Por eso no puedo mirarlo a los ojos. El desengaño de un hijo puede demorarse, pero llega siempre. Él no me lo dijo, lo adiviné sin que hiciera falta confesión alguna. Sin que me lo revelara en alguna charla de padre e hijo, como las que solíamos tener cuando su casa era también la mía.
Mi papá no me lo dijo, nunca lo va a hacer. Y esa es la bronca que guardo: que haya decidido cargar en soledad, con la terrible decisión que ni detallar puedo. Porque apenas puedo imaginarlo. Puedo ponerme en su lugar, y entender que era lo mejor. Puedo representarlo en mi cabeza, pero me es imposible decirlo, mucho menos escribirlo.
Porque el tío estaba mal. Siempre estuvo medio chiflado: me acuerdo que nos visitaba los domingos y a cada visita inventaba historias nuevas. Un domingo era policía, al otro campeón de yoyo, al siguiente capo de la mafia. Yo lo ignoraba como a todos los mayores, aunque asumo era el familiar que mejor me caía: era el menos adulto. Me acuerdo de la mirada condescendiente de papá, ante cada espectacular anécdota que el tío relataba entre risotadas y voces que cambiaban según quien fuera esa semana.
Un tiempo después, lo metieron preso porque recorría las noches de bares y boliches, diciendo ser oficial de no sé qué comando secreto, haciéndose regalar tragos, y clausurando pubs que se negaban a colaborar. Una noche sonó el teléfono, y papá tuvo que correr a la comisaría y convencer al suboficial de que su hermano no estaba bien de salud. Que dejaran de pegarle, que era inofensivo. Que era un loco pacífico.
Una semana más tarde, se lo trajo a vivir con nosotros. A fin de ese año fue que nos mudamos —mamá y yo—, y después, medio como que le perdí el rastro. Vivimos unos años en lo de La Nona, y visitarlo a mi papá era siempre un problema. Siempre discutían, y ponían al tío como excusa de su divorcio. Con el tiempo lo creí, hasta que uno crece, empieza a atar hilos, a recordar los años de convivencia, y descubre que tarde o temprano, su separación hubiera sido inevitable.
Pasaban los años y el tío empeoraba. Yo me enteraba por mi mamá.
Después —cumplidos mis diecisiete—, por alguna discusión que ya ni recuerdo, me fui de lo de La Nona, y me instalé otra vez con el viejo. Con el viejo y con el tío, que más que loco, estaba enfermo. Parecía un nene: hacía travesuras propias de un bebé y ante el reproche del viejo, sacaba a relucir su carnet de loco y salía corriendo. En esa época, yo le convidaba cigarrillos, y él se los fumaba en el baño, escondido.
—¡Estoy cagando! ¡Estoy cagando!— Gritaba toda vez que fumaba. Era definitivamente un nene.
Ni bien pude, yo también me fui: con el primer trabajo me alquilé un departamentito que más bien era un bulín, y que fui amoblando muy pacientemente. En ese entonces, era yo la visita de los domingos.
El tío empeoró abruptamente. A cada visita lo notaba peor. Me esperaba con la impaciencia de un perro, me hacía algún gesto, y me llevaba a su habitación. En secreto, me aseguraba que lo espiaban. Que en la casa había micrófonos, que debía fugarse, que le convidara un cigarrillo.
El viejo estaba casi tan demacrado como él. Ya no le tenía la paciencia que yo había sabido admirarle. Ante cualquier comentario insensato, le pegaba un grito y le clavaba los ojos, ojerosos pero fulminantes, y el tío ya no hablaba más por un buen rato.
El tío se encorvaba, metía la cola para adentro, bajaba las orejas, y se echaba en silencio, sobre el sillón que, adiviné también, era el sillón de la penitencia.
Más tarde llegó la fuga, otra vez la comisaría, los ataques de pánico, el malogrado suicidio, Opendoor.
Nunca lo visité. Yo andaba muy ocupado con mis cosas, y ya ni pasaba a saludar al viejo.
Recién volví a verlo hace seis meses. No era mi tío, apenas si parecía un ser humano: calculo que pesaba unos cuarenta kilos, tenía los ojos blancos de sonámbulo, los dedos flacos y largos como de lagartija, las rodillas metidas para adentro. La nuez de Adán era una extremidad más.
El viejo había decidido que estaría mejor con él. El tratamiento en Opendoor no sólo no había funcionado, lo había deteriorado poco a poco. Lo había convertido en un ente casi transparente que apenas si conseguía trabajosamente levantarse de la cama, y que no podía comer más que puré y banana pisada. No lograba despegar la cabeza del pecho y para saber cuánto dolor cargaba dentro de su ser, no había más que mirarlo al viejo, que absorbía como propios, cada uno de sus ataques, de sus tormentos.
Fue el mes pasado, que murió el tío. Después de internaciones, y electrochoques, y ensaladas de pastillas.
La última vez que lo vi, me hizo un gesto con la cabeza entera, y me susurró como pudo, entre babas y la lengua afuera, que quería morirse.
—Decile que me mate—. Repitió tres veces, y apenas en esa tercera vez pude entender lo que esos labios negros intentaban decirme.
Jamás se lo dije al viejo. Esperaba que él me lo confesara. Que me sentara como cuando yo era chico, y su casa era la mía, y que me enorgulleciera contándome que había tenido el valor. Que había optado por despojar al tío de su sufrimiento, de su muerte en vida. Sin embargo, el viejo calló. A los dos días lo sepultaron sin velarlo. Nunca pregunté dónde. ¿Para qué? Ya es un tema pasado, un tema del que no se habla.
Por eso no puedo mirarlo a los ojos. Porque yo sé.
Porque caí en la cuenta —tarde, quizás—, que el viejo no es un ser omnipotente. Porque no es capaz de confesarme que lo hizo por su bien, que no le quedaba otra.
Que ahora el tío ya no sufre, esté donde esté, sea quien fuere hoy.
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Un abrazo.
Gracias otra vez!