que compartían su nombre, así que, cuando volvió a la pensión y se encontró con el mensaje (se lo dio la dueña de casa con cara de preocupada), en vez de meterse en la cama se vino a esta misma oficina en la que ahora aguarda. Error del sistema, le había dicho la secretaria aquella vez. «Quédese tranquilo. El director me ha informado que vaya a trabajar esta noche como de costumbre, el sistema lo confundió con alguno de sus tocayos». El hombre no se imaginaba cómo una máquina podía confundirse, pero no había preguntado; se había vuelto a su casa calculando quién de los otros dos Juan Carlos Gonzalez podía haber sido el destinatario de la confusión. Él conocía a uno, el Juanca, un gordito cuarentón, algo inmaduro a juzgar por sus chistes, con el que le había tocado hacer varias rondas. Allá van los mellizos, le gritaban desde la garita sus compañeros de trabajo. Tal vez ellos creyeran que esta coincidencia debía unirlos de alguna manera; se olvidaban que eran ¿centenares? los Juan Carlos Gonzalez que pululaban por el país.
Y anoche, en la rutina de los días cinco, había recibido el cheque de su sueldo con el resumen de la liquidación. Un ítem inesperado le informaba del descuento aplicado a su salario por los días de suspensión no trabajados. A la salida de su turno se había venido derecho a la empresa, ya que los reclamos se debían hacer en horarios de oficina.
Se ha anunciado, lo han hecho pasar a la oficina y ahí está, donde lo habíamos dejado, solo en esa habitación. Los murmullos al lado, la espera paciente de asalariado respetuoso. Al fin aparece la secretaria, se sienta frente a él y le informa, sin preámbulos: otro error del sistema. «Quédese tranquilo. En el sueldo del mes que viene se lo reintegran.» JCG asiente, saluda y se va. En el camino de vuelta piensa que si un cliente se acostumbra a reclamar, y paga, cuánto mas de paciencia se esperaría de quien pretende cobrar.
Comentarios
Hola LilyJalile,
No pretendo que estos relatos tengan reflexiones morales, tal vez por eso deba quitar la última oración (es más efectivo mostrar que afirmar, ¿verdad?). No pretendí que el protagonista pareciera una víctima del sistema. Tampoco pretendo que los finales busquen resolver nada, sólo narrar hechos de la vida cotidiana, no son desenlaces a la manera del relato tradicional.
Gracias por tu comentario.
Por lo que dices y por lo que he leído (que no esta mal redactado) es un relato ¿de lo cotidiano?
Si es así solo sería una fotografía en blanco y negro de una persona común.
Disculpa mi duda y mi intromisión.
Saludos
Para nada Juancho, si uno sube sus textos es para ponerlos a prueba, desde lo textual claro (la psicoterapia de grupo no me interesa) y no lo siento una intromisión. El problema es que no debería explicar lo que el mismo texto tendría que decir solo.
Es un relato de lo cotidiano, un pequeño suceso en la vida de personas comunes, por eso el título del proyecto de libro es (por ahora) "15 escenarios, 30 fantasmas": son fantasmas porque son personajes (no personas) y porque cada uno sucede en un ámbito bien acotado. Puede haber más de dos personajes por relato pero los que cuentan son los dos que establecen un diálogo.
Si has leído algunos cuentos breves de Hemingway tendrás una idea de cuál es el tono que pretendo darle a los relatos. No sé si lo estoy logrando, pero estoy corrigiendo en esa dirección, que llamaría minimalista.
Saludos y hasta pronto
¿Ya casi lo publica? Me gustaría llegar a leerlo (cuando lo publique, claro) para notar las comparaciones con lo que presenta es la idea al estilo Hemingway.
Gracias por compartir.
Odmaldi,
Muchas gracias a vos por el comentario.
Sobre el minimalismo, como le comentaba a otro forista en un posteo anterior, es una orientación, no lo tomo como doctrina, y en el caso del nombre del personaje creo que es una complejidad de la trama, no de la escritura, que es en donde busco el principio de decir más con menos. Sobre la reflexión del final, efectivamente, va a contramano de mis intenciones y ya lo saqué, ya que la idea de mostrar en vez de decir se contradice con esa reflexión final que puesta ahí tiene un doble efecto nocivo, puesto que como bien lo notaste además suena a moraleja.
