[FONT="]Es cierto que mi cónyuge me ha brindado todo su apoyo durante todos estos años en que he estado enfermo, y lo ha hecho con tanta dedicación y cariño, que he llegado a asemejarlo con el cuidado que brinda una madre a su hijo, quien no puede valerse por sí mismo y por el cual es capaz de entregar su vida entera a cambio de la recuperación y protección de su cría, pero también es verdad que en ciertas oportunidades hemos discutido debido a que no comprende mis complicados padecimientos.
El último altercado que tuvimos fue a raíz de una crisis severa en la cual se manifestaron en mí todos los síntomas de la enfermedad que padezco. El conflicto se originó debido a que mi esposa me reprochó que el origen de todos mis males eran que “yo no quería sanarme”, que “no ponía de mi parte”, que “estaba sano” etc., intencionalmente se supone. Mi reacción ante tal recriminación fue exaltada, busqué todos mis medicamentos, los cuales utilizo con prescripción médica (psiquiatra) y que tienen por finalidad controlar mis malestares psicológicos, los arrojé a la combustión lenta (en presencia de mi esposa) donde ardieron hasta consumirse por completo, observaba yo con espanto y dolor cómo se quemaban no sólo mis medicamentos, sino también mi vida. Mientras observaba cómo se carbonizaban mis fármacos me imaginaba convertido en un Luis XVI esperando caer el cuchillo de la guillotina que le cercenara su cabeza, pero era yo quien temblaba con espanto y dolor hasta desfallecer. Posteriormente le expresé, en forma irónica, que era verdad lo que ella me criticaba y que desde ese momento no continuaría con mi tratamiento porque tenía razón, yo “no ponía de mi parte”, “estaba sano”; y, por ende, no utilizaría desde ahora las drogas que me había prescrito el médico.
En ese preciso momento, y cuando ya eran las 22:00 horas aproximadamente, me encaminé hacia la puerta de mi casa, salí y comencé a caminar sin rumbo, sin antes escuchar los llamados de mi esposa e hijos, los cuales me pedían que volviera. Hice caso omiso a los ruegos de mi familia, probablemente debido a la soberbia que me embarga en ciertas ocasiones y continué caminando por el lapso de una hora. Hasta que, de pronto, me asaltó la idea de caminar por la carretera principal de mi país, sin rumbo, dejando que me guiaran mis pasos. Estaba obscuro, en la carretera no hay iluminación, por lo menos por donde yo transitaba. Comencé a caminar sin saber hacia dónde me dirigía, a medida que avanzaba observaba los árboles que había a ambos costados del camino, los veía como sombras, sombras que de pronto se inclinaban y parecían asfixiarme. Instantes después advertía que se curvaban como si fueran monstruos acechando a su presa, los percibía como personas deformes que se reían a carcajadas, quizá al verme tan temeroso y horrorizado. Sentía tanta rabia, odio y resentimiento que decidí desplazarme por el centro del camino pavimentado, embargado por un sentimiento suicida que provocaba en mí el deseo de morir atropellado por un vehículo, los cuales se desplazaban a gran velocidad.
Cada vez que se aproximaba un automóvil con sus luces altas, las cuales me encandilaban, hacían sonar su bocina a medida que se acercaban, yo, impertérrito, continuaba con mi marcha suicida. Sólo advertía que pasaban como un asteroide a mi lado, dando fuertes bocinazos que me ensordecían y ocasionalmente oía gritos provenientes de los vehículos, pero que para mí eran indescifrables. Lo más probable es que eran groserías que yo no podía desentrañar producto del ruido del viento y los motores de los coches. Lo que más me apesadumbraba era que ninguno se detenía, en un acto de piedad cristiana, por lo menos para averiguar qué me sucedía. Paradojalmente me sentía sólo en el mundo, a pesar del flujo de vehículos con sus ocupantes que pasaban ignorando mis tribulaciones, sólo recibía de parte de ellos imprecaciones que más me atormentaban.
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Comentarios
Este relato vivencial, es extraordinario, impresionante y lúcido, porque trasmites la insensibilidad y el individualismo de la sociedad.Uno puede morir en medio de la calle, ante la indiferencia de los transeuntes.
Un abrazo, Luís. No dejes de escribir.
Saludos.