Ven solo, sin nada y te mostraré la luz que se oculta tras la sombra.
1
Kinshasa (República democrática del Congo)
La ligera e insistente luz que se colaba por los huecos de la persiana pellizcó los ojos de Ken Rose. Al abrirlos observó frente a sí la pared desnuda. Se incorporó sobresaltado, intentando controlar el veloz sudor frío que le recorría el cuerpo y la fuerte marejada de pensamientos que le atravesaban la cabeza.
-<¡Mis katanas!> -gritó en un ahogado silencio.
Nervioso, sin despegarse de las sábanas, inspeccionó el resto de la habitación meneando su cabeza por las cuatro paredes cardinales. El resto de sus cosas parecían estar en orden. Se frotó los ojos, se levantó y acercó a subir la persiana; como si más luz fuese a hacer aparecer sus espadas en aquel hueco invisible con forma de x.
Dio la espalda a la luz y, una sombra en la pared derecha, le asaltó el pecho. Se giró asustado, abrió el ventanal y asomó a mirar de reojo por la terraza. Ni un alma, tan sólo el ligero frescor mañanero agitando las ramas de una enorme palmera africana contra la fachada. Se volvió hacia su habitación y murmuró para sí mismo.
-Me las han robado, es imposible, aquí no... –se negó de palabra y corazón aquella absurda posibilidad en aquel inexpugnable lugar.
Se acercó con sigilo hasta la puerta. Abrió despacio, en silencio y asomó un ojo, mirando para no ser visto. Después la boca, callado para no ser oído. Asomó la cabeza entera al pasillo y concentró todos sus esfuerzos en escuchar al piso de abajo. El lejano choque de las tazas de desayuno contra los platos y, las cucharillas removiendo café y leche, le tranquilizaron. Recordar que su hogar era la embajada británica en el Congo Democrático le devolvió a una realidad más lógica y serena.
<Aquí no puede entrar nadie, hasta aquí no llegaría jamás un ladrón y además, no son el objeto más valioso. ¡Por Dios!, es la embajada. ¡Las habrán descolgado!>. Pensó y, tras convencerse, un soplo de malhumor invadió sus puños.
-Saben que no pueden cogerlas. ¡Lo saben! –maldijo en alto.
Bajó embravecido, farfullando por las escaleras. Pensando que, alguien del servicio o su padre, las habían descolgado para quitarlas el polvo. Pero ni para eso le gustaba a Ken Rose que nadie tocase sus espadas niponas, el regalo de su vida, la bienvenida a su primer llanto.
Se dirigió a la cocina con la firme intención de que aquella fuese la última vez que algunas manos, que no fuesen las suyas y vivas, descolgaran las katanas de la pared que había frente a los pies de su cama.
Al llegar al umbral de la puerta se calmó. Todo estaba tranquilo, un calco de cualquier aller, aquello le confirmó que no se trataba de un robo. Se quedó, desde el marco blanco de madera, mirando a su padre y a Caddy que parecían indiferentes a su presencia. Lo primero en lo que centró su atención fue sobre él. Sorbía tranquilo el café detrás de las tempranas páginas del Daily Telegraph. William Rose levantó la vista por encima del periódico al notarlo allí de pivote.
-Buenos días, hijo. –saludó.
Por un lado, se alegró de ver a su padre con la rutina diaria de cafeína y papel inglés. Eso confirmaba que no se trataba de nada grave. Por otro, se sintió ofendido y ninguneado. Habían desobedecido su petición, su orden, de que nadie tocase aquellas espadas japonesas que conoció el día que vino al mundo.
-Buenos días, Ken –irrumpió Caddy en sus quejas silenciosas.
El chico se giró hacia la mujer del servicio y le preguntó sin miramientos, alzando la voz a cada palabra, disgustado.
-¿Y mis katanas, por qué no están en su sitio? He dicho mil veces que no quiero que se toquen, ni para limpiarlas, ni para nada.
Cuando Ken relajó su boca centró su mirada y su enfado en los ojos de aquella segunda madre, esperando una respuesta y una disculpa. La mujer desvió, veloz, la mirada hacia William Rose.