Y no, no estoy por publicarlo, aunque ya acumulo cerca de 20 relatos, le falta mucha incubación todavía, pero siempre pienso los proyectos como publicables (que no significa que lo concrete), de lo contrario no les haría perder el tiempo a nadie en este foro solicitándoles su amable opinión.
Acá va la versión actual corregida, saludos y otra vez gracias:
En la oficina de Recursos Humanos
Juan Carlos Gonzalez ―este fantasma tiene nombre, pero es funcional a la historia, ya verán― está otra vez sentado frente al escritorio de la secretaria del director de Recursos Humanos. Desde que lo hicieron pasar está solo en la habitación, cada tanto escucha los murmullos del diálogo de la oficina de al lado (el despacho del director) en el que la secretaria y su superior estarán analizando su caso. Hace quince días le habían mandado un telegrama a su casa: suspensión por ausentismo. JCG nunca faltó ni llegó tarde a su puesto de vigilancia en un country suburbano. Él sabía que había dos empleados más que compartían su nombre, así que, cuando volvió a la pensión y se encontró con el mensaje (se lo dio la dueña de casa con cara de preocupada), en vez de meterse en la cama se vino a esta misma oficina en la que ahora aguarda. Error del sistema, le había dicho la secretaria aquella vez. «Quédese tranquilo. El director me ha informado que vaya a trabajar esta noche como de costumbre, el sistema lo confundió con alguno de sus tocayos. Para evitar futuras confusiones, el sistema lo va a identificar como jotacegé uno. Recuérdelo». El hombre no se imaginaba cómo una máquina podía confundirse, pero en vez de preguntar, repite (y se repite): «Jotacegé uno». Se había vuelto a su casa calculando quién de los otros dos Juan Carlos Gonzalez podía haber sido el destinatario de la confusión. JCG conocía a uno de ellos, el Juanca, un gordito cuarentón, algo inmaduro a juzgar por sus chistes, con el que le había tocado hacer varias rondas. Allá van los mellizos, le gritaban desde la garita sus compañeros de trabajo. Tal vez ellos creyeran que esta coincidencia debía unirlos de alguna manera; se olvidaban que eran ¿centenares? los Juan Carlos Gonzalez que pululaban por el país. Y anoche, en la rutina de los días cinco, había recibido el cheque de su sueldo con el resumen de la liquidación. Un ítem inesperado le informaba del descuento aplicado a su salario por los días de suspensión no trabajados. A la salida de su turno se había venido derecho a la empresa.
Se ha anunciado como Jotacegé uno, lo han hecho pasar a la oficina y ahí está, donde lo habíamos dejado, solo en esa habitación. Otra vez los murmullos al lado, la asalariada paciencia. Al fin aparece la secretaria, se sienta frente a él y le informa, sin preámbulos: error del sistema. «Quédese tranquilo. En el sueldo del mes que viene se lo reintegran.» JCG duda un momento, luego asiente, saluda y se va.
Mientras tanto, el señor NN. ha sacado del bolsillo de su pantalón unos cuantos billetes arrugados. Se fija en el monto que aparece al pie de la boleta del gas que sostiene con su otra mano y calcula. Nota que entre los billetes hay uno falso, lo sabe porque él mismo lo imprimió, y la verdad es que esa serie no le salió muy fiel. Pero lo que más lo preocupa es que no debería haberlo traído a ese lugar, en donde hasta el empleado menos avispado reconocería a simple vista su condición de apócrifo. Esto pone nervioso al señor NN. Guarda enseguida el billete violeta en el bolsillo con un movimiento que hubiera querido no resultara tan brusco. No ha pasado nada, no ha hecho nada malo; está un poco acalorado no más. Entonces ¿por qué se siente observado?
Estando a sólo tres clientes de ser atendido, se sale de la cola y se sienta en uno de los sillones que el banco destina a sus clientes. Ha perdido un lugar valioso para esta fecha de principios de mes. Ahora el vigilante está más atento, lo extraña que luego de media hora deespera el hombre haya abandonado su puesto, pero tampoco se haya ido. El señor NN. recupera el billete, lo deja caer y enseguida se levanta y camina hacia la calle. El vigilante nota el billete en el suelo, se acerca hasta el papelito violeta pero no lo levanta, sino que lo pisa. Después se agacha para acomodarse algo en el zapato y rápidamente se lo esconde dentro de la media. El señor NN. nunca sabrá el destino de su invención, porque mirar hacia atrás hubiese sido sospechoso. Ha preferido pagar la cuenta del gas otro día.
