¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Plano Nocturno. por favor criticar :D

Elioth DemianElioth Demian Anónimo s.XI
editado julio 2012 en Fantástica
1

Anuncio del destino (parte I)

Daniel Hohenh no daba la talla para ser completamente un hombre normal, su visión de los hechos cotidianos dictaba de ser simplista. Para él, cada efecto, por más mínimo que fuese, tenía una reacción concreta. Y siempre quiso poder manipularlos a su conveniencia. Nunca fue un hombre frío y calculador, pese a que su rostro siempre trató de mostrarlo de ese modo.
Era un hombre soñador y con objetivos claros; pero con métodos que para el resto de los hombres rayaban en el margen de la locura y las alucinaciones. Su afición por lo desconocido nunca fue bien vista por los que le rodeaban, la gran mayoría se burlaba a sus espaldas mientras que el resto le ignoraba; ya fuese por pudor religioso o por conocer las fuerzas con las que él trataba. En realidad, Hohenh no tuvo la suerte de optar por desconocer el mundo de la magia. Ya que su familia completa descendía de un temido clan de brujos de la antigüedad, remontándose a los tiempos que se confundía la magia, ciencia y religión.
Para él eran reales los fantasmas, ángeles y demonios, y acertaba en creer que ellos le rodeaban de alguna forma u otra. Pero nunca, por más curioso o desesperado que estuviera, se atrevía a acercarse a la única herencia familiar que no había poseído tras la muerte de su padre: Unos rollos antiguos escritos en pergaminos, que según había oído de su abuelo, contenían los secretos de sus antepasados; secretos otorgados por los mismos dioses y sellados hasta el día en que estén dispuestos a reclamarlos. Eso es lo que su abuelo decía que su padre le había indicado antes de morir. Y con todas las extrañezas que acontecían dentro de su familia nunca quiso cuestionar. Junto a los rollos que su abuelo le había prohibido, también heredó una rústica librería; en comparación con las enormes corporaciones que amenazaban su subsistencia. Pero él siempre se las arreglaba para que nada pudiera faltar.

Un viernes, en que los cielos amenazaban con una implacable tormenta, se levantó como de costumbre para dirigirse a su librería. «La cultura me llama», repetía cada mañana al levantarse mientras que su mujer, Carmen Lisle, despertaba junto a él.
Como de costumbre, luego de un ligero desayuno preparado por su mujer, abotonó de elegante forma su corbata, tomó su maletín que descansaba a la orilla de la mesa favorita de su difunto padre junto a la puerta principal y, haciéndose con las llaves de su automóvil, salió al jardín de su casa; deteniéndose por primera vez en mucho tiempo a contemplar el cielo con la agudeza que heredó en su sangre.
—Ominoso —susurró, fugaz, [FONT=&quot]con voz queda, oscura y misteriosa[/FONT], siempre atento a las grises nubes que se avecinaban.

Al salir de su casa percibió la primera prueba de que sus intuiciones no eran falsas. Un símbolo que sintió familiar había sido tallado en el muro de su entrada. Pese a sus esfuerzos, en aquel momento no pudo recordar en qué lugar lo había visto con anterioridad.
Permaneció de pie, analizándolo y haciendo memoria por varios minutos hasta que la alarma de su nuevo reloj de muñeca le indicó que eran las ocho y treinta: la hora límite que podía salir para no toparse con el embotellamiento matutino de la capital. Volvió la cabeza por última vez para grabar el símbolo en su mente y subió a su vehículo para llegar lo más pronto posible a trabajar. Mientras daba la vuelta en la esquina, miró por el espejo retrovisor, acrecentando su extrañeza al ver la cuadra cubierta por las nubes, que parecían tener como centro su casa. “Debe ser solo mi impresión”, pensó para tratar de tranquilizarse y concentrarse en el cargamento de nuevos títulos que llegaría en aquel día.
Como cada día luego de abrir su tienda con puntualidad, a las nueve y treinta, se sentó tras el mesón mientras sus trabajadores ordenaban uno que otro libro que no estaba en su lugar. Trató de concentrarse en la lista de nuevos títulos que llegarían en cualquier momento, pero aquel símbolo se lo impedía. Sabía que era de vital importancia y que lo había visto en algún otro lugar aparte de su muro. Pasaron varios minutos en los que divagó por en sus pensamientos tratando de tranquilizarse.