La preocupación volvió al corazón de Ken. Aquel silencio y aquella mirada le punzaron el pecho. Tragó saliva y miró a su padre.
El hombre dobló el periódico y lo colocó sobre la mesa, encima del Times, The Guardian y The Independent.
-¿Podrías dejarnos unos minutos, Caddy? Gracias. –pidió el padre del muchacho a la Congoleña.
Caddy afirmó con la cabeza y se dirigió hacia la puerta, en silencio. Al pasar junto al joven lo acarició, sonriente. Ken recibió el gesto con desdén. No tenía el cuerpo ni el alma para carantoñas.
-¿Qué es lo que sucede? –Preguntó el chico -¿Pasa algo grave?
William Rose apretó la boca.
-¿Qué pasa? –preguntó de nuevo, más inquieto, con el labio inferior temblando ligeramente.
Por su cabeza, antes de ser respondido, pasó, como si de una película acelerada se tratase, cientos de imágenes, de respuestas, de fotogramas de miedo. Noticias, todas malas y todas tristes, sobre aquella ausencia de espadas japonesas, bocas cerradas y permisos para hablar a solas.
< ¿Un robo? No, no tiene pinta>pensó y se negó. < ¿Alguna enfermedad grave, conflictos en el Congo Democrático, alguna muerte…?> se convencía a sí mismo una a una de que no, de que ninguna de esas causas era el motivo. <Nos trasladamos, sí, es eso… nos vamos de Kinshasa>- pensó. <No puede ser… Ojalá me hayan robado las espadas. Cualquier cosa menos irnos de aquí>.
-Siéntate hijo. –dijo William Rose apartando la silla que había junto a la suya y dando unas palmaditas al respaldo para que tomara asiento. –Tenemos que hablar.
-<Tenemos que hablar…> -se repitió a sí mismo. -<No…no quiero irme>.
Ken se acercó, sorteando su mirada entre el silbido de la cafetera y la mano de su padre.
-¿Pasa algo? –Insistió preocupado -¿Han robado mis espadas? ¿Nos vamos?
William Rose suspiró, se levantó a apartar del fuego el café y regreso hacia la silla sin despegar sus ojos de los de Ken, que lo esperaba preocupado.
-Tus espadas… -dijo el padre a la vez que retomaba su asiento, segunda cafetera en mano, y sirviéndoselo sobre los posos del anterior.
Ken rezó para sí, suplicando al cielo. < Dios, por favor… qué sea un robo. Sólo son un trozo de metal>. Prefería perder aquel tesoro antes que su vida en Kinshasa. Amaba aquella tierra como si no hubiera otra en el mundo, como si en su carnet de identidad alguien hubiese mecanografiado sobre británica. Nacionalidad: Congoleña. Allí estaban sus dos únicos amigos, sus clases, caballos, sus amores imposibles y los desamores reales.
-Tus espadas -prosiguió su padre– están camino de Nueva Zelanda.
Ken Rose abrió los ojos como nunca, extrañó el gesto, agitó la cabeza y se echó hacia delante, como si no hubiese escuchado bien. Acercó su mejor oreja a la boca de su padre y quiso asegurarse.
-¿Cómo?, ¿Nueva Zelanda?, ¿Nos trasladamos entonces? Vaya… no puede ser. -negó con la cabeza la noticia.
William Rose se mordió los labios y miró hacia la ventana. Ken siguió hablando sin querer escuchar más. Como si parlotear a lo loco fuese a cambiar las cosas, las decisiones ya tomadas y la realidad.
-No quiero que nos vayamos de aquí, pide una prórroga, di que todavía tienes muchas cosas que hacer, invéntate algo. –suplicó Ken.
Su padre negaba con la cabeza cada sugerencia.
-No es cosa de la embajada, hijo.
Ken enmudeció. Miró a su padre sin pestañear y pidió más explicaciones con las manos.
-¿Has pedido el traslado?
Su padre continuó a la vez que negaba la pregunta.
