Escuchábamos la lluvia. Las gotas caían retumbantes, estallaban en el asfalto.
Llovía fuerte, pero nosotros estábamos cubiertos bajo el único toldo disponible de la calle, el toldo de una de las bodegas. No había camionetas ese día. No había gente. Solo nosotros y el instante.
Ya se hacían pequeños arroyos en los bordes de la calle, arrastrando pétalos y aceite de carro. Hisopos, panfletos del PRI, mariposas, fotografías.
Éramos uno ese día, amada. Cada vez te ceñía más a mi cuerpo y sentía cómo te dejabas llevar por mis brazos. Tu suéter morado de capucha resaltaba tu rostro de bebé, y las almendras de tus ojos me enganchaban con una ternura indescriptible. Te acerqué aún más, hasta que mis labios tocaron tu frente, y entonces te tuve junto a mi pecho. Permanecíamos juntos como un árbol, y de pronto aparecieron esos niños echándose barro al final de la calle. Las risas de los chiquillos se confundían con la tuya, y me atreví a sumir mis manos en tu ropa hasta que toqué tu cintura, esa piel tan suave que tanto me hechizaba. Tus ojos me dieron una rápida advertencia, pero debajo subsistía la mirada enamorada que reclamaba un ensueño anhelado desde siempre y que solo nosotros podíamos comprender.
Y esos niños bañándose en la lluvia sin contemplaciones. No pensaban en la gripe ni en el regaño de mamá. Eran felices en su juego. Entonces te señalé un barquito de papel rayado que se deslizaba por el borde de la acera. Se atascó con un pote de jugo, como si hubiera encallado en la arena, y eso me recordó el viaje que haríamos a Cuyagua algún día, donde el Lobo nos daría velas para alumbrarnos mutuamente y echaríamos secretos a las palmeras, con un par de carcajadas y una lata de recuerdos viejos, salidos del corral gracias al vino o a la cerveza que tanto te gusta.
Después caíste en mi cuello con la misma naturalidad con que un bebé se duerme en los brazos de su madre, y yo deseando que aquello jamás terminara, y yo deseando conocerte y enamorarme otra vez de ti, y yo deseando que el tiempo se parase allí para siempre, y que la lluvia no dejara de caer, y que el amor no dejara de fluir entre nosotros como un manantial de agua fresca y tibia que alivia hasta los huesos y remienda el corazón. No sé cómo te atrevías a preguntarme si yo era real, si era posible que todo fuese tan perfecto y tan bello, mientras tus ojos sufrían la pérdida detrás de un grueso velo de lágrimas gratuitas, y yo te dije que no terminaría con mi partida… Pero no me creíste, Guadalupe. No me creíste. Y hasta el día de hoy te sigo amando, y camino las calles viendo a muchas que no son tú, y también escucho la lluvia en alguna esquina, pero no es la misma lluvia, ni la misma ciudad, ni el mismo tiempo. No me ven los mismos ojos de almendra. Ya no me acaricia la mirada de tu alma. Ya no pasa el barquito de papel rayado, ni hay Cuyagua ni Caracas ni Xalapa ni nada. Solo yo con mis recuerdos que no existen sino en mi cabeza.
Unos ojos que en otro tiempo vieron el amor, ahora contemplan la soledad. Un corazón que palpitaba rebosante de vida, ahora se seca y asfixia. Y todo por tu miedo, Guadalupe. Tu miedo…
Comentarios
Gracias por compartir y un saludo,
Damapa.
PD: he visto que es tu primer mensaje... no estaría de más que te pasaras por el hilo de presentaciones, es pura formalidad ya sé... pero nos gusta conocer a los nuevos miembros de la familia también :P
Gracias por compartir tu prosa Yitzjak y parte de tus sentimientos.
Sonrisas
Saludos.
Pretendo que este escrito sea mi presentación ante el foro, ya que dice mucho de mí. De todas formas, tomo la sugerencia de Damapa y me daré una vuelta por el hilo de presentaciones.
Saludos
Decía algo por el estilo de que dentro de la literatura, antes quizá no existía la mentalidad tan contaminada como hoy en día, que al utilizar frases como esa, no se pensaría en pedofilia si se escribías metáforas de comparar la belleza de la mujer a un bebé, o llamarle niña, o calificativos similares. Porque si se leen textos antiguos, era algo recurrente hacer esas comparaciones; mas hoy en día leer algo así incomodaría porque se cuestionaría si los autores sólo podían ver belleza en niñas y no mujeres.
Leer eso me dañó, ya que ahora no aprecio con la misma inocencia esas metáforas o esos calificativos. Y es una pena porque por su parte ha compartido usted algo tan íntimo y que muestra lo emotivo que llega a ser el amor.
¡Gracias por compartir!
Con respecto a la pedofilia, pienso que ya está en la mente de cada lector; si veo una niña en la calle, puedo mirarla como si fuera mi hermanita, o mi sobrina, como también puedo verla diferente. Todo es decisión de quien la ve. Exactamente igual es aquí (y esos daños causados por ciertas lecturas tienen cura...
Abrazo,
En todo caso, ¡lo sigo leyendo!
Abrazucos