—Señor Hohenh, ¿Dónde va este libro?—consultó Cristian, liberándolo de su trance. Aquel empleado era el más antiguo del local y siempre andaba con varios volúmenes en las manos.
Hohenh pensó por un momento luego de analizar de qué libro se trataba.
—Ordénalos en la parte media del mostrador de la vitrina —señalo, y continuó—. Los libros de Anne Rice siempre atraen público—finalizó. Para volver a reflexionar sobre lo que le inquietaba.
Tomó un bolígrafo de su lapicero y en una hoja de su agenda trató de recrear, con todo detalle, aquel símbolo junto con otros más que le venían a la mente. Y tras su trazado trató, sin resultados, de encontrar una relación entre estos y el extraño presentimiento que le albergaba. Pero al percatarse que la hora avanzaba y comenzaban a llegar uno que otro cliente, se obligó a dejar en segundo plano sus inquietudes y a encargarse de su trabajo.

A eso de las doce, una furgoneta estacionó frente la librería, de la cual descargaron un montón de cajas, con los nuevos ejemplares que había estado esperando empacados en su interior. Al fin logro dejar de lado los símbolos que le sofocaban el día, y se distrajo revisando sus nuevas mercancías; seleccionando de estas uno que otro libro que quería ser el primero en leer.

—¿Está usted investigando las runas, Don Daniel? —consultó Cristian, apoyado en el
mesón, analizando los garabatos que anteriormente había trazado Hohenh.
—Una que otra me provoca curiosidad —contestó, mientras daba indicaciones a otro de sus trabajadores, de que continuaran acomodando los libros—. ¿Conoces el significado de esas?
—No del todo, pero veamos —dijo Cristian, frunciendo el ceño—. La primera es la runa De Perth; esta simboliza lo que se encuentra más allá de nuestro entendimiento, la siguiente es Eihwaz o Iwaz; esta simboliza madurez y capacidad para llevar cualquier situación con el temple de un maestro, la tercera es Sowelu: que simboliza la humildad del que sabe estar en su lugar y actuar con firmeza sin pasar por encima de los demás, la cuarta creo que es tyr; esta es la justicia, el equilibrio. Y la última es Beorc, la fertilidad y el crecimiento tanto físico como emocional y espiritual.
—¿Y qué significaría que Perth apareciera de un día para otro grabada en un muro? —consultó, casi por instinto, indicando en el rostro un marcado interés y deseo de hallar una respuesta practica lo más rápido posible.
—Sin contar con que sea una jugarreta de sus cercanos, don Daniel. El significado es muy amplio —respondió Cristian—. Esta runa en concreto indica que habrá sorpresas, que se avecinan cosas nuevas, y estas serán positivas para su desarrollo personal. Puede ser la llegada de dinero por herencia, una declaración de amor o incluso el nacimiento de un niño, pero todo dependiendo de las runas que le acompañen y de la posición que estas runas tengan. En sí, esta es una runa del ciclo de la iniciación —concluyó, comprendiendo que cada palabra que mencionaba confundía cada vez más a daniel.
Hohenh se encontraba en la misma posición y con la mirada del todo perdida, pero pendiente de las palabras mencionadas por Cristian. Aun así, era evidente que su mente estaba perdida en otro lugar.

