PERRA
Era una mujer sola. Los abandonados como ella, que duermen en la estación Retiro: son sus compañeros de hambre y desánimo. Ellos curiosos, indagan. Ella jamás responde las preguntas. Algunos opinan que una culpa perdida en el tiempo la convirtió en este ser despreciable al que todos llaman: la perra.
Su vida es la calle. Camina encorvada, empujando un chango con revistas, cartones, basura que la gente tira y ella recoge.
Que nadie se cruce en su camino, al que lo hace, le arroja el carro directo a los tobillos. Los insultos no le hacen mella, los disfruta.
¡La perra! Es ya, su nombre propio y ella una pintura de Buenos Aires.
Sólo una amiga la sigue en el día y en la noche, Minina, la gata. Es la única que consigue rescatar el poco cariño que la mujer guarda en su corazón. Y es la única que le da calor a su frío.
Minina apareció una mañana, siguió a la perra, ella la asustó con un cartón, luego un palo, pero la gata siguió a su lado. Al fin, la dejo acompañarla.
Al paso de los años, la gata fue confidente muda de sus cuitas y la única en ver sus lágrimas.
Una mañana, la perra apareció muerta. Su corazón no aguanto el abandono ni el frío de los andenes. Nadie la lloró. Sólo Minina acompañó su viaje final, y quedó en la vereda mirando la marcha cansina de la ambulancia que se llevaba a su mejor amiga. Extrañamente para Minina, su mejor amiga fue una perra.
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Ale.
tequendama