El hombre volvía de madrugada de su trabajo. Antes de llegar a la esquina pudo verlas bien. Eran dos prostitutas (una rubia, la otra morocha) que charlaban apoyadas contra el capot de un auto. Sus voces chillonas, efusivas por lo que se contaban, le llegaban claras desde la cuadra anterior, cuando empezaron a interferir su taconear acompasado. El hombre dobló en la esquina. Ellas apenas se interrumpieron para mirarlo pasar. Llegó hasta la mitad de la cuadra y regresó. Se detuvo a unos pasos y esperó a que la rubia se diera vuelta. La morocha se lo señaló con la mirada. Cuando ella torció su cabeza él preguntó: «¿Cuánto cobrás?». Ella: «Doscientos la hora más la comisión de la casa: trescientos en total». «¿Y adónde vamos?». «Acá enfrente», y cabeceó en dirección a un edificio de departamentos que estaba enfrente. «Vamos» dijo él. Ambos cruzaron la calle, ella apretó con el índice el delgado botón de metal del tablero y a los pocos segundos la voz metálica de una mujer se escuchó por el altavoz del portero eléctrico: «¿Sí?». La prostituta dijo «Magda con gente». Luego se escuchó el zumbido de la puerta, ella la empujó con el hombro y entraron. Subieron en silencio por el ascensor hasta el cuarto piso. Cuando ella abría la doble puerta (la interna enrejada, de hierro, tipo acordeón, la externa de madera) el hombre percibió la voz de la madama ahora sin distorsiones. El hombre salió del ascensor detrás de la prostituta y la vio. Estaba en el pasillo a oscuras, frente a la puerta abierta del privado. Por allí se escapaba una luz blanca que la iluminaba como al espectro en un escenario. Recostada contra la pared, de perfil, la madama miraba hacia el interior del departamento y hablaba con alguien que estaba adentro. La prostituta estaba por apretar la llave colorada que iluminaba el pasillo cuando él le dijo «no» y con su mano le detuvo el brazo. Lo dijo con voz contenida. Ella lo miró, sin entender. El hombre giró y volvió a abrir las puertas del ascensor que aún permanecía detenido en ese piso. Entró rápido y ella lo siguió. Mientras descendían explicó: «La conozco. Me compromete». La prostituta lo miraba sin decir nada. «¿No tenés otro lugar a donde ir?». «No ―dijo ella―, trabajo para esta gente. Me matan si me corto sola.» «Disculpame, me compromete», le dijo él mientras salía del ascensor y caminaba hacia la salida. Cruzaron la calle. Él repetía «me compromete», y negaba con la cabeza. Cuando llegaron a la esquina el hombre siguió caminando en la dirección que traía. A su espalda escuchó que la morocha le preguntaba «¿qué pasó?». La rubia le dijo «estos cagones que te hacen perder el tiempo». Lo dijo con fingida molestia. Su voz en la madrugada sonaba a desgano. El hombre siguió alejándose. Recuperó la música del taconear en la madrugada.
Me han gustado mucho los tres relatos. Literariamente, prefiero el último, pero se trata sólo de gustos personales.
Creo que todos somos fantasmas , o números, para las administraciones - públicas o privadas, grandes o pequeñas- y hace gracia que un fantasma se llame "Juan Carlos", en lugar de "Fedrik el sanguinario. Ese hecho captó mi atención desde el principio e hizo que siguiera leyendo.
Sí que me parecen instantáneas de la realidad, y bien escritas por cierto.
En cuanto a la reflexión moral que pueda o no suscitar el texto, es inevitable que nos haga pensar pues hay un "alma" generatriz y una mente detrás de ellos.
Lo que me comentás me ayuda a corregir con más acierto. La idea de los personajes-fantasmas es la de, por un lado, jugar con seres anónimos o con un nombre que por repetidos se invisibilizan, y por otro lado, desde el punto de vista formal, un personaje es una creación artificial, y no una persona que vive. Me propongo mostrar eso más que una denuncia social o algo así, pero no siempre me sale.