La tormenta azotó con inclemencia, dando a Hohenh la excusa perfecta para cerrar la librería mucho más temprano de lo habitual, sin pasar a llevar sus estrictas normas laborales. Cuando las cortinas eran bajadas, por uno de sus asistentes, un alargado hombre de tez blanca entró de forma abrupta en el lugar, sin respetar los alegatos de los trabajadores. Estos cesaron sus descargos al ver el indiferente gesto que el extraño les propinó.
—Busco al señor Hohenheim —dijo el albino hombre de vestimentas negras, sin dar la mayor importancia a los ayudantes que permanecían estáticos en los límites del local—. Me han informado que es el dueño.
—Buenas tardes —respondió Hohenh, separándose del mesón en dirección a la entrada—. Yo soy el dueño de esta tienda, pero mi apellido es Hohenh. Es posible que le indicaran mal el nombre; pero soy yo al que busca.
—Le traigo grandes noticias —continuó el alto hombre de negro, sin responder el saludo emitido por Hohenh—. ¿Podríamos hablar en privado? No es algo que debiesen escuchar estas personas —finalizó, mirando sobre el hombro a los trabajadores del local.
—Lo siento, señor —respondió Hohenh, molesto por el desprecio a sus trabajadores. Ante aquello, Cristian se irguió junto a él—. Puede hablar sin problemas frente a estas personas o retirarse del lugar.
—No me esta permitido volver sin cumplir con mi encargo. Pero tampoco puedo hablar ante simples mortales. Debería usted comprender en la posición que me esta dejando, filius ex semine paracelsus —respondió el extraño, en tono frívolo.
Y se mantuvo en silencio esperando una respuesta por parte de Daniel.
Daniel lanzo una pequeña risotada
—perdone usted, pero hoy no tengo tiempo para estas jugarretas. Por favor, salga de mi tienda que por hoy ya hemos cerrado. O me veré obligado a llamar a la fuerza pública —dijo, cogiendo al extraño del brazo para sacarlo del lugar.
Un rápido movimiento del misterioso hombre tomó por sorpresa a todos los presentes. Cristian dio un paso al frente posándose delante de Daniel. Los demás trabajadores, junto con el propietario, dieron un salto de alarma ante su celeridad.
...
_______________________________________________________________


PD: A ti, que has llegado hasta este punto, leyendo cada palabra antes mencionada, te pido humildemente una critica constructiva para poder superarme en mi labor.

Atte. Elioth Demian

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado julio 2012
    Pues yo lleguè hasta este punto, te leí y me pareciò bien narrado sin errores aparentes, :rolleyes: la historia es interesante, engancha y dan ganas de saber que sigue:)
  • Elioth DemianElioth Demian Anónimo s.XI
    editado julio 2012
    Muchas gracias amparo, es lamentable que el foro me haya dejado solo escribir hasta esa parte, el limite de caracteres no me dejo escribir la mejor parte del capitulo 1.

    Atte. Elioth Demian.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado julio 2012
    Pero puedes colocar la continuaciòn enseguida:p
  • Elioth DemianElioth Demian Anónimo s.XI
    editado julio 2012
    Pues, ahí va :D, y como ya solicite anteriormente, favor de criticar :)
    —Ya se le ha advertido —indicó Cristian aseriando su mirada—. Puede conversar conmigo si es que tiene tanto interés en cumplir su encargo —expresó desafiante, sin quitar la fría mirada de los ojos del extraño.
    El que respondió a su amenaza con una pequeña sonrisa plasmada en su rostro.
    —No sabes con lo que juegas Valdash.
    Y abandonó la tienda, escabulléndose entre los transeúntes de aquel día de tormenta.
    —¡Los locos abundan en estos tiempos! —exclamó Cristian, saliendo de su amenazante postura.
    —Aun así me preocupa —respondió Daniel—. Es extraño que conozca nuestros apellidos. Puede ser algún tipo de psicópata.
    Apresurado cogió sus pertenencias y salió del lugar que ya se encontraba cerrado. Y mirando las nubes que inclementes rociaban la ciudad. Susurró.
    —Pero más extraño es que ocurra hoy.

