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Hado

Monarca TuertoMonarca Tuerto Pedro Abad s.XII
editado febrero 2012 en Narrativa
No podría nunca atreverse a hacer algo, era su condena y salvación. Verla de lejos, no contaminar su pureza, incluso una deidad dejaría marcas (dejaría más, por supuesto). Nunca la tendría al lado, pero así no corría el riesgo de tener a su lado a una más de esas adoradoras de Allende.

Pero debía de (desearía omitir el "de", por supuesto) existir alguna posibilidad, aunque fuese ínfima, de que sucediera. Y si así fuese, si un día entrara a alguna librería, por ejemplo, alguna pequeña, preferiblemente, o al menos de esas que merecen el nombre y son únicas (todo va reduciendo las posibilidades, por supuesto), si buscara algo de Sabato, por ejemplo, si al encontrarlo la viese con ese cabello de color innombrable, con esa figura adecuada, con esa nariz fina, con el aura, oh, ese aura de pureza, con el par de ojos, si dejaran de acariciar las páginas para penetrarlo, si le enseñaran su oscuridad, si perdiera otra oportunidad de identificar el verdadero color de ese par negro, si se viese obligado a decir algo por esa literatura, si recibiera la señal y se atreviese a actuar con el conocimiento de que la posibilidad de fallar se había reducido significativamente. Entonces podría olvidar momentáneamente los libros para dejarse ir en el fútil gesto de buscar el color de los ojos para perderse en ese mar de esperanzas y deseos, podría dejar de pensar y dedicarse a sentir a agotar esos ojos, podría entrar en el territorio de pureza y dejar de preocuparse por ser contaminado para andar tranquilamente esos senderos de espacio intacto (ya se sabe que él lo marcaría, por supuesto). Y cuando notase que no había ahí nada más que él mismo podría recordar el libro, tomarlo y salir de ahí para buscarse a sí mismo en su propia fuente.

Pero el día que vaya a una no-librería a buscar algo aceptable, cuando tenga que conformarse con un poco de Benedetti y descubra (la sección de literatura(?) latinoamericana es pequeña, por supuesto) allí una figura aceptable, un cabello entre castaño y rubio, una nariz delgada, una presencia distinta y un par de ojos escurridizos, cuando identifique a la persona en cuestión hablará, preguntará, ayudará, pretenderá apropiadamente hasta que la situación sea descrita incuestionablemente y entonces podrá llevar su Benedetti entre el brazo para que quede debajo del Allende en alguna mesa, por supuesto.

Comentarios

  • MoniqueCortazarMoniqueCortazar Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado febrero 2012
    Me gustó el ritmo que le imprimiste. Las comas, en lugar de puntos, le dan una velocidad que, evidentemente, fue buscada.
    :)
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