Trato de mostrar en vez de decir, por eso el último es el que más me gusta y un poco el modelito para corregir al resto: ahí me propuse seguir a un personaje como en el cine, con una cámara, desde lo exterior, y que el narrador intervenga lo menos posible. Sin leer pensamientos ni querer juzgar sobre lo que está pasando. Hemingway es, se me ocurre, el que mejor lograba este efecto. Evitar que el narrador se meta me cuesta mucho, quizás por la sobredosis de opinología en la que vivimos inmersos.
Saludos
Es cierto, los personajes no tienen porque ser reales. Pero necesitan "cuerpo" que les haga ser creíbles. Incluso un personaje llamado "Zúrich de Novarlesca", del planeta Crestón( me lo invento, y muy mal), necesita tener un alma para que nos atraiga.
Tu Juan Carlos ( y los otros fantasmas) necesita un alma y esa verdad para que nos apetezca leer, ¿no? Lo mismo me sucede a mi con mi chimpancé Dora Mar, con Juanillo, con Daniel o con Lucía,..
En cuanto a la denuncia social, creo que somos seres morales o éticos y eso ( o su ausencia) se transparenta a través de nuestras palabras.
Por otra parte, lo hermoso de la Lite. Es que cada uno interpreta lo que lee a su manera. Yo he hecho gran cantidad de comentarios de texto que me han valido buenas calificaciones. Siempre he pensado: si el autor los leyera no siempre estaría de acuerdo con la interpretación y mi lectura personal de su texto.
Pero, cést la vie!
El hombre pasa las últimas horas de luz de la tarde en una playa de la costa atlántica con su mujer. Se han instalado desde las cuatro, cuando volvieron de la siesta, cerca de uno de los accesos a la playa que comunica con la avenida céntrica, por eso pueden ver que ya varios veraneantes se vuelven cargando trabajosamente sus bártulos: sillas plegables, sombrillas, heladeritas portátiles, por lo general entre chicos y algún que otro perro. El hombre y su mujer están sentados en esas sillitas de lonas plegables, cerca de uno arbustos que marcan el límite entre playa y avenida. Ya han cerrado la sombrilla porque el último sol del lento atardecer de verano, a sus espaldas, no puede perturbarlos.
Por la playa avanza un vendedor ambulante voceando su mercancía: son churros. Él hombre consulta con la mirada a la mujer, dice por lo bajo «tengo hambre» y llama la atención del vendedor levantando la mano y sacudiéndola. Cuando el vendedor se acerca hasta ellos notan que es un viejo. Está vestido de blanco, pantalón y camisa de tela liviana, más una gorra del mismo color con la inscripción de la empresa para la que trabaja. Rondará los sesenta años, calcula la pareja viéndolo venir. La arena, cerca del médano donde la pareja se ha instalado, es gruesa, y es visible el esfuerzo que el vendedor hace para llegar hasta allí, remontando la playa. Llega jadeante y se queda mirándolos. El hombre le dice «deme media docena». El viejo saca la tapa de la canasta de mimbre que cargaba cruzada con una correa, luego, protegiéndola con su propio cuerpo del viento que cruza la playa de norte a sur, saca de allí una bolsa de papel, unas pinzas de metal y empieza a meter en la bolsa los churros. Va contando con cuidado hasta llegar a seis y cierra el paquete enrollándolo por el extremo. Cuando se los está por entregar al hombre, que desde su sillita lo observa desde abajo, una ráfaga de viento los cruza, levantando un remolino de arena que les pica en el cuerpo. El vendedor comenta con una sonrisa: «hay que tener cuidado porque con este viento más que azúcar se mastica arena». El hombre y su mujer sonríen. El hombre agarra el paquete que el otro le tiende y está por alcanzarle un billete, cuando ve que el viejo se tambalea sobre sus pies. El hombre se para y lo sostiene. «¿Se siente mal don?», le pregunta. Su esposa también se ha incorporado a medias de su silla. El viejo está tan blanco de cara como su uniforme de trabajo. Pareciera que quiere decir algo pero no responde. El hombre lo ayuda a sentarse en su sillita, mientras lo desembaraza de su canasta. Luego le alcanza un vaso con jugo fresco, que el viejo acepta sin decir nada. La pareja aguarda de pie, observándolo. El vendedor ambulante vacía el vaso, se lo devuelve al hombre y dice «ya está, fue un mareo nomás», a la par que se esfuerza por erguirse desde la escasa altura en que lo ha depositado la sillita. El hombre lo retiene en su lugar mientra le dice «descanse un momento don, así no puede seguir». El viejo lo mira desde abajo y comenta «me queda un ratito más de luz y tengo que terminar la recorrida». Lo dice mientras vuelve a ensayar ponerse de pie.