    El incidente pasó a un segundo plano en el transcurso del viaje a casa. La extraña sensación que nació en su pecho, junto con la lluvia, y las runas no daba cabida a nuevas preocupaciones. Y tan pronto como pudo, llegó a su hogar horas antes de lo acostumbrado.
    —¡Querido! —exclamó Carmen, extrañada al verlo regresar a esas horas—. ¿Ha ocurrido algo? —consultó, tomando el mojado abrigo de su marido y posándolo frente la estufa para secarlo.
    —No es nada —respondió Daniel, sin lograr ocultar sus preocupaciones—, con la lluvia no entraban clientes… eso es todo —completó, para tranquilizar a su mujer. Y se dirigió a prender el televisor, para ver el noticiero, como acostumbraba.
    —Aún no comienza —indicó Carmen, con una pequeña risotada —, faltan como dos horas para el noticiero. Aprovecha para descansar un poco más mientras preparo algo caliente para que comas.
    —Mejor tomaré un baño —respondió Daniel, comenzando a subir las escaleras— quiero limpiar las cargas de este día…— minimizando su voz con la distancia.

    En las calles ya comenzaba a anochecer, y producto de las negras nubes que cubrían el cielo, esa tarde era más oscura de lo habitual. La lluvia no cesaba y ante la casa se encontraba Cristian, tan tranquilo y silencioso que a momentos parecía confundirse con el gris paisaje de las tapias oscurecidas. Reiteradas veces movía la cabeza de lado en lado, como esperando la aparición de algo o alguien; hecho que no demoró en ocurrir.
    Desde la esquina sur de la calle, el extraño hombre que había irrumpido en la tienda comenzaba a acercarse al hogar de Daniel. Su largo abrigo negro daba la impresión de que no necesitase dar paso alguno para caminar. Las gotas de agua rebotaban en sus vestimentas formando una extraña aura nítida a su alrededor y un negro sombrero cubría tanto su cabeza como su rostro. Era difícil indicar que se tratase del mismo hombre; pero Cristian, quien lo estuvo esperando por varios minutos bajo la lluvia, no dio espacio para las dudas y caminó directo a su encuentro.
    Con cada paso que daba su postura se volvía más amenazante, y su cuerpo parecía cada vez más trabajado y voluptuoso, hasta encontrarse cara a cara con el extraño hombre; pese a que este le superaba por varios centímetros en porte, parecían estar de par a par.
    —Le dije que podía hablar conmigo antes de molestar a don Daniel —dijo, deteniéndose frente a él, bloqueando su camino.
    —Hijo de Valdash —respondió el extraño—, no estorbes en mi cometido.
    —Dime… ¿Qué te trae a este plano? —increpó Cristian, sacando de entre sus ropajes un objeto plano y circular, con oraciones plasmadas en espiral siguiendo la forma del metal—. Si tu respuesta no me es satisfactoria… serás obligado a regresar.
    Esperó una respuesta afirmando el amuleto en su mano derecha.
    —No te entrometas, kerub —respondió, levantando la cabeza y dejando ver su enfadada y penetrante mirada color marrón—. Este asunto no está a tu nivel —continuó lanzándose en un veloz movimiento eyectado por una fuerza invisible.
    —¡Responde, Ura! —exclamó extendiendo su brazo izquierdo para así bloquear el paso del veloz extraño; siendo arrastrado por varios metros —. ¿Con qué objetivo has cruzado a este plano? —continuó, cuando ya había detenido del todo su velocidad.

    Ura miró directo a los ojos de Cristian, los cuales habían sido poseídos por la ira, en su totalidad.
    —¿quién te envía, Kerub? Dependiendo de tu respuesta puedo aclarar tus dudas… o darte muerte en un instante —finalizó, y guardó distancia. Sacó de entre sus ropajes una daga de empuñadura dorada, en la cual se representaba el tope con dos cabezas de animal y en su centro una imagen de sirruch. Dando un claro de su procedencia babilónica.
    Cristian, por su parte, dio un paso atrás al sentir las fuerzas de aquella arma arcaica.
    —Fui enviado por los doce antiguos… y en su nombre cumplo con mi mandato.

