Nunca se habían borrado de su memoria el recuerdo de la suciedad en las manos, ni el olor que en ellas dejaba el caucho del neumático que hacía rodar, callejuela abajo. Desde las tapias del cementerio hasta la porticada plaza de la fuente y regreso cuesta arriba, la rueda bajo el brazo. El sudor marcaba churretes, arrastrando el polvo desde las sienes hasta los carrillos. Sudor. Polvo. Sed. En la recoleta plaza de la fuente nunca daba el sol y el murmullo del agua se imponía sobre el silencio de siesta. El frescor rebosaba, como el agua, los bordes de la pila para escaparse, entre las herrumbrosas rejas del suelo, de regreso al río. Tras unas cuantas carreras, unas cuantas subidas y bajadas, saciaba la sed en uno de los cuatro caños. Las manos, llenas de mugre, hacían de cuenco intentando retener parte del grueso chorro. El agua sabía a musgo.
Días pasados en una pequeña capital de provincia, donde había vivido durante su infancia. Vivencias de cálidas tardes veraniegas, libres de obligaciones, preñadas de correrías.
Pero aquella tarde, mientras cambiaba la rueda recién pinchada, bajo un sol de justicia, en una solitaria carretera, las imágenes se le presentaron especialmente claras, y revivió aquellos días en esos pocos momentos en los que la mente es capaz de sintetizar una cantidad indefinida e infinita de vivencias.
Escuchó, de nuevo, la voz de su madre. Desde la ventana, llamaba. A él y a sus hermanos. Deberían subir a recoger la obligada merienda. No, sin haber pasado primero por el comercio que en la planta baja, regentaba el padre y en el lavabo de la trastienda, asearse las manos para poder pasar la escrupulosa revista, a la que eran sometidas, antes de depositar en ellas los sabrosos bocadillos, generosamente rellenos de chocolate, dulce de membrillo, mortadela o cualquier otra cosa. Preparados desde hacía rato, esperaban, sobre el hule que protegía la mesa de la cocina, a que los hambrientos chiquillos subieran las escaleras de dos en dos para, una vez recogidos, regresar a la calle corriendo, escapando del peine o de alguna reprimenda, saltando de descanso en descanso, para reunirse, momentos después, con el resto de la pandilla.
Se reencontraban, como era costumbre, en un pequeño y acogedor jardín presidido por una imponente estatua de bronce, verde por el orín, que representaba la figura de un fraile. Montones de excrementos de paloma mancillaban la figura. Con su colorido blancuzco, manchaban, hombros y cabeza, también el libro que portaba en una de sus manos, consiguiendo que el pobre fraile perdiese parte e su dignidad a pesar de la seriedad de su rostro. Por si fuera poco, las palomas, utilizaban como improvisada bañera la capucha del hábito, cuando se llenaba de agua de lluvia. Entonces, cuando llovía, parecía que el fraile lloraba lágrimas blancas.
Se llegaba al jardincillo, cuesta abajo, por la estrecha y empedrada calle donde vivían. Poco a poco, iban apareciendo todos, pertrechados con sus respectivas meriendas, más limpios y alguno que otro, repeinado.
Algunas veces cambiaba su bocadillo por el de Alberto, su mejor amigo, que siempre lo tenía de pan regado con aceite y espolvoreado con un poco de sal... aunque para conseguirlo tenía que convencerlo de que salía ganando con el cambio y eso muchas veces no le resultaba nada fácil.
Era el tiempo de la merienda momento de tranquilidad antes de la siguiente correría y, allí, refugiados a la sombra de alguno de los grandes árboles que había en el jardín, sentados en los bancos que rodeaban su tronco, entre bocado y bocado, surgían las confidencias, las bromas y los planes. Las palomas perdiendo poco a poco su recelo se acercaban para picotear, entre las piernas de los niños, las migas y algún que otro trozo de pan que caía, o se tiraba intencionadamente, al suelo.
Quizás el sonido de una acequia cercana le recordó, también, el rumor que producía el agua del río que se deslizaba al fondo de la alameda a donde se dirigía el grupo una vez que la tarde iba avanzando y el sol perdía paulatinamente su ímpetu; de nuevo quedó deslumbrado por el brillo plateado del tanque del vendedor de limonada helada, que durante todo el verano permanecía desde la mañana a la noche en la entrada del recinto. Volvió a ver su morena cara, surcada por profundas arrugas. Destacaba enmarcada por el alto cuello de una raída chaquetilla y el remate del gorrillo, que cubría su cabeza. Todo ello de un blanco hiriente. Y volvió a discutir con Alberto sobre si aquel era, o no, el mismo hombre que enfundado en chaqueta de pana marrón, con boina negra y sustituido el reluciente tanque de la limonada por una negra y humeante, maquinilla de tren, vendía castañas recién asadas, en ese mismo lugar, durante todo el invierno.
Y se volvió a ruborizar al pensar en aquel día en que no pudo invitar a aquella niña, que tanto le gustaba, a una limonada, cuando ella, mirándole fijamente, se lo pidió... mientras a su nariz llega el dulce olor, mezcla de fresca colonia y almidón, que le embargaba cada vez que se encontraba a su lado y se apresuraba a aspirar, como para llevar su presencia con él, antes de que sus compañeros de correrías le recriminasen su afición a mezclarse con niñas en vez de buscar, entre las mesas de la gran terraza de verano, en el suelo de tierra amarillenta, las chapas de los refrescos dejadas caer por los camareros del bar que se encontraba a un lado del gran paseo central de la alameda.
Con la caída del sol revivió aquel atardecer, al final de un verano. La niña, tenía la carita vuelta hacia él; las cortas trenzas oscuras, echadas hacia delante por encima de los tirantes del bonito vestido de percal, hacían destacar la palidez de su rostro. Lo miraba con tristeza. Se alejaba lentamente, cogida de la mano de su madre. Quiso adivinar un beso, quiso volver a olerla. Ya estaba lejos. Finalmente la perdió de vista, para nunca más volver a verla.
La pequeña lágrima que se deslizó por su mejilla le recordó aquellas otras derramadas cuando un día, una tarde después de salir del colegio, Alberto no se presentó y al ir a buscarlo solo encontró puertas cerradas y evasivas respuestas a sus preguntas. Durante días lo esperó en los bancos del parque.
Un tiempo después se enteró de que Alberto había sido encontrado muerto, colgado de una viga en la buhardilla de la casa de sus abuelos. También oyó hablar de palizas, bebida y niñez desdichada; justo lo contrario de lo que había sido la suya. Tiempos, que el conocimiento de aquellos penosos hechos colaboró a dejar atrás. No así el recuerdo de aquella joven vida truncada por una cuerda y homenajeada, en su interior, cada vez que desde entonces, come un trozo de pan mojado en aceite. Ni el de aquel primer amor, al que no pudo poner nombre, porque nunca llegó a saberlo, pero del que nunca pudo olvidar su olor.
Comentarios
Me ha gustado tu escrito en general, eso de los cauchos me trae remembranzas a mi y estoy seguro que a muchos mas... Hay algo mas que decir sobre los cauchos, pero no me viene a mente ahora.
En fin. No estoy comentando mucho, pero tampoco queria no decir nada.
Tambien me ha gustado el fraile que parece llorar lagrimas blancas.
Por cierto, viste que casi en unisono publicaron dos cuentos titulados ninez? (bueno, el otro pone "mi ninez", pero igual, que coincidencia!)
Saludos
Una vez que me he animado a leer, el texto me ha gustado, también su tono naturalista.
De todos modos, te diría que me parece que podrías haber aligerado el texto ahorrando algún que otro párrafo y en cambio eché en falta un remate a la situación del protagonista que recuerda.
Saludos
Lo he leído con una sonrisa pintada en los labios. Luego, se me han ido empañando los ojos, hasta que una díscola lágrima se me ha escapado a hurtadillas, corriendo el kohl de mis párpados.
Me he detenido a reflexionar: ¿para qué leo?, ¿por qué?
Y he concluido que leo desde la más tierna infancia por esto y para esto:
para que un escritor me llegue al alma como tú lo ha logrado hacer hoy.
Mis más sinceras felicitaciones.
Y en cuanto a ti, Francesca , no sé como agradecer tu elogioso comentario, sabrás perfectamente lo mucho que significa para el que escribe conocer que ha conseguido provocar en el lector los sentimientos que pretendía. Muchísimas gracias por hacérmelo saber.
Que sepas que te leo a menudo... pero soy un redomado perezoso. Intentaré participar, activamente, en tus próximas aportaciones al foro.
Saludos y abrazos para los dos.
En Niñez el escenario lo has clavado en varias dimensiones: el olor del caucho y del sudor, de las castañas asadas, de colonia y almidón; los sonidos del agua de la pila, de la cercana acequia; el sabor a musgo, el del pan con aceite...lo que has hecho es de maestro, trabajar todos los planos y, sobre todo, que resulte natural, como si no hubiera esfuerzo detrás ( pues claro que lo hay).
Las tres premisas que destaco del relato son la de Sudor.Polvo. Sed., me gusta además que hayas enmarcado estas tres palabras con los puntos, que aunque quizá es correcto la clásica manera de…sudor, polvo y sed, al puntuarlas haces que cada palabra cobre protagonismo individual, que nos fijeemos en cada una de ellas por separado, el punto nos marca una pauta, un silencio, un significante a cada una de los tres enunciados.
Trabajas muy bien las frases cortas. Sabes intercalar con agudeza otras frases de recorrido medio que ayudas con conjunciones y comas.
El bocadillo con dulce de membrillo ha resultado ser un detonador de mi memoria infantil, al olor y sabor del recuerdo me vinieron imágenes que creía olvidadas y que no viene a cuento ahora contar," A la búsqueda del tiempo perdido" que diría uno que yo me sé.:rolleyes2:
Una mezcla perfecta de recuerdos y sentimientos que produce cierta ternura, por fortuna no excesivamente dulzona, porque, es un buen contrapunto el sudor, el polvo, el excremento de las palomas haciendo llorar lágrimas blancas al fraile, le presta al relato cierta comicidad de la digna estatua, la capucha bañera…y tantas imágenes impagable que nos has regalado, que no queda otra que darte las gracias por este magnífico obsequio que son tus excelentes escritos.
Y para terminar, no me parece excesivo el drama del último bloque, la muerte de Alberto, parte también de la niñez… está bien contado, con emotividad mesurada, sentimiento medido, sin que se te vaya la mano en la tragedia.
Gracias Dukdos, un placer leerte compañero.
Saber que me lees, me llena de alegría
Un fuerte abrazo