Entonces el hombre piensa unos segundos y le dice: «déjeme que yo se lo termino». Mientras se cruza al través la canasta le pregunta sin mirarlo: «La docena a veinticinco. ¿Y cada uno a cuánto?». El viejo lo mira con la boca abierta, su mujer también está sorprendida. El hombre lo tranquiliza: «Le dejo a mi esposa de garantía», y se ríe. Luego insiste: «¿Y de a uno cuánto lo cobro». El vendedor mira a la mujer, luego vuelve a mirarlo a él y dice «a tres pesos». El hombre se reacomoda la canasta y le dice «usté cómase un churro y hágale compañía a mi mujer. Se la presento: Dolores». Ellos se dan la mano con recelo, todavía incómodos por la situación. El hombre señala hacia el sur y pregunta: «voy hasta el final del balneario y vuelvo, ¿está bien?» Sin esperar respuesta insiste ahora con los dos, que lo miran desde sus sillas: «¿Qué les parece este pregón?», y haciéndose bocina con una mano grita ¡chuuuuroooooos! Nadie le responde. El hombre saluda con una mano y empieza a caminar por la playa. Su esposa y el vendedor lo miran alejarse. A los pocos metros ven que una mujer lo llama: está al parecer con sus nietos, y los chicos aguardan la bolsa con churros con ansiedad. El hombre cobra, saluda y sigue alejándose por la playa. Todavía queda tiempo para que el vendedor y la mujer escuchen la voz del hombre una vez más, pregonando su mercadería.
Gracias pessoa. Si los nombres te parecieron un lío entonces tengo que revisarlo, no debería haber confusión con sólo 3 personajes.
Saludos
El señor NN. pasa las últimas horas de luz de la tarde en una playa de la costa atlántica con su mujer. Se han instalado desde las cuatro, cuando volvieron de la siesta, cerca de uno de los accesos a la playa que comunica con la avenida céntrica, por eso pueden ver que ya varios veraneantes se vuelven cargando trabajosamente sus bártulos: sillas plegables, sombrillas, heladeritas portátiles de tergopor, remontan la pendiente de arena entre chicos y algún que otro perro. El señor NN. y su mujer están sentados en esas sillitas de lonas plegables, cerca de unos arbustos que marcan el límite entre playa y avenida. Han cerrado la sombrilla porque el último sol del día, a sus espaldas, ya no puede perturbarlos.
Por la playa avanza un vendedor ambulante voceando su mercancía: son churros. El señor NN. consulta con la mirada a la mujer, dice por lo bajo «tengo hambre» y llama la atención del vendedor levantando la mano y sacudiéndola. Cuando el vendedor se acerca hasta ellos notan que es un viejo. Está vestido de blanco, pantalón y camisa de tela liviana, más una gorra del mismo color con la inscripción de la empresa para la que trabaja. Rondará los sesenta años, calculan viéndolo venir. La arena, cerca del médano donde la pareja se ha instalado, es gruesa, y es visible el esfuerzo que hace el vendedor para llegar hasta allí, remontando la playa. Llega jadeante y se queda mirándolos. El señor NN. le dice «deme media docena». El vendedor quita la tapa de la canasta de mimbre que carga cruzada con una correa. Luego, protegiéndola con su propio cuerpo del viento que cruza la playa de norte a sur, extrae de allí una bolsa de papel, unas pinzas de metal y empieza a meter en la bolsa los churros. Va contando con cuidado hasta llegar a seis y cierra el paquete enrollándolo por el extremo. Cuando se los está por entregar al señor NN., que en su sillita lo observa desde abajo, una ráfaga de viento los cruza, levantando un remolino de arena que les hace picar el cuerpo. El vendedor comenta: «hay que tener cuidado porque con este viento más que azúcar se mastica arena». La pareja sonríe. El señor NN. agarra el paquete que el otro le tiende y está por alcanzarle un billete, cuando ve que el viejo se tambalea sobre sus pies. El señor NN. se para y lo sostiene del brazo. «¿Se siente mal Don?», le pregunta. Su esposa también se ha incorporado a medias de su silla. El viejo está tan blanco de cara como su uniforme de trabajo. Pareciera que quiere decir algo pero no responde. El señor NN. lo ayuda a sentarse en su sillita, mientras lo desembaraza de su canasta. Luego le alcanza un vaso con jugo fresco, que el viejo acepta sin decir nada. La pareja aguarda de pie, observándolo. El vendedor vacía el vaso, se lo devuelve al señor NN. y dice «ya está, fue un mareo nomás», a la par que se esfuerza por erguirse desde la escasa altura en que lo ha depositado la sillita. El señor NN. lo retiene en su lugar mientras le dice «descanse un momento don, así no puede seguir». El viejo lo mira desde abajo y comenta «me queda un ratito más de luz y tengo que terminar la recorrida». Lo dice mientras vuelve a ensayar ponerse de pie.