    Ura ocultó su arma ante la respuesta y lanzó una pequeña risotada, acomodó su sombrero para volver a cubrir su rostro. Y dijo.
    —Somos del mismo bando, kerub. Tengo que advertir al hijo de Hohenheim sobre su próxima alegría y las futuras amenazas.
    —¿Y porqué razón te envían a ti? —interrumpió Cristian, aún en posición de alerta.
    —Lo mismo me pregunté cuando me fue encargado —respondió, casi sin pensarlo—. Degradarme a ser usado como un simple mensajero —murmuró, enfadado, con aires de grandeza—. Pero la gran mayoría ya han cruzado, y no podían dar el mensaje a su corta edad mortal. El resto pronto les seguirá. Ha llegado el momento, kerub. Y cada acción realizada es de suma importancia. Debo terminar esto en el menor tiempo posible para volver a mis preparativos finales, pero esta raza ha cambiado mucho en los últimos milenios, para ellos ya no somos lo que solíamos ser.
    —En una próxima vez adecúate más a los momentos que se viven en la era de los mortales —sugirió Cristian, serenando su cuerpo y rostro, mientras guardaba el talismán en su bolsillo.
    —Ahora. Sal de mi camino —ordenó Ura, comenzando a desplazarse sobre el inundado asfalto.
    —Dame un momento, me encargaré de que puedan hablar sin interrupciones —dijo Cristian, saltando el muro de la casa sin problema alguno, mientras Ura aceptando, se mantenía a las afueras del lugar.

    Cristian, estando de pie en el jardín de la casa de Hohenh, veía claramente a Carmen en la cocina. Luego de mirarla por un momento susurró en un hilo de voz, como si estuviera soplando <<somno nomen meum>>, Para luego volver a salir del mismo modo con el que entró al lugar.
    En el interior de la casa, Carmen Lisle fue tomada por un fuerte y repentino sueño. Apagó los fogones de la cocina, sirvió un plato de comida y en estado de somnolencia subió las escaleras hacia su habitación.
    —Ya esta —afirmó Cristian, a Ura, quien esperaba impaciente al otro lado del muro—, puedes hablar sin problema alguno. Solo no me delates. He mantenido un bajo perfil desde siempre, protegiendo a esta familia desde las sombras, y espero seguir así.
    —No te preocupes, Kerub —respondió Ura, saltando del mismo modo el muro de la casa—. Solo cumpliré mi cometido y desapareceré de este plano por algunos años.

    Ura golpeó tres veces a la puerta de la entrada. Desde el interior se escuchó leve la voz de Daniel indicando que esperara un momento, y al cabo de unos minutos la puerta se abrió.
    — ¡¿Qué haces aquí?! —exclamó Daniel al percatarse de que el mismo hombre de la tienda se encontraba en su jardín. Trató de cerrar la puerta en su cara, pero este se lo impidió.
    —Tengo un mensaje para usted. Por favor, no se asuste. Es con respecto a los rollos que heredó de su familia, y los acontecimientos que desde hoy le afectarán.
    Daniel permaneció inmóvil por un momento.
    —Mi abuelo me dijo que ustedes podrían aparecer —comentó al reaccionar—. Adelante…, si puedes entrar, podrás tomarlos —completó, adentrándose en su hogar, con una sarcástica sonrisa plasmada en el rostro.
    Desde la puerta Ura soltó aire con brusquedad, como tratando de mofarse, y dio un paso dentro de la casa.
    —una línea de sal gruesa bajo el marco…, alfileres cruzados bajo la alfombra y, cuarzo en cada esquina de la casa —murmuró, de forma pausada, mientras inspeccionaba todo el lugar con la mirada—; aparte un gran círculo de protección bajo los cimientos… una buena preparación para un mortal —concluyó mientras Daniel palidecía en su asombro—. Es más útil el sello de sangre en la entrada, Hohenh.
    ...
  • Elioth DemianElioth Demian Anónimo s.XI
    editado julio 2012
    Daniel sorprendido de ver la ineficacia de sus protecciones ante aquel ser, sacó del cajón más cercano un medallón circular idéntico al que portaba Cristian. Lo posó entre Ura y él, extendió las manos y comenzó a recitar un conjuro de protección que a oídos de un no practicante parecería un maleficio. Pero Ura era más que un simple practicante y reconoció de inmediato el característico dialecto de Sumeria, muy mal pronunciado.

    —quien no conoce nuestro idioma, no esta capacitado para expresarlo—apostilló, Ura, enfadado, en un Sumerio perfectamente pronunciado, pese a la dificultad que este implica, generando que Daniel no pudiera articular palabra alguna.

    Daniel, sin lograr protegerse con sus básicos encantamientos, debido al poder del maleficio del extraño, corrió por las escaleras, dejando caer el talismán.
    Mientras que Ura, sin poder ocultar el gozo que la cobarde acción del hombre le produjo, lo siguió sin apurar sus pasos. Tomó el talismán con sus manos y, subiendo las escaleras, lo alcanzó de pie en el último escalón.
    —¡No darás un paso más en esta tierra, demonio! —declaró vociferando, al recuperar la voz, mientras alzaba el libro de negro empastado, que aferraba con su mano izquierda, en dirección de Ura. Para luego ungir el crucifijo, de cuarzo verde, que apretaba en su otra mano un líquido aceitoso que descansaba en una vasija de oro, junto al final de las escaleras. Y comenzó a recitar en un Latín perfecto.

    —¡Basta de juegos, esto es importante! —increpó nuevamente Ura acrecentando su enfado—. Primero, deja esas cosas donde estaban: es más efectivo el que recitaste contra mí en la entrada. Además, si no sigues aquella fe no servirá de nada que lo recites. Y sabemos perfectamente que tú no eres católico ni cristiano.
    Tomó con fuerza la mano en la que Daniel mantenía a presión el crucifijo, y con su fuerza superior hizo que lo botara, para posar en su lugar el medallón en espiral. Y continuó:
    —Conserva este, y no lo dejes caer por cualquier cosa. Si tus ancestros lo usaban es porque es efectivo.
    Daniel, nervioso y turbado, trató de zafarse de las manos de Ura, pero entre sus fuerzas existía una diferencia abismal.
    —Entendiste mal —prosiguió Ura, ya más calmado ante la desesperada actitud del hombre—: no vengo a buscar los rollo,; sino a decirte quien lo heredará.
    —El único heredero de esos pergaminos será mi hijo, si es que tengo alguno —respondió Hohenh, con los ojos abiertos de forma desmesurada.
    —Estos son los secretos de los dioses. Los cuidarás. Y cuando mueras los cuidarán tus hijos hasta el día en que los cielos se hablan dando paso a sus verdaderos dueños —musitó Ura, sin pausas, como leyendo un texto de corrido—. Creo que así fue como a tu ancestro le fue estipulado. Y ya es el tiempo de que los cielos habrán paso a los dioses. Pero no te preocupes, esos rollos los cuidará tu hijo: le serán heredados a sus dieciséis años de edad, en diecisiete años más, a contar de esta fecha. Y el usará de ellos como fue conferido a tus ancestros.
    Daniel sintió un entumecimiento de todo su cuerpo al escuchar al espectro y, tras reaccionar, calmó sus dudas e impulsos dando una repentina confianza a las palabras de aquel espíritu superior. Una sensación diferente a la de la mañana le indicaba que debía creer.
    —¿de que estas hablando? —consultó, pensando en voz alta.
    —De aquí a ocho o nueve meses, tendrás un primogénito varón y, junto a él, vendrán grandes desafíos que deberás superar. Este niño nacerá con un alma dormida, y hasta que esta alma despierte no deberá enterarse de lo que ocurre. Cuando llegue el momento deberás entregarle los rollos y todos los textos que ha coleccionado tu familia con el tiempo. Hasta ese entonces deberás protegerle de los que intenten atacarlo. Tendrás que memorizar los libros que temes desde la infancia, y custodiar los pergaminos en el más hermético secreto: hasta el momento indicado —finalizó, dando media vuelva y comenzando a caminar hacia la entrada.
    —¿Cuándo será ese día? —consultó Daniel, luchando entre el miedo, la desesperación y la felicidad.
    —Ya te lo dije —respondió Ura, con una voz efímera, sin darse vuelta al hablar—. Unos días después de cumplir dieciséis años él entrara por esa puerta y sentirás que ya es el momento indicado. Y no pierdas ese talismán, te será de mucha ayuda —dijo desapareciendo en el último escalón al bajar las escaleras.

    Atte. Elioth Demian
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com