Al abrir los ojos, vi los rostros de miedo y preocupación junto con los rostros de lealtad de mis guardaespaldas al apretar el gatillo aquel francotirador que intentó atentar contra mi vida. Miré mis manos. Las mangas de mi chaqueta. El pantalón de mi traje. No había rastros de sangre. Había fallado el tiro.
—No os preocupéis por mí, no me ha dado —dije casi gritando al ver como mis guardaespaldas se abalanzaban a por mí con aquella expresión en sus rostros.
No podía oír nada. Solo escuchaba silencio. Deslicé mis dedos por mi cara para sentir si había sangre. Quizás me ha dado en el oído, pensé.
—No pueden oírte.
Un blanco absoluto paralizó mi mente al oír aquella voz. El único sonido que pude oír desde el intento de mi propio asesinato fue esa voz. Mirase donde mirase, mis ojos solo veían a una multitud aterrorizada por el intento de asesinato de su presidente.
Apoyé las manos en el suelo y me levanté, tranquilizando a toda esa gente que gritaba silenciosamente, agolpándose a mi alrededor en el estado de connecticut.
—Los muertos solo veis lo que queréis realmente ver, cegando el resto que os rodea —mis ojos se perdían enajenados entre la multitud muda buscando aquella voz—. ¿Por qué no miras al suelo? ¿O a tus guardaespaldas? —la sangre que buscaba en mis manos y mi cara, estaba recorriendo la calle. Mis guardaespaldas ya no me estaban mirando. Estaban arrodillados frente a mi cadáver, rodeándolo para que nadie de los presentes viese mi cuerpo sin vida desangrándose en el suelo... No era más que un viejo protocolo político: Esconder a los ciudadanos y a los ojos de la prensa el cadáver del presidente de los EEUU. Una sombra oscureció todo a mi alrededor, dejando todos los colores en tonos suaves y oscuros de un gris ceniza—. Pero siempre escucháis mi voz, no podéis evitarlo.
El equipo de los SWAT relevaron a la policía, encargándose solamente del control de dispersar a los ciudadanos de la escena de mi crimen. Vi las ráfagas de luz de las ambulancias aproximarse por la amplia calle... pero sus sirenas no reflejaban sus habituales colores. Mis ojos habían perdido su brillo, olvidando cualquier color que no fuesen diferentes tonos de ese gris difunto.
—¿Quién eres? —mis recuerdos tuvieron que viajar hasta mi infancia para volver a recordar lo que significaba el miedo. Hacía tantos años que no lo sentía, que se apoderó de mí impíamente.
—Como dijo otro de vuestros Dioses hace muchos siglos, yo soy quien soy.
—¿Jesucristo? —al pronunciar ese nombre el sentimiento de terror desapareció. Mi alma no lo sentía. Había llegado mi hora y Dios venía a por ella para llevársela al cielo en mi descanso eterno.
—Él es solo uno más de vuestros Dioses. No soy Jesucristo —cada vez su voz era más grave, acercándose a mí sin poder sentir su presencia, solo su marchita voz rodeándome—. Soy el Dios más amado del ser humano aunque sea el más temido por vosotros. Siempre recurrís a mí cuando ninguno de vuestros otros Dioses que habéis ido renovando a través de los siglos os puede ayudar.
—¿Qué hemos ido renovando? —podía ver a aquel quien me estaba hablando. Su sombra oscura se paseaba a espaldas de la gran multitud agitada.
—¿Cuántos siglos hace que el ser humano no reza a Zeus u Osiris? —su sombra dejó de moverse, quedando estática detrás de una mujer que lloraba ante tal escena sangrienta—. Soy uno de los Dioses primigenios. El primer Dios en que creísteis. Desde siempre me habéis llamado de la misma manera. Me habéis temido tanto que habéis sido incapaces de cambiarme el nombre durante vuestra corta existencia en este planeta —su sombra desapareció de la de aquella mujer que lloraba inmersa en un ataque de ansiedad—. Soy aquel a quienes llamáis la Muerte —su voz provenía de mi espalda, desgarrando mis oídos con su tono de ultratumba. Sentí una sensación fría recorrer mi alma. En vida jamás hube sentido tal sensación. Mis difuntos ojos se humedecieron en lo que serían lágrimas si hubiese seguido vivo.
Otra sombra apareció en aquel lugar donde yacía mi cuerpo sin vida en el asfalto, camuflada entre los llantos y gritos silenciosos de aquella gente que seguía presenciando mi muerte. Una nube oscura iba dibujando su silueta, desapareciendo de cada rincón de su cuerpo al darle forma. Aquella nueva sombra poco a poco iba transformándose en un cuerpo, cogiendo forma y color. Mis ojos se aterrorizaron al presenciar como aquel espectro se desprendió de aquella nube de tinieblas. Unas enormes alas del mismo tono que su ropa, la hizo desaparecer en un rápido y frío movimiento. Alzó el vuelo unos centímetros del suelo, levitándose entre los cuerpos de aquellas personas, atravesándolos sin despegar su mirada muerta de la mía.
Sus oscuras alas dejaron de moverse. Sus pies se posaron en el suelo. Aquel espectro me miraba sin pronunciar palabra. Su esquelético cuerpo estaba recubierto por piel humana, hinchando / realzando más su figura de aquel cuerpo espelético. Sus ojos no tenían vida, estaban apagados en un blanco fúnebre. Ese miedo me cegaba lo que había detrás de él, lo que me rodeaba en el mundo de los vivos. Sus labios entreabiertos se alargaban por su rostro, mostrando cada uno de sus afilados dientes. Su larga melena oscura se perdía como una sombra en la oscuridad. El aspecto de aquel espectro era solo humano por su piel. La ropa que vestía a su delgado cuerpo, tenía pequeñas cadenas que acentuaban su tenebrosa figura.
—Yo no soy quien juzga si un alma va al cielo, al infierno o al purgatorio —sentía su voz deambulando por todas partes, como si saliese de distintos lugares a la vez. Pero, mi mirada no podía dejar de sentirse acosada por la mirada blanquecina de aquel espectro, siendo incapaz de desviarla para buscar a la Muerte. Una sombra era el único recuerdo que tenía de ella—. Pero, se me otorga un pequeño privilegio. Puedo elegir a cualquiera de mis ángeles para que un alma sienta y padezca el mismo sufrimiento todo el dolor que causó. A veces, soy yo quien juzga lo que los humanos llamáis juicio divino. Como Dios, tengo el poder de controlar el tiempo y el espacio del mismo. Puedo revivir momentos muertos del pasado y momentos que aún no han nacido del futuro.
Mi juicio divino. Dije mientras mis ojos seguían inmersos en aquellas lágrimas muertas.
—Por fin ha llegado el día en que puedes verme. Solo tenía que esperar tu muerte —la voz de aquel ángel negro desgarraba sus oscuros labios, mostrándome sus afilados dientes cada vez que los movía—. Solo muerto podías verme.
Sus alas no se movían. Sus ojos no podían transmitir nada; sus labios sí. Una sonrisa oscura que se alargaba por aquella cara que pertenecía al mundo donde estaba. El tiempo se ralentizó a mi alrededor... Lo que pertenecía al mundo de los vivos.
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jajaja. Espero que te haya gustado y espero seguir viendo más comentarios al respecto