Entonces el señor NN. piensa unos segundos y le dice: «déjeme que yo se lo termino». Mientras se cruza al través la canasta, pasándose la correa por sobre su cabeza, le pregunta sin mirarlo: «La docena a veinticinco. ¿Y cada uno a cuánto?». El viejo lo mira con la boca abierta, su mujer también está sorprendida. El señor NN. lo tranquiliza: «Le dejo a mi esposa de garantía», y se ríe. Luego insiste: «¿Y de a uno cuánto lo cobro». El vendedor mira a la mujer, luego vuelve a mirarlo a él y dice «a tres pesos». El señor NN. se reacomoda la canasta y le dice «usté cómase un churro y hágale compañía a mi mujer. Se la presento: Dolores». El viejo dice «Osvaldo» y se dan la mano con recelo, sin terminar de entender. El señor NN. señala hacia el sur y pregunta: «voy hasta el final del balneario y vuelvo, ¿está bien?» Sin esperar respuesta insiste ahora con los dos, que lo miran desde sus sillas: «¿Qué les parece este pregón?», y haciéndose bocina con una mano grita «¡chuuuuroooooos!» Nadie le responde. El señor NN. saluda con una mano y empieza a caminar por la playa. Los otros lo miran en silencio alejarse. A los pocos metros ven que una mujer lo llama: está al parecer con sus nietos, y los chicos aguardan los churros con ansiedad revoloteándole alrededor. El señor NN. cobra, saluda y sigue alejándose por la playa. Todavía queda tiempo para que Osvaldo y Dolores escuchen su pregón una vez más, disminuido por el viento.
Me ha parecido que En la playa (1ra. Corrección), último relato, pierde fuerza esa sensación que se ha denominado [FONT="]efecto de realidad[/FONT]. Las explicaciones detalladas de características, cualidades y circunstancias no siempre allanan la comprensión de la historia, cuando abundan tienden a dificultarla. Lo escrito no significa que deseche aquel elemento de vital importancia en el plano descriptivo que Roland Barthes denominó el detalle “inútil”. Soy consciente que el detalle “inútil” (entre comillas), indispensable para la ilación y coherencia representativas, eleva el costo de la información narrativa pero posee un valor funcional indirecto dentro del relato, me refiero a la manifiesta necesidad “de contarlo todo”. No olvides que en la sintaxis el lector no sólo debiera hallar puntales para aceptar como verdad lo narrado, también son indispensables los espacios para “respirar”.
Tus relatos son atractivos. Más allá de lo expresado en el párrafo precedente, subrayo tu destreza en el plano descriptivo. Me han gustado las expresiones y los tonos, buscan vincularse con lo intenso y denotan agudeza de criterio.
No necesito dejar claro que mi observación jamás podría empañar la excelencia que exhibe tu trabajo, Yorick; se trata sólo de mi punto de vista, falible como cualquier otro.
Cordial saludo.
Por supuesto Ariel que expongo estos textos para que se los critique. Como vos sabés bien, aprendemos más con las críticas (con dos premisas: que sean argumentadas y bien intencionadas, como las tuyas) que con los halagos gratuitos. Lo que a mí me faltan son opiniones de lectores para poner a prueba si el proyecto de libro interesa o si mejor pongo ese tiempo y energía en pensar otra cosa. Creo que para eso debería servir un foro literario, antes que nada.
Saludos y hasta pronto
En la descripción del bar de Vevey, en la segunda parte, dice el narrador:
"There was a clock on the wall, a zinc bar at the far end of the room, and outside the window it was snowing."
En la de Territet, dice:
"There was a clock on the wall, a bar at the far end of the room, and outside the window it was snowing."
En la segunda la barra es descripta como de cinc, en la tercera no se detallan sus características. Tal vez la diferencia esté porque Hemingway quiso indicar que el café de la estación de Territet es más pobre que el de Vevey, por eso señala el detalle que su barra es de cinc. Pero el resto de la descripción no abunda en detalles al respecto. Yo creo que es un detalle "gratuito", inútil, como diría Barthes, y de uno de los cuentistas más grandes del siglo XX. Ese adjetivo, es sin dudas un buen ejemplo del "mote juste", pero ¿por qué no necesitó especificarlo en la tercera versión?
En fin, me gustaría saber cómo lo interpretan ustedes, si les interesa.
Saludos
Huyo de la paráfrasis (hacer un comentario amplificativo del texto) que tantos críticos utilizan dando vueltas al texto sin entrar de lleno en un análisis significativo.
Como decían mis maestros, Lázaro Carreter y Correa Calderón (en los que sigo basando mis comentarios), la paráfrasis es mera palabrería al utilizar el texto como pretexto.
No voy a interpretar las ideas literalmente. Cada autor escribe sobre lo que quiere y debe ser respetado.
A mi juicio lo más importante es responder a estas tres preguntas:
1.- ¿Todas las partes del texto se relacionan entre sí?
2.- ¿El tema incluye elementos superfluos?
3.- ¿Los elementos argumentales pertenecen al tema?
Me voy a centrar en el relato "En la oficina de Recursos Humanos"
El texto responde satisfactoriamente a las tres cuestiones. Sin embargo tengo que sugerir matices.
En la parte central del relato escribes tras un punto seguido: "El hombre no imaginaba como una máquina etc". Esta oración requiere un punto y aparte. Es una reflexión muy importante que el lector debe captar "sine qua non". El buen JCG debió quedarse con una cara como un cuadro de Miró.
Creo, en este sentido, que deberías utilizar más el punto y aparte. Es cierto que es cuestión de estilo (léase a García Márquez en "El otoño de patriarca" donde hace malabarismos cansinos sin utilizar un punto; o Saramago y Camilo José Cela, por no mencionar a Proust en su obra magna "En busca del tiempo perdido" donde uno se pregunta si no está perdiendo el tiempo a través de decenas de páginas). Escribimos PSICOLÓGICAMENTE para el lector, y se necesita el descanso para procesar la información.
Me parece que el relato es exquisito con la corrección final en la segunda versión. Se queda tal cual es el personaje: fondo y forma se dan un abrazo.
Enhorabuena por el relato. Lamento no poder dedicar más tiempo.
Con mi afecto,
Miguel.
Efectivamente, en las sucesivas correcciones estoy haciendo esto que notaste. Agregar más puntos y aparte para separar los núcleos argumentales, porque en algunos casos he corregido amplificando (cuando lo aconsejable es corregir suprimiendo), pero en varios casos noté que la anécdota, aunque mínima, permitía la expansión del relato con alguna que otra pincelada de color, algún detalle pintoresco. Y con un poco más de carnadura narrativa, el punto y aparte se hace más que necesario. Pero, en general, sigo manteniendo la idea de "a argumento mínimo, escritura minimalista". En la novela que voy llevando adelante, en cambio, me suelto un poco más en la introducción de hechos secundarios y detalles anecdóticos que no son gratuitos, porque algo deben colaborar en el sentido final del texto.
Y sobre la manera de comentar textos ajenos, yo pienso que deben cumplir tres requisitos: 1) meterse con la forma y no con el contenido (para no hacer terapia con el autor, ni pretender meterse en su vida), 2) criticar argumentando (porque el simple "me gusta" o "no me gusta" y punto no le aportan nada al autor) y 3) que la crítica sea bienintencionada, porque de lo que se trata es de ayudar al autor. Claro que vos cumpliste los tres.
¿Tenés textos tuyos para publicar? Si te interesa que te los comenten, aquí estoy. Creo que el gesto amable de un comentario se devuelve con otro. Recuperar un poco ese lema "si me leés te leo" de los setentas que lamentablemente ya se perdió.
Cordiales saludos