-Te vas tú sólo. -le dijo, y se escondió tras un sorbo vacío de café.
Ken se quedó mudo.
-¿Yo sólo? –acertó a preguntar segundos después.
Su padre meneaba la cabeza en silencio, de arriba abajo, acompañado por la taza de la que no se atrevía a despegar los labios y en la que se escondía.
-¿A pasar el verano?–preguntó el chico suplicando al cielo un sí.
William Rose negó con la mirada perdida en la cara de su hijo, como si pudiera atravesarle los ojos, la cabeza y mirar más allá. El chico seguía callado, mirando en silencio, esperando todas las respuestas del mundo. Pero no llegaba ninguna. El pecho, a pesar de la noticia, le subía y bajaba de forma lenta y rítmica. Su mente se decidía entre pensar en las espadas, en aquel viaje o en aquella extraña manera en la que se estaba comportando su padre.
-¿Cuánto tiempo me voy? ¿Para qué? ¿Por qué con mis katanas?
William Rose cerró los ojos. El silencio de su padre se le hizo un momento eterno a aquel hijo único.
-¿Qué pasa? –preguntó Ken sin dejar de sortear su cabeza entre su padre y el resto de la cocina, como si fuese a encontrar, en algún rincón de ella, sentido a lo que estaba pasando aquella mañana desnuda y veraniega. -¿Va a pasar algo grave en El Congo Democrático? ¿Una guerra? –volvió a insistir buscando explicaciones, inventándoselas.
William Rose negaba, una y otra vez, cada pregunta, cada sugerencia.
Comentarios
-Me estáis asustando. Caddy, ¿Tú sabes algo?
La mujer negó con la cabeza.
-Hijo. –Interrumpió su padre- no tienes de que preocuparte.
-Pues dime de qué va todo esto.
Caddy cogió una jarra del armario bajo el fregadero y volvió a marcharse.
Cuando la mujer salió, William Rose prosiguió.
-A veces… -dijo el embajador británico.
-¿Si…? -azuzó Ken a la respuesta.
-Qué difícil… –murmuró William Rose – A veces, llega un momento en la vida en el que tienes que tomar una decisión valiente y, despertar.
-¿Despertar?
-Y para ti ha llegado ese día, Ken.
-¿Despertar de qué? ¿Estás bien, papá?
-Déjame acabar, por favor, esto no es fácil de contar.
Ken se preocupó un poco más, pero dejó a su padre que continuara.
-Cuando llega ese momento tienes que decidir por ti mismo. No vale nada de lo que te hayan dicho, te estén contando o te vayan a contar. Y todo lo que creías cierto, ya no sirve, hijo. Estarás sólo. Tienes que repasar tu vida y decidir por ti. Es decisión, única y exclusivamente, tuya... Por mucha gente a la que afecte.
Ken fruncía las cejas, la boca y arrugaba la nariz. Su cara era el vivo reflejo de la incomprensión.
-No entiendo nada de lo que me dices, papá. ¿Y tiene que ser en Nueva Zelanda? ¿Y por qué van mis katanas, las necesito? ¿Tanto tiempo me voy, todo el curso? ¿Me tengo que llevar todas mis cosas? ¿Qué se supone que tengo que hacer allí y qué es lo que tengo que decidir? Despertar de qué…
William Rose dejó escapar una sonrisa nerviosa.
-Espera, hijo. Ten paciencia.
-¿De qué va esto, papá? –dijo el muchacho molesto. Ya soy mayorcito.
-Tranquilo, Ken. -intentó calmar William Rose su marea de preguntas.
Hacía una semana que Ken Rose había cumplido quince años, coincidiendo con la última semana de clase. Cada verano, desde hacía años, Ken viajaba un mes a Inglaterra a visitar a la familia de su madre. En Londres vivían los abuelos maternos y la tía Helen, cuarenta y cinco años, divorciada y con dos hijos, Mark y Mary Ann. Ese era el único contacto que tenía el chico con su patria durante el año. Un mes con su tía, sus primos y sus dos únicos abuelos. Desde hacía dos años, viajar a Londres, le dolía más que nada en este mundo; desde que un mal barrio le arrebató a su madre.
De la rama paterna nadie quedaba con vida salvo su padre, William Rose y él, Ken Rose.
-¿No me voy a Londres, entonces? –preguntó Ken conociendo la respuesta, dejando que la ebullición de su cabeza hablara. Dime la verdad, podré asumirla.
-No se trata de que lo asumas, hijo. Se trata de que sabrás lo que haces allí, cuando estés allí. –Respondió su padre- Digamos que…
-¿Qué, qué…? –preguntó Ken haciendo gestos impacientes a su padre con las manos para que acabase las frases de una vez y no las dejara colgadas.
El hombre se levantó y paseó por la cocina, con las manos a la espalda, entrelazadas. Cabizbajo, con los ojos caídos y el alma más pesada que el aire se acercó a su hijo, se colocó detrás y le puso las manos sobre los hombros. Ken alzó la cabeza y lo miró.
-Digamos que la familia… -continuó el padre.
William Rose se mordió los labios y calló, mientras su hijo se exasperaba. Lo soltó, se sentó de nuevo y tomó un trago largo de café dejando la taza vacía de las pocas gotas que quedaban.
-Sí… ¿la familia? –preguntó Ken.
El padre inspiró con fuerza y siguió decidido.
-Digamos que la familia Rose tiene un secreto.
Ken soltó una pequeña carcajada, nerviosa y acelerada.
-¿Un secreto?
-Bueno, en realidad yo no lo llamaría secreto. Es más bien… una misión. Una misión difícil de creer.
Ken Rose recibió la respuesta con absoluta incredulidad, en un denso silencio y un lento pestañear de ojos, con el labio inferior cayendo de medio lado, temblando.
-¿Qué tenemos una misión difícil de creer? –acertó a repetir cuando recuperó la cordura. –Además de embajador, qué eres… ¿espía?
William Rose se echó a reír.
-No, hijo. Nada que ver con mi cargo. Es el destino de esta familia y debemos cumplirlo. Ahora, la familia te necesita. La familia y…
-¿Y…?
-Y el mundo.
-¿El mundo? Je, ¿Estás bien, Papá? –preguntó preocupado más que en ningún momento desde el inicio de aquel día.
William Rose afirmó con la cabeza, serio, intentando transmitir serenidad y cordura con la mirada. -Lo entenderás todo mejor allí, en Nueva Zelanda, créeme.
-Todo esto es una locura –dijo Ken. -No quiero ir a Nueva Zelanda, no tengo nada que entender allí.
-Eso lo decidirás en Nueva Zelanda. –le interrumpió su padre.
-¿Cómo voy a decidir allí no ir, si ya estaré con los pies en el fin del mundo?
-Hijo, tienes que ir. Después, nada, ni nadie, te impedirán volver y recuperar tu vida en Kinshasa. Pero debes, al menos, tener la posibilidad de escoger, de conocer la misión, tu destino y el secreto de la familia. Si después quieres regresar, perfecto. –le dijo su padre dando un último sorbo a una taza vacía por completo.
La cocina de estilo inglés, forjada en negro, se quedó en absoluto silencio. Tan sólo se oía el lejano y caótico tráfico de Kinshasa colándose por el jardín primero y, una ventana abierta después. El día no se decidía a ser claro u oscuro, las nubes corrían y una ligera brisa hacía silbar los árboles que adornaban la embajada. Palmeras sobretodo. El verano se asomaba a los primeros días del mes y el horizonte de Ken Rose, en cualquier otro día calcado a ese sería, en circunstancias normales, piscina, dos amigos y preparar un viaje a Europa.
-¿Con quién voy a estar allí? ¿Vendrás conmigo?
William Rose negó en silencio por enésima vez.
-Allí te espera…
-¿Quién me espera?
El embajador se puso en pie y se fue a la ventana, a otear el corto horizonte hasta la reja de la embajada.
¿Quién me espera allí? –preguntó Ken de nuevo a la espalda de su padre.